EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 6
CAPÍTULO 6 – El aprendizaje
Desperté tremendamente aturdido, como si me hubiera dado un gran empacho la noche antes, o hubiera dormido durante semanas, como algunas veces había hibernado. No era extraño verme rodeado de una profunda oscuridad, pero sentía mi aliento volver a mí con rapidez y mi respiración sonaba ahuecada, a causa de las estrechas paredes del sarcófago. Extendí mis manos hacia el frío mármol que me había protegido durante el día y palmeé a mi lado el terciopelo frío y suave, sin encontrar nada más que un espacio vacío a mi lado. Me costó volver en mis sentidos, y antes de conseguirlo del todo ya estaba empujando la cubierta de mármol sobre mi cabeza, dejando que el aire y el frío de la cripta penetrasen como una bocanada de vitalidad que me arrebatara los últimos sopores del sueño.
Las velas volvían a estar encendidas, ya era de noche, hacía rato que la luna coronaba el cielo. No sé por qué esperaba que Sebastián estuviera allí fuera, esperándome, pero reconozco que agradecí que se hubiese marchado sin avisarme. Encontrármelo justo al despertar no habría producido en mí un ánimo adecuado para tratarlo el resto de la noche.
Salí del ataúd y me conduje escaleras arriba, procurando no hacer ruido. Arriba me hallé en la cocina, donde durante el día habían estado los sirvientes atareados. Podía ver los restos de mondas de cebollas y calabaza en un cubo de madera. Algo de menaje secándose sobre una superficie de piedra y el olor residual de algún guiso de ave. La luz de la luna que comenzaba a menguar entraba por uno de los vidrios de la ventana que daba al patio trasero. La imagen era bucólica, y un estupendo frutero coronaba una gran mesa central, muy barroco para lo que entonces era aquella época, pero que a Caravaggio o a Zurbarán le hubieran dejado hipnotizado.
Las manzanas verdes coronaban con su frialdad otoñal aquel frutero, y me hicieron cuestionarme si la comida que allí se guisaba era solo para los trabajadores o si por el contrario Bastian comía algo de aquello. ¿Tal vez hubiera refinado tanto al monstruo como para consumir comida de humanos? Yo no lo hacía desde aquella noche. Nada me pedía el cuerpo más que sangre, sangre y puede que algún pedazo de carne, en medio de una salvaje vorágine alimenticia. Pero nada más. ¿Tal vez no comía nada de aquello? ¿Sus sirvientes no lo notarían? ¿Acaso tiraba la comida que le servían?
Fruto de un arranque de valentía me hice con una de las manzanas y clavé mis dientes en ellas. En un primer momento me imaginé que era la gruesa piel de algún animal, pero en cuanto el líquido ácido y fresco de la fruta entró en contacto con mi lengua, me supo a la más horrenda deposición. Arrugué el gesto como si le hubiese dado un bocado a un limón, y dejé la manzana mordida sobre la mesa, escupiendo en el cubo de los deshechos el bocado que le había sustraído. Después de pensarlo un rato tiré también el resto de la manzana. No soportaría que alguien la mordiese después de mí, y para cuando amaneciese, ya se habría echado a perder.
Recorrí los pasillos en completo silencio hasta dar con el salón. No se oía ni un alma en la casa, aunque la presencia del padre, la madre y la muchacha se sentían arriba, yo podía sentirlos. Dormían pausadamente. Pero a Bastian no lo habría sentido ni si quiera si se hallaba entre la sombras de aquél salón. La armadura medieval presidía la estancia, acomodada a un lado de una gran chimenea, que permanecía apagada. Anoche al menos se molestó en dejar varios candelabros repartidos por las estancias, pero aquella luz lunar era fría y desoladora. Y sobre la armadura resultaba muy intimidante. Una gran cruz roja adornaba el peto, y una gruesa espada, que había comenzado a oxidarse en algunas partes del pomo, estaba sujeta entre los guantes del soldado fantasmal. Igual que el hombre que decoraba la tumba de su cripta. Intenté imaginarme a Bastian como soldado pero era incapaz. O se había endulzado y refinado con los años o no podía comprenderlo. Tal vez el humano que fue, no era como el vampiro que yo conocía. ¿Acaso le conocía? Tal vez el hombre hubiera quedado por siempre atrapado en ese caparazón de hierro vacío, igual que yo me había quedado tirado en algún lugar del de la espesura del bosque.
