EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 25

CAPÍTULO 25 – La Asamblea

 

Pasadas las doce ya estábamos de camino al Palazzo Pallavicini. Nos habíamos alimentado como era debido para acudir saciados y serenos. Aunque tal vez lo hicimos más por temor a vernos demasiado inanimados y fríos frente a ellos que por otro motivo. Es sabido que cuando no nos alimentábamos por mucho tiempo, nuestra piel era más cetrina, y nuestros gestos más rígidos y nuestro tacto más frío. Mi maestro me había enseñado una vez un truco sutil y rápido, para aparentar rubor cuando era necesario. Con una gotita de sangre esparcida por las mejillas era más que suficiente para colorear un rostro blanquecino. Solo un truco de prestidigitador. Cuando estábamos bien alimentados, no eran necesarios esos trucos de maquillaje.

Llegamos al palacio aún algo dubitativos y cuando llamamos a la puerta, ya no había vuelta atrás. Sentí la marea arrastrándonos dentro y tiradnos de nosotros hacia la profundidad de aquella locura. Un mayordomo nos abrió las puertas y no necesitó nuestros nombres. Nos advirtió que el cardenal Rinaldo Farnese nos estaba esperando dentro y nos condujo a través de un recibidor hasta unas escaleras de mármol blanco, con betas en gris. Una hermosa escultura femenina presidía, rodeada de una túnica, el alto de las escaleras. Y nos flaqueó la entrada hasta un pasillo pequeño que desembocó en varias puertas. Las paredes estaban pintadas en tonos ocres y cremas, con fingidos mármoles, con otros reales con marcos de madera dorada. Con policromías en los techos de grandes escenas celestiales.

El mayordomo se nos adelantó y abrió una de las puertas, colándose dentro y sujetando el pomo, esperando a que pasásemos.

—Señores, el médico real, Sebastián Cornelissen, y su sobrino, el caballero Marcus Cornelissen.

Pasamos dentro. Era una sala espaciosa, con varios candelabros por los alrededores, con un par de extensos tapices medievales colgados de las paredes y una cantidad indecente de molduras en escayola decorando los frisos de las ventanas y los techos de la sala. En el centro se habían dispuesto como si los hubiesen colocado al azar, un grupo de hombres, que volvieron sus rostros en nuestra dirección. Unos más curiosos, y otros con gesto airado. Tenían miradas penetrantes, pero sus gestos y posturas eran muy intimidantes. Eran la élite en muchos de sus círculos, eso se notaba nada más entrar en aquél lugar.

—Amigos, por favor, pasad. No sintáis vergüenza. –Nos animó el cardenal, que se había levantado de la silla donde estaba y acudió en nuestra ayuda. El mayordomo nos dejó allí cerrando tras de si y el cardenal tomó el relevo de hacernos de guía. Nos sentó en un par de butacas que había en la sala preparadas para nosotros. Al lado teníamos una mesita redonda, donde otro sirviente nos vertió un poco de vino tinto y añejo en unas copitas. Mi maestro hizo el amago de beber pero apenas se mojó los labios. Yo me negué a beber.

—Estos son el médico real y su ayudante. –Seguía presentándonos el cardenal—. Los dos hombres de los que os he hablado.

—Dicen que sois un reputado profesional en la medicina y la herbolaria. –Dijo un hombre sentado a nuestra derecha, ataviado con un sencillo traje marrón, de pantalón largo y botas de caza. Tenía el cabello largo y recogido en una sencilla coleta en la nuca. Tendría una edad parecida a la de mi maestro en vida y nos mirama por encima de unas pequeñitas gafas. Sus palabras habían sido dirigidas en latín, como esperaba que se desarrollase la asamblea. Pero su tono había sido duro y áspero. Con un marcado acento austriaco.

—Este es el astrólogo y físico Ulrich von Hohenberg. –Presentó el cardenal—. Ha sentido gran interés por su trabajo con el emperador.

—Tal vez peque de modestia. –Murmuró mi maestro, algo sonrojado—. Pero no me tengo por tanto.

—Si el emperador os ha elegido como su médico, debéis ser el mejor del continente como mínimo.

