EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 7
CAPÍTULO 7 – Los enigmas
No fue hasta que se produjo el ansiado silencio y la tensa expectación que no me di cuenta de lo absurdo que era todo. ¿Por dónde empezar? No sabía cómo desenvolver la maraña de dudas que me habían perturbado los años de salvaje peregrinación. Y ahora que tenía la oportunidad, me quedaban en blanco.
—Comencemos poco a poco. –Dijo él, a modo de ayuda—. ¿Qué me preguntaste antes?
Se había sentado a la mesa, a mi lado, mirando hacia las ventanas del exterior. Estaba apoyado en los antebrazos con una mueca solemne, casi filosófica. Parecía un orador, o un profesor, sumido en profundas reflexiones.
—Que, ¿cómo es posible que seas médico del emperador?
—Me gané mi puesto. Conocí hace unos diez años a su ayuda de cámara en un hospital de Toledo, y él me recomendó para el puesto después de haber curado a varios hombres que habían desahuciado. Llevo muchos siglos estudiando la medicina, la alquimia y todo lo relacionado con…
—No te vayas por las ramas. –Le interrumpí, gesto al que no parecía estar acostumbrado—. No es eso lo que quiero decir. ¿Cómo hacéis para ser el médico personal de un emperador si no podéis salir al sol?
—Solo le atiendo de noche. –Dijo, como si fuera obvio.
—¿Acaso el rey no se extrañará? ¿No le parece mal?
—Les he dicho que tengo una extraña condición en la piel, hipersensibilidad a la luz solar, y eso ha bastado. Como el experto soy no muchos se han atrevido a cuestionarlo, y como mis remedios han sido los mejores desde que el emperador sufre de gota, de problemas estomacales y del resto de sus dolencias… —Se encogió de hombros—. Hoy en día abundan los hombres peculiares y excéntricos. Y eso parece que da privilegio a quien tiene un don, ya sea en las medicinas o en las artes.
Yo me pasé la mano por encima de los labios, pensativo. No era solo eso lo que me perturbaba.
—¿Cómo hacéis para estar rodeado de humanos de continuo y no volveros loco?
—Eso lo hace la edad, muchacho. –Suspiró y se reclinó sobre el asiento, igual que yo estaba, quitándole importancia mi cuestión—. Con el tiempo uno aprende a comportarse y a reprimir sus instintos. Incluso tú, que no te has visto conviviendo con ellos, seguro que has experimentado cierta evolución desde tus primeros días, en que el hambre es voraz y apenas podías distinguirte en tu propia piel mientras asesinas y el hombre que eres ahora, que has permanecido varias horas a solas con tres personas en esta casa y han resultado ilesas. –Asentí, frunciendo los labios—. A todos nos ocurre igual. Aunque siempre hay formas y formas de sobrellevarlo.
—¿Qué quieres decir?
—La filosofía de la vida. –Dijo, pero yo negué, si comprenderle aún—. Hay seres como nosotros que deciden mezclarse entre los hombres con perversas intenciones. Yo aprecio la vida humana, me gusta vivir entre ellos porque es lo que más cómodo me parece. –Pensó y se retractó—. No, cómodo no es. La lista de precauciones a tomar es extensa y agotadora. Pero me parece la más adecuada para el alma. Soy un buen hombre, siempre lo he sido, o al menos así me he considerado. Y esta nueva condición en mí, que ya de nueva no tiene nada, no va a arrebatarme eso.
En ese momento me pareció el ser más empoderado de si mismo que había conocido. Si yo creía haber mantenido una férrea lucha contra el monstruo en mi interior, él había ganado la batalla desde el primer momento, y todo por su amor a la humanidad. Que poético, y qué ingenuo.
—Hay otros que se toman su nueva condición para ver en sus ventajas una excusa para matar, torturar y devorar a placer. Si te creías lo más peligroso de la tierra, te garantizo que no eres más que un lobezno que de vez en cuando se ve obligado a devorar alguna que otra oveja perdida, en comparación con las grandes bestias que hay en este mundo, que corrompen el alma humana a placer, que secuestran la mente del hombre para cumplir las más perversas fantasías.
Aquello me dejó en blanco. No quería preguntar nada más. No estaba seguro de querer saber nada al respecto. Como atinó a darse cuenta, suspiró, liberando la tensión que se había establecido.
—Sé qué clase de preguntas tienes. Todos las tenemos al principio. Y los que hemos tenido la desgracia de carecer de alguien que nos guíe los primeros pasos en esta nueva vida de inmortalidad, son aún mucho más hirientes. ¿Verdad? ¿Qué somos? ¿Es esta una enfermedad? ¿Tiene cura? ¿Acaso la inmortalidad es posible esquivarla?
Asentí, simplemente, mostrando mi conformidad con sus palabras, animándole a continuar.
—De verdad que desearía poder responderte, llevo en esta nueva existencia trescientos cuarenta años, desde que me convirtieron a los treinta y ocho, y aunque me he leído todos los libros de medicina, alquimia, mística y botánica, no he encontrado ni remedio ni cura, y mucho menos una explicación o un origen a esta ponzoña que nos ha corrompido.
