EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Prefacio
PREFACIO
Esta aventura comienza a principios de la década de los 90, al norte de España, en un pequeño pueblo de los montes cántabros, que por la seguridad de todos, voy a mantener en secreto. Uno de esos pequeños recodos entre dos montañas donde Dios ha dejado caer un puñado de casitas pintorescas, donde en invierno las personas se refugian al calor de una vieja chimenea y en verano los prados aparecen tan verdes como en las mejores ilustraciones impresionistas.
Soy una persona de provincia, pero aún así esos pequeños lugares apartados de toda comunicación siempre me han producido cierto desconcierto e inseguridad. No conduzco desde hace muchos años y no soy buena con la orientación, y siempre que tengo que llegar hasta uno de esos lugares abandonados de la mano de Dios pienso en los peores escenarios posibles. Aún hoy en día en este país hay bastantes poblados sin cobertura, abandonados, o lo que es peor, incomunicados y aislados de las carreteras convencionales. Así que llegar a ellos a veces supone todo un reto, y salir se convierte en un problema, si uno queda extraviado, sin coche o sin línea telefónica.
Pero es gracias a eso que estas pequeñas regiones han conservado todo su misticismo y entre sus gentes, vagan aún seres mitológicos de la más castiza estirpe. Los trasgos son los más temidos entre todos, los niños acusan a estos duendecillos cuando desaparecen sus juguetes y sus madres los mentan cuando alguien se ha comido el currusco de la barra de pan. Pero de noche, el chiste se vuelve temor al oír el cojeo de sus pasos a lo largo de los pasillos de las casonas.
O el tentirujo, otro duendecillo sacado del folclore más profundo, con ropas rojizas y boina sobre la cabeza que se dedica a tirar de las faldas de las mujercitas para volverlas descaradas. Inteligente y astuto, usa las propiedades de las raíces de la mandrágora para volverse invisible y podre obrar con impunidad.
Son muchos los seres que habitan esas tierras, y siendo una gran admiradora de toda esta cultura del misticismo y el ocultismo, en mi tiempo libre me gusta dirigirme a todos esos lugares donde hay testimonios fantásticos de seres avistados, de extrañas experiencias vividas. De quienes han convivido con criaturas como esta o que tienen grandes historias que contar. Pero no ha sido hasta ahora donde alguien ha conseguido helarme la sangre y conseguir que todo mi vello se ponga de punta con un testimonio que se sale de lo habitual.
Por conocidos de este mundo del ocultismo recibí una noticia bastante inquietante a la par que sorprendente. Tanto que apenas la tuve en consideración. Me advirtieron de que en un pequeño pueblo montañés de esta hermosa tierra, Cantabria, existía un extraño rumor. Casi como una vieja historia que se lleva años contando y que ya ha pasado a formar parte de una broma particular entre los habitantes del pueblecillo: Un vampiro regentaba un viejo anticuario. Recuerdo mi expresión de estupor al oír mentar al vampiro, un ser que aunque sea tan popular, se sale de la norma general del folclore español.
En los pueblos la calidad de vida es mayor –Le dije al conocido que tenía al otro lado de la línea telefónica—. Que un hombre llegue a la ancianidad no es algo extraño. Las gentes de pueblo son muy exageradas.
Dicen que es un muchacho. –Me respondió.
Aunque mi interlocutor intentó por otros cinco minutos convencerme de que me pasase por allí para desentrañar aquel misterio y poder sumarlo a nuestra lista de misterios a los que nos habíamos aproximado, ya me había ganado con aquello de que era un muchacho.
Programé mi viaje para unos meses después de aquella llamada y partí en cuanto tuve oportunidad. He de reconocer que para entonces la emoción inicial se había mitigado en gran parte porque en mi mente todo aquel tiempo había estado intentando justificar aquello. Aunque éramos forofos del misterio, del misticismo y el ocultismo, nuestras mentes estaban abiertas también a la racionalizad, y aunque atraídos por una historia de suspense y terror, nos gustaba verlo todo a través de un cariz racional. Seguro que era el nieto del antiguo propietario, o puede que otro joven lo hubiese adquirido y ahora todo el mundo estuviese convencido de que era el antiguo dueño que hubiese rejuvenecido.
