EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 5

CAPÍTULO 5 – Un Baño


Me llevó hasta una estancia privada, donde habían colocado una bañera de cobre cubierta con diferentes telas de algodón. La habían llenado con agua y pétalos de rosa para darle al baño un aroma fresco e intento. Había varias velas encendidas alrededor, iluminando el cobre de la tina con una calidez casi otoñal. Había reminiscencias de incienso, de jazmín y de palo santo.

Al acercarme a la bañera, casi deseé que estuviese llena de sangre. Me sumergiría como un pez y bebería de ella hasta explotar. Pero solo había agua, cristalina y temblorosa.

—Quítate la ropa. –Dijo Bastian mientras acercaba un cubo de mimbre vacío.

Yo me desvestí lentamente. Primero las botas, después el abrigo y poco a poco fui dejando caer las piezas dentro de la cesta. Cuando me quedé con una camisa él aún esperaba paciente porque arrojase dentro todo. Pero el pudor era mucho más grande que mis ganas de bañarme así que él sonrió quitándole importancia.

—Vamos, todo dentro.

De nuevo volvió a mí esa incomodidad propia de su falta de recelo. Si estaba jugando conmigo para después devorarme, limpito como un conejo, me resistiría. Le clavaría mis dientes en esa rosácea cara suya. Y fue en ese momento en que me di cuenta de que él si podía leer mis pensamientos, porque soltó tal carcajada que me erizó el vello. No dijo una sola palabra, fue suficiente mi expresión de pavor como para hacerle entender que me había dado un vuelco el corazón.

Acabé por ceder y quitarme la camisa, y la arrojé dentro del cubo como si quiera intimidarle pero él ignoró el gesto. Cogió el barreño y me miró con ojos inquisitivos.

—¿Querrás que te la laven y conservarla?

Agradecí sinceramente su pregunta. De lo contrario, me habría sentido herido. Él lo sabí.

—No, deshazte de ella.

—¿Era tuya?

—No, hace décadas que he empezado a quitarle la ropa a los hombres que mato. –Dije, mientas me metía dentro de la bañera. El agua estaba tibia, más fría de lo que me hubiera gustado, pero era el agua más caliente que había tocado desde mi conversión—. Cuando consigo dar con algo de mi talla, claro…

—En ese caso la tiraré.

Cuando desapareció y el silencio inundó la estancia, intenté apartar toda esa marabunta de malos pensamientos que me habían estado subyugando desde que entrara en la casa. El baño caliente destensó mi cuerpo y una parte de mí se sintió tremendamente agradecido y consolado por aquellas atenciones y aquél golpe de suerte. Juro que así quería pensar. Pero mi alma estaba temblorosa, dispuesta a salir corriendo. Tenía razón, me había arrancado de mi madriguera. Yo nunca lo habría expresado mejor. Pero lo que me reconcomía no era volver a la madriguera. Sino que después de todas aquellas atenciones, me devolviese allí, como si nada. Que se mostrase tan humilde y cercano para divertirse, como un entretenimiento frugal. Incluso si me devorase, casi lo agradecería. Pero pasar por la humillación de ser su amigo, o su hermano, por una o varias noches, me resultaba intolerable. Era mi orgullo, el orgullo de un cazador, de un asesino, que se resiste a ser domado.

Cuando regresó intenté apartar todos esos pensamientos como quien aparta una bocanada de humo, pero no lo conseguí del todo. Aunque él pareció ignorarlos, como si no pudiese adivinarlos.

Desde aquella distancia pude observarlo sin vergüenza, se desplazaba de un lado a otro con soltura, sacando un pequeño taburete de aquí, portando un cubo de metal hacia allá… cuando se sentó de nuevo a mi lado parecía haberle cambiado el porte, ya no era un erguido caballero a caballo, era un hombre dedicado al cuidado de otro ser. No le importó arremangarse, sacar un paño del cubo metálico y hundirlo dentro del agua de la bañar, hundiendo el brazo hasta el codo. Sus guantes y sus anillos habían desaparecido, portaba manos límpidas, de dedos fuertes y nervudos.

Cuando cogió uno de mis brazos y se dispuso a frotarme la piel como haría un sirviente, me eché hacia atrás y, aún sin apartarle el brazo, le lancé una mirada llena de pasmo.

—¿No sería mejor que un sirviente vuestro…?

—¿Crees que dejaría a uno de mis sirvientes acercarse a ti? –Preguntó, sin intención de herirme—. Yo puedo hacer esto sin problema…

—Lo haré yo mismo entonces… —Extendí mi mano libre para que me pasase el paño pero me ignoró y asió mi muñeca con fuerza, restregando el paño por ella. Fue más delicado de lo que hubiera deseado, y el sonido del chapoteo del agua me inquietó lo suficiente como para no poder apartar los ojos de él. Acabé por resignarme. No parecía incomodo, casi disfrutaba con lo que estaba haciendo. Me doblegó hasta dejarme postrado en el borde de la bañera, mirándole de reojo mientras me frotaba el torso o las piernas.