Palidecí. Y mi decepción se reflejó en mi expresión. Tal vez su falta de respuestas fuera el motivo por el que había estado aplazando responder a mis preguntas, o puede que simplemente no deseaba compartir conmigo sus dudas. Bajó la cabeza y se miró durante un rato los brazos cruzados sobre su pecho. Cuando se cansó del silencio suspiró y se inclinó de nuevo sobre la mesa, juntando sus manos en gesto de oración.
—He encontrado respuestas diferentes por cada uno de los nuestros con los que he hablado. Supongo que no hay una respuesta segura, o por lo menos, ninguno de nosotros la conoce. ¿De dónde venimos? ¿Quién fue el primero de nosotros? ¿Qué es lo que somos y cuál es nuestro propósito? ¿Acaso los humanos no nos llevamos preguntando lo mismo desde tiempos remotos? Supongo que para nosotros es igual. Si algunos consideraron que esto es una enfermedad, yo no hallo cura. Otros han llegado a la idea de que es un don. Tú que has vivido con ello más de cincuenta años, ¿has encontrado la divinidad en tu estado, como para considerarlo don? Yo no lo creo. Somos mejores que los hombres corrientes, ¿peores que las bestias? ¿Cómo podemos ser más fuertes si estamos condenados a vivir en las tinieblas de la noche? ¿Es eso acaso una ventaja? ¿Acaso los depredadores no deben camuflarse también? ¿Es esto una maldición? No me extrañaría que muchos así lo creyesen. Y presa de esos sentimientos se arrojasen al fuego o a la luz del sol, con el propósito de purificarse.
—¿Hacen eso? ¿Podemos morir así? Es una muerte horrorosa… —Temblé al pensar en el dolor que supondría, pero al tiempo comprendí que el dolor de una eternidad podría volver loco a cualquiera.
—Lo hacen, sin duda. Ya he conocido a dos como nosotros que lo han hecho, que han acabado así con su eternidad. Y créeme que no les compadezco. –Dijo, con cierto tono de enfado—. Los que llegan a muy viejos, la mayoría enloquecen. Nuestro cuerpo sigue inmutable, pero nuestra alma se pude y nuestra mente, que sigue siendo muy humana, no contempla el paso del tiempo. No estamos hechos para la eternidad, muchacho. Y nuestro espíritu se corrompe como se corrompería nuestro cuerpo. Dios nos creó para vivir unas cuantas décadas, más de eso es exceder sus caprichos. Y al perturbar su obra, petrificando nuestro cuerpo, no hacemos sino encerrar nuestra mente en un cofre. Y ahí dentro se desgasta y se pudre.
Me miró con la misma profundidad con la que pretendía que sus palabras calasen hondo en mí.
—Imagínate en qué estado se encuentran que consideran una bendición arrojarse al fuego o asomarse a la luz del sol. Y no solo eso, sino conservar el talante como para permanecer en ello hasta que todo su ser se ha consumido.
—¿Si me expusiese al sol podría…?
—Si resistieses lo suficiente, tu carne se fundiría como la mantequilla y tus huesos se volverían polvo. Pero no es tan sencillo, hay que estar convencido… o atrapado…
—¿Y si dejase de alimentarme?
—¿Acaso no has intentado eso antes? Seguro que sí. Seguro que en un alarde de humanidad infantil te has negado a seguir matando hombres o animales y la bestia dentro de ti te ha arrebatado el control hasta que se ha saciado. ¿O me equivoco?
—¿Y si estuviese encerrado? Sin posibilidad de salir…
—No lo sé. En ese caso puede que te consumieses… —Se encogió de hombros—. Los bebedores de sangre más viejos pueden pasar semanas sin comer, incluso años, si permanecen en…
—Un estado de hibernación. ¿Es eso?
Al decir aquello volvió a lanzarme una mirada cargada de suspicacia y en la emoción de mi mirada leyó todo tipo de verdades.
—¿Tú has hecho eso?
—Un par de veces… —Aseguré—. La primera duró solo unos años, pero la segunda puede que mucho más, puede que décadas. No lo recuerdo. Cuando desperté había perdido completamente el sentido del tiempo y el espacio. En mi sueño latente oía a lo lejos el sonido del bosque, de los animales que iban y venían, incluso de algunos humanos, pero no tenía ganas ni fuerza para levantarme, hasta que de repente, un día encontraba de nuevo el ánimo y resurgía con fueras renovadas.
—Tal vez eso te ha mantenido a salvo, de ti mismo y de la locura. Cincuenta y pico de años en un bosque es demasiado.
—Tienes razón. —Asentí—. Como el monstruo que me convirtió. Era un loco. Estaba desquiciado. Me encontró en medio de una tormenta de nieve. –Dije, y evoqué los recuerdos para él, que parecía haber redoblado su interés—. Mató primero a mi caballo y se bebió su sangre. Y después la mía. Después hizo algo… que me trasmitió su maldición. Se mordió la mano, así. –Dije, imitando el gesto, sin llegar a penetrar mi propia piel—. Y vertió su sangre en mi boca. Después… —Suspiré—. Nada. No recuerdo nada más. Desperté ya así, con esta nueva forma.