Como no tenía más datos que los que mi conocido me había proporcionado tampoco estaba segura de qué me encontraría allí. Puede que aquella historia no fuese real. Y ni si quiera hubiese un anticuario en aquel pueblo. Puede que la historia le hubiese llegado algo transfigurada y fuese en el pueblo de al lado donde se hallaba el anticuario. Con todas esas ideas en la mente cogí el coche y partí en aquella dirección.
A medida que me acercaba a un pueblo cercano, donde me había conseguido un pequeño alojamiento en un hostal, —porque en el pueblo al que me dirigía no había encontrado ningún sitio donde poder hacer noche—, me preguntaba si estaba haciendo lo correcto. Era pasado medio día y aún pensaba comer antes de llegar al pueblo indicado. Pero como muy tarde llegaría a primera hora de la tarde, cuando el sol aún estaba en el horizonte. ¿Acaso si todo aquello era real, no se suponía que no me podría entrevistar con el vampiro? Me reí de mi propia objeción, pero al mismo tiempo lo encontraba de lo más lógico. Lo cierto es que ni si quiera tenía esperanza de encontrar ningún anticuario.
Pasadas las cinco de la tarde llegué allí. No era mi intención demorarme tanto. La comida se me había alargado y de camino me había perdido y me había tenido que parar en mitad de la nada a consultar los mapas. Hubo un momento en que pensé que tendría que regresar de vuelta al hostal cuando un pequeño cartel a un lado de la carretera me advertía de la salida a tomar para llegar a mi destino.
Era otoño y los días ya no eran tan largos, pero aún había una buena temperatura, incluso para ser en una zona norteña, y me alegró ver a transeúntes por las calles. Escasos, pero con alguno me crucé cuando llegué allí con el coche. Siendo las calles tan confusas, entrecruzadas y desiertas, no había ningún tipo de limitación para el aparcamiento así que dejé el coche detrás de una furgoneta blanca y me bajé, ante la atenta mirada de un paisano que paseaba sujeto a su bastón. Con la boina calada hasta la nariz y el paso lento. Se detuvo cuando me vio bajar del coche y aunque le di las buenas tardes, no me contestó. Tampoco avanzó. Se me quedó mirando como quien acaba de ver aterrizar un platillo volante. Con escepticismo, pasmo y en guardia.
No estaba segura de lo que me iba a encontrar así que me calé una chaquetilla de lana, me llevé conmigo mi bandolera con unos cuadernos, la billetera y algunos enseres más, y bloqueé el coche. Pero cuando me volví para preguntarle al hombre por dónde quedaba el anticuario, ya había desaparecido. Como una sombra que se la lleva el viento. Miré por toda partes, temiendo que se hubiese esfumado, pero solo se había alejado, caminaba por una calle perpendicular hacia alguna parte.
Decidí dar una vuelta, como mínimo para hacerme una idea de la extensión del pueblo y del ambiente de sus gentes. Tras media hora de paseo apenas saqué nada en claro. Las cuatro o cinco calles principales estaban empedradas, húmedas por algún chubasco que hubiese caído por la mañana, y casi desiertas. Las casas se alineaban a cada lado en edificios medievales, de al menos tres plantas de altura y de estructuras de madera oscura y piedra ennegrecida. De vez en cuando se veían comercios, la mayoría cerrados o a punto de cerrar. Una frutería, una panadería, un ultramarinos. Tres bares, dos de ellos cerrados, el tercero con un cliente sentado al fondo de una barra oscura y lúgubre.
En la plaza, un pequeño rectángulo entre bloques de edificios una luminosa fuente vertía agua cristalina sobre una pila de piedra. Alrededor crecían pequeños tréboles, ombligos de Venus y alguna margarita. Bebí un poco de agua y me sequé el sudor que corría por mi frente. Mis mejillas estaban algo ruborizados por el paseo, por las subidas y bajadas y por la tensión de un lugar desconocido.
