EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 8
CAPÍTULO 8 – Libros y medicinas
Regresé una hora antes del amanecer. Me había hecho bien pasear por el bosque y sumergirme entre la espesura de sus árboles. Ahora, con nuevos zapatos, con finas medias y un ajustado jubón se me hacía extraño deambular pisando la misma tierra y escondiéndome detrás de los mismo árboles, que antes había habitado como un completo animal. Durante un buen rato observé el cielo a través de las copas de los árboles, y escuché con atención el murmullo de los animales que me rodeaban. Algún lobo había vagabundeado como yo aquella zona, y algunas aves cantaban, sintiendo cerca el amanecer. No sentí hambre, aunque sí cierta necesidad de la adrenalina por la caza.
Bastian había conseguido llenar mi cabeza de nuevas ideas, y al mismo tiempo, parecía mucho más consciente de la ignorancia que me rodeaba a mí, ya todo este nuevo ser que era. Haber tomado conciencia de mi verdadera edad, y aún peor, saber que una infinidad me esperaba por delante era tan lapidario que sentía cómo podía enloquecer, incluso a tan temprana edad, solo con pensarlo. Me prometí, ingenuamente, que ese sentimiento de vértigo y locura pasarían. Pero no estaba seguro de poder asegurar nada, cuando ni yo mismo creía en mis promesas.
Pero debo reconocer que me alegraba ver como Bastian había sobrevivido a ese paso del tiempo. Como su mente, o lo poco que me había dejado ver de ella, mantenían toda su lucidez, y su humor era de lo más jovial y alegre, incluso cuando en su profesión se veía rodeado de muerte. ¿Acaso no sería irónico? Curar a quienes se mueren, sabiendo que la eternidad estaba al alcance de un solo mordisco.
Sin embrago no podía dejar de pensar en que solo había hablado con el humano, el hombre que había sabido domar a la bestia. Detrás de esa fachada se escondía, seguramente, una animal igual de despiadado que cualquiera, que se camuflaba detrás de los inciensos y las pieles de armiño, agazapado y castigado, esperando a ser liberado.
Cuando me adentré en la casa le encontré en la biblioteca, sentado en un pequeño butacón, leyendo con los labios fruncidos una pequeña novela. Estaba encuadernada en cuero oscuro, y sus dedos se habían alineado para sostenerla con un gesto de atril humano. Levantó la mirada y atisbé a percibir cierto brillo de orgullo en sus ojos. Al regresar estaba firmando mi sentencia, ahora era de su propiedad.
Me apoyé en el marco de la puerta y crucé los brazos. Le miré de arriba abajo pensando en si realmente lo conocía. En si alguna vez llegaría a conocerlo.
—No has comido. –Dijo, casi admirado.
—No me apetecía manchar el traje.
—¡Ah! Eso es… —Le interrumpí.
—¿Tú que comes?
Le hice soltar una carcajada. Para él mi ingenuidad y mi inocencia le parecían la mar de entrañables y divertidas, pero a mí me desacreditaba por completo. Fruncí los labios. Tenía suerte de verse apuesto y humano cuando reía, incluso mostrando sus pequeños caninos. Sus mejillas se llenaban de rubor y sus ojos seguían brillando incluso entrecerrados.
—Si preguntas sobre qué clase de víctimas escojo, la mayoría de las veces suelen ser humanos, aunque también me alimento de animales. Cuando no tengo otro remedio, o cuando no deseo herir humanos. Muy a mi pesar no es algo que siempre pueda escoger.
—¿Por qué alimentarnos de humanos si podemos hacerlo solo de animales?
—Tú no te has mostrado muy ortodoxo en ese sentido. La bestia que nos controla prefiere la sangre humana y con motivo. ¿Qué clase de vida es esa de vivir alimentándonos de ganado y algún que otro depredador? Una condenada a la autodestrucción, te lo aseguro. Te acabarías apagando como una vela que se consume en el invierno.
—¿Cómo lo haces? ¿Matas en la corte, o matas a campesinos o mendigos…?
—Sí, personas descarriadas, a las que me aseguro que no van a echar en falta. Eso solo cuando deseo matar.
—¿Cómo?