—¿Acaso sois un ayuda de cámara del nuevo emperador? –Pregunté, advirtiendo que tal vez estaba acostumbrado a realizar el mismo ritual para su señor.

—No. –Dijo, casi agradecido de que despegase de nuevo los labios—. Soy su médico.

—¡Ah! –Dije más aliviado—. Ya veo…

—Me habéis exigido a mí una formalidad que en vos no ha nacido ofrecerme.

—¿Cómo?

—Vuestro nombre. No advierto a descubrirlo en vuestra mente. ¿Cuál es?

¡Mi nombre! –Exclamé para mis adentros, en un intento por gritar a mis recuerdos que acudiese a mí de nuevo. Pero nada apareció durante unos segundos, un momento que Bastian esperó cargado de paciencia y comprensión. Entonces brotó de entre mis labios un nombre que hacía muchos años que nadie pronunciaba.

—Marken.

—¿Y el nombre de tu padre?

—Janssen.

—¿Marken van Janssen? –Dijo, o casi paladeó mientras se levantaba y arrojaba el paño sucio dentro del cubo de metal. Yo me senté de nuevo en la tina, con las piernas encogidas y observándole ir y venir.

—Así es. Pero hacía tanto tiempo que no...

—Lo comprendo. –Me miró de reojo—. ¿Y quieres conservar ese nombre?

En ese momento no me estaba dando cuenta de lo que Bastian estaba haciendo por mí. Me pareció una perversión y una violación de mi intimidad. Quitarme la ropa, darme un baño y cuidarme con atención casi paternal, pero hoy lo comprendo mejor de lo que desearía. Estaba bautizándome, estaba curándome e introduciéndome en el nuevo mundo al que pertenecíamos. Lo hacía por mí, pero también por respeto a lo que éramos. Me daba una nueva ropa, me quitaba todos los restos de mi periodo en el desamparo y ahora me estaba preguntando si deseaba empezar esta nueva vida con un nuevo nombre. Sonreí de la misma forma incómoda y escéptica que le había estado regalando todo ese rato.

—No tengo otro nombre más que Marken. No deseo conservar el apellido de mi padre, por respeto a él, porque lo que soy ahora nada tiene que ver con lo que él engendró. Pero no responderé a nada más que Marken.

—En ese caso, Marken, es un gusto y un honor haberte encontrado en el bosque. –Dijo, acercándose a mí con una gran manta para que me secase. Salí de la bañera y me cubrí con ella. El pelo lo tenía empapado y goteaba por todas partes. Se me arremolinaba alrededor de las orejas y al ponerme de pie a su lado sin mis botas y la envergadura que me proporciona la ropa, admiré mejor su estatura y su tamaño. Y aunque comenzaba a adquirir el habito de recordarme que tenía setenta y un años, mi sensación de inferioridad nunca cambiaría, nunca podría, y mucho menos a su lado.

Me sequé bien y me trajo algo de ropa. Era ropa de aquella época, más lujosa que la que le había visto a su lacayo pero no tanto como la suya. Me ayudó a ponérmela. Me enseñó cómo hacerme con las medias de lana, con los incómodos zapatos tan planos, y a colocar debidamente las cuchilladas de los hombros y de los pantalones bombachos. Eran todo prendas negras. Con botones y hebillas doradas.

—Me dará pena manchar esta ropa si voy a cazar. –Dije, apenado, pero él posó una mano sobre mi hombro y me condujo a una estancia lejana, atravesando de nuevo el gran salón.

—Si quieres permanecer a mi lado, tendrás que aprender a practicar una caza muy diferente. Nada de esconderse en el bosque como un animal, y nada de descuartizar o destrozar los cuerpos. Cuando uno es joven es tolerable, y hasta cierto punto comprensible. Pero cuando se quiere vivir de acuerdo con los tiempos e integrados de cierta manera en la sociedad, hay que refinar las habilidades.

—Si se quiere sacar la sangre de una víctima, hay que hacer un desastre. –Dije en mi completa inocencia—. Así es como me lo hicieron a mí y así es como hay que hacerlo. ¿O acaso crees que hay personas dispuestas a dejarse matar?

—¡Ja! –Exclamó, tanto que me hizo dar un respingo—. ¡Te sorprenderías de lo que es capaz la gente en este mundo!

Y adentrándonos en lo que parecía un laboratorio, me condujo a una mesa de madera, gruesa y algo desgastada y me hizo sentar. Era increíble como conseguía manejarme como a un muñeco con solo un gesto o una presión adecuada en algún punto concreto de mi ser. Rebuscó en los cajones, no demasiado tiempo, y me tendió una vasija de barro, cerrada con un corcho y de la que se había derramado un líquido oscuro y espeso que había dejado su recorrido por el borde de la boca y a través del cuerpo.

