EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 26
CAPÍTULO 26 – La resolución
Llegamos al piso cuando
aún quedaban varias horas para el amanecer. Reconozco que estaba exhausto pero
lo suficientemente excitado y aterrorizado como para no temer no poder dormir
por días. Sin embrago yo estaba mucho más calmado que Sebastián. que parecía
aumentar su cólera a medida que pasaban los minutos. Por suerte no lo pagó
conmigo, pero deambuló por el piso de un lado a otro, quitándose la ropa,
colocando los armarios, moviendo las cosas de sitio… simplemente como una forma
de perder el tiempo mientras ordenaba sus ideas. Con la gorguera medio quitada
y el jubón por el suelo se volvió hacia mí, con los brazos en jarra.
—¿Puedes creerte la
forma en que nos han tratado?
Yo me había hundido en
la esquina de uno de los sofás, con uno de los pies sobre el mismo y el otro
con el talón apoyado sobre una mesita baja delante de mí. Cruzado de brazos,
conteniendo mi enfado.
—¿Qué pensabas que
ocurriría? ¿No has visto sus mentes? ¿No has podido leer sus intenciones?
Él no me contestó. Le
enfureció aún más que no me pusiese de su lado, sino que le echase la culpa de
lo ocurrido. Aunque he de darle la razón cuando dijo:
—Si no hubiéramos ido, habrían
venido aquí, a buscarnos, con cualquier excusa.
—Has perdido los
papeles. –Le dije, cosa que tampoco le agradó—. Deberíamos habernos quedado y
enfrentar su amenaza con un poco de talante y mano izquierda.
Entonces se acercó a
mí, en gesto amenazante y me señaló con un dedo agresivo.
—No permito que nadie
me amenace, ni a mí ni a mi pupilo. Y mucho menos un humano. Al que podría aplastar
como a una mosca. –Cerró el puño con fuerza, apretando sus cinco dedos hasta
dejar sus nudillos blancos. Se separó de mí, airado, volviendo a meterse en uno
de los dormitorios para aparecer de nuevo a los segundos, con nuevos argumentos
con los que despotricar.
—¿Qué se han creído?
¿Intelectuales? No he conocido época como esta, te lo aseguro. –Se llevó las
manos a la cabeza—. ¿Dicen que ésta es la época dorada…? ¿De qué? Una panda de
supersticiosos que se hace llamar intelectuales y eruditos. ¡No he visto
personas más ingenuas y temerarias! En mis tiempos las personas tenían un
mínimo de temor a Dios y no andaban por ahí jugando a los cazadores de brujas.
—No me imagino los
martirios a los que deben someter a los pobres que encuentren por ahí…
—No quiero ni pensarlo,
Marken, no quiero ni imaginarlo.
—Dicen que hace unos
años quemaron a un grupo de mujeres inocentes en el nuevo continente acusándolas
de brujería…
—¡A saber a cuántos
más!
Desapareció de nuevo en
el dormitorio y oí el chapoteo del agua. Se estaría enjuagando la cara con en
el lavamanos. Tardó en volver, y cuando lo hizo ya no tenía la gorguera
colgando y se había peinado el cabello con un poco de agua de rosas. Parecía un
poco más sosegado. Pensativo incluso. Se acercó a uno de los ventanales a mi
lado y se quedó mirando el exterior con la expresión de un perro guardián que protege
su hogar. Aunque con aquella luz mortecina y el frío perfil de su nariz más
parecía una siniestra gárgola. Sí él podía colarse en las mentes de aquellos
seres tan lejos de nosotros, no dijo nada. Yo no quería ni si quiera
intentarlo.
Alcancé uno de los
pliegues de las cuchilladas de sus pantalones y jugué unos segundos con la
tela. Hubiera preferido estrechar su mano en la mía y entrelazar sus dedos con
los míos, pero me contenté con aquel gesto. Él no se movió.
—Dios no debe odiarnos
tanto, si permite que portemos sus símbolos, y bebamos de su agua vendita…
Bastian desvió sus ojos
fríos y brillantes en mi dirección con una expresión seria, cargada de un
profundo enfado, y frunció los labios para darme a entender que no tenía nada
que decir a aquello, pero pensó durante un buen rato, hasta que al fin murmuró:
—Nunca he conocido ningún
ser que se espante por la presencia de una cruz o de un relicario. No son más
que supersticiones, símbolos paganos como cualquiera. Si Dios está en ellos, no
lo sé. Dios nos ha permitido seguir viviendo en su mundo, pero con nuevas
normas. Claro que tenemos restricciones. Pero como cualquiera… considerarnos
una nueva especie, es lo mejor que se me ocurre. Una nocturna y más voraz. Pero
solo eso.
De repente se puso
tenso y sus ojos se proyectaron a través del paisaje. Yo me incorporé en el
sofá y miré por encima del respaldo, a través del cristal de la ventana. El
cardenal salía del Palazzo Pallavicini acompañado del inquisidor y de Lorenzo.
Salieron los tres y uno tras otro, después de una escueta charla, se montaron
en sus respectivos carruajes que los llevaron lejos. Después salió el astrónomo,
solo y con algunos libros bajo el brazo. Se fue andando, no debía alojarse muy
lejos. El veneciano Filippo fue el siguiente, acompañado del francés Étienne de Morvilliers. Ambos se quedaron al pie de la escalera hablando largo y tendido. El
tiempo suficiente como para ver salir después a Claúde du Fresne, quien se despidió de
ellos con un gesto de la mano y marchó, dejando a los otros dos aún inmersos en
la charla. Esta duró al menos media hora, en la que no nos apartamos de la
ventana.