—Se puede beber sin matar, muchacho. Ya hablaremos del refinamiento de la caza mañana.
Volvió a ascender el libro y desvió la mirada hasta encontrar el punto de la lectura donde se había quedado pero yo aún tenía mucho que decir.
—¿Solo de sangre?
—¿Qué quieres decir?
—Que si solo nos alimentamos de sangre. ¿Tus sirvientes te preparan algo de comer? ¿No sospechan cuando ven que no tomas ningún alimento…?
—Les he dicho que yo mismo me preparo mis propias comidas. Pócimas y esas cosas. Me tienen por un boticario o un brujo excéntrico. Eso es todo. Me ven sano y con fuerza. No creo que sean tan ingenuos de ir por ahí proclamando solo sospechas…
—No has contestado. ¿No hay nada más que nos alimente? ¿Solo la sangre?
—¿Tú has tomado alguna otra cosa desde entonces? Aparte de algún que otro bocado a la carne o los cartílagos que de alguna pobre víctima…
—Una manzana, anoche. –Aquello le hizo dar un respingo—. Una de vuestras manzanas. Le di un bocado pero tuve que escupirla.
Se desternilló, cubriéndose la boca para que su risa no llegase hasta los dormitorios de sus sirvientes y los despertase. Yo enrojecí, completamente herido por su risa, pero cautivado por su sencillez. Me volví, para indicarle que me marchaba pero él me retuvo.
—¡Oh! No, no te marches. No seas así. Vamos, ven a mi lado…
Miré como señalaba un pequeño sofá a su lado donde había dejado varios libros allí tirados y los recogió a la par que me señalaba el acolchado con una mueca de súplica mal disimulada. Accedí a regañadientes aunque resultaba hasta cierto punto divertido hacerle rabiar y suplicar.
Dejó el libro aparte y se volvió en mi dirección, con una curiosidad redoblada.
—¿Cuándo te convirtieron, no volviste a tu casa? –Preguntó, aunque lago me dijo que sabía la respuesta. Tal vez intentaba indagar en el motivo que me había retenido en le bosque.
—No, no volví. No sentí que fuera bueno para ellos, ni para mí.
—Es lo más acertado. –Advirtió a decir mientras asentía.
—¿Tú volviste? Cuando te convirtieron…
—Sí, pero algún tiempo después. Estaba lejos de mi hogar entonces y me demoré diez años en regresar. Para entonces había podido controlar parte de mi impulso por la sangre y accedí a ellos con todo el control que albergaba.
—¿Cómo hacéis para ir de un lado a otro siguiendo a la corte del rey? ¿Acaso no os alcanza el día durante los trayectos?
—Cuando tenemos que trasladarnos tengo varios métodos. Si el camino es largo, procuro meterme en mi sarcófago y hacer que lo trasladen, y le digo al emperador que yo iré por mi cuenta, o con otros amigos. Y si es de corta distancia, siempre puedo arriesgarme a camuflarme en un carruaje bien sellado, con gruesas cortinas y bien protegido, embozado y con guantes… —Agitó sus dedos ciñéndose unos fingidos guantes—. Es un truco de prestidigitador. No sé si un neófito pudiera aguantarlo, pero yo lo he probado y me ha resultado en un par de ocasiones. Alguna vez me he quemado, lo reconozco. Y he aprovechado para mostrarle las quemaduras al emperador, lo que le ha terminado de convencer de mi dolencia. Nada convence más que la palabra de un emperador. Nunca me han vuelto a mencionar nada al respecto.
—Yo me quemé una sola vez. –Le confesé—. Después de la primera noche. La cara. Aún recuerdo el olor y la sensación de rabia. Y el miedo y el dolor. Tuve que alimentarme el doble los siguientes días para reponer todas las fuerzas que mi cuerpo había consumido arreglando el desastre. –El asintió, comprensivo.
Como si aquello nos hubiera recordado la hora que era, desviamos la mirada hacia el exterior. Quedarían unos cuarenta minutos antes del amanecer. Me erguí y me apoyé sobre la repisa de la venta, mirando al exterior. El mundo empezaría a despertar de un momento a otro. Aún no había claridad en el cielo, pero estaba a punto de que la oscuridad se fundiese.
