EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 27
CAPÍTULO 27 – Un retrato
Después de haber logrado el emperador cerrar los acuerdos con el Papa para la unión de la cristiandad frente al turco y haber enviado a Francia a su hermana y a toda su corte y emisarios, ya no pintábamos nada en Bolonia. Era cuestión de tiempo que el emperador diese la orden para hacer nuestros equipajes y marcharnos de nuevo a España. Pero nuestra marcha se adelantó aún más si era posible cuando el emperador recibió una carta de su esposa desde la península: su hijo de siete meses, Fernando, que había dejado allí con ella, había fallecido. Sumió a toda la corte en un riguroso luto durante semanas. El emperador se aisló unos días para sus oraciones y para llorar la muerte de su hijo al que acababa de dejar recién nacido y ahora había fallecido. Su salud empeoró levemente a causa de su desánimo y pasamos muchas horas a su lado dándole ungüentos en las ulceras y bebedizos para el sueño.
Si mi maestro pretendía anunciarle su renuncia al emperador, no consideró que ese fuera el mejor momento. Sin embrago yo sabía que no se sacaba la idea de la cabeza y que no descansaría hasta poder sincerarse con él. Cuando la salud del emperador se restableció y volvió a cobrar fuerza y ánimo, comenzaron los preparativos para volver a la península. Fue entonces, considerando que no éramos imprescindibles, que mi maestro le pidió si podíamos pasar varios días en Florencia, ciudad que ambos deseábamos conocer y que apenas quedaba a unas cuantas horas a caballo.
El emperador se sorprendió, escéptico por aquella petición.
—Un par de días es lo que tardaréis solo en llegar. Las rutas por estos caminos son muy lentas, y más para carros. Estando el clima como está, tardaréis al menos cinco días en llegar.
—¿Y si solo cogemos dos caballos?
—Dos días. –Dijo pensativo—. Tengo correos que hacen el trayecto en 8 horas, pero destrozan al animal y solo hacen esa ruta si es muy urgente.
Mi maestro me miró y yo sonreí desde la distancia. Estaba colocando los enseres en su maletín mientras él departía con el emperador.
—Iremos con dos caballos, nada más. Con equipaje ligero y a buen paso.
—¡No se os ocurra! –Le dijo el emperador, levantándose de su asiento aún con algo de cojera—. No se os ocurra. ¿No habéis pensado en el clima, o en los salteadores? Ya podéis encontrar una buena posta, o de lo contrario tendréis que dormir al raso…
—Algo encontraremos. –Dijo mi maestro mirando en mi dirección mientras yo le devolvía una sonrisa cómplice.
Mi maestro solía ser testarudo, pero el emperador lo era aún más. Ambos discutieron durante un rato y a pesar de la diferencia de edad, el monarca se comportó como un padre, preocupado por un hijo que desea aventurarse en un peligroso viaje. Le enumeró los peligros y las maldades que se encuentran por los caminos de montaña en invierno pero mi maestro no dio su brazo a torcer. Y es que no era necesario que el emperador se preocupase. Lo cierto es que no pensábamos llevar tampoco caballos. Pero eso no se lo dijo.
—Sois un cabezota. –Dijo Carlos sentándose, o más bien dejándose caer, en su escritorio y sacó papel y una pluma. Negaba con el rostro mientras escribía, con el ceno fruncido y los labios apretados. Escribió apresuradamente y después de doblar varias veces el papel vertió un poco de lacre y marcó con su anillo el sello imperial. Extendió la carta a mi maestro.
—Si no os matan y secuestran en el viaje, y llegáis con vida a Florencia, id a ver a Alejandro de Médici, el hijo de Lorenzo II. El papa y yo hemos pactado para restituirlo en el gobierno como duque de Florencia, bajo nuestra supervisión, claro…
—Pensé que Alejandro era hijo de… —Se detuvo mi maestro, con un respingo.
—¿Del papa? –Preguntó el emperador y soltó una carcajada, dándose la vuelta y apartando esa idea con una mano—. Quién sabe qué hijo es de qué padre… ¿Qué importa eso? Id. –Nos señaló con un dedo acusador—. No os faltará de nada mientras estéis bajo su cuidado. Os dará alojamiento, comida… no os preocupéis por nada.