Pero en cierto momento,
el diplomático alzó el brazo y señaló con un dedo nuestra ventana. Ambos nos
espantamos, pero mientras que mi maestro retrocedió, yo me quedé allí
congelado. No serían capaces. No nos vieron desde aquella distancia. Teníamos
las luces apagadas y nuestra presencia no era más que un vago reflejo en la
oscuridad. Filippo asintió, hablaron unos minutos más, seguramente de nosotros,
y después se despidieron y se separaron en direcciones opuestas.
Creo que hasta entonces
Sebastián había sentido solo enfado y ofensa. Su orgullo de vampiro anciano le había
llevado a revolverse contra un grupo de humanos que se habían atrevido no solo
a descubrirle, sino amenazarle e intimidarle. El juego previo, con los
relicarios y las trampas no le había parecido más que una mala broma. Pero en
ese momento el enfado y la ofensa habían dado paso al miedo. A un terror y una
sospecha mucho más delicada y fría de lo que podía ser el orgullo herido. Se
sumió durante las siguientes horas en una profunda meditación, tanta que yo lo vi
petrificarse allí de pie frente a la ventana. La luz de las antorchas lo
envilecía, no era más que una estatua de mármol y seda. Yo acabé por levantarme
y sentarme en algún rincón con un libro en la mano. Cuando regresé al salón
media hora antes del amanecer, aún seguía allí plantado. Iba a anunciarle que
me iba a acostar, pero verlo en aquel estado me quitaba el sueño y no deseaba
dormir sin él.
Despertó de ese letargo
solo y sin que yo le dijese nada. Me quedé observándole, como solía hacer él
conmigo, apoyado en el umbral de la puerta con los brazos cruzados, con una
mirada analítica y suplicar. Se volvió a mí, pausadamente y me miró con pena. Casi
con vergüenza.
—Temo que entren en la
casa cuando estemos dormidos. –Declaró, al fin.
—También yo lo temo.
¿Deseas que me quede despierto?
—No podría pedirte eso.
Es una tortura.
—Me entretendré con algún
libro…
—La casa no está bien
aislada. –Fruncí los labios, indicándole que esa no era excusa suficiente—.
¿Qué haremos, dormiremos por turnos? No… me niego a que me quiten mi paz. Eso
no.
—Creo que ya lo han
conseguido. —Suspiré, a lo que él se volvió de nuevo hacia la ventana, pero su
cuerpo aún se movía, aún estaba inquieto. No volvería a sumirse en sus
pensamientos.
—No es como si fuera la
primera vez que me descubren... –Dijo, algo avergonzado—. Pero nunca había sido
algo como esto. Son hombres preparados, muchos de ellos de alto nivel social,
con contactos. Algunos de ellos pertenecen a organizaciones peligrosas. Capaces
de remover cielo y tierra. Puedo con un hombre, pero no con una organización
repleta de ellos. –Se volvió a mí—. Y no sería la primera vez que entran en mi
casa y prenden fuego a mi hogar.
—¿Qué propones?
–Pregunté.
Suspiró, apenado.
—Dame unos años. Solo
un par de años más. Y después dejaré al emperador.
Aquella resolución me
sorprendió. Pero entonces entendí por qué su mutismo y su reflexión. No estaba
buscando medidas para aquella noche o las siguientes, sino para el resto de
nuestras vidas. Estábamos terriblemente expuestos siendo médicos del emperador,
y camuflarnos o huir de aquellos hombres era imposible. Siempre que supieran
donde estaba el emperador, nosotros rondaríamos cerca. Y es que a nadie le importaba
un monstruo o dos escondidos en algún bosque, pero si un emperador se amparaba
en un par de bebedores de sangre, aquello podría resultar terrible para todos.
Incluso para el propio monarca.
Lo cierto es que me
conmovió su petición, me estaba rogando por que le concediese un poco de tiempo
para él, para buscar a un sustituto, y para comunicarle la noticia al
emperador. Y todo por protegerme. Estaba seguro de que si hubiera sido por él
solo, habría desafiado el peligro, pero no lo haría mientras me tuviera a su
lado. Yo me sentí emocionado por su gesto. Le sonreí, y él suspiró casi con
alivio.
—El tiempo que
necesites. –Cambié el peso de una pierna a otra—. Sé que es una decisión
difícil.
—Era cuestión de
tiempo. –Dijo, más resuelto—. Mientras estés a mi lado no podremos permanecer
mucho tiempo en un sitio. Tampoco yo, pero tengo más margen de años. ¿Lo
comprendes?
—Lo comprendo.
—Si en tres o cuatro
años el emperador viera que sigue sin salirte barba, empezaría a preocuparse…
—Podríamos decir que
soy una mujer disfrazada de barón. –Bromeé.
Él se sonrió pero negó
con el rostro. Unos minutos después salió del salón pasando por mi lado y se
puso de nuevo la gorguera que descansaba en la cama del dormitorio. Rescató el
jubón del suelo y salió despedido por el pasillo.
—Iré al buscar al
emperador y le pediré que plante un par de soldados de su escolta en la entrada
del edificio. Con suerte no pondrá objeciones. Mañana mismo le contaré lo que
nos ha ocurrido. Omitiré algunos detalles, pero le advertiré de que nos han
amenazado. No creo que le haga gracia.
—Ven antes del
amanecer, te lo ruego. –Le pedí, mientras lo veía salir por la puerta. Odiaba
quedarme a solas sabiendo que estábamos en peligro.