Sentada en una pequeña silla de madera y mimbre había una anciana, toda vestida de negro y con el cabello blanco recogido en un moño como de terciopelo. Estaba tan quieta y silenciosa que hubiera jurado que era una estatua, o una de esas brujas chillonas que regalan en Galicia como suvenires. Tenía una toca negra cubriéndole los hombros y cuando me acerqué, levantó una mirada lechosa, cegada por las cataratas y el paso de los años.
Le pregunté por el anticuario. Me presenté como una tasadora de antigüedades y deseaba visitar aquella tienda. La señora pareció dudar y tembló antes de levantar un dedo torcido por la artritis para señalar una calle que subía hacia algún lado.
—La primera calle, a la izquierda. Al fondo, está el anticuario. —Dijo y yo sonreí llena de gratitud, pero mi emoción se volvió decepción al oírla decir, cuando ya me daba media vuelta—: Pero está cerrado, niña. Lleva más de cuarenta años cerrado.
—Oí que alguien lo regentaba. ¿No me diga que llego tarde?
Pero la señora ya no dijo nada más. Se le acabó la cuerda o tal vez como me había alejado ya no me oía. Lo di por imposible y me encaminé hacia donde me había indicado. Lo cierto es que ya me estaba mentalizando para volver al coche y pasar una noche agradable en el hostal, —se me antojó una ducha caliente, una cena frugal y una noche tranquila en una cama diferente—, cuando al torcer a la izquierda por donde me había indicado la anciana, el escaparate del anticuario apareció ante mí. No habría reparado en él si no me lo hubiesen indicado. La calle, pequeña y no muy ancha, terminaba en la fachada de aquella tienda. Estaba forrada de madera, como cualquiera de aquellos negocios. Los dos cristales del escaparate estaban tan llenos de polvo, de manchas de lluvia y opacos por el tiempo que desde aquella distancia era difícil ver el interior. Igual pasaba con los cristales de la puerta. Las vidrieras apenas dejaban pasar la luz al interior, de tanta suciedad que habían acumulado.
Me acerqué. Y a medida que avanzaba el estado de aquel lugar se volvía más deplorable. La madera del exterior no estaba en tan buen estado como había supuesto. Algunos de los listones estaban a punto de desprenderse y a todo le faltaban varias capaz de nueva pintura, y bastante barniz. Un cartel anunciaba el lugar.
ANTIGUEDADES CORNELISSEN
Me hubiera resultado gracioso encontrar debajo de aquel enunciado, algún tipo de indicación como… “desde 1762” o algo parecido que el diese credibilidad a aquella historia del vampiro. Pero no había nada más, a excepción de un pequeño cartelito por dentro de la puerta que se lamentaba con un…
CERRADO, DISCULPEN LAS MOLESTIAS
Ni si quiera se encontraba algún tipo de horario que me indicase a qué hora habrían o cerraban, o cuando podía presentarme en otra ocasión. Así que todas mis esperanzas se perdieron.
Asomándome al interior a través de un de las vidrieras encontré, a duras penas, un escaparate montado con telas de terciopelo rojo, que enmarcaban algunos relojes antiguos. Todos estaban detenidos, o por lo menos no advertí a ninguna de las agujas moverse. Eran realmente antiguos. No era una gran experta en tasación de antigüedades, pero no me hallaba equivocada al decir que al menos la mitad de ellos eran del periodo victoriano, sino anterior. Más a lo lejos había candelabros, esculturas de mármol del tamaño de niños, estanterías repletas de libros y algunos muebles de la época de la regencia. Un canapé de tela azul lapislázuli y del techo colgaba una vieja araña de vidrio. Pero aunque hermoso, todo estaba cubierto de un velo pardo y gris a causa del polvo estancado y del paso del tiempo. La falta de manteamiento había hecho que los objetos metálicos adquirieran una pátina oscura y fea y los muebles habían perdido el brillo del barniz. Era una pena, pensé. Todos aquellos objetos harían las delicias de los museos de la capital. O de cualquier provincia.
Y entonces se me ocurrió, que si todo aquello realmente tenía algún valor, nadie los habría dejado abandonados a su suerte.