—Es un detalle. –Dijo mi maestro, sonriente, pero después miró al emperador con algo de picardía y se mordió el labio, sonriendo con aire de pilluelo—. Lo cierto es que me gustaría pediros una cosa más. ¿Tal vez pudierais escribirme una carta para Agnolo Bronzino? Algo sin demasiadas florituras. Para un encargo particular…
El emperador se quedó rígido y después frunció el ceño, pensativo. Chasqueó la lengua, y negó con el rostro, casi decepcionado.
—Ya veo. Ya entiendo a qué vais a Florencia. ¿No os bastaba con hacerlo llamar?
—Me temo que también voy por conocer la ciudad. Pero ya que voy, pues me gustaría… —Observamos como el emperador sacaba otro papel y volvía a mojar la punta de la pluma sobre el tintero. Escribió más lento que antes, pensando bien sus palabras y deteniéndose de vez en cuando para observar el resultado. El sonido de la pluma rascando el papel era lo único que se escuchaba, a parte de la pronunciada respiración del monarca. Firmó, y selló de nuevo con el lacre.
—En un par de días no te dará tiempo más que para que logre un boceto. Pero será suficiente. He mandado que cuando esté terminado, te lo hagan enviar a Toledo, a la corte. ¿Te parece bien?
—Eso sería estupendo…
✵
El viaje apenas nos llevó un par de horas. Fue apenas un paseo, o más bien una carrera. Lo hicimos bosque a través, evitando los caminos principales y las rutas de comercio. El emperador nos había concedido una semana y media antes de tener que regresar, así que no teníamos prisa por llegar. Nos detuvimos a contemplar parte del paisaje nevado que se extendía sobre aquellas inmensas montañas de los Alpes y después, cuando llegábamos a la ciudad, hicimos un alto para admirarla desde la lejanía. Era de noche, con una luna creciente que bañaba con su luz la preciosa fachada blanca de Santa María In Fiore. Y su cúpula de tono tierra parecía querer despuntar hacia el cielo. Era hermosa e inmensa. Si hubiera sido dibujante la habría reproducido, incluso con aquella luz nocturna.
Nos colamos en la ciudad pasadas las cuatro de la mañana y apenas sí pudimos disfrutar de sus calles o su silencio. Mi maestro estaba más preocupado por buscarnos un alojamiento antes del amanecer que de hacer cualquier tipo de turismo. Pocas eran las posadas que estaban abiertas a aquellas horas de la madrugada pero conseguimos dar con unas habitaciones en un pequeño hostal frente a la basílica de san Lorenzo. Un señor regentaba el establecimiento y al vernos aparecer, bien vestidos pero sin ningún tipo de equipaje más que unas capas, un maletín y un petate se extrañó y frunció el ceño. Pero al ver el par de monedas de oro que le dejó mi maestro su rostro se iluminó como consumido por un milagro.
—Necesitamos un par de habitaciones. Estamos de paso en la ciudad y nos quedaremos unas cuantas noches. –Le explicó Bastian pero el hombre no quería saber nada. Nos llevó arriba y nos dio las llaves de dos de las habitaciones. No era nada del otro mundo. Pero no estaban nada mal. Un peregrino cualquiera no se las podría haber permitido.
—¿Despierto a mi mujer para que les traiga algo de comer? Deben venir de muy lejos si llegan a esta hora…
—No se preocupe por las comidas. Estaremos de invitados en casa de unos amigos y comeremos allí. Solo necesitamos un sitio donde pasar las noches.
—Bien, si eso es todo… —El hombrecillo se inclinó en una media reverencia y cerró detrás de él, dejándonos en una de las habitaciones. Dejé el petate sobre el suelo y mi maestro acomodó su maletín en un escritorio. Yo me senté en la cama y miré a través de una de las ventanas. Era de noche aún pero amanecería muy pronto.
—¿Por qué no has acudido a Alejandro de Médici, como te dijo el emperador? –Le Pregunté mientras cerraba las contraventanas de madera cubría las rendijas por los que se colaban los resquicios de luz con nuestras capas.
