EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 10
CAPÍTULO 10 – La corte del rey.
Había pasado prácticamente un mes desde que me había instalado en la casa cuando me propuso acompañarle a la corte.
Estábamos leyendo la escena de Filoctetes cuando Odiseo y Neoptólemo, arco y flechas en mano, discuten después de haber engañado al protagonista. Hacía poco que había introducido el griego clásico en mis estudios, después de haber dominado la lengua franca, en la que ambos nos comunicábamos, y el latín, bastante sencillo para sorpresa mía. Aprendía rápido, facultad de muchos vampiros, y llegué a apasionarme por las novelas clásicas. La Ilíada fue por mucho tiempo mi favorita y pasaba muchas madrugadas leyéndola, traduciéndola a varios idiomas y practicando en alto el griego clásico con tono casi de juglar. Cosa que a Bastian le agradaba cuando me observaba pero que le perturbaba cuando se encontraba en el laboratorio.
Cuando compartí con él mi sorpresa por la velocidad en que conseguí adquirir los nuevos conocimientos, él se encogió de hombros.
—Otros bebedores de sangre son hábiles para otras cosas. Algunas para la música, otros para el canto. Reconozco que yo no he descubierto aún nada en lo que destacar más que en mis estudios médicos, pero cualquier humano llegaría a las mismas conclusiones que yo, con mi tiempo y mi paciencia. He llegado a conocer a alguna bebedora de sangre oriental que era capaz de hipnotizar a todo un regimiento con solo mover las caderas. Además, eres joven y ambicioso, incluso en vida humana habrías podido aprender con facilidad los idiomas. Con el material adecuado y el tiempo necesario.
—Y el maestro perfecto.
—Yo solo te doy unas cuantas pautas. –Movió la mano, quitándole importancia a las largas horas que dedicaba antes del amanecer a mi educación. Y reconozco que tenía mucha paciencia conmigo, más de la que yo tenía conmigo mismo.
Al principio las eternas repeticiones de los alfabetos, las formas y los sonidos en mi boca me cansaban y llegaban a confundirse en mi mente. Pero sabiendo él todos los dialectos que me enseñaba, y oyéndolos desde sus labios, parecían entrar en mí con fluidez.
—Mañana… —Comenzó mientras observaba un texto que había transcrito del latín al griego. Parecía tener la mente en otro lado a pesar de observar el pergamino con parsimonia y con ojos inquisitivos.
—¿Mañana…?
—Mañana el rey celebra una reunión en su palacete.
—No te preocupes. –Me adelanté—. Haré tiempo en el bosque hasta que regreses…
—No estaba queriendo decir eso. –Dejó el pergamino en la mesa con rotundidad y se volvió a mí, casi divertido—. Estaba pensado en llevarte conmigo. Es una fiesta privada, no más de cien invitados. Sus hermanas, algunos de sus consejeros…
—¿A mí? –Pregunté, casi en una exclamación, pero contuve mi expresión de sorpresa.
—Le he hablado de ti. Le he dicho que te he tomado como pupilo, y estaría encantado de conocer al sobrino de su médico privado. Casi esperanzado de que cuando yo me haga mayor él pueda sustituirlo en sus padecimientos.
Le miré sin saber qué decir. En realidad no creía que aquello realmente estuviera de mi mano. Si deseaba llevarme y consideraba que era una buena idea, ¿qué iba a decir?
—Además, creo que estará encantado de ver a gente joven. Excepto por una, es el menor de sus hermanas y sus consejeros todos son muy mayores.
—¿Habrá otros como nosotros?
Aquella pregunta lo pilló por sorpresa y le sacó una sonrisa.
—No, no los habrá. No que yo sepa. No he visto a ningún otro bebedor de sangre alrededor del emperador. ¿Es eso todo lo que te preocupa?
—¿Acaso sabré contener el hambre, tan bien como he podido hacer hasta ahora?
—No tienes que contener tu hambre. Mi intención mañana no será solo presentarte en sociedad, también deseo enseñarte a cazar como suelo hacer yo.
—¿Cazar entre el séquito del emperador? –Aquello sí que me dejó pasmado. Hubiera esperado cualquier cosa. Me levanté y rodeé la mesa hasta dejarle de por medio entre ambos. Cruce mis brazos alrededor de mi cintura y él se reclinó en su asiento—. Podrían descubrirnos y matarnos. ¡Darnos caza como a perros!
—Para eso es necesario que controles tu apetito. Y su voracidad. No será necesario matar, solo alimentarse.
—Nos descubrirán.