Toqué a la puerta con los nudillos, con una sensación de ridículo cubriéndome de un rubor infantil. Como no esperaba a nadie dentro, aquello me pareció el gesto más estúpido que hubiera realizado nunca. Llamar a una puerta cuando nadie había al otro lado. Como un mal chiste. Y sin embargo, ante el silencio, volví a llamar. Esta vez con más insistencia. Intentando convencerme de que si yo misma mostraba esa seguridad por que alguien me esperaba dentro, se animaría a abrirme.
Di unos pasos atrás, y miré la fachada. Estaba comenzado a oscurecer, pues era otoño y los días habían comenzado a volverse más cortos. Pero el sol de media tarde aún alumbraba la fachada con una cálida luz hogareña. Las ventanas del piso superior estaban cerradas y las contraventanas también. Aunque alguna de ellas estaba descolgada, sujeta nada más que por una de las bisagras.
Me acerqué de nuevo para golpear a la puerta cuando escuché algo en el interior. Como el sonido del crujido de un mueble. Como el crujir que haría la madera de una butaca cuando el dueño se levanta. El roce de la tela y el volumen de la espuma volviendo a su lugar. Pudo haber venido de cualquier parte, pero me pareció sentirlo en algún lugar al fono de aquella tienda. Volví a golpear la puerta esta vez sobre el cristal, lo que resultaba mucho más estridente.
—¿Hay alguien ahí dentro? —Pregunté, a pesar de que no volví a oír ningún sonido.
Para provocar aún más escándalo así el pomo de la puerta y lo zarandé para intentar abrir, pero para mi sorpresa la puerta cedió con la facilidad que le había conferido no estar cerrada. La llave no estaba echada y había conseguido abrir la puerta sin esfuerzo. Me pregunté si habría roto el cerrojo, o algo parecido, a causa de la herrumbre que presentaba el pomo. O si por el contrario el último propietario, o persona que hubiese pasado por allí, se hubiera olvidado de cerrar con llave. Aquello terminó por asustarme. Nadie en su sano juicio dejaría una tienda completa de antigüedades realmente costosas sin cerrar, abandonada, ni si quiera en el pueblo más remoto de la península. ¿O sí?
Dudé en si entrar o no. Pero antes de llegar a una conclusión ya estaba dentro. El interior era mucho más ocurro de lo que había imaginado. La capa de mugre que cubría los cristales mantenía todo aquello en penumbra y me costó varios minutos acostumbrarme a aquella iluminación tan tenue. Choqué con la esquina de un tocador barroco, y con un paragüero de la época Eduardiana. Si no eran imitaciones aquello debía costar una fortuna.
Cuando la puerta se cerró de tras de mí sufrí un espasmo y a mi mente acudió un instinto primigenio de supervivencia. Aquello era una ratonera. Diseñado para atraer como moscas hacia una telaraña de lujo a turistas perdidos, puede que a muchachos curiosos o investigadores ingenuos como yo. Ya imaginaba las historias que podían contarse sobre este sitio. Quien entra, ya no vuelve a salir y esas cosas…
No quise alejarme demasiado de la puerta pero todos los objetos que había allí me conducían por un camino trazado poco a poco hacia el interior. Era más amplio de lo que se atisbaba a ver desde fuera. Por todas partes había muebles, esculturas, pinturas y abalorios. Cualquier otro se habría sentido atosigado por aquel horror vacui de antigüedades mugrientas y empolvadas. Pero a mí me hizo sentir reconfortada y curiosa. Cada mueble tenía sobre sí un par de lámparas, candelabros o joyeros, y sobre ellos, figuritas, pendientes, monederos, libros o rosarios. Un tablero de ajedrez y un reloj de porcelana. Incluso una espada colgando de la pared. Nada tenía precio aunque sí estaban catalogados. Incluso un pequeño san pancracio de madera tenía una etiqueta en papel con un número de serie.