—No es cierto. Debe haber una centena de médicos mejores que yo en el continente, pero que haya caído en manos del emperador es gracias a un cúmulo de factores, como la casualidad y la temporalidad, no solo por mi reputación.

Le preguntó a mi maestro por la salud del emperador, y sin revelar más de lo debido, intercambiaron algunos pareceres. Hablaron unos segundos mientras yo observaba un gran crucifijo de plata que había colocado sobre una mesa al fondo, justo delante de nosotros y detrás del círculo de personas que nos rodeaba. Tendría el tamaño de una gran ánfora griega. Pero no era más que un relicario, muy al estilo Italiano. Forrado de plata, con imágenes geométricas repujadas en el metal. En el centro de la cruz, una pequeña burbuja de cristal ocultaba un huesecillo, enmarcado en terciopelo magenta. Era un objeto más tétrico que solemne. Nunca me habían parecido de buen gusto los relicarios, siempre tenían un aspecto tenebroso, y macabro.

—¿Dónde os conoció el emperador? –Preguntó un segundo hombre. Alto, mayor, ataviado con un traje de color negro. En el respaldo de su silla descansaba un grueso abrigo de piel. Tenía las mejillas llenas y una barba bien recortada. Me recordaba a los bustos de los antiguos emperadores romanos, de aquella época de Adriano, pero más depurado.

—En Toledo. Buscaban a un médico por la zona y me llamaron para atender una urgencia puntual. Y bueno, me ofrecieron ser su médico personal y acepté. –Mi maestro frunció el ceño—. Creo haberos visto la otra noche en el convite.

—Sí, soy Étienne de Morvilliers, mi esposa es dama en la corte del rey. Yo he estado viajando a Francia como emisario y diplomático. Aunque prefiero que me conozcan por mis trabajos en el campo de la filosofía. —Era un protestante calvinista. No solo por su forma de vestir lo advertí, sino por sus pensamientos, por su forma de hablar, por su gesto. No era el único en la sala—. He podido reunirme con ella, y con el emperador aquí en Bolonia, al fin.

—¿Es por las negociaciones del matrimonio de la hermana del emperador con Francisco I?

—Así es.

—¿Ya hay fecha?

—Seguramente se casen en verano.

—Eso es una gran noticia. –Dijo otro de los invitados, un sacerdote vestido con sotana y una gruesa cruz de oro al cuello. Era de Bolonia, por su acento, y al expresarse, lo hizo en su propia lengua—. A ver si con ese matrimonio las cosas se calman aquí en Italia. Entre las posesiones de unos y de otros no cejan los conflictos.

—Este es el padre Pietro Alghisi, natural de Bolonia, y dueño de este palacete. –Nos presentó el cardenal. Apenas le dejó terminal cuando volvió a intervenir.

—El rey Francisco no le está poniendo las cosas fáciles al emperador, ni a ninguno de nosotros. Desde que se aliara con los otomanos, esto no ha sido más que una pantomima. Hace poco estuvo aquí en Roma, fuimos a verlo, ¿no es cierto? –Le preguntó al cardenal. Estaba inquieto, casi rabioso—. El muy idiota defendiendo la cristiandad y la fe verdadera frente a los protestantes y los calvinistas. Maldito sea, ha dejado entrar al demonio en el continente y se preocupa de Calvino y Lutero.

Era un hombre mayor, anciano, con la calva plagada de manchas por culpa del sol. Pero sus ojos parecían vivos y atentos, llenos de resolución y violencia. El francés Étienne de Morvilliers asintió a las palabras del sacerdote, completamente conforme con ellas.

—No creo que el matrimonio llegue a buen término. –Dijo un caballero que había sentado a nuestra izquierda, y lo dijo mirando directamente en nuestra dirección, como si fuese una confesión o una idea privada que solo quisiese compartir con nosotros, aunque todos le escuchamos. Era joven, de al menos veinticinco o treinta años. Con el pelo largo, por los hombros, ondulado y castaño. Con un jubón blanco y los bombachos de color café era como una luz clarividente dentro de aquella sala llena de tenebrismo.

—¿Eso cree?

—Eso creo. El rey ya tiene sus hijos, y la princesa también los suyos, de su anterior matrimonio con el portugués. El emperador la está vendiendo a cambio de la paz, pero nada más. No procurará con ella una descendencia real. Se limitará a ser un rehén de sus políticas.