—Solo si haces un desastre. –Aquello sonaba a reprimenda. Y recordé la escena entre Neoptólemo y Odiseo. Pero en esta ocasión no era la justicia frente al engaño, sino el miedo frente a la valentía—. Considero que estás preparado. No creo que te vayas a dejar llevar por el descontrol, pero pase lo que pase, yo estaré a tu lado. No tienes nada de lo que temer. Además, no querrás hacerle este feo al emperador, ¿no?
—Aun no sé castellano…
—Nació aquí en Flandes, sabe nuestra lengua, y muchas más. No seas ingenuo. –Aquello colmó su paciencia y se levantó, con un quejido y una mueca de hastío—. Tienes hasta mañana para pensarlo. Pero no tienes por qué ir si no quieres. –Al pasar por mi lado para conducirse a su laboratorio y ocupar sus últimos minutos de nocturnidad, pellizcó mi mentón entre su pulgar y su índice y me sonrió—. Decidas lo que decidas, me parecerá bien.
—No seas complaciente conmigo. –Le advertí, cuando estaba entrando en el laboratorio, a lo que rió, divertido—. Ni condescendiente.
—Solo espero que no le hables así al emperador. –Contestó ya desde el laboratorio—. Entonces sí que nos perseguirán como a perros.
✵
Nada más despertar la noche siguiente nos vestimos con las mejores prendas que Bastian tenía en la casona. Cuellos almidonados, medias impecables, zapatos brillantes. Ataviados completamente de negro y cubiertos con una ligera capa a modo de protección para el exterior. Me regaló un sombrero. Una pequeña boina negra con cortes y cuchilladas, como se llevaba en la época, adornada con una brillante pluma gris. Él se puso un sombrero mucho más ancho, propio de la clase más alta de la sociedad.
Cuando nos montamos en los caballos cabalgamos por los caminos más recónditos del bosque. Jamás en mi vida humana se me hubiera ocurrido desviarme de los caminos y aventurarme por entre la espesura. Pero ¿qué nos encontraríamos? Nada peor de lo que nosotros éramos. Llegamos rápido gracias al rodeo. El palacio donde residía el emperador estaba apenas a unos cinco de los actuales kilómetros de distancia de donde nosotros residíamos. Era una gran finca recién rehabilitada. Pertenecía a su familia desde un siglo atrás y aunque había sido restaura era imponente, con largos ventanales góticos y oscuros tejados propios del norte.
Aunque durante la hora que habíamos estado alistándonos Bastian se había esmerado en que recordase unas indicaciones básicas de trato, etiqueta y rango, yo había olvidado todo lo que me había sugerido. Cómo dirigirme al emperador, con quién hablar, con quién no, cómo me llamaba incluso era algo que en ese momento desconocía por completo. Me había preocupado tanto no poder contener mi hambre que cuando me encontré bajando del caballo y entregándole las riendas a un mozo de cuadra no sabía si debía dirigirme a él como mozo o su alteza. Bastian notó mi nerviosismo y rápidamente puso una mano sobre mi nuca, como tenía por costumbre hacer y me condujo dentro del palacio. Si me escapaba, sus manos eran más rápidas que yo y se cerrarían sus dedos sobre mi cuello como las garras de un halcón.
—¿Bebiste ayer? –Preguntó, casi en un susurro inaudible. Yo negué con el rostro.
—Antes de ayer.
—Bueno, está bien. –Dijo, más sosegado y aflojó su agarre sobre mi nuca.
Caminamos dentro del palacio, cruzándonos con miradas y expresiones que se pegaron a nosotros como si fuésemos un ente espectral. Las cabezas giraban, los cuerpos se volvían. Nos señalaban. Pero mi maestro los ignoró a todos y me condujo por los pasillos hasta el gran salón donde el gran monarca se encontraba cerca del trono, sentado en una mesa de madera llena de viandas y pasteles.
—Antes tenemos que saludar al emperador. –Dijo, aclarando mis dudas y sosegando mi recelo.
Lo distinguí nada más posar mi mirada sobre él. Mi mente tomó conciencia de todo lo que nos rodeaba en apenas un instante y pude ver en todos aquellos rostros y entes un cúmulo de nuevos estímulos. Incluso en los tapices y las pinturas advertí gran cantidad de presión. Una princesa acompañada de un blanco y reluciente unicornio estaba tejida, como un súcubo en un sueño delirante, rodeada de flores y animalillos. Paisajes, retratos, el intenso olor del oleo y la trementina me sofocó con la primera inspiración. Y los perfumes y las flores. Se me atragantaron todos en la garganta, el jazmín, las rosas, el agrio olor de la cerveza y el dulzón del vino especiado. El de la empanada de carne, el asado, el cochinillo, la mantequilla de los dulces, la crema de las tartas. El sudor, el aliento.