—No quiero llamar la atención. –Murmuró mientras me observaba hacer el trabajo—. Seguro que nos ocupaba las noches con fiestas y acababa presentándonos a media corte. –Movió la mano con aire despectivo—. Bastante tengo que lidiar con el entorno del emperador. Además… —Murmuró—. Sabe Dios qué clase de locos y maníacos hay en esta ciudad. Si nos encontramos por aquí con algunos de los de la asamblea… no quiero tener que preocuparme por eso aquí también. Es mejor ser discretos.
—Será posible que por una vez esté de acuerdo con tus métodos… —Dije mientras me volvía a la cama y me descalzaba. Dejé los zapatos tirados en la alfombra y después lancé el jubón y los pantalones a una butaca cercana. Sebastián me observó, mirándome por encima de su hombro, aun sentado al escritorio. Yo le miré con despecho—. ¿Vas a ir a beber?
—No.
—Tampoco yo, estoy cansado. Deseo dormir. –Murmuré, desplegando las cortinas del diván y dejándome allí encerrado. Se rió de mi actuación, pero su sonrisa se borró cuando me asomé por entre las cortinas y le lancé las llaves de la otra habitación. Las cogió en el aire pero se quedó petrificado. Ofendido y expectante.
—¿Quieres que duerma en la otra habitación? –Preguntó, consternado.
—Duerme donde quieras… —Le sonreí y volví a meterme dentro de las cortinas. Me arrellané bajo las sábanas y me hice una bola. Le oí tintinear unos minutos la llave contra el llavero y la propia mesa donde estaba. Después se levantó, recogió sus cosas y se escabulló fuera de la habitación.
Le sentí en la habitación de al lado, moviéndose de un lado a otro, cerrando las contraventanas, cubriendo con su capa las rendijas de luz. Desvistiéndose.
Me levanté de un salto y salí fuera de mi habitación para colarme en la suya. Había echado la llave pero pude abrir el cerrojo sin esfuerzo. Para cuando entré, ya estaba sentado en su cama, quitándose los zapatos y con el jubón desabotonado. Parecía más divertido que sorprendido u ofendido. Casi hubiera deseado que se enfadase y me echase fuera del dormitorio pero que se riese, como si supiese que yo iba a ir a su encuentro, me fastidió. Me dieron ganas de darme la vuelta.
—Mira que eres infantil. –Murmuró, negado con el rostro mientras dejaba los zapatos juntos y colocados al lado de los pies de la cama.
—Lo hago por ti. —Dije—. Sé que no duermes bien si no es en tu féretro.
—¡Oh! Qué considerado. –Exclamó, sarcástico, y me apartó la mirada, receloso—. Aunque puedo llegar a acostumbrarme.
—No digas tonterías. –Murmuré y salté a su lado en la cama. Le abracé el cuello y rodeé sus hombros con mis brazos. Se vio imposibilitado para desvestirse, así que yo lo hice. Le quité el jubón y después la camisa. Él solo se puso en pie y se quitó los pantalones. Yo le esperé sobre el choclón, mirándole. Parecía avergonzado pero lo escondió con orgullo. Me colé debajo de las sábanas y él me siguió.
Besé sus labios cuando se hubo acomodado a mi lado y eso le sobresaltó. Pero acabó por relajarse y se dejó hacer, como si estuviera posado en una nube y sumido en un profundo sueño. Le besé los párpados y después las mejillas y la nariz que estaba un poco fría. Enmarqué su rostro con mis manos y volví a posar mis labios contra los suyos, y con suaves caricias introduje mi lengua en su boca. Me rodeó con sus brazos y me besó apasionadamente.
—Pensé que no estabas hambriento. –Dijo él, separándose de mi beso. Me miró compungido.
—Solo de tus besos. Nada más.
Se ruborizó hasta las orejas, como no solía hacer nunca. Después sonrió, sin poder evitarlo y escondió su nariz en mi cuello. Yo besé su coronilla mientras él besaba mi cuello. Si deseaba morderme o beber de mí no me hubiera importado, pero lo que más deseaba era tenerle, como a un humano. El tacto de su piel, el sabor de sus besos. La intención de su cuidado. Nada más.
✵
Aquel lunes había habido mercado. Como anochecía tan temprano la noche había sorprendido a los ciudadanos aún con los puestos en aquella plazoleta frente a la basílica de san Lorenzo. Me llegó el ruido del traqueteo de los carros llevándose los excedentes de la mercancía, el desmontaje de los puestos y el alboroto de las personas hablando animadamente. Después me llegó la peste del pescado en salazón, y de las verduras que se habían caído y se habían pisoteado durante todo el día. El de la sangre derramada, que no me pareció menos desagradable, y el del sudor y el aliento de las personas.