Al volverse hacia nosotros, se inclinó para poder mirarme mejor sin mi maestro en medio y me sonrió, lleno de candor. Nos extendió la mano para saludarnos, gesto que ninguno otro se había atrevido a hacer.

—Soy Filippo Alidosi. Igual que a mis compañeros, os lo diré a vosotros también, estáis invitados a mi palacio en la hermosa ciudad de Venecia. Si gustáis y pasáis por la esplendorosa ciudad de los canales, no dudéis en hacerme una visita.

Su mano era suave y su agarre firme. Estaba excitado, muy entusiasmado. Y nos miraba como a dos reliquias que hubiese descubierto en alguna excavación.

Ante su invitación, noté como dos de los hombres se ponían tensos, y la mayoría cruzaron miradas entre ellos, llenos de espanto y susto.

—Tienes una malsana costumbre de invitar a todo tipo de desconocidos a tu palacio. –Dijo el padre Pietro Alghisi—. Un día te vas a llevar un disgusto, muchacho.

—¡Qué tontería! Todo el mundo es desconocido hasta que se los conoce. ¿O acaso el cardenal no os ha invitado a esta reunión sin haberos conocido antes? –Nos preguntó, más a mí que a mi maestro, pero yo no contesté. Bastian por el contrario se encogió de hombros y se limitó a agradecer su invitación.

—¿Vos qué pensáis? –Le preguntó el cardenal a mi maestro—. ¿Crees que la presencia de la princesa Leonor facilitará las relaciones con el rey francés?

—No conozco a Francisco. –Dijo él, en un tono diplomático—. Pero sí conozco al emperador, y si él considera que es bueno que su hermana haga de puente entre ambos, es porque confía en su capacidad para allanar el terreno.

—El terreno está destrozado desde que el emperador secuestrase a los hijos del rey francés.

—No los secuestró, los retuvo como rehenes en un intercambio… —No dejaron terminar a mi maestro. El padre Pietro Alghisi se desentendió del tema, dando por terminada la disertación, ofreciéndonos otro tema para hablar.

—¿Estáis casado, Señor Cornelissen?

—No… —Murmuro mi maestro, contrariado por aquella pregunta.

—Hacéis bien, las mujeres no traen más que problemas. –Apostilló el cardenal, pero uno de sus compañeros lo regañó. Un hombre que no había hablado hasta el momento y que se había sentado a su lado. Otro italiano.

—No digáis eso, amigo. La mujer es creación de Dios igual que nosotros los hombres. Y fue creada con el propósito de que compartiéramos la vida con ella…

—¡Pero si vos no estáis casado! —Dijeron os al unísono, cosa que le hizo reír. Era un caballero vestido con traje celeste y cuello blanco. Tenía un acento florentino y me parecía haberle visto también en la corte. Era un político, algún hijo de algún duque de una de esas casas tan importantes en Florencia o Milán.

—Eso no me quita la razón. Las mujeres son la mejor compañía de un hombre. ¿Y por qué voy a conformarme con una sola? La vida de casado es una bendición y un castigo. Prefiero quedarme con los pequeños placeres de la vida disoluta. ¿O no pensáis lo mismo, caballero?

—Bueno, lo cierto es que estoy de acuerdo. –Dijo mi maestro, encogiéndose de hombros—. Todo dentro de su justa medida, considero que una vida tan peregrina como la mía sería difícil compartirla con una mujer.

—Ella siempre puede acompañaros a donde vayáis…

—Bueno, es cierto. Pero no todas están dispuestas a la aventura.

Charlamos durante un buen rato de ese tema, que parecía más una excusa para que todos interviniesen que para realmente llegar a un punto. Y en un momento concreto yo mismo me preguntaba si aquella clase de conversaciones eran lo que motivaban esas charlas de eruditos y estudiosos. ¿Tal vez no había nada más dentro de sus cabezas que una charla sobre el sexo opuesto? ¿Sobre las delicias de las mujeres y las aventuras? ¿O solo estaban tanteándonos? Solo estaban buscándonos las vueltas, viendo de qué pierna cojeábamos. Si se hubieran sumergido directamente en una profunda reflexión tal vez nos hubieran dejado de lado, o nos hubieran espantado.