—Volveré volando. —Dijo
en tono severo—. Y si entrara algún humano, el que sea, te doy permiso para que
lo destroces si quieres.
✵
El emperador satisfizo
las exigencias de mi maestro. Era gran amigo suyo, le tenía en gran estima, y cuando
le advirtió de que un grupo de ocultistas nos había amenazado no dudó en
ponernos una escolta personal. No solo a la puerta de nuestra casa, sino en
cada uno de nuestros traslados. Lo cierto es que no me gustaba nada esa idea.
Privarnos de parte de nuestra libertad a cambio de protección no me parecía
justo, pero mi maestro consideró que por lo menos sería una medida disuasoria
para quienes quisieran sorprendernos.
La cosa no se quedó
ahí. El emperador le pidió que le contase lo sucedido y mi maestro no escatimó
en detalles. Le habló de los religiosos que le acusaron de ser un monstruo, a
causa de su enfermedad, y que su fanatismo les había llevado a pensar que al no
poder exponerse al sol, era un ser del infierno. El emperador montó en cólera,
avergonzado por tener en su corte a hombres tan irrespetuosos y supersticiosos.
Bastian no quería que se tomasen ningún tipo de represarías personales contra
los individuos, aunque supongo que eso ya no estaba en su mano si se lo había
contado todo a Carlos V. A los días supimos que había tenido una conversación
con el Papa, aprovechando que aun estaba en Bolonia, para destituir de su cargo
al Cardenal, así como al inquisidor. Al diplomático le dio un toque de
atención, pues mi maestro le había dicho que había sido indulgente con nosotros
y además aún dependía de él para que su hermana se casase con el rey francés. A
los demás los persiguió con severas amenazas de que no toleraría bajo su
reinado ningún tipo de caza de brujas contra hombres de su confianza, mucho
menos un médico del que dependía su vida. Supe que el astrónomo se fue de la
ciudad a la mañana siguiente de que tuviese esa conversación con el papa y Claúde
du Fresne se
escondió en un palacete que tenía a las afueras, sin intención de marcharse
pero sin dar la cara.
Mi maestro volvió a
mostrarse en todo su orgullo cuando observó la reacción de aquellos hombres
frente a las amenazas del emperador. Estaba henchido, sonriente, y me preocupaba
que su propuesta de dejar al emperador se desvaneciese, apreciando de primera
mano lo que suponía la ventaja de servirle, y ser servido. Pero una noche me
sorprendió preguntándome a dónde me gustaría ir cuando dejásemos al emperador.
Donde me gustaría establecernos por una temporada.
—¿No podríamos volver a
Toledo?
—Me temo que no,
querido. Podremos visitar a nuestro amigo Rodrigo, pero no quedarnos allí.
Estaba pensando en algún lugar lejos de España, si pudiera ser, lejos de los
territorios dominados por el emperador. O de lo contrario, en alguna ciudad
pequeña, asilada…
—¿Ya has pensado en
algo…? –Pregunté, receloso.
—Tengo algunas ideas en
mente. Tal vez volver a Inglaterra no sea tan mala idea…
—Tal vez la vida decida
por nosotros. Es mejor no pensarlo ahora, que aún queda tanto tiempo. –Dije y
él asintió, reconociendo con una mirada pérfida mi sentido de la razón.
—Has crecido mucho este
último año, Marken…
—Me gusta cuando
pronuncias mi nombre en latín. Marcus.
—Marcus… —Paladeó y
sonrió—. Ha sido un año duro, pero aún recuerdo cuando te encontré.
—No empieces. –Dije mientras
recogía mi jubón y me abotonaba los pequeños botoncitos de oro. Me miré frente
a un pequeño espejo y después me ajusté la cintura con un cinturón y una
pequeña daga—. Cuando hablas así pareces un viejo, y me haces sentir viejo a mí
también.
—Nunca serás viejo.
–Dijo él radiante, mirándome desde otra habitación.
—Tú ya lo eras cuando
te convirtieron. –Le dije, sacándole la lengua y poniéndome la capa al hombro—.
Regresaré antes del amanecer.
—¿Te llevarás escolta?
—Saldré por la ventana.
La noche es oscura hoy.
—Bien.
✵
Sorteé a los guardias
apostados en la entrada del edificio. Escurrirse entre la oscuridad no era nada
complicado. Además, estaban medio amodorrados, si el emperador los hubiera
visto, les hubiera dado una buena reprimenda. Me colé por una de las calles traseras
de la plaza, estrecha y abovedada por las terrazas y los balcones de los edificios.
Me escabullí a través de la niebla que se había formado por la humedad y el
frío. Lo único que delataba mi presencia era el chapoteo de mis suelas en los
pequeños charcos que se habían formado entre los brillantes adoquines. Bajé por
la plaza del Nettuno, hasta la Via Rizzoli. Deambulé por los alrededores de la
catedral de san Pedro y me paseé con aquella niebla y aquel frío por la
plazoleta Prendiparte, donde sorprendí a un par de parejas besándose,
arrinconados en aquellas grietas que les otorgaban un poco de oscuridad.