Bajamos apresuradamente. El sol ya se había ocultado tras los edificios pero seguía emitiendo algo de su calidez en aquel día despejado de invierno. Nos aventuramos por varias calles paseando, disfrutando de aquella inmensa y hermosísima ciudad. Incluso hoy en día cualquiera que vaya puede verse abrumado por la belleza de sus edificios, por la calidad de la arquitectura, el cuidado al detalle. Pero para nosotros no era una ciudad museo, como lo es ahora. Era todo un teatro dispuesto a acoger a los espectadores. Estaba viva, renacía de unas cenizas medievales que dejaba atrás, creando nuevos estilos inspirados en los cánones clásicos. Era un nuevo prisma con el que ver el mundo. Habiendo estado en ciudades tan antiguas como Toledo o Amberes, aquella era la cúspide de ese nuevo siglo.
Creo que por primera vez supe qué era ser vampiro, tal como mi maestro me lo hubo explicado una vez. Ese retortijón al ver el paso del tiempo reflejado en el cambio de paradigmas, pero también una curiosidad exacerbada, y una comprensión rápida, una fácil asimilación, extrañamente agradable. Incluso a mis setenta y pocos años yo ya no me sentía digno de contemplar todo aquello y mucho menos de créeme en la posición para disfrutar de las delicias que el nuevo mundo nos deparaba. Sin embrago no podía evitar seguir vivo, y tenía que continuar con aquel teatro. ¿Y qué mejor escenario que Florencia?
Mi maestro y yo acabamos en el interior de una taberna cualquiera, después de haber conversado con algunos transeúntes y dimos con un caballero sentado a la mesa, cenando. Parecía cómodo, divertido casi, hablando a lo lejos con la mesera que le echaba rápidas ojeadas mientras trabajaba.
Bastian se acercó y le preguntó por el taller de Agnolo Bronzino. Al parecer en los últimos años había cambiado de maestro y ahora poseía un taller propio. Pero pocos sabían decirnos dónde se encontraban. Muchos de los transeúntes con los que nos cruzábamos eran mercaderes, viajeros o peregrinos. Nos dieron unas indicaciones más o menos precisas, pues habíamos conseguido dar con uno de sus antiguos maestros.
Caminamos hacia el sur, atravesando la plaza de Santa María in Fiore y continuamos unos minutos hasta toparnos con una fallada ocre y una gruesa puerta de madera. Colarnos no era la mejor idea si mi maestro deseaba hacerle un encargo. Así que llamamos y esperamos a que nos atendiesen. Era tarde, pero aún estarían cenando.
—Necesito pedirte un favor. –Me dijo mientras aguardábamos allí bajo el dintel. En la piedra había tallada la cabeza de un león.
—Lo que desees. –Dije, algo preocupado. No solía pedirme favores. Si deseaba algo, solo tenía que pedírmelo. Su tono me indicaba que no iba a gustarme nada lo que iba a proponerme. Pero antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió y dejó al descubierto el rostro de una muchacha rubia y pecosa que se asomó con cautela y después con susto al hallarnos allí a dos desconocidos. Mi maestro mostró una de sus sonrisas galantes y con eso la pobre quedó embobada. No dijo una sola palabra, nadie pronunció un sonido. Nos condujo como una sonámbula hasta el taller de su señor, en el que aún trabajaba alumbrado por infinidad de velas.
Los colores de la paleta se habían transfigurado a una mezcla de tierras, ocres y verdes oscuros que dificultarían la tarea a cualquiera, menos a un pintor experto como era aquel joven. Apenas tenía veintisiete recién cumplidos, tres menos que los de nuestro emperador. Pero parecía mucho más lozano y juvenil. En sus ojos aún brillaba ese tintineo propio de las mentes dicharacheras y excitadas. Le sorprendimos con la nariz sumergida en una madona. Pequeña y austera, con líneas suaves y colores fríos e invernales. El lienzo en blanco aún se podía intuir en algunas partes. Igual que en otras se transparentaba el boceto a carboncillo.
—Mi señor Bronzino, estos dos hombres han venido a verle.