—¿A cuántos pobres desvalidos has tomado como discípulos?
—No eres el primero, si eso te molesta. Yo renegué de mi maestro muy pronto. Y lo lamento profundamente. Cometí muchos errores y no deseo que haya por ahí bebedores de sangre perdidos y salvajes como lobos. –Le miré frunciendo el ceño, pero él me sostuvo la mirada—. No creas que no te hubiera dejado allí tirado donde te encontré si hubiera visto que eras un caso perdido. Puede que en ese caso, te hubiera matado. Por mucho que me haya acomodado a mi situación, confieso que es una gran carga y a veces una lacra. Y extender esta clase de maldición por el mundo… no. No es algo que yo quiera ver.
—Que pragmático. –Le espeté, volviéndome de nuevo a él, con el mentón apoyado.
—No habría vuelto a ti si no hubiera visto un atisbo de algo que poder salvar.
—Supongo que me he hecho ilusiones, pensando que te habrías encaprichado de mí, o algo parecido. –Levantó una ceja, sorprendido—. No que me acogías para prevenir que me reprodujese.
—¿Lo has hecho?
—No, aún albergo humanidad suficiente en mí como para no desearle a nadie más la vida que llevo.
—Tal vez lo hubieras llegado a hacer, a algún día. Cuando la soledad te hubiera parecido insoportable.
—¿Tú lo has hecho? –Y al preguntárselo me di cuenta de que era incapaz de verlo como un padre de otro vampiro. Su pureza no le permitiría crear más seres de los que tanto aborrecía. Pero su respuesta me dejó helado.
—Sí, un par. –Aquello pareció devolverlo a una vida muy lejana—. Y uno de ellos se lanzó a la muerte delante de mí.
—Siento oír eso... –Atiné a decir en el mejor tono que pude, pero él se encogió de hombros y se reclinó en la butaca, abatido.
—Ya no tiene remedio. No fue buena idea convertirlo, siendo yo muy joven. No aguantó una conversión así. Era más humano que monstruo y… —buscó las palabras—. Herido por lo que le había hecho, y profundamente asqueado de si mismo, se mató.
Su historia me oprimió el corazón y pude sentir cierta pena por él, pero verlo en ese estado melancólico me perturbaba. Me había engañando pensando que la locura de un vampiro solo llegaba como causa de la vejez. También podría llegarle a un ser joven. Me prometí no enloquecer, incluso si aquella promesa ya era en sí una locura.
Aterrorizado por el silencio que se había establecido, alcancé el libro que descansaba en su regazo y lo abrí por donde las hojas cedieron más cómodamente. Los caracteres impresos me subyugaron y acabé cerrándolo con aplomo.
—Te enseñaré a leer si lo deseas. –Atinó a decir, posando una mano sobre mi muñeca, a modo de consuelo.
—Eso me gustaría.
—¡Ah! La primera cosa que te gusta desde que estás aquí. Eso es genial.
—Es una bonita casa, y el anfitrión es de lo más educado.
Volvió a reírse, y esta vez habiéndolo provocado yo, su risa me supo mucho más dulce.
—Yo… Necesito saberlo. –Su atención volvió a caer sobre mí—. Mi creador bebió de mí y yo bebí de él pero…
—¿Hum?
—¿Podemos beber de otros como nosotros?
Estaba seguro de que ya habría supuesto que esa pregunta llegaría de un momento a otro, pero una parte de mí se sintió cohibida y avergonzada. Si estaba sugiriéndole una ofensa o una impureza, incluso alguna clase de sacrilegio…
—Prueba. –Dijo, con tono recto, como una orden, extendiéndome su mano y poniéndola palma i. Sus dedos estaban flexionados y extendidos hacia mí. Su perfume me llegó como una bofetada.
—¡No! –Exclamé, presa de mi propia aprensión al sacrilegio. Me erguí y retrocedí el rostro—. No voy a hacerlo.
—¿No querías probar?
—Quiero saber…
—¿Y cómo sabes si no pruebas?
—No me dejarías hacerlo si no supieras que es inocuo. –Advertí, haciéndome el listillo pero él sonrió.