Llegué hasta la via
Piella y me detuve en un puentecillo que cruzaba un canal. El agua apenas tenía
nada que reflejar y cuando me asomé a sus profundidades no vi nada más que un
espectro negro que se erguía sobre el borde del puente. Al otro lado, hacia
donde corría la corriente del agua, se veía la calle Malcontenti. Esperé
pacientemente, sabía que me lo encontraría. Podía oír sus pasos, y sentir su
olor. Contaba los segundos para que su figura se desdibujase por aquel pedazo
de escaparate. Y ahí estaba. Cruzo a paso tranquilo aquella ventana a un
paisaje oscuro. Yo crucé el puente y caminé adelante, ambos desembocamos en la
Via Augusto, aunque él caminaba varios metros más delante de mí. Ni si quiera
me había visto. Iba pendiente de sus pasos. De no tropezar, y de no mancharse
de barro sus botines.
Le dejé su espacio
durante algún tiempo. El suficiente como para entretenerme observándole. Estaba
cubierto con una gruesa capa de piel, con el interior forrado de pelo beige.
Del mismo color que su traje. Llevaba pantalones largos y botas altas, de color
oscuro. Su paso era confiado, pero ligero y juvenil. Se notaba que estaba en
plena flor de la vida por la seguridad con la que plantaba sus pies sobre el
pavimento, por como sus hombros se erguían. Ni si quiera yo conseguía reflejar
tanta confianza. Tenía el cabello castaño suelto, y la cabeza cubierta con un
pequeño sombrero de ala estrecha. Con una pluma carmesí a un costado. Parecía
todo un soldadito.
En cierto momento pude sentir
que me oía. Oía mis pasos detrás de sí, pero no se volvió para encararme.
Prefirió seguir adelante. Pude inmiscuirme fugazmente en sus pensamientos y advertí
que me creía algún soldado del emperador, o alguno de sus espías, para cuidar
de que obedecía las amenazas que le habían dirigido. Así que se limitó a seguir
adelante. No me gustaba espiar las mentes de mis víctimas, pero lo cierto era
que en aquel caso, sus pensamientos eran tan fuertes que hubiera podido
adivinarlos solo con ver el titubeo de su porte. Momentáneo y fugaz. Desvió el
rostro, levemente, para aguzar su oído en mi dirección, y captó mi presencia a
cien metros de él. La calle era recta. Si se hubiera vuelto, me habría
descubierto, pero se limitó a continuar.
Desembocó en la Plazoleta
della Pioggia. Estaba a punto de abordarle cuando se detuvo en mitad de aquella
plaza y llevó su mano al mango de un puñal escondido bajo su capa. Se volvió
amenazante, encarándome con ojos nerviosos y chispeantes. Yo di un paso atrás,
retrocediendo hasta la desembocadura de la calle por la que habíamos accedido
pero él ya había clavado los ojos en mí y no me apartó la mirada.
—Ven aquí, maldito.
¿Quieres seguirme, eh?
Habló con un marcado
acento veneciano que me hizo sonreír. Estuvo a punto de decir aquello en su
propio dialecto pero temía que no fuese a entenderle. Sin embargo no hubiera
hecho falta traducción, cuando se iluminó brevemente el filo de la daga por
entre el pelo del interior de la capa dejaba clara su intención. En ese momento
dudé en si levantar las manos para mostrar estar desarmado y no tener malas
intenciones o provocarle para que me hundiese la daga en el pecho. Una sádica
curiosidad me pedía averiguar si podría sanar rápidamente, o si por el
contrario moriría desangrado. Tal vez comprobaría que no era capaz de hundir el
filo en mi piel. No si yo no quería…
—Vamos, no te ocultes… —Murmuraba,
apretando los dientes—. Si te manda el emperador dile…
—No me manda el emperador…
—Dije, con un hilo de voz. Tono que reconoció y se irguió, relajando los brazos
y los hombros. Me miró más fijamente y yo di un paso adelante, levantando las
manos a modo de descubrirme sin armas.
—¿Marken?
—Marcus, si os sentís
más cómodo… —Dije, a modo de mostrarme amigable. Sonreí, y me acerqué un par de
pasos más. Él se rió, con una carcajada casi de alivio.
—¡Pero bueno! Qué susto
me habéis dado, muchacho. Venid acá, casi os ensarto con la daga. –Guardó el
cuchillo de nuevo en algún lugar bajo su capa y abrió esta, gruesa y pesada y
me envolvió en un cálido abrazo fraternal.
Hundí mi nariz en su cuello
y sentí el perfume de su sudor y su cabello embriagarme como a un borracho
sediento de más vino. Me estremecí y al mismo tiempo que temblaba, él me
arropaba aún más en su manto.
—¿Qué hacéis a esta
hora de la noche en la calle? ¡Y con este frío!
Miró por encima de mi
hombro, a la calle por la que habíamos aparecido.
—¿No venís con soldados
del emperador? Ya me han dicho que os habéis acogido a su protección después de
lo de la asamblea…
—Sí, mi tío se tomó muy
a pecho las amenazas que le dirigió el inquisidor. Yo por el contrario no creo
que fueran para tanto…
—¿A dónde ibais? Os
acompañaré… —Dijo, algo apenado.
—En verdad iba a
vuestro encuentro, a donde os alojáis. Supe que mañana os marcháis de Bolonia y
hubiera querido despedirme. Y, bueno, arreglar las cosas. Me parecisteis un
hombre interesante y bueno. Todo lo contrario que el resto de…
—¡Oh! –Exclamó,
conmovido, y me estrechó aún más en su pecho. Después se alejó un poco y aún con
su brazo por mis hombros, y recogidos en su capa, paseamos por la plazoleta.
—Vamos, venid a mi
alojamiento. ¡Olvidaba que no te queda de otra que adoptar costumbres
nocturnas! ¿Por qué no me habéis avisado?