Al fondo había un mostrador, delante de varios cuadros enmarcados y expuestos. Acercándome allí esperaba encontrar una campanilla sobre la que llamar al propietario, pero igual que con los golpes en la puerta, nada más que ilusiones saldrían a recibirme. Las pinturas me resultaban vagamente familiares, como si las hubiese visto hacia tiempo en algún libro de historia o en algún museo. Si no eran exactamente las mismas, el estilo me era familiar. Un hombre, apoyando su mentón sobre su mano con una expresión de indefinida desesperanza. Un Van Gogh. Me acerqué, rodeando el mostrador.
“RETRATO DEL DOCTOR GACHET. VAN GOGH”
Versaba una etiqueta que colgaba de una de las esquinas de su marco. Y a su derecha, un barco en medio de una tempestad, en un estilo mucho más barroco y natural. Este me resultaba menos conocido pero su autoría me sobresaltó de igual manera.
“TEMPESTAD SOBRE EL MAR DE GALILEA. REMBRANDT”
Ahora recordaba dónde los había visto, en un
artículo de periódico que había leído unos meses antes, si no era en un
National Geografic, en una revista de historia que había encontrado por ahí. Un
artículo que hablaba de obras de arte desaparecidas. Junto con otras tantas,
estas dos aparecían en la lista de las más buscadas. Me acerqué aún más a las
pinturas y sonreí. Ahora entendía todo aquel lujo. Eran todo falsificaciones.
Los libros, los muebles, incluso los relojes. No era habitual ver que un
anticuario se las ingeniaba para vender antiguallas restauradas y remodeladas haciéndolas
pasar por más antiguas. Seguro que el negocio de quien fuera esta tienda se había
ido a pique y no se había molestado si quiera en rescatar todas aquellas
baratijas.
La tienda propiamente termina ahí, pero a la
izquierda se prologaba un pasillo que ya no estaba abarrotado de muebles o dibujos
enmarcados. Conducía hasta una cristalera de vidrios coloreados, con hermosos
motivos florales. El pasillo continuaba por una escalera ascendente que
conduciría hasta la vivienda. Pero mis ojos se detuvieron fuera. La cristalera
daba a un patio interior muy hermoso, ajardinado, con macetas de todo tipo de
plantas y flores. Con un limonero. Los pájaros descendían hasta allí y su trino
sonaba por todo el corredor. Y la luz, coloreada, atravesaba los cristales y se
plasmaba por las paredes, tornando aquel triste otoño en una primavera
nostálgica.
Cuando una nube cubrió el sol, los colores se
apagaron y el frío cubrió el corredor, con una larga sombra arrastrándose
escaleras abajo. Cuando miré al final del pasillo, una figura se mantenía de
pié en el último escalón y apoyado en el pasamanos me miraba fijamente como
quien encuentra un intruso en su casa, con una mezcla de susto y ofensa. Era
todo sombras, pero erguidas con autoridad.
—¡Disculpe! –Atiné a decir cuando atisbé unos
ojos que me miraban a través de esas sombras. El hombre avanzó terminando de bajar
las escaleras con paso lento y cauto igual que yo retrocedía para alejarme—. La
puerta estaba abierta…
—¿Y eso te da permiso a entrar en casas ajenas?
—No, no desde luego que no. –Sonreí con
aprensión, y él se detuvo al final de la escalera, allí donde el sol no caía a través
de las vidrieras, que aunque tenue, era suficiente como para alejar las sombras.
Su voz seguía sonando a través de mis oídos,
como una frecuencia que rebotase en el interior de mi mente. El eco de los
pasillos acentuó una gravedad que no había sido real. Y el tono, a pesar de
duro, era más de enfado.
—Eres una forastera. –Dijo con toda la calma
que le proporcionó observarme durante eternos segundos en aquel corredor. Yo no
me había movido y él me estudiaba con antena curiosidad. Pero con un suspiro de
desánimo, o de falta de paciencia, bajó el rostro e hizo el amago de darse la
vuelta—. Vete, y no te lleves nada. Lo sabré…
—Disculpe, pero he venido expresamente a
conocer esta tienda. ¿Está cerrada? –Intenté retenerlo, al menos unos segundos.