De todos, solo uno de ellos faltaba por presentarse, por dar rienda suelta a su lengua y participar de la conversación. Y lo cierto es que el resto habían parecido querer ignorarle a propósito. Nadie le tomaba la palabra ni le preguntaba directamente. Justo al otro lado de la sala, sentado e inclinado en su butaca, un hombre mayor, de rostro enjuto y ojos fríos e inertes, nos miraba a mi maestro y a mí con el mentón posado en sus dedos y la expresión pensativa. Vestía un taje largo y negro, con el pelo cano peinado hacia atrás, con una nariz aguileña que de perfil parecía la del propio Cesar. Y es que apena se movió. Parecía una estatua, mucho más que nosotros mismos. De mente impenetrable, y de pensamiento oculto se pasó la mayor parte de la velada en aquella semioscuridad que le otorgaba su silencio.

En un momento dado, cuando la discusión se había fragmentado en varias simultaneas que mantenían entre ellos, el astrólogo Ulrich von Hohenberg se dirigió a mí, puede que como medio de incluirme en la asamblea o por considerarme algo más débil de carácter, con lo que podría obtener algo más de mí que de mi maestro.

—¿Entonces sufrís también vos esa enfermedad de la piel?

—Sí, así es.

—Explicadme, ¿en qué consiste? No soy un experto en medicina pero he conocido enfermedades de la piel parecidas.

Miré a mi maestro con un interrogante dibujado en la mirada, esperanzado porque me tomase el revelo en aquella cuestión, pero se limitó a asentir, dándome rienda suelta para inventar o mentir.

—Pues es muy simple, mi tío me ha instruido bien en ello. Verá, sufrimos una condición en la piel por la cual nuestras células son fotosensibles. La de todos lo son, pero del mismo modo en que unos se broncean si se exponen durante días al sol, nosotros sufrimos graves quemaduras con un solo día que pasemos bajo la luz.

Observé que el cardenal y el inquisidor, que se habían enzarzado en una discusión, de repente quedaban en silencio y prestaban atención a mis palabras.

—¿Os duele?

—Claro, es como si pusiesen la mano sobre el fuego, la piel se quema y salen ampollas y úlceras.

—¿Sufres la condición desde el nacimiento?

—No, se ha desarrollado desde mi pubertad. Igual que la de mi tío. No hemos nacido con ella.

—Nunca he conocido a nadie que se perjudique así a causa del sol. –Dijo el cardenal, casi con un gesto de compasión, pero el inquisidor frunció los labios.

—Cualquier criatura del diablo huye si se le expone al sol, la luz más purificadora. “Noctem fugit qui in luce manet”.

Yo di un respingo y mi maestro detuvo su charla con el veneciano para mirar en derredor.

—No seáis así. –Murmuró el veneciano, dejándose caer en el respaldo del asiento y cruzándose de brazos—. Es una generalización tremenda. Una prima mía siempre que sale al exterior siendo de día debe cubrirse el rostro con un velo oscuro. No por su piel, sino por sus ojos. Y en este caso si es de nacimiento. Ve perfectamente, pero debe mantenerse en tinieblas, incluso en el interior del hogar. Sus ojos se deslumbran con facilidad, incluso con la luz de una lamparita.

—Fíjese que yo atendí una vez un caso parecido. –Le dijo mi maestro—. El hombre era incapaz de abrir sus ojos incluso en días nublados. El más leve resplandor le cegaba.

—¿Y acaso encontrasteis una cura?

—Me temo que no…

—¿Cómo podéis llevar vuestra vida con tanta resolución? –Preguntó el cardenal—. Siendo médico del emperador, imagino que tendréis que estar disponible a cualquier hora que se os reclame.

—El emperador sabe de mi condición, y accedí a trabajar para él siempre y cuando respetase mis horarios. Siempre me rodeo de especialistas y ayudantes que puedan asistirle durante las horas diurnas, y si el caso es de extrema urgencia, pues hago lo posible por evitar el sol.