—Lo cierto es que me he
escapado de mi maestro. Deseaba veros pero creo que él no lo hubiera aprobado.
Chasqueó la lengua con
tanta teatralidad que me hizo sonreír. Lo miré, en medio de aquella oscuridad,
con sus mejillas sonrosadas, con esa expresión modesta pero con el perfil tan
principesco. Con los ojos brillantes, vivos, llenos de vida y excitación. Tenía
la mente revuelta, llena de ideas disparatadas, pero en medio de aquel lodazal,
había fuertes cimientos. Una tenebrosa piscina de mortalidad donde sumergirme.
—Espero que tu tío no
se enfade conmigo por acogerte por unas horas.
—No lo creo. Soy
mayorcito para tener mis propias amistades.
—¡Eso es genial!
—Filippo, permitidme
que os llame Filippo. –Asintió, con una sonrisa y un apretón de su mano en mi
hombro—. ¿Por qué os juntáis con esa clase de hombres que había en la asamblea?
No creo que seáis como ellos…
—Tampoco yo creo serlo.
Pero también me gusta rodearme de políticos y nobles y no pertenezco a ninguna
de esa clase…
—¿Qué sois? Pensé que erais
un noble…
—Mi padre hizo una gran
fortuna con un ejército de mercenarios durante la última guerra. Yo he heredado
parte de su fortuna, nada más. Y me dedico a dilapidarla. ¿Qué otra cosa puedo
hacer? Y lo cierto es que me apasionan los temas esotéricos y místicos. Mágicos
y alquímicos. Dedico mi tiempo al estudio, pero nunca me acerco a esos temas
desde la fe. No como mis compañeros del otro día, siempre me ha guiado la
curiosidad, uncialmente.
—La curiosidad puede
matar al gato, amigo mío.
—Cierto es. Pero es
algo a lo que estoy dispuesto a llegar. –Suspiró—. Ojalá un día podáis pasaros
por Venecia, estaría encantado de acogeros en mi palacio. Soy un gran coleccioncita
y no tengo por costumbre enseñar mis reliquias a cualquiera. ¡Tengo una
preciosa colección de monedas antiguas! Y un increíble tapiz que perteneció a
la casa de Carlos el temerario. ¿Has oído hablar de él? –Yo suspiré, abatido.
—Sí, creo que sí...
—Impresionante. ¡Una
batalla de caballos galopantes! Pero claro, mi colección no solo se basa en reliquias
antiguas. Tengo un grimorio del papa Honorio III, y varios relicarios con
huesos de apóstoles. En Rumanía obtuve el ejemplar de una calavera con
protuberancias óseas similares a cuernos. Pagué más de lo que valía pero me
gusta exponerla, y esa sí que disfruto enseñándola, todo el mundo se espanta.
Yo me acerqué un poco a
él y pasé mi brazo por su cintura para caminar más cómodamente a su lado. Pasamos
por debajo de los arcos del santuario de Santa María della Pioggia y subimos
una calle hacia el noroeste.
—También poseo un
collar con púas de plata. Me lo vendieron en Kiev, supuestamente para evitar
que los súcubos e íncubos te chupasen la sangre por la noche. –Me miró con una expresión
de excitación chispeante—. Es una pena no haberlo traído conmigo. ¿Verdad?
—No creo que eso en
verdad sirva para nada. –Dije, a lo que él se rió.
—Pues vaya… Seguro que
he tirado mucho de mi dinero en falsas reliquias y amuletos.
Lo dijo con tal
decepción y al mismo tiempo con tanta conformidad que me sorprendió. Parecía
solo parcialmente arrepentido. Al fin y al cabo, el cuento no era más que una
ilusión de la que podría seguir viviendo.
—¿Tenéis algo que os proporcione
la inmortalidad? Parecíais muy interesado en ese tema el otro día…
—Aun no he logrado dar
con nada. Además, soy curioso pero no soy de esos locos que se beben cualquier bebedizo
que le ofrecen. En ese caso ya habría padecido algún tipo de indigestión.
Prefiero pensar que es un sueño inalcanzable, al que yo no estoy destinado. –Me
miró desde su altura con algo de suspicacia—. Aunque a otros si se les conceda.
Aunque eso solo me hace ser aún más curioso sobre el tema.
Después de una pausa,
en la que medité sus palabras con un regusto dulce en los labios, me apretó de
nuevo su mano sobre el hombro.
—No pensé que fueran a asustaros
de esa manera. Lo lamento profundamente.
—Sé que tu
arrepentimiento es profundo. –Dije—. Pero no tanto por nuestros sentimientos,
sino por haber perdido tan tempranamente vuestro objeto de estudio.
Me miró azorado.
—En parte sí. Pero
también temía por vuestra reacción. Tu tío parecía seriamente herido.
—Es un hombre
orgulloso, y yo también lo soy. –Le miré—. Todos lo somos, supongo, en cierta
medida.
Sonrió, y asintió
conforme. Parecía más comprensivo que el resto, mucho más abierto de mente y
listo para cualquier descubrimiento inquietante o sorprendente. Parecía haber
vivido mucho, pero al mismo tiempo, se asemejaba a un animalillo que hubiera resurgido
del cascarón y mirase expectante un mundo entero por descubrir. Parecía un ser
de esos que escalan a través de la caverna para salir al exterior, en la famosa
metáfora de Platón, pero aún no ha visto el sol. Solo lo intuye.
Llegamos a su
apartamento. Había alquilado una pequeña casita a las afueras del centro. Era un
palacete muy pequeño, austero y sobrio, pero con un toque muy Italiano, con
unos arcos en la parte baja con gruesas columnas, haciendo la vez de soportal.