El joven, de pelo corto y rasgos dulces, volvió el rostro hacia nosotros, entrecerrando los ojos para hallarnos en la oscuridad de la puerta. El olor a trementina y cera derretida era asfixiante. Me contuve para no hacer una mueca.
—¿Qué quieren, señores? –Su trato fue preferente. Vio nuestras ropas, nuestro porte, y le pareció suficiente como para recibirnos así sin más. Se levantó del taburete donde estaba tan cómodamente retraído y dejó la paleta sobre un gancho del caballete. El pincel se lo colgó de la oreja. Como si estuviera a punto de darnos la mano, cosa que desde luego no haría, se limpió las manos con un trapo que le colgaba de la cintura. Pero la pintura no se le iría con solo frotárselas en un paño sucio—. Pasen, no se sientan cohibidos. Me encanta traer visitas a mi taller.
—Recientemente me he enterado de que tenéis vuestro propio taller. ¿Tenéis alumnos?
—De momento tengo tres, sí. –Dijo, con el pecho henchido y un gesto altivo—. Pero no sé qué haré con ellos. Me han ofrecido irme a Pésaro una temporada. La familia Della Rovere me ha contratado para unas pinturas. Tal vez me los lleve conmigo.
—Eso es estupendo. He dado con vuestro antiguo maestro, pensando que trabajaríais aún para él. Pero me ha dicho que ya estabais trabajando por vuestra cuenta.
—A todo esto... –Murmuró el joven, mirándonos a ambos con algo de curiosidad—. ¿Quiénes sois?
—Yo soy Sebastián Cornelissen, y este es mi sobrino Marcus. –Acto seguido sacó la carta que le había escritor el emperador y se la entregó. El joven dio un salto de sorpresa al ver el sello imperial en el lacre—. Somos los médicos del emperador, que como supongo que sabréis está en Bolonia…
—¡Sí! Es una pena que la coronación no haya sido en Roma. Estuve hace unas semanas allí por unos trabajos, y hubiera podido ver los desfiles.
—Es una lástima. Fueron unos desfiles preciosos. –Mintió, no los vimos.
—¿Y qué os trae a mi taller, caballero? ¿Está bien el emperador? –Preguntó, supongo que en su mente se había quedado con que éramos los médicos del monarca y por ese tema veníamos. A muchos les ocurría.
—Está perfectamente…
—Entonces solo puede ser un encargo. –Advirtió el muchacho y se sentó de nuevo en su taburete para leer a la luz de las velas la misiva. Lo hizo acompañado de nuestro silencio y cuando terminó, sonrió con algo de picardía.
—Vaya, tenía la esperanza de que el encargo fuera directamente para el emperador. Espero que no tenga un pintor de corte holandés. Esos no tienen piedad con sus modelos. –Mi maestro sonrió, y yo le miré, azorado—. Bien, en ese caso… ¿En qué consiste? La misiva me pide que atienda vuestros deseos, pero qué deseos son esos.
—Desearía un retrato de mi joven aprendiz. –Dijo mi maestro, posando una mano en mi hombro y empujándome, haciéndome dar un paso adelante. Casi me revuelvo como un animalillo bajo su tacto. Me espanté de solo imaginarlo.
—¡Ya veo! ¿No preferís uno vuestro…? –Le preguntó el pintor—. Estoy cansado de los retratos a muchachitos. Alejandro de Médici me tiene frito.
Mi maestro se rió aún con su mano sobre mi hombro y negó con el rostro.
—No. Me conformo con un retrato de mi ayudante. Es mi sobrino, y hasta ahora no le han retratado como es debido. Creo que es un buen momento. ¿Y qué mejor que con el pintor más en boga de la Florencia de este tiempo?
El muchacho espantó esos halagos con un gesto de la mano.
—Bueno, bueno. No es para tanto.
—Si el futuro duque os toma como pintor personal…
El joven chasqueó la lengua y se guardó la carta en el interior del jubón. Suspiró. Y unos segundos después su expresión cambió un poco, algo decepcionada.
—Decidme. ¿Es un encargo para vos, o para el emperador?
—Si os preguntáis quién os va a pagar, seré yo. –Eso alivió al joven, sobremanera.
—Temía que me lo quisierais pedir como un regalo para el emperador. Y lo cierto es que no ando muy bien de tiempo como para regalar mi trabajo.