Como no contestaba, y se le había iluminado la mirada con una chispa de emoción intelectual, fruncí el ceño.
—¿Es así como se hace? ¿Así se transmite esto?
—Sí, así se hace. Se llenó de sangre para poder ofrecértela a ti. –Dijo, pensativo—. Y te vació de la tuya para que albergaras su propia sangre desde cero.
—Fue muy doloroso
—Es doloroso. Tiene que serlo. Estás muriendo. –Su aplomo me dejaba sin aliento—. Pero te equivocas, puede que no estuviera del todo loco.
—¿Qué significa eso? Debías haberlo visto como lo vi yo. Se buró de mí. –Me levanté, presa de la emoción por revivir todos aquellos recuerdos que habría querido mantener encerrados—. Me entregó esta maldición con recochineo, asegurándome de que me lo merecía, vanagloriándose en el hecho de entregarme un veneno que le había estado torturando y que ahora compartía con alguien más.
—Si hubiera estado loco como dices, es probable que a lo largo de aquella noche hubiera convertido a otros tres o cuatro hombres más. Y puede que las noches anteriores hubiera hecho lo mismo, hasta que su cuerpo hubiera colapsado. Pero solo te convirtió a ti. Solo te convirtió a ti, y puede que no lo hubiera hecho en siglos.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque ningún bebedor de sangre de apena sesenta años es capaz de aguantar una noche sin beber, y mucho menos una semana o dos. Por no hablar de hibernar por meses o años. Y desde luego no podrían mover la tapa de mi sarcófago como hiciste anoche, y como repetiste esta mañana para salir. Se necesitan años de fuera y control para adquirir todo eso. Pero tú lo tienes desde el comienzo. Naciste en esta nueva inmortalidad con ventajas que la inmensa mayoría no tienen.
Me crucé de brazos delante de él, escéptico.
—Eso es porque tu creador vivió muchos años, y se alimentó de muchas almas, ejercitando su fuerza y sus poderes, sin concebir ningún otro hijo de la noche. Te eligió a ti, puede que por casualidad, o puede que te hubiera estado rondando. No creo que estuviera loco, pero puede que ya fuera muy mayor y su mente, como te he dicho, se hubiese descompensado. Te encontró, y creyó que era hora.
—No me harás sentir compasión o agradecimiento por ese loco... –Le advertí, a modo de amenazada, con la nariz arrugada y los labios fruncidos, lo que le hizo reír.
—No pretendía. No estuve allí. No sé lo que pasó. –Levantó las manos a modo de disculpa—. Solo hablo desde mi experiencia. Y tampoco pretendo que sientas esta nueva condición como una bendición o un regalo. Solo los más locos de nosotros creen que lo es. O los que han vivido lo suficiente como para hallar algo bueno en ello.
Aquello produjo un denso silencio en el que hallé el espacio para pensar en todo lo que me había dicho. Ya no deseaba saber más. No por el momento. Había removido en mí toda clase de emociones y sentimientos. Me había diseccionado el pasado y ahora pretendía exponerme como un juguete en su futuro de análisis y filosofía. Me imaginé a mi creador arrojándose a la luz del sol después de convertirme, presa de la satisfacción más plena y la paz más celestial. Y me pregunté, si ese era el destino que a todos nos aguardaba, ¿qué clase de vida era esta?
—Creo que basta por hoy. –Sentenció, levantándose de la silla y dando por concluida aquella charla—. Ya tienes para pensar durante el resto de la noche. –Y dirigiéndose a la chimenea, encendió el fuego y puso una ollita a calentar. Olía a amapolas y leche—. Si deseas dar un paseo por el bosque, o instalarse en alguna de las estancias de la casa, eres libre. –Lo dijo con tal humildad que me conmovió—. Puedes ir y venir a tu antojo. Quiero considerarte como mi invitado, pero quiero que sepas que si lo deseas, puedes ser mi compañero, mi aprendiz si te interesa la medicina, o mi amigo, si te da tanto miedo la soledad como a mí. Pero tienes la libertad de marcharte y regresar, y de hablarme o de ignorarme. Y cuando no me necesites más, hay todo un mundo dispuesto a recibirte fuera. Pero espero haber tenido el tiempo suficiente como haberte dado las herramientas para que puedas defenderte.
Todo esto lo dijo dándome la espalda, terriblemente afectado por sus propias palabas. O puede que para evitar mirarme directamente a los ojos temiendo encontrarse con la misma frialdad que le había devuelto desde el primero momento. Como no dije nada, comenzó a remover el silencio la infusión que tenía preparada.
—Con que… ¿trescientos cuarenta y cuatro años? –Mi pregunta le pillo tan de sorpresa que se volvió con los labios entreabiertos y la mirada sorprendida—. Creía que tendrías más.
Ofendido, y ante mi risa, frunció el ceño y me mostró los caninos.
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