Intenté ganarme su confianza aunque fuera con un buen tono y buenos modales,
pero la pregunta había sido del todo estúpida. Todo estaba cubierto con una
gruesa capa de polvo, no solo no estaba abierto, ni si quiera estaba visitable.
El hombre se volvió a mí y me miró por encima del hombro, con pasmo.
—Anda, no digas tonterías…
—¡Dicen que es usted un vampiro! –Aquello fue
lo único que se me ocurrió decirle para retenerle de nuevo. Funcionó, porque se
volvió nuevamente hacia mí y me miró desde aquellas sombras, cargado de
estupor. Después, rió, con más encanto que sorpresa y cuando estaba a punto de reírme
con él, dijo:
—Vaya, ya era hora de que la noticia se
extendiese.
La sonrisa se me congeló en el rostro y fruncí
el ceño.
—Los rumores como este acaban extendiéndose.
–Reí—. Pero la mayor parte de las veces solo son rumores. Historietas que la
gente cuenta para hacer más entretenido el día a día. Para explicar sucesos
extraños, con situaciones tan extrañas como esta. –Miré alrededor—. Un
anticuario que siempre está cerrado…
—Antes las personas solían darle más crédito a
los rumores. –Dijo, en tono soñador—. Siempre tienen una parte de verdad.
Volví a fruncir el ceño, si me estaba siguiendo
el juego, comenzaba a dejarme de hacer gracia.
—Pero hoy en día las gentes son mucho más escépticas,
y tienen poco tiempo para el temor, y el misterio.
—¿Acaso ha dado usted motivo para hacerle creer
a la gente que es un vampiro?
Al preguntarlo, por prima vez pensé que tal vez
su apariencia era el motivo para este rumor. No lo había pensado hasta ese
momento pero tal vez delante de mí encontrarse a un joven gótico, con
apariencia siniestra, cargado de piercings y tatuajes que escandalizasen a las
humildes gentes de un apartado pueblo de la montaña cántabra.
Pero rió ante mi pregunta y se apoyó en el
pasamanos de la escalera.
—Intento pasar desapercibido. No suelo dejar testigos.
Los que entran en esta tienda, normalmente no vuelven a salir.
Sonreí, y el rió acompañando mi sonrisa. Pero
por dentro estaba helada. Se me había secado la boca y mis manos habían comenzado
a sudar. Juro que pude sentir todas las alertas dentro de mí. Ese impulso primordial
que le arranca a uno el sentido y le pide correr.
El sol volvió a hacer acto de presencia,
saliendo de detrás de una nube y llenó de color el corredor de vidrieras.
—¿Has venido buscando al vampiro? –Preguntó el
joven—. ¿Y puede saberse para qué?
—Creo que me conformaba con un par de
testimonios de pueblerinos que me asegurasen haber visto a un vampiro. No
esperaba hallar al vampiro en persona.
—¿Lo has encontrado? –Preguntó y yo di un respingo.
Estaba jugando conmigo, con voz melosa y seductora. Juguetona, como el gato que
da palmaditas a un ratón que se está haciendo el muerto, antes de clavarle los
dientes.
—Espero que así sea. –Murmuré y eso le hizo reír.
Pero a mí se me heló la sangre cuando lo vi avanzar a través del corredor
iluminado, atravesando los haces de luz rojos, azules, verdes y amarillos, en
mi dirección.
Era más alto que yo pero puede que más joven.
Caminaba encantadoramente, con paso ensayado, con el rostro vuelto hacia mí. Con
una melena castaña oscura que el caía hasta los hombros, ondulada, con
brillantes bucles, como uno de los jóvenes que pintó entones Rafael, en Italia.
Era mucho más diferente de lo que habría supuesto. Tenía la piel cetrina pero
con destellos de rubor salpicando sus pómulos, como los niños rubicundos. Los
labios llenos, húmedos y con una forma muy armoniosa. Vestido con una camisa
amplia y unos pantalones de vestir negros, se acercó a mí y yo retrocedí con
algo de susto. Si lo hubieran soltado en medio de un centro universitario, no
habría llamado la atención más que por un par de muchachas que hubieran recaído
en su facciones dulces y clásicas. Sus ojos eran marrones oscuro, de lo que no
me di cuenta hasta mucho después, pues era incapaz de devolverle una mirada
directa. Y cuando pude hacerlo, era ardiente, como si me quemase desde dentro.
