EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 9

CAPÍTULO 9 – Pasan los días.


Los siguientes días fueron algo extraños. Creamos una convivencia un poco absurda mezclada con desconfianza y recelo por mi parte y extrema dedicación por la suya. Cuando me despertaba y le encontraba aún dormido, a mí me embargaba una sensación de ternura y a la vez de desconsuelo. Parecía muerto, inerte, frío y carente de cualquier vestigio de hombre. El temor venía por pensar que yo me vería igual, dentro de mi sueño. Pero durante aquellos minutos previos al despertar, cuando estaba al borde de la conciencia, parecía renacer y resurgir de un coma mortal. Las mejillas sonrosadas de nuevo, los parpados temblorosos, los labios entreabiertos y sus manos tomándome de nuevo con fuerza, volviendo a tomar conciencia de mi presencia a su lado. Esos minutos previos eran francamente deliciosos.

A veces yo despertaba más tarde. En esos casos, él solía salir del ataúd y me dejaba allí. Al principio me lo tomaba como una ofensa, pero por lo general solía encontrármelo en el laboratorio, esperándome con una sonrisa, enfrascado en sus investigaciones o entre su correspondencia. Lo cierto es que esa diferencia de conducta nacía del poco tiempo que disponía para su profesión y de mi terror a vagabundear la casa en soledad. Sobre todo al principio. Sabía que era libre de marchar al bosque si lo deseaba, pero me parecía que las paredes me sofocaban, que el silencio era atronador y que las personas dormidas en la planta de arriba me subyugaban como en una prisión. Nunca me había sentido como un espectro hasta ese momento, en que recorría los oscuros y silenciosos pasillos de la casona en completa soledad y mutismo.

Una de esas madrugas donde desperté nada más que el sol se ocultó, y durante el tiempo que el cielo aún permanecía con esos tonos crepusculares, no quise quedarme más tiempo a su lado, removido por cierta excitación previa a mi necesidad de alimentación y salí del sepulcro sin hacer ruido, volviendo a cubrir el cuerpo inerte de mi compañero, que ya se había acostumbrado a tenerme a su lado sin rechistar. Subí hasta la casa y caminé hasta la biblioteca para practicar mis ejercicios de lectura y escritura que él me había impuesto, cuando sorprendí a la muchacha limpiando con un paño húmedo el amplio escritorio de su señor. Me asusté yo más que ella, pero mi susto no se vio reflejado en nada. Me detuve en la puerta y la observé limpiar, a la par que emitía un murmullo musical que moría en su garganta.

Era joven, pero tendría más edad que yo cuando fui convertido. Pero era menuda y de anchas caderas. Su falda estaba medianamente recogía de forma que le permitía arrodillarse e incorporarse con más facilidad, dejando entrever uno de sus muslos cubierto en una media blanca. Su cabello estaba recogido en una cofia de color marfil, y sus manos, húmedas y de nudillos sonrosados, limpiaban a conciencia la mesa y cada una de sus tallas.

Como no advertí qué decir para hacerle saber que estaba ahí, detrás de ella, opté por no decir nada. Lo cierto es que era pronto, y ni ella ni su padre se habían ido a la cama. A él podía sentirlo en la caballeriza, cuidando de los caballos y limpiando los desechos que habían depositado durante el día. Ella estaba cansada, algo aturdida y fatigada por el trabajo, pero parecía alegre y pensativa. Estaba deseando terminar e irse a la cama.

Volví a asustarme cuando ella se giró en mi dirección y me descubrió allí pasmado. Dio tal respingo que estuvo a punto de tirar el trapo al suelo. Se llevó una mano al pecho y su corazón se desbocó. En su expresión pude atinar a ver una mueca de horror y miedo, pero después vergüenza y lamento.

—¡Señor! Lo siento mucho. Sé que es tarde, pero tenía que limpiar…

—No me importa. –Dije, cortándola—. Yo no soy tu señor, no me debes ninguna explicación.

Como pareció quedarse muda por mi respuesta se agarró al trapo como para no caerse y bajó el mentón, a modo de sumisión. Aún vestido con las ropas de su señor, yo no era un noble o un erudito. Ella no me debía nada.

—Si sois el sobrino de mi señor, también os sirvo a vos. Espero que la casa esté en buenas condiciones y sea de su agrado…

Mientras que una parte de mí deseaba echarla de la biblioteca, sintiéndola completamente ajena a ese espacio que durante la noche me pertenecía, también deseaba incomodarla e intimidarla. Apreté los dientes con fuerza, temiendo que esa clase de impulso fuera del todo ajena a mi ser, y sí por el contrario consecuencia de mi sed. Entrecerré los ojos al mirarla y ella se estremeció.

—Si me disculpáis, tengo que dejar… en la cocina… y marcharme a… —Hizo el amago de acercarse a mí, y rodearme o esperar que me apartarse, para poder salir por la puerta, pero yo no me aparté y ella retrocedió espantada ante mi intimidación. Por su postura y su gesto supuse que se quedaría allí toda la noche de pie, encogida, a la espera de que yo me cansase. Puede que si me acerba lo suficiente aprovechase para escabullirse. Era tan alta como yo, más robusta incluso. Y a un grito, sus hermanos y su padre bajarían para poner las cosas en su sitio. Su corazón se aceleraba, y mi garganta comenzó a picar. Y después a arder, con la sed más primitiva que me hubiera consumido.