Recordando el recorrido, me conduje hasta el salón donde me bañé la noche anterior, pero también estaba vacío. Así que solo me quedó recorrer la casa a placer, sintiéndome dividido entre un sentimiento de total libertad y autonomía, tomándome esa soledad con el orgullo de creerme dueño de la propiedad, y la vergüenza por no ser más que un invitado casual, o una visita que no era muy bien recibida. Me extrañó mucho su ausencia, después de haberme tenido atado en corto el día anterior por recelo de mi hambre. Sin embrago estaba en mis sentidos y no le daría motivo a un hombre que me había acogido, bañado y vestido, para odiarme. O para matarme, si es que eso era posible.
Por miedo a perturbar el sueño de los empelados no subí a las plantas superiores, pero me demoré recorriendo todas las estancias de la parte baja de la casona. Había una biblioteca cerca de su laboratorio. Era extensa en libros, aunque estaban todos comprimidos en estrechas estanterías, acumulados unos encima de otros y apilados donde hubiera espacio para ello. La mayoría, eran de medicina. Manuscritos antiguos, algunos legajos gruesos y manchados. Aunque había unos cuantos encuadernados, de papel fino y traslúcido, escritos con la moderna imprenta. Yo entonces no tenía idea de aquello, todos aquellos enseres me parecían reliquias en mis manos, objetos incunables y sagrados que no merecían ser ojeados por ojos analfabetos como los míos. Si advertí que la mayoría eran tratados de medicina se debía a que muchos de ellos estaban acompañados de ilustraciones de hombres y mujeres desvergonzadamente diseccionados.
La sala contigua albergaba el laboratorio. Busqué con la mirada la vasija que anoche contenía sangre pero no la hallé por ninguna parte. Había desaparecido. Pero descubrí cosas aún más curiosas. Todo tipo de frascos y cajones repletos de especias, hojas, flores, líquidos y brebajes. Todo un arcón con gasas y vendas. Rebusqué y fisgoneé todo cuanto mi vergüenza me permitía pero como no hallaba consuelo en esa búsqueda acabé por desistir. Me senté a la mesa que estaba cubierta con un par de libros, unas notas, un poco de lacre salpicado y esperé pacientemente a que Bastian regresara. Me Pregunté si no era mejor salir y dar un paseo, o por el contrario hacer tiempo cazando, pero no deseaba hacerlo, y mucho menos pensar que él podría regresar y no encontrare allí. Pensar que podría ocurrírsele la idea de que hubiera desaparecido habiéndome aprovechado de su hospitalidad me dejaba acongojado.
Llegó a eso de las dos de la mañana. Sentí a los caballos y a los dos mozos mucho antes que a él. Se despidieron a prisa en la entrada y Bastian llegó apurado, casi angustiado. Entró directamente al laboratorio y no pareció sorprendido de encontrarme allí, pero sí de verme esperándole, pacientemente sentado y repanchingado en aquella oscuridad tan solitaria y silenciosa. Me había entretenido mirando por una de las ventanas, como un preso ante una libertad de la que le han arrancado.
—Perdóname. –Dijo, para mi sorpresa, con una sonrisa y un rubor en las mejillas que me desarmaron—. Me ha llamado el emperador y he tenido que acudir urgentemente.
—¿Está bien?
—Tiene gota. –Dijo, tono monótono. Debía estar acostumbrado a dar ese tipo de noticias, pero para un lego como yo, aquello no significaba mucho—. Y hay noches en que no puede ni dormir por el dolor.
Dejó un maletín sobre la mesa, haciendo espacio para él entre los papeles y los platillos de barro. Las velas, las pocas que había en la estancia, se encendieron con un mismo soplo de aire que en otra ocasión las hubiera apagado. La sala se rodeó de un tono cálido que me dejó entrever mucho más de lo que había en ella que la oscuridad me había ocultado. O tal vez era la presencia del médico allí, pero dotaba a la habitación de su magnanimidad.