Y en la planta de arriba, una pequeña terraza daba a una pequeña plazoleta. Había
luz en el interior, y movimiento. El de varios sirvientes.
—Estáis invitado.
Vamos, entrad. –Me dijo mientras abría la puerta para que yo pasase.
El interior era cálido
y acogedor. Una gruesa alfombra me recogió los pies y el olor de unas velas
perfumadas me sorprendieron. El olor del sándalo y la lavanda. Se deshizo de su
capa y me quitó la mía. Se las dio a una muchacha del servicio y me condujo de
nuevo con una de sus manos sobre mi hombro hasta el salón. Estaba decorado con
gruesos tapices y las ventanas se habían cubierto con las cortinas.
—Es un poco frío. –Dijo—.
Pero es acogedor, y espacioso. Los grandes palacetes estaban ya ocupados por
los amigos de vuestro emperador.
—Al menos es seco. En
vuestra Venecia la humedad debe devorar las casas.
—Tienes toda la razón. Mi
palacio ya va por la segunda reforma, y eso que apenas tiene un siglo. –Se
encogió de hombros—. Se cae la pintura como si la arrancasen. –Negó con el
rostro y se dirigió a un armarito donde tenía una pequeña exposición de botellas
de licor—. ¿Os sirvo algo para templaros el cuerpo?
—No, muchas gracias, —Dije,
alzando una mano con elegancia—. No es necesario.
—Bueno, en ese caso
espero que no te importe que yo me sirva un poco de rosolio…
—En absoluto.
Observé detenidamente como alcanzaba una botella con aquel licor verdoso de la bergamota y vertía un poco en una copita plateada. Se la llevó a los labios, bebió un buen trago, casi como si estuviera sediento, y se la volvió a llenar. Parecía querer aplacar los nervios, aunque hasta ahora no los había dejado traslucir en su comportamiento.
Al lado de un ancho diván había una mesita con un precioso juego de damas, en nácar y ónice. Aquella batalla la presidía una hermosa escultura de bronce de un ángel justiciero, armado con arco y flechas, a punto de saltar al encuentro de Satanás, con las alas extendidas y la expresión severa. Un dragoncillo deforme serpenteaba entre sus pies y bajos sus suelas.
Las pocas velas que había allí apenas nos desdibujaban, pero por decoro, o puede que por vergüenza, él no encendió ninguna más. La sirvienta que nos había recogido las capas nos sorprendió para preguntarnos si deseábamos comer algo antes de que se fuera a la cama. Filippo la despidió amablemente y le aseguró que no necesitábamos nada más.
—¿Os habéis divertido durante vuestra estancia aquí en Bolonia? Me han dicho que era la primera vez que visitabais Italia.
—Así es. Y lo cierto es que no mucho. Aunque creo que ambos tenemos opiniones diferentes del concepto diversión.
—¿Eso crees, amigo? –Se sentó en el diván mientras me observaba allí de pie delante de él. Yo recorrí la estancia con suma curiosidad.
—Creo que así es. Vuestra diversión principal, a parte del entretenimiento que supone el coleccionismo y el estudio de las artes oscuras, se reduce a las fiestas, a las mascaradas, al sexo con jovencitas y a la inconsciencia que precede al consumo de alcohol.
Como no dijo nada, limitándose a esbozar una sonrisa pícara, yo me encogí de hombros.
—He acertado, ¿no? Sois joven, habéis heredado una fortuna pero no tenéis obligaciones de gobierno que os refrenen. No creo que podáis dedicar vuestra vida a nada mejor.
—No sé como sentirme ante eso. –Reconoció—. ¿Y en qué consiste vuestra diversión, Marcus?
—Supongo que en pasar horas en el estudio, con mi maestro, en dar largos paseos nocturnos por cuidadas preciosas como esta, y en librarme de las fiestas del emperador, que cada vez me resultan más aburridas…
Se rió y asintió.
—Demasiada corte y etiqueta. También yo las detesto. Si alguna vez vienes a una de mis fiestas, no tendrás que reverenciarte ante mí. Con un abrazo me conformaré.
—Eso es un alivio. –Dije, con una mueca de alivio.
Alcancé un pequeño librillo que había sobre una gran pila en un rincón, sobre una mesita de caoba. Era un poemario, un libro de poemas clásicos ingleses. Una cursilada caballeresca.
—No es vuestro tío… ¿no es cierto?
Yo le miré, directamente y con el rostro hierático.
—No os parecéis en nada. Él parece inglés, o escocés. Pero tú tienes rasgos de Centroeuropa.
—Mi madre era su hermana, pero mi padre era del este. De Hungría. Murió en la guerra. Ambos murieron. –Él parecía debatirse en si sentir pena genuina o una suspicacia mortal. Yo fruncí los labios y dejé el libro donde estaba.
Me deslice hasta la mesa donde había colocado la copa y me asomé dentro de ella. El líquido verdoso olía cítrico, como el limón. Me apoyé con la cadera y él se volvió hacia mí.
—¿Creíste al cardenal cuando os dijo que éramos monstruos?
—Siempre nos mantenemos con cierto escepticismo. Sobre todo cuando te dedicas al ocultismo, debes prevenirte con algo de sentido común.
—¿Cómo te imaginabas a un íncubo? ¿O un monstruo de la noche? ¿Cómo fue esa palabra que nos llamaron?
—Estriges.