Me aparté de la puerta y ella se escabulló fuera, mientras yo me refugiaba en el laboratorio y cerraba detrás de mí, más temeroso que arrepentido. No sé por qué había hecho eso. Tal vez espera que mi provocación fuera suficiente como para despertar a Sebastián, o puede que en el fondo deseara matarla, y comérmela, igual que hice con la hija del conde, años atrás. Y esperar allí hasta que mi maestro se levantase y contemplase el desastre. Hubiera deseado poder… no sé, darle algún indicio de que yo seguía siendo salvaje, de que había aún una bestia dentro de mí y hacerle arrepentir por haberme tratado tan humanamente.

Rebusqué por todo el laboratorio una garrafa o un botijo con algo de sangre. Pero no hallando nada, salté por la ventana y caminé a prisa al interior del bosque. Iba a alimentarme de lo primero con sangre que se me cruzase, pero sabía que nada saciaría mi sed y mi frustración si no mataba a una muchacha. Lo sabía. Pero no estaba de mi mano, sino de la de Dios concederme ese capricho. Me hice con una liebre, de color pardo y muy rápida. Le partí el cuello al primer mordisco y dejé su cuerpo tirado en el mismo lugar donde la había encontrado. Pero no era suficiente. Me sentí aún más asqueado que cuando había salido de la casa.

Cacé un par de liebres más hasta que di con un pastor que regresaba a casa después de haber estado lidiando con su rebaño. Cargaba una oveja sobre los hombros, y otras veinte le seguían a paso ligero y danzarín. La oveja que cargaba era pequeña y estaba herida. Con una pata goteando sangre. Si era lo suficientemente rápido podría arrebatársela y él no sabría qué ser se la habría llevado. Pero cuando corría en su dirección y llegué hasta la oveja, la lancé a un lado y mordí el cuello del pastor. Sostuve sus muñecas con fuerza y lo lancé al suelo. Cuando me separé de él su arteria expulsaba sangre a borbotes contra mí. Las ovejas gritaban y corrían alrededor, profundamente confusas y aterrorizadas. Balaban sin cesar, camuflando los gritos del pastor, que me miraba más confundido que temeroso. Yo me bañé en su miedo y en su desesperación. Me alimenté de ello, pues ya no me saciaba su sangre, y sentí que ninguna otra me saciaría jamás. La sed sería perpetua. Lo comprendía. A veces no era algo acuciante, pero siempre permanecería la sed en mí, incluso si yo no la deseaba.

Dejé el cuerpo un poco destrozado. No lo peor que había hecho. Parecía que una bestia había preferido al pastor por encima de sus ovejas y le había devorado. Me resbalé con la sangre que había derramado y mojado el terreno. Cuando conseguí ponerme en pie estaba aturdido, como empachado y abochornado. Caminé un par de horas hasta que pude regresar a la casa de Bastian, que para entonces ya estaba despierto y aguardándome con el oído aguzado y el cuerpo en tensión. Estaba oculto en su laboratorio, pero completamente ausente de su trabajo. Podía sentirlo. Podía oír la vibración de sus pensamientos rondándole. Se me adelantó y salió por la puerta trasera cuando yo aún estaba penetrando en la finca y me esperó con los brazos cruzados. La luna se reflejaba en el azul cristalino de sus ojos y me siguió con la mirada hasta que estuve a su alcance.

Estaba cubierto de sangre. De pies a cabeza, manándome de los labios en secos chorretes sanguinolentos. Me temblaron las piernas cuando llegué a su altura y él me recogió en un abrazo casi fraternal. Suspiré, y dejé ir todas mis excusas y mi perdón en aquel breve lamento, pero parecía más agradecido que enfadado. Celebrando que no me hubiese desquitado con su sirvienta y hubiera podido mantener el control suficiente como para marcharme a tiempo. Nunca me había ocurrido aquello, también es cierto que jamás había estado expuesto tan voluntariamente a la presencia humana constante. Y me sentía terriblemente abochornado por haberme sentido tentado por ella. Creía que tantos años habrían podido forjar mi carácter y mi templanza, pero estaba muy equivocado. Tantos años en el bosque no me habían refinado, sino embrutecido. Eso era lo que Bastian había tratado de explicarme durante aquellos primeros días, que si pasaba mi eternidad en un bosque, no sobreviviría ni una sola noche en la ciudad.

Me acarició la nuca y me rodeó los hombros. Y el lamento se volvió llanto, y lloré escondido en su pecho como un niño arrepentido que teme una brutal represalia. Pero que acataría el castigo si se ejecutaba cuanto antes. No sé si hubiera preferido una bronca a un abrazo y unas palabras de consuelo. Pero su comprensión era mucho más mesiánica de lo que esperaba y me adentró en la casa, casi divertido por mi deplorable estado. Se reiría de mí, de mi aventura, de mi huída desesperada y de cómo había manchado las preciosas ropas que me había prestado. Si yo no lo paraba a tiempo.