—¿Cómo podéis ser médico de un emperador?
—No tenía pensado marcharme, espero que no me hayas esperado demasiado tiempo. –Dijo, aún disculpándose con tono ceremonial y evidentemente ignorando mi pregunta. Yo estaba cruzado de brazos y le seguía con la mirada mientras hacía y deshacía por la habitación—. ¿Has estado bien? No has ido a cazar…
—Tus sirvientes están enteros, si es lo que te preocupa. –Dije, pero él ya lo sabía. Se limitó a elevar la comisura de su labio y evitó mirarme de reojo.
Me debatía en si reiterar mi pregunta o tragarme mi curiosidad por orgullo. Si no estaba dispuesto a borrar mi ingenuidad, no tenía pensado complacerle demasiado tiempo con mi compañía. Así que me limité a preguntar de nuevo pero esta vez dentro de mi mente, con contundencia y despacio, esperando captar su atención. Si lo logré, me ignoró.
—Si tienes hambre, puedes ir a cazar. Aún tenemos toda la noche por delante…
—Estoy bien.
—¿Seguro? –Preguntó, esta vez verdaderamente interesado—. ¿No has tomado sangre desde ayer?
—Si no te he mordido en sueños, no. Desde ayer no he tomado nada. Llevaba semanas sin probar una sola gota. –Advertí—. Con lo de ayer podré aguantar un par de días más sin sangre.
Entrecerró los ojos y se quedó estático, mirándome con esa profundidad azul que me penetraba hasta salírseme por la espalda. Pero esa fue la única respuesta que obtuve. Pareció volverse y encogerse de hombros.
—¿Habéis aliviado los dolores del emperador?
—Un poco. He aplicado unos ungüentos de colchicum* y le he puesto unas gasas. Le he dejado una infusión de adormidera para que pudiera coger el sueño y le he prometido que mañana volvería a ver como estaba…
—No puedes salir con sol… —Le dije, casi como una reprimenda.
—No, no puedo. Solo salgo de noche. Si necesito que le lleven algo, mando a alguno de mis sirvientes. –Y dicho esto se sentó en la mesa y atrajo hacia él un papel y una pluma. El tintero se acercó por si solo arrastrándose a través de la mesa como un animalillo. Yo lo seguí con la mirada y descrucé mis brazos algo aturdido. Sabía que lo estaba haciendo él, pero aún así estaba algo intimidado. Escribió allí en silencio unos segundos, casi dictándose en murmullos lo que estaba redactando. Lo hizo rápido, con letra deforme y comprimida. Atisbé algunas de las palabras sin comprenderlas y a los segundos se levantó de golpe y dobló la misiva con aire triunfal.
—¡Peter! –Exclamó a la par que abría la puerta y se lanzó al interior de la sala contigua. A biblioteca— lo vi hurgar unos segundos en uno de los estantes y para cuando el muchacho al que había llamado, un alto y fornido joven, ya estaba de regreso con un librillo en las manos donde introdujo entre sus páginas la misiva.
—¿Me ha llamado, señor? –Preguntó, y al descubrirme me lanzó una mirada cargada de aprensión y recelo. Yo temblé, pero creo que le produje la misma sensación a él.
—Mañana a primera hora llévale esto a su majestad. Decidle que es el libro del que le he hablado, y dentro lleva una carta mía, con las recomendaciones alimenticias que debe seguir durante los siguientes tres meses. Cuanto antes comience a adecuarse a la nueva dieta, mejor.
El muchacho escuchaba atentamente a su señor, pero no podía evitar desviar la mirada siempre que su señor no le miraba para descubrirme nuevamente entre las sombras. Estaba vestido como un sirviente de una buena casa. Con ropa de buena calidad, de color pardo y con botones y hebillas de cobre. Pero se le notaba en el gesto y la pose que no estaba cómodo en ella. Era un campesino, como el resto de su familia. Sebastián los había contratado cuando llegó al pueblo, y se habían adaptado bien a su señor. O puede que este insuflase alguna clase de magnetismo sobre estos. Conozco a los pueblerinos, ninguno se resistiría a hurgar en la intimidad de su señor, y mucho menos en uno tan misterioso como este.