El aliento se me cortó cuando se puso a mi altura de vuelta en la tienda y
señaló la puerta con un ademán caballeroso.
—Márchese, señorita. Quien se encuentra con el
vampiro, no suele sobrevivir a él.
—He venido hasta aquí desde muy lejos. –Dije,
apenada. O tal vez camuflando mi miedo con fingida pena—. ¿No va a concederme
al menos una entrevista? He venido a saber del vampiro del anticuario, y no voy
a irme así.
Aunque mi tono era autoritario, a él le hizo
tanta gracia como si estuviese hablando con una niña de cinco años, testaruda y
a punto de hacer una rabieta.
—¿Qué has venido a saber? –Preguntó—. ¿Cómo
matar a una víctima? ¿De cuántos hombres y mujeres me alimento en un día?
—Lo que… —Tartamudeé—. Lo que quiera contarme…
—Si has venido a ver trucos de magia, aquí no
los hay. –Murmuró, con pena y me dio la espalda, volviéndose detrás del
mostrador del anticuario y sentándose en la polvorienta silla de terciopelo que
había allí. Unos minutos antes yo misma me había apoyado en ella, para observar
los cuadros que ahora figuraban a su espalda. Rodeé el mostrador y me puse de
pie al otro lado, frente a él—. No hay transformaciones en murciélago, ni
vuelos nocturnos. Tampoco aparecerán una manada de lobos a la puerta de la
tienda. Ni me verás levitar, o confundirte con juegos mentales. –Movió sus
dedos con aire juguetón, como queriendo embrujarme, lo que me hizo sonreír.
—Con unas palabras sinceras me doy por satisfecha,
se lo aseguro.
✵
No sé como acabé por convencerle de que me
contase la historia de su vida. Incluso hoy, meses después de este encuentro,
no dejo de pensar en que lo único que le movió a contarme su historia, no fue
la confianza que pude transmitirle, ni tampoco un sentimiento de orgullo y
vanidad. Sino la dura soledad, la búsqueda de un poco de atención, aunque
viniese de una escéptica desconocida. Lo hizo de buen grado, tanto para mí como
para él mismo. Advertí que le gustaba hablar, aunque solo fuera para
escucharse. Y me imaginé lo duro que le había resultado todos aquellos años
allí enclaustrado. Incluso si había sido por voluntad.
Lo que me dispongo a redactar, es la historia
que él me transmitió. Dejo a criterio del lector si creer o no en esta
historia. Yo, en lo personal, admiro la creatividad y la imaginación de un
joven pueblerino que se ha visto sucedido por tantas historias fantásticas.
Pero soy incapaz de concebir una realidad tan cruel, un destino tan
inmisericorde para un alma humana como es la eternidad. Si alguien quisiera
creerlo, estoy segura de que el corazón de este muchacho se sentiría un poco
más consolado.
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*El retrato del doctor Gachet es un cuadro pintado al óleo sobre tela del pintor holandés Vincent van Gogh. Data del año 1890. Es una de las pinturas de Van Gogh más reverenciadas, desde que alcanzó un precio récord en 1990. Según The New York Times esta pintura se vendió en una subasta en 1990, y ha desaparecido desde entonces con lo que su paradero se ha convertido en uno de los mayores misterios del mundo del arte.
*La tormenta en el mar de Galilea es una obra del pintor holandés Rembrandt, pintada hacia 1633. Es una de las obras más famosas del arte robado. Desapareció en 1990 del Museo Isabella Stewart Garner en Boston. Unos tipos vestidos de policía irrumpieron en la pinacoteca, y a golpe de cuchilla, cortaron 13 cuadros de su bastidores, los enrollaron y se largaron de ahí. Desde entonces no se sabe nada de las obras de arte y la investigación sigue abierta.
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