Y debajo de todo aquello estaba el miedo, la impaciencia, el deseo. Todos sus complejos e inseguridades camuflados con risas y desparpajo. Con ritos y genuflexiones. Contuve el aliento para los olores pero no pude evitar que me avasallaran todas aquellas emociones que exudaban cada uno de aquellos hombres. Había buenos hombres, y malos. Mujeres amantísimas, hermosas niñas, malvadas y vengativas despechadas. Mentes inteligentes, seres vacíos, meros acompañantes. Silenciosas criaturas que desean gritar, hombres que gritan y no dicen nada. El acre olor de la gota, la del monarca.
Tenía la pierna en alto y vendada. A la vista de casi cualquiera. Y yo debía realizar una genuflexión frente a ella. Cuando llegamos a su altura él nos devolvió la mirada antes que cualquiera de los acompañantes que le hablaban.
—¡Sebastián! –Exclamó, casi con un tono lastimero. Como quien llama a su madre. Pero su madre estaba encerrada en una alta torre de España, a kilómetros de distancia.
—Su excelencia. –Dijo mi maestro, soltándome por primera vez desde que habíamos entrado en palacio y adelantándose, y besando el dorso de la mano del monarca, mientras de reojo le echaba un vistazo a la pierna de este, y después me miró a mí, esperando que yo hiciera lo mismo—. ¿Cómo os encontráis, alteza? ¿Os está molestando de nuevo la pierna?
—Ya estoy mucho mejor, pero esta noche noté unas leves molestias así que he preferido prevenir antes que curar y me he aplicado los ungüentos, para adelantarme al dolor.
—Bien hecho alteza. Pero esto que veo aquí… —Miró de reojo la mesa llena de comida, la mayoría de ella toda restringida por la dienta que le había impuesto.
—Solo será esta noche Sebastián, es una gran fiesta. No me lo tengas en cuenta. –Dijo el joven mientras le quitaba importancia negando con el rostro y fingiendo que estaba todo bien. Estaba borracho, levemente aturdido y era mal mentiroso. Mi maestro y yo lo supimos. Ni había seguido la dieta ni su dolor era tan leve como había dicho.
Para desembarazarse de un discurso de su médico, el monarca desvió la mirada hacia mí y pidió ser presentado.
—Este es mi sobrino, Marcus, del que os he hablado. –Latinizó mi nombre, tal vez para darme algo de prestigio, o para borrar de mí todo resto de borgoñón—. Estaba muy entusiasmado por conoceros alteza…
—Alteza… —Murmuré e imité el gesto de genuflexión que hiciera Sebastián. Besé su mano y miré su rostro, a expensas de que me habían prohibido hacerlo a tan corta distancia. Pero me cautivó más su carácter que su aspecto. De prominente mentón y expresión apagada. Era rubio, de ojos azules, y a pesar de ello parecía un espectro de lo que pudiera ser. Su padre fue “El hermoso” pero su madre era “La loca”. Suerte que él no heredó nada de eso.
Quise recordarme una vez más que estaba ante el hombre más poderoso del mundo conocido. Que era emperador de medio continente, y heredero de una España unificada. Poseedor de otras tierras en nuevos mundos, capitán de sus tropas cuando se lo permitía su dolencia, patriarca de su familia y de su dinastía. Y solo tenía veintinueve años.
—No se parece mucho a vos. –Dijo el emperador, mirándome con recelo y desviando la mirada a mi maestro, con aire sonriente—. Tiene unos ojos castaños muy bonitos.
—Es sobrino por parte de una de mis hermanas, y su marido era del este. Con unos ojos tan oscuros como los del joven.
—¿Qué podéis contarme de vuestros padres, muchacho? –Me preguntó el rey, y ante mi silencio incómodo casi adivinó por si solo—. Ah, ya veo. Por eso os ha acogido vuestro tío. Cuanto lo siento. ¿Luchó vuestro padre contra los turcos? El este es un polvorín…
—Sí. –Se adelantó mi maestro—. Su madre muró hace unos años de una gripe pulmonar, y su padre hace un año en la guerra.
—Cuanto lo siento, muchacho. –Entonces su tono se volvió solemne y sincero. Casi culpable—. Estamos haciendo todo lo que podemos. Desde que hace tres años perdimos Hungría a manos del turco nos está costando pacificar las fronteras del imperio.
Entonces el muchacho que estaba en una fiesta despareció, y ante nosotros se encontró el emperador responsable de sus tierras, de sus hombres y de sus destinos.
—Desde que nuestro querido Luis fue muerto por Solimán en la batalla de Mohács hace tres años, las cosas se han descontrolado. Por suerte otros frentes se han cerrado aquí en Flandes. Pero con el francés que ha apoyado al turco ya me las veré, solo por vengar la muerte de mi cuñado.