Ante la atenta mirada del joven, Bastian nos presentó.
—Este es Marken Chornelissen, mi sobrino. –Aquello me hizo esbozar media sonrisa y el muchacho hizo un ademán de reverencia, pero yo me limité a bajar torpemente el mentón, a modo de saludo.
Tras deshacerse del joven, cerró la puerta y esperó en silencio, y con una mueca sonriente, alguna contestación de mi parte, pero yo no le daría esa satisfacción así que me volví a cruzar de brazos y me recliné en el asiento. Pero como pasaban los minutos y él seguía yendo y viniendo por el laboratorio, no conseguí contenerme.
—¿Traes a muchos sobrinos a la casa? ¿Soy el primero al que ven tus empleados?
Él se desternilló y negó con el rostro, no a modo de respuesta, sino al fin satisfecho por haberme provocado un berrinche.
—¿Vas recogiendo monstruos que te encuentras por ahí, perdidos? Como si fuéramos huérfanos.
—Eres huérfano. –Me dijo, y casi me pareció una broma, pero estaba siendo sincero. Yo fruncí el ceño y entonces volvió a darme la espalda.
—¿No soy mayorcito para saber arreglármelas? He vivido setenta años sin nadie.
—¿A eso lo llamas vida?
Por primera vez me hirió. No sería la última. Pero era cierto que su forma de vivir, inconformista y sibarita, le hacía ver lo que había sido mi existencia como una mera experiencia de supervivencia. Y tenía razón. No era más que un animal, aunque confuso y lleno de preguntas existenciales. Pero un animal a ojos de Dios y de mis víctimas. ¿Y a los suyos?
—Ahora lo entiendo. Soy un cachorro al que has adoptado. Me has dado de comer las sobras y has dejado que duerma a los pies de tu cama. –Me levanté, y eso le intimidó lo suficiente como para dejar lo que estaba haciendo y volverse, algo precavido. Nunca confiaría del todo en mí.
—No seas melodramático. Pretendo cuidar de ti, sí. Y que seas mi compañero. Pero solo si lo deseas. Tienes la voluntad de marcharte y desaparecer cuando quieras. No eres un preso o un animal. –Y aunque su tono era suave y meloso, pude atisbar en su mirada la fiereza de un animal. Igual que él vería en mí. Pero para mí fue una sorpresa, porque por un momento en que la máscara que había dibujado para mí se entreabrió, pude ver al monstruo que se encontraba dentro y el fuerte carácter de un hombre forjado durante mucho tiempo. Me echaría como a un perro, o me daría una azotaina como a un niño si lo deseaba.
—No contestas a mis preguntas. –Dije, a modo de excusa—. No sé quién eres.
—Tenemos toda la eternidad para conocernos. –Advirtió, con una sonrisa pícara, pero a mí eso no me bastaba. Estaba lleno de fuerza, de entusiasmo, y si no era capaz de satisfacerme, la soledad del bosque me recibiría como una vieja amiga.
—¡Necesito respuestas! –Exclamé, agarrando la pechera de su traje, gesto que por lo que atisbé en su expresión, hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a hacer, y levantó las manos para sujetar la mía, con susto y enfado—. Y si tú no vas a contestarme, encontraré otros que me...
—¡Bien! bien, está bien. —Suspiró, tirando de mi muñeca lejos de él y chasqueó la lengua. Parecía que le había robado toda la diversión de hacerme rabiar y resignado, señaló la silla donde yo había estado sentado—. Siéntate, pregúntame lo que quieras...
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*El género Colchicum contiene alrededor de 60 especies de plantas fanerógamas perennes que crecen a partir de cormos. Miembro de la familia Colchicaceae, procede de Asia oriental y parte de la costa mediterránea. Sus hojas, semillas y cormos son venenosos, contienen el alcaloide colchicina que, sin embargo, empleado en pequeñas dosis posee propiedades medicinales para el tratamiento de enfermedades tales como la gota.
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