—Tal vez no. Igual que no podemos beber sangre muerta, tampoco beber agua o tomar leche… ¿qué te hace pensar que nuestra sangre es válida para los que ya estamos envenados? –Volvió a acercar su mano a mí cara pero yo sujeté su muñeca con fuerza, impidiéndole acercarse más.
—¿Me dejarías morder si fuera veneno?
—¡En eso consiste la vida! Probar y volver a probar. Un médico lo sabe bien. Ensayo y error. ¿No? –Como fui firme en mi negativa, se encogió de hombros y asió mi mano que le sujetaba la muñeca y se la llevó a la boca. Tiré de mi brazo, espantado, pero él era mucho más fuerte y pudo hincarme el diente. Pero se contuvo, soltándome con una risa juguetona.
—Si tú no lo compruebas… —Amenazó, mientras saltaba de la butaca y me hacia retroceder en el sofá. Di con mi espalda en el reposabrazos contrario y presa del pánico le extendí mi mano, seguro de que no mordería si no era adecuado. Si lo hacía entonces no me importaba. Pero no me vería huir o lamentarme como un cachorro. Pero incluso así, toda mi valentía desapareció en el momento en que sostuvo con suavidad mi mano y acercó sus labios a ella. Comenzó a temblar y mis yemas acariciaron su mandíbula, y después su cuello. Besó mi pulgar con la pausada calma de un provocador y después de dejar un par de besos más en la muñeca sonrió y me miró, divertido por haberme hecho temblar.
—Va a amanecer. –Anunció, como quien da el toque de queda y la diversión debe terminarse. Suspiré y me llevé la mano al pecho, después de que la soltase él.
Salió el primero de la estancia y las velas se apagaron cuando desparecimos de allí. Me guió hasta las escaleras de la cripta y ambos bajamos pausadamente. Cuando llegamos abajo cerró detrás de sí y un par de velas se encendieron en la cripta, las suficientes como para distinguir los contornos necesarios.
—Bien, espero que hallas aprendido la lección. –Se recochineó, algo altivo. Y abriendo su féretro se coló dentro, con tono cansado y satisfecho.
—¿Debo empezar a llamarte maestro?
—No es mala idea. –Rió—. Aunque no me entusiasma mucho.
—¿Y cuál ha sido la lección? –Pregunté mientras me acercaba a su féretro—. Maestro…
—Si te ordeno hacer algo, más vale que obedezcas por las buenas.
—Pensé que me tenías en el estatus de invitado. –Le recordé, y él rodó los ojos, cerrando la puerta de mármol, pero yo detuve su gesto y colé una pierna dentro.
—¿Qué crees que estás haciendo? La primera noche puedo permitirlo, pero si empiezas a coger este mal hábito… —para cuando terminó su reprimenda ya estaba tumbado a su lado y me acurruqué sobre su pecho, frotando mi nariz contra su jubón.
No le quedó más remedio que, mientras gruñía, cerrar el féretro y acomodarse a mi lado.
Jugué unos momentos con uno de los botones de su traje y después con el cuello de su camisa. Su respiración era tranquila pero advertí que no estaba dormido. Parecía enfadado y rumiaba en su interior su impotencia. Me mordí el labio inferior con suavidad y me coloqué un poco más cerca de él, hundiendo mi nariz en su cuello. No era ningún secreto lo que estaba haciendo, él se mantuvo quieto y yo besé la piel debajo de su oreja. Noté que al principio se puso rígido, pero después, cuando mis dientes se clavaron en él, pude notar cómo se acostumbraba y me recogía en un tierno abrazo lleno de consuelo.
Su sangre llenó mi boca. Al primer trago ya sentí la euforia propia del animal que ha dado el primer bocado, pero después una dulce y anestésica sensación me inundó como un torrente. Fui capaz de ver a través de él, igual que él podía hacer conmigo. Vi fragmentos limitados de su vida. Vi el fuego, y la sangre. Vi la espada refulgiendo al sol, y una máscara plateada. El suelo cubierto de tierra y el barro, y el polvo alzarse. Los caballos. Después el silencio. Me había separado de él a tiempo para no perder el control. Supe que lo había hecho bien porque no me dijo nada. Me dejó conmigo mismo y mis pensamientos, creyendo que mi nuevo descubrimiento había sido suficiente castigo.

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