—Es fresca, la he conseguido antes de ir a buscarte.

—¡Sangre! –Exclamé como un niño, ante aquella petaca de barro. Sentí su olor y su sabor antes de quitarle el corcho. Se lo arranqué de un tirón y lo lancé sobre la mesa, pero rodó y desapareció. Volver a sentir el espesor de la sangre en mi boca me recordó de súbito lo sediento que estaba, y aunque me había acostumbrado a beber directamente de la fuente, con el cuerpo de la víctima revolviéndose bajo mi agarre, aquello me supo a gloria. Debía llevar días o puede que semanas sin probar una gota. Era de ciervo. Lo advertí nada más en el primer trago. Era de ciervo, no de humano. Eso me hizo sentir más tranquilo. Pensar que vaciaba a sus sirvientes cada noche me apenaba.

Sentí la presión de un pañuelo sobre mi barbilla al tiempo que apuraba la última gota. Cuando me alejé el botijo, Bastian estaba sosteniendo un pañuelo blanco bajo mi mentón para evitar que un par de gotas que habían escapado a mi sed y rodaban por mis comisuras, llegasen a manchar el traje. Me miró con desaprobación. Pero yo sujeté su muñeca y le dejé limpiarme, como había hecho en el baño, con dulzura pero hábilmente. Y en ese preciso momento, presa de la euforia de la sangre que había inferido, me pregunté si sería capaz de mantener el agarre de su mano y clavar mis dientes en su piel. Ya no tanto como medio de provocación, sino como loca rebeldía contra nuestra propia raza. Beber de los ya malditos. ¿Eso sería alguna clase de pecado?

Antes de que pudiese reaccionar, él apartó el pañuelo de mi cara y se soltó de mi agarre. Yo lo dejé marchar.

—Queda apenas media hora para el amanecer. Será mejor que te muestre dónde pasarás tus horas de sueño. Vamos.

Y volvió a posar su mano sobre mi hombro, extendiendo sus dedos sobre las vértebras de mi cuello. No era paternal su gesto, me había confundido. Era condescendiente y casi obligatorio. Como el de un estricto maestro que conduce a su alumno a la sala de castigo. Con una emponzoñada dulzura.

Para mi sorpresa, no subimos por la escalera que imaginé daba a los dormitorios, sino que llegamos a un sótano que parecía una bodega reformada, cerca de las cocinas. Era de paredes de piedra fría y se bajaba a través de unas escaleras en forma de caracol. Nada más notar el cosquilleo del descenso me sentí abrigado y reconfortado por primera vez desde que había entrado en la casa. Todos aquellos ventanales cubiertos con gruesas cortinas no me resultaban nada confiables. Al final de la escalera hallamos una gruesa puerta de madera que abrió casi sin esfuerzo, cediéndome el espacio para poder pasar primero.

—Es algo improvisado. –Dijo, casi en tono de disculpa—. Apenas llevo aquí un año. No me ha dado tiempo para rehabilitarlo como me gustaría, pero reconozco que este ambiente lúgubre tiene cierto encanto. ¿No crees?

Sus palabras apenas surtieron efecto. Era un espacio tétrico y extraño. El techo de madera vista, las paredes de piedra sin encalar. Gruesos candelabros encendidos rodeaban la estancia como espectros infernales, y en medio de aquella espeluznante cripta, un ataúd de mármol, tallado con gusto clásico, con un caballero templario esculpido en su lápida. Estaba tumbado, como muerto, vestido con sus ropas y armaduras y con una espada sujeta en sus manos, cruzando su cuerpo con un ademán caballeresco y solemne. A su lado descansaba otro más simple, de madera oscura y sólida.

Alrededor nos rodeaba un hilillo de incienso de jazmín que se mezclaba con la humedad y el salitre que exhumaba de las paredes.

—¿Duermes en un féretro? ¿Cómo los muertos?

—Mi creador así lo hacía, y la mayoría de los que he conocido lo hacen así. –Sus palabras me dejaron algo turbado. Pensar que había más como nosotros, muchos más, me pareció desalentador y a la vez deprimente. Pero él señaló el mármol con una mano fina y grácil—. Es una forma muy cómoda y segura de protegerse del sol, ¿no crees?

—Desde luego, no entraría ni una mota de polvo.

—Aunque he conocido a algunos que prefieren enterrase en la tierra. –Mi expresión de pasmo le hizo sonreír—. Otros se conforman con encontrar un cobijo donde refugiarse de la luz, como te has acostumbrado a hacer tú. Pero yo soy algo más sibarita, si me lo permites, y no me va mucho eso de hacerme un ovillo en un rincón de una ermita abandonada.