Yo alcé una ceja y repetí la palabra un par de veces. Odiaba como sonaba. Antinatural y demasiado técnica. Podría pasar por una enfermedad de la piel o un parásito intestinal. Se lo dije y se desternilló de risa. Asintió, conforme.
—Sí, no es el término más elegante.
—¿Te decepcionó lo que encontraste? –Mi pregunta le dejó sorprendido.
—¿Qué si me decepcionó? –Lo prensó seriamente—. Bueno, el cardenal os describió detalladamente, así que no había mucho margen para mi imaginación.
—Me encanta como hablas. –Le dije, ruborizándole.
—No me digas eso, muchacho. Ahora no podré evitar sentirme estúpido si escojo mis palabras con cuidado. –Se inclinó, negando con el rostro y alcanzó la copa, para beber un sorbo. Era muy hermoso, muy dulce e inteligente. Era endiabladamente peligroso, como humano, y seguramente como vampiro. Y aunque contemplaba la posibilidad, pues su compañía me parecía sumamente interesante, casi magnética, me mantuve con la cabeza fría.
—¿Y bien? ¿Te imaginabas así a un íncubo?
—No. –Reconoció—. Pero tampoco me trago la idea de que sean trasgos o diablillos con alas demoniacas y rostros monstruosos. –Alzó los ojos para mirar mi rostro, buscando en mis facciones algo diabólico. Si lo halló, no lo dejó traslucir—. Pero supongo que Dios no crearía figuras horrendas para seducirnos. No, no lo creo…
—Dios puede ser a veces muy irónico. –Le advertí—. Eso revelaría aún más la verdadera naturaleza perversa del hombre, dejarse seducir por una bestia…
—No te falta razón. –Dijo y devolvió la copa a su lugar. Pero cuando alzó la mirada, abrió los ojos con gesto de sorpresa—. ¿Pero acaso Dios pondría un querubín como tú en mi camino y pretendería que piense que es un monstruo? No podría créemelo ni aunque lo jures.
—El mismo Apocalipsis llama “querubín de fuego” al diablo. Y tú lo tienes ahí representado como una serpiente. –Señalé la escultura de bronce—. Cada uno ve lo que quiere ver a conveniencia. Si quieres ver un demonio en mí, adelante. Tus compañeros ya me prejuzgaron antes siquiera de hablar. Tú por el contrario me has subestimado. ¡Un querubín! –Me deslicé hasta el diván—. No tengo alas pero puedo volar. No tengo arco ni flechas, aunque sí que soy un cazador… —Pensé—. Sí, tal vez pueda dejar que creas que soy un querubín.
Él retrocedió, lentamente y sin apartarme la mirada. Sonreía, pícaramente, convencido de que estaba delante del mismo diablo. Le dejé creer eso, porque deseaba que viviese aquella experiencia. Él estaba ansioso de poder ser seducido. Y yo deseaba llevármelo a la boca.
Extendí mi mano y sujeté la suya. Estaba nerviosa y cálida y la llevé a mi rostro. Apoyé su palma en mi mejilla y le dejé comprobar el frío y la dureza de mi piel. Como si fuese una estatua de mármol en medio de aquella penumbra. Una más de su colección de figurillas. Entonces fue cuando se espantó. Cuando realmente supo que yo no era humano, no del todo. Intentó librarse de mi agarre, prácticamente por puro instinto, pero mis dedos eran como la piedra inerte e inamovible. No pudo apartarla, y tampoco yo quise que lo hiciera. Le permití contemplarme, quería saber cómo reaccionaría, ante la verdad que había estado buscando. Todo aquello era una temeridad, pero nunca antes me había sentido tan íntimamente sacudido por la idea de revelarme. Él de todas formas ya lo suponía. Pero suponerlo y afirmarlo era un trecho que no esperaba tener que saltar.
—¿Te ha enviado el diablo? –Preguntó, y es que en su mente se agolpaban las preguntas—. ¿Me matarás? ¡Dime quién te ha creado! ¿Eres acaso inmortal?
—Son muchas preguntas. –Le dije, y separé su mano de mi rostro, pero seguí estrechando sus dedos entre los míos.
No huyó de mí. Todo lo contrario, alzó su mano libre y acarició mis cabellos, y después rozó con sus nudillos mis labios.
—No me envía nadie, —dije—. Y muchos han sido los que me han creado. Me ha creado Dios, al concebirme, mi madre al parirme, otro como yo al convertirme, pero ha sido mi maestro quien me ha dado la inteligencia y la razón. ¿Si soy inmortal…? Supongo que no muero, pero no sé si soy eterno.
—¿Eres mayor que yo? –Preguntó, un poco más consciente de lo que estaba sucediendo.
—Bastante más. Nací durante el reinado de Carlos el Temerario.
Y ante aquello, de nuevo el escepticismo. Miró la copa de licor, y después se sonrió, algo atontado.
—Ya veo, así que de la época de Carlos el Temerario… —Suspiró, con todo decepcionado y se separó de mí—. Que buen juego muchacho, casi me lo trago. De verdad, ¿qué me has echado en el licor? Dímelo…
Yo suspiré, y levantando la mirada le encaré.
—Supongo que no me creerás, haga lo que haga, o diga lo que diga. –Con un ligero chisporroteo, las velas de la habitación, una a una, se apagaron ante su mirada de espanto. Nos sumergimos en una oscuridad con el olor a humo y limón. El frío le caló hasta los huesos y un escalofrío le revolvió los miembros.