—Si vas a reñirme, hazlo. Y si vas a castigarme… lo comprendo. –Le advertí, mientras entrábamos en su laboratorio y volvía a sentarse en su mesa, donde había dejado a medio redactar una receta en un cuadernillo—. Pero no te rías, te lo ruego.

—¿Me has oído reírme? –Preguntó, en un tono dulce y sorprendido—. Estoy orgulloso de ti.

Aquellas palabras me llenaron de una calidez inusitada. Alcancé incluso a posar una mano sobre mi pecho, gesto que le conmovió, y sonrió de vuelta.

—Has obrado bien, otros no habrían tenido tu consideración para con mi servicio. Ahora ve a cambiarte. O llenarás mi laboratorio de sangre.

Aquella noche la pasé completando mis ejercicios de escritura, y no mencionamos lo ocurrido, ni entonces ni en varias noches. Aunque un tiempo después, mientras paseábamos a la luz de la luna por los alrededores de la finca me atreví a confesarme:

—Cuando quise beber de ella… Lo cierto es que deseaba mucho más matarla para enfurecerte que alimentarme de ella. Y justamente tu enfado era lo que más temía de todo, y fue el motivo por el que me marché, porque no hubiera soportado dañarla y después enfrentarme a ti.

Como él no dijo nada, yo temí haberle ofendido.

—Es extraño, lo sé. –Murmuré—. Pero así es como me sentía.

Parecía profundamente herido, pero cuando desvió la mirada, casi pude ver un atisbo de esperanza.

—Lo sé. Sé por qué no lo hiciste, y sé por qué mis sirvientes suponen un problema para ti. No es tu hambre, sino tu recelo y tu maldad. Tu forma de superponerte a mí, o de controlarme, es tenerme siempre en tensión por la vida de los que me rodean, como un animal al que hay que tener siempre controlado. Es tu forma de decirme: “te pertenezco, así que hazte cargo de mí y de todas las consecuencias que eso conlleva. Que sepas que no soy un cachorro domesticado”.

Como yo no dijera nada, suspiró y cambió de tono.

—Sé que un buen traje y una educación esmerada no transforman una bestia en un hombre, pero solo es una máscara. No pretendo encerrar o encadenar al monstruo. Domarlo me parece demasiado complejo, y subordinarlo es imposible. Pero rodearlo de estímulos que mermen su destrucción me parece más creativo y efectivo. Pero incluso así, no hay que olvidar lo que somos. Al lado de la naturaleza que pertenecemos. Somos depredadores, estamos por encima del resto de los humanos mientras nos alimentemos de ellos. No es imposible la convivencia, pero no debemos olvidarnos de que matamos, de que bebemos de ellos. Y martirizarnos y hundirnos en remordimientos no lleva a ninguna parte. Nos destruiría como humanos y alimentaríamos a la bestia.

—A veces pienso que estaba mejor en el bosque. Alimentándome cuando tenía hambre, durmiendo cuando amanecía, y….

—Y atemorizado de que los humanos te diesen casa, de que otro más fuerte y listo que tú te encontrase como hice yo. Pasando frío en invierno, dormitando por la falta de comida, aturdido en los días de empacho. Dependiendo de todo y de todos. Libre… pero siempre con miedo al día siguiente. Temeroso del sol, de ti mismo y de Dios. Angustiado por la fragilidad de tu alma mientras descuartizas humanos. Muriendo de sed, sin morir realmente. Atormentado por las preguntas que te crean los mayores terrores. Creyendo que vives en un castigo divino.

Me detuve y le miré, con una mezcla de ofensa y vergüenza.

—Yo te ofrezco una libertad diferente, en la que eres dueño de tu casa, de tu tiempo, en donde puedes beber sin causar un drama, donde los humanos que te rodean te reconocen como uno de los suyos y la soledad no es tan perturbadora. Donde tienes una chimenea en invierno y puedes viajar en verano. Te doy las herramientas para que te desenvuelvas donde mejor te convenga y puedas librarte de todos los que te quieran mal.

—Seguro que esa libertad también tiene sus trucos.

—Desde luego. Tendrás que relacionarte con humanos que te teman, y otros de los que te quieras alimentar. Eso requiere un fuerte entrenamiento, y una predisposición completa. También te encontraras con otros bebedores de sangre más mayores, puede que mejor adaptados que tú, que deseen enfrentarte. Que te vean como una amenaza. Tendrás que ser más selectivo con tus victimas y mucho más con quienes te rodean. Pero tomarás las riendas de tu vida, conocerás humanos increíbles, y cuando pasen los siglos podrás llegar a apreciar con otros ojos el carácter de la humanidad, que solo se deja entrever cuando se puede apreciar con cierta perspectiva de edad. Podrás aprender todo lo que desees porque tienes todo el tiempo del mundo, vivirás todas las vidas que desees, te enamorarás…

Ante aquello se sumió en un profundo silenció y me miró con cierta ironía.

—Sí, tal vez la vida en el bosque no esté tan mal como parece.

 



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