—¿Y pretendes que yo duerma ahí? –Señalé con la mirada el ataúd de madera que había al lado del suyo. Oculte mis manos a mi espalda y me apoyé contra la pared, observando con toda la distancia posible aquella estrambótica escena macabra. Nunca me había considerado un muerto, pero ahora comprendía que tal vez lo estábamos. Como los leprosos o los locos. Una muerte en vida.

—Si no lo deseas, no te obligaré. Y si prefieres dormir en el suelo de piedra, lo dejo a tu elección. Pero deberás dormir aquí abajo. Las habitaciones son para mis sirvientes y si te descubriesen en pleno sueño, podrías matarlos sin darte cuenta, movido por el monstruo que te conserva.

Le fulminé con la mirada. Desde que nos habíamos conocido no había dejado de temer por sus sirvientes, y su desconfianza comenzaba a irritarme.

—También es una protección para nosotros. –Dijo, algo más conciliador—. El féretro es a la vez refugio y descanso. Igual que la cripta. –Miró alrededor con expresión soñadora—. Dios no lo quiera, pero tal vez nos encontremos con quienes nos quieran muertos, muertos de verdad. Y ocultarnos durante el día es nuestra mejor forma de protegernos del exterior, y de protegerlos a los demás de nosotros mismos.

—¿Acaso no has dicho que estamos muertos?

—No, no lo he dicho. Tú has llegado a esa conclusión, en parte muy lógica. Pero no. –Se acercó a mí y me sostuvo por los brazos, mirándome con candor—. No morimos, pero eso no significa que no puedan matarnos.

Como fruncí el ceño, él sonrió, y se separó de mí, posando sus dedos sobre sus ojos, con gesto cansado.

—Olvídalo, mañana hablaremos largo y tendido si lo deseas. Pero ahora no me pidas más. Antes del amanece siempre me pongo muy poético.

Y diciendo aquello se acercó al ataúd de madera y lo abrió, mostrando un interior de lana y algodón.

—Es lo mejor que he podido conseguir desde que te vi ayer. –Aquello me enterneció pero no me atrevería a entrar ahí. Era claustrofóbico.

—¿Debemos dormir ya? Después de beber sangre siempre me siento un poco eufórico.

—Lo imagino, pero en cuanto amanezca, el sueño te vencerá, como nos vence a todos. Vamos, ven…

Ante mi reticencia acabó por encogerse de hombros y dejando la tapa abierta se condujo a su féretro. Retiró con pasmosa facilidad la tapa de piedra, que se deslizó sobre la superficie con un sonido seco y frío, y se introdujo dentro. Se rodeó de gruesos terciopelos rojos y fina seda oscura. Y ya tumbado, con su mano por dentro, recondujo la tapa a su lugar original y selló la tumba con un duro crujido.

Me dejó solo allí en aquella cripta y las velas fueron apagándose poco a poco a medida que pasaban los minutos. La oscuridad me reconfortaba, y estuve tentado de volver arriba y salir al exterior, para regresar a mi ermita. O a cualquier lugar, donde fuera. Pero fue de nuevo en ese silencio donde mis pensamientos, puede que presa de la euforia de la sangre, dio rienda suelta a las preguntas que tenía atascadas en mi lengua.

¿Qué éramos? ¿Sus sirvientes lo sabrían? ¿Cómo soportaba estar cerca de ellos? Podía oír la respiración de todos y cada uno de ellos por la casa. Una muchacha, un joven, un niño, una señora y su esposo. Todos respiraban dulcemente en un sueño pesado y rítmico. Menos la joven, que estaba despierta. Y se removía en las sábanas.

El sonido de la tapadera del féretro moviéndose me hizo dar un respingo y el rostro de Bastian apareció en aquella semioscuridad lleno de constricción y amenaza. Entre aquellos terciopelos y apenas iluminado con un leve rubor anaranjado, parecía más severo de lo que había sido conmigo hasta entonces. Su mirada era una amenaza, un aviso antes de obligarme a meterme en mi ataúd, pero le sonreí con gracia y detuve la tapa de su sarcófago cuando estaba a punto de volver a cerrarla. La espada de mármol en mi mano resultó menos pesada de lo imaginado y pude detener su gesto con facilidad. Tanta que se volvió a mí con pasmo. Pero no dijo nada. Descubrí por completo su figura y me colé dentro acomodándome a su lado. Parecía al principio algo contrariado pero se dejó acompañar con más entusiasmo a mediad que pasaban los segundos. Nos cubrió con el mármol y nos sumergimos en la oscuridad de su tumba. Me acurruqué en el espacio que había debajo de su brazo, con la mejilla pegada a su pecho y su mano apretándome con firmeza a su costado.




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