—No os excitéis alteza, no es bueno para vuestra salud…
Ignorando la recomendación médica, el monarca señaló unos asientos libres a su mesa, donde otros comensales reían y charlaba o escuchaban atentos al emperador.
—Pero bueno, sentaos, sentaos. No quiero dejaros ahí de pie.
Estuve a punto de sentarme tal como había sugerido el monarca, pero algo fue más rápido que la zarpa de mi maestro, los tres pares de ojos que me habían estado analizando desde el otro lado de la mesa. Tres mujeres a cada cual más compleja. La más anciana, sentada a la vera del rey, enlutada con un atuendo de monja, sostenía en sus manos una gruesa copa de vino. La más joven, sentada en el medio, de facciones finas y labios gruesos y rojos, miraba con ojos cansados y abatidos al espectro que debía de ver en mí. Y la mayor, más parecida al emperador y de ceño fruncido y ojos atentos me sonreía con una fría expresión distante.
—Marcus. –Me llamó mi maestro—. Estas son doña Margarita de Austria, la gobernadora de los Países Bajos; la hermana pequeña de su alteza, María de Hungría, viuda de Luis II; y su hermana mayor Leonor de Austria, viuda de Manuel I de Portugal y prometida del rey francés Francisco I.
Me incliné de nuevo frente a ellas y enmudecí. Ellas me saludaron, me lanzaron cumplidos y me desearon una próspera carrera como médico, si es que decidía seguir los pasos de mi maestro. Pero yo no pude emitir ni un solo sonido. Carlos era el emperador, pero eran ellas las que gobernaban su mundo.
—Vuestro tío me ha dicho que padecéis de la misma dolencia que él. –Me distrajo el emperador, acomodándose mejor en su asiento y alcanzando una copa de vino—. ¿Es eso cierto?
—Sí, así es.
—¿Y acaso seguís el mismo régimen que él?
—Así me lo recomendó.
—Muy estricto vuestro tío con sus dietas y sus regímenes. Dice que la buena alimentación es la esencia de toda sanación. –Sus palabras iban cargadas de algo de recelo y suspicacia. Mientras Bastian aprovechó mi conversación con el emperador para hablar con Leonor sobre su futuro enlace, yo me regodeé en una malsana idea animal. Él sería el emperador. Pero puede que ni todos los guardias de palacio impidieran que yo le llevase conmigo a un baño de sangre y locura. Y aún así, repetía la genuflexión. Eso era la vida a la que Bastian aspiraba para mí. ¿Y yo me complacería?
—Supongo que hay algo de verdad en ello. Igual que la oración y los buenos pensamientos son el mejor alimento para el alma.
Mis palabras enmudecieron al monarca. Me analizó con su mirada analítica y me sonrió casi con recelo.
—Me alegra escuchar palabras tan sensatas de alguien tan joven. Si decidís otra vida para vuestro futuro, tal vez como consejero del rey, pudierais obtener un buen lugar a mi lado…
—Lamento deciros, alteza… —Dudé—. Que me quedan muchas horas de estudio y aprendizaje, y tan solo para aclarar mis propias ideas. No quisiera cargar también con el consejo de un rey. Yo sé poco de la vida y mucho menos de la gobernanza de un país. O un imperio…
—A veces con saber cómo gobernar sobre el alma es más que suficiente.
—En ese caso me haría sacerdote, no consejero real.
Rió, pero parecía contrariado.
—Tal vez dentro de algunos años pueda haceros esa propuesta enserio. Pretendo gobernar por mucho tiempo. Y vos aún sois un mozo. Aunque yo ya era rey a vuestra edad.
De nuevo la garra del águila sobre mi cuello. Me temblaron las piernas y el emperador pudo ver como mudaba mi expresión, haciéndole sonreír.
—¿Os lleváis tan pronto al joven?
—Aun tenemos que saludar a muchos conocidos alteza, espero que no os importe. Volveremos a vos antes de marcharnos para despedirnos.
—En absoluto. Es agradable veros en un lugar tan distinto de lo habitual. Pero incluso así veo que no habéis dejado vuestra máscara de medico gruñón en casa…
—No es ninguna máscara, me temo. –Dijo y me hizo sonreír. Cosa que al emperador le agradó, casi cómplice de mi propia experiencia.
—Enseñadle al mozo las bellezas que han venido al baile, y dejad que hable con ellas. Lo mejor para el alma es una buena mujer, Marcus. –Me aconsejo el emperador, y miró a sus hermanas casi con candor.
—Pero lo peor para el alma es una mala mujer, y me temo que no es tan fácil distinguir a unas de otras. –Se adelantó Bastian, haciendo reír al emperador.

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