—Jamás os pediría algo así. Pero sí que debo advertíos de una cosa… es importante. –Me miró, apenado—. Lo cierto es que ambos tenemos una enfermedad hereditaria, nuestra piel no puede exponerse al sol, así que tenemos que trabajar y hacer vida durante la noche. Sé que es un gran sacrificio, pero podríais…
—No tengo ningún problema. –Se adelantó, levantándose de nuevo del taburete—. En absoluto. Como ve, en esta época del año apenas hay luz con la que trabajar. Así que no me queda otra que invertir en velas.
—Le pagaré por las molestias.
—Pagará lo que tengo estipulado, ni un real más. No quiero que me anden regalando nada. –Orgulloso y también algo excitado se fue hasta el final del taller y nos mostró varios tamaños de lienzos. Lo cierto es que fue mi maestro el que habló con él, el que llegó a un acuerdo de 85 escudos de oro por el trabajo completo, el estilo del fondo y el tamaño del retrato. Yo estaba allí plantado con todo un conflicto de ideas en la mente. Una cosa era vestirse como un señorito e ir por ahí fingiendo ser alguien importante y otra que mi maestro se gastase casi 100 escudos en retratarme, como si fuera un monarca.
—¿Es que se te fundido la sesera? –Le pregunté cuando lo tuve de nuevo a mi lado y el pintor preparaba el nuevo lienzo en el caballete. Al parecer íbamos a empezar a tomar el boceto en ese mismo momento—. Me preguntaste por un favor. ¿Y si no te lo concedo?
—Si no quieres, no pasa nada. –Dijo, encogiese de hombros, como si haberse comprometido ya con el pintor no supusiese nada. Me dejó a mí todo ese peso sobre los hombros y sobre mi conciencia.
—¡Cien escudos!
—Ochenta y cinco. No exageres.
—¡Mi familia habría podido vivir el resto de su vida con ese dinero! –Dije, pensándolo nuevamente con la mente más fría. Observé, ojiplático, como el muchacho colgaba unas cortinas sobre una de las paredes. Y acercaba a ese escenario improvisado una pequeña mesita de caoba para que me apoyase.
—¿Desea que le retrate con algún tipo de instrumental médico? –Le preguntó a mi maestro pero yo, aún a su lado, le lancé una mirada llena de rencor.
—No. Creo que preferiría ser retratado con un libro en la mano. ¿Qué te parece eso?
Aquello terminó por ablandarme. Aunque imaginarme a mí mismo en aquella situación me resultaba vergonzosa, algo se removió dentro de mí. Lo mismo que le remueve a cualquier humano que va a ser retratado. La idea de quedar inmortalizado por la eternidad. Pero al contrario que el resto, yo permanecería inmutable durante los siglos, igual que un reflejo de la pintura. Era una idea casi morbosa. Jugar al despiste con el tiempo, con la humanidad. Siempre podría decir que era yo, y siempre sería yo mismo, hace cien, ciento cincuenta o doscientos años atrás. Era incluso perverso pensar que le retrato se degradaría, envejecería y se ajaría mucho antes de que yo pudiera si quiera imaginar en morir. Un Dorian grey de novecientos años. La tela se desharía, la pintura se caería. Pero yo seguiría como el mismo día en que me retrataron.
—¿Algún libro en concreto? –Me preguntó Bastian—. ¿Algún libro de filosofía? ¿La Biblia?
—Eso es perverso. –Murmuré tapándome la boca con la mano, mirando por encima de ella al pintor que había vuelto a su taburete—. Tal vez un grimorio sería más adecuado.
—¡Un libro de alquimia! –Exclamó, divertido, gesto que hizo reír también al pintor.
—El muchacho tiene más porte de soldado. Tal vez algún libro sobre la guerra. –Apuntó el artista. Yo me ruboricé.
—¿Un libro sobre disección humana sería adecuado? –Le pregunté a mi maestro, cosa que le hizo dar un respingo. Chaqueó la lengua y negó con el rostro, en mi dirección, como si corrigiese a un niño.
—Ni se te ocurra.
—Bien. –Dijo el pintor—. Pues si el modelo está listo… —Señaló el decorado que tenía delante—. Podemos empezar con el boceto.
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