Retrocedió un poco más en el diván y yo avancé hasta encontrarle. Puse mis manos sobre sus hombros y lo tumbé. Para mi sorpresa no estaba tan incómodo conmigo como lo estaba con sus propias fantasías, pues llevó sus manos a mi cintura y me rodeó con sus brazos hasta quedarme pegado a él.
—Apagarlas es un buen truco. –Murmuró—. Podrías al menos encender una, para poder verte, querubín.
Una vela, la más cercana a nosotros, se encendió y eso le hizo reír. Parecía ido, completamente seducido por la idea del misterio y el abismo. Yo estaba disfrutando como un crío con sus reacciones, con sus fantasías. Sus manos exploraron debajo de mi jubón y mi camisa, colándose por mi espalda.
Rocé su nariz con la mía y eso le hizo cerrar los ojos. Besé sus labios y su boca respondió al gesto con dulzura y apremio. Su lengua jugó con la mía, gimió bajo mi peso, y me apretó contra él todo lo que le permitía su fuerza. Buscó mis piernas con sus dedos, acariciándome por encima de las medias. Desabotonó mi jubón y después deshizo el lazo de mi camisa. Hundió su rostro allí, y besó mi piel, fría e inerte. Pero debió parecerle mucho más viva que cualquier otra.
Cuando alzó los ojos yo ya había descubierto mis colmillos. Estaba sediento, con la garganta quemándome al rojo por el sabor de su sangre. No parecía contrariado, al contrario, se mostró colaborador.
—¿Qué deseas que haga? ¿Me matarás para…?
—¿Estarías dispuesto a morir, por saciar mi sed?
—¿Acaso tengo opción?
—No suelo ofrecerla a mis víctimas, pero si deseas vivir, te dejaré vivir.
—Deseo que hagas lo que tengas que hacer. –Murmuró, y supe que no mentía. Me conmovió tal arranque de sinceridad, de entrega y de sumisión. Suspiré y sonreí.
—En ese caso, solo relájate… —Murmuré y me incline para besar su oreja, después su mandíbula y desabotonó su jubón para mostrar su cuello. Le besé repetidas veces mientras él suspiraba, encantado. Parecía convencido de que moriría, y jamás había conocido a nadie que se entregase a la muerte tan pacíficamente. Qué tristeza sentí.
Le mordí y él se estremeció, pero no se desvaneció como hacían muchos. Su excitación fue creciendo a medida que pasaban los segundos. Y es que yo no le estaba vaciando. Me limité a sacar unas cuantas gotas de su sangre poco a poco. Me apretó contra él, con su mano en mi nuca y la otra se dirigió a su miembro que estaba duro desde hacía mucho rato. Gimió y se retorció bajo mi gesto. Me pareció divertidísimo. Se corrió en su mano y manchó nuestros pantalones pero pareció terriblemente abochornado. Después de haberme separado de él y de eliminar cualquier resto del mordisco, se quedó allí tumbado, conmigo sentado en su regazo y los labios manchados de su sangre.
—¿He muerto? –Preguntó, aunque sabía que no era cierto.
—No, solo has eyaculado. –Le dije, con media sonrisa.
—¿Así es como te alimentas? ¿Ire al infierno por esto?
—Así me alimento, pero no creo que mis victimas vayan a ninguna parte. Ni al cielo ni al infierno. Eso no lo decido yo.
Suspiré. Sus ojos me miraban temiendo que me marchase. Supe que estaba a punto de proponerme dejar a mi maestro e ir con él a Venecia. Pero se contuvo. Algo dentro de él supo tomar de nuevo el control de la cordura y entumeció. Sabía que no lo haría. Y sabía que yo sabía lo que estaba pensando. Sin embargo me tumbé a su lado en el diván y sus brazos me recogieron con ternura. Para mi sorpresa me llenó la cara de besos y me susurraba palabras muy dulces. No le espantaba lo que acababa de ocurrir y tampoco parecía temerme. Si no, no me habría metido la mano dentro de los pantalones para estimularme. Yo no lo había hecho desde que me convirtiera, no había vuelto a seducirme la necesidad. Y tampoco conseguí ponerme duro. Pero aumentó mi apetito nuevamente, más por su osadía que por su intento de provocarme un orgasmo. Alcancé su mano libre y mordí debajo de su pulgar.
Esta vez sí soltó una exclamación por el susto y yo me llené los carrillos con su sangre. Desistió de masturbarme al ver que no me ponía duro pero se dejó morder casi hasta el borde de la inconsciencia. Paré a tiempo para comprobar que aun estaba conmigo. Me pregunté entonces si merecería la pena convertirlo, si yo era lo suficientemente fuerte como para hacerlo o si sería un buen compañero. Pero ninguna de esas cuestiones me pareció afirmativa, así que me limité a suspirar y recogerme de nuevo en sus brazos. Matarlo tampoco era mi intención. No lo había hipnotizado, pero no me importa que se fuera con aquel recuerdo. De todas formas, nadie le creería. Y si lo hacían, ¿qué más daba? Al parecer no necesitaban nada para creer en una superstición. Lo único que me acongojaba era la reacción de mi maestro, pero tampoco la temía.
Se quedó dormido allí en mis brazos antes de darme cuenta. Me quedé con él, acariciando su cabello hasta que estuvo a punto de amanecer. Lo dejé allí, con la copa a medio beber, con la ropa desabotonada y hecha un desastre. Parecía haberse cogido una buena borrachera, pero al día siguiente me recordaría como una extraña y lúbrica pesadilla. Sonreí con esa idea y me marché por la puerta cuando el sol ya amenazaba con despuntar.
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