Aquellas explicaciones, tan detalladas, me estaban empezando a poner incómodo. Era lógica la curiosidad de aquellos eruditos, y en parte creí que era genuina, pero mi maestro estaba tan cómodo relatando sus trucos, que me pareció insultante. Se lo estaba rebelando con el mismo tono y la misma intimidad que lo hizo conmigo. Pero no solo eran trucos que le concernían a él, sino también a mí. Me estaba exponiendo tal como se estaba desnudando frente a ellos. Solo faltaba decirles que a media noche nos escapábamos a las afueras de la ciudad y le robábamos la sangre a algún pobre hombre perdido…

Étienne de Morvilliers, el calvinista francés, se removió en su asiento y se inclinó para mirarme.

—He oído decir al emperador que sois un gran estudiante, y pronto superaréis a vuestro maestro en erudición.

—El emperador tiende a vanagloriar a sus amistades…

—Me ha dicho que os gusta la historia. –Se levantó, algo excitado—. Venid, contemplad esto. –De repente se volvió al inquisidor y sonrió-: ¿Me permitís que muestre al joven Cornelissen el regalo que os he traído, padre…?

—En absoluto. Mostradle el libro. Para eso está…

Me levanté siguiendo al francés a través de la sala, lejos del círculo de charlatanes y me llevó hasta una estantería que había a un costado. Sacó, de una de las baldas más bajas, un gran libro envuelto en una funda de terciopelo blanco. Apenas el hombre podía levantarlo solo, por lo que ayudé a colocarlo en un pequeño atril. El libro se abrió, por su propia fuerza y volumen, por una página al azar. Era un códice medieval, un beato o un antiguo manuscrito. Contuve mi deseo de ojearlo pero el embajador dio un paso atrás y me dejó que yo mismo lo manipulase.

—¿Qué es este libro, señor?

—Es un códice, lo adquirí en Europa del este. El monasterio donde lo encontré parecía deseoso de deshacerse de esta maravilla. Esos benedictinos estaban obsesionados con que todos los desastres del país estaban vinculados a este objeto.

Pasando las páginas descubrí que era un objeto de mucho más valor del que hubiera podido imaginar. Todas las páginas estaban pintadas, en todas había miniaturas, decoraciones doradas, iluminaciones y su estado de conservación era excelente. Parecía una falsificación, y si me lo hubieran preguntado, no habría podido jurar que fuera un texto real de varios siglos antes. Era un trabajo de redacción de la biblia en la versión vulgata, en un latín riquísimo y con una letra excelente.

—Dicen que fue creado por un monje, en acto de penitencia, por no cumplir sus votos sacerdotales.

—No me imagino cuanto tiempo debió invertir, casi una vida… desde las iluminaciones hasta la encuadernación…

—Una noche.

—¡Una noche! –Exclamé, volviéndome en su dirección. El hombre, con una sonrisa misteriosa y posando su mano en mi espalda, se inclinó por encima de mi hombro para ver el manuscrito.

—Dicen que tardó solamente una noche. Ese era el trato que hizo con sus superiores.

—¿Cómo podría hacerlo?

—Dicen, que a mitad de la noche, desesperado por el cansancio y viendo que se le acababa el tiempo, pidió ayuda al mismísimo diablo. Y este prometió ayudarle a crearlo, a condición de poder retratarse en una de sus páginas…

Y metiendo los dedos entre las páginas, descubrió para ambos una enorme ilustración del diablo mismo. Un demonio regordete de color verdoso y rojizo, con los ojos como platos mirando al espectador dentro de su marco de llamas de fuego. Las garras en alto, amenazante, la boca abierta, una serpenteante lengua fuera, burlándose de quien se ha atrevido a indagar en sus páginas. Se retrataba como auténtico escritor de aquellos versos y su firma era su mismo retrato, espeluznante y atrevido. Ocupaba toda una página, la representación más grande del diablo en un manuscrito medieval. Pero otro debía haber visto algo mucho más peligroso y amenazador en aquella imagen demoníaca, que se había atrevido a atravesar los ojos del diablillo con dos punzones, desgarrando la vitela y dejando dos pequeños y profundos orificios en el lugar en que se hubieran pintado sus ojos.

—¿No os asusta, muchacho? Muchos hombres no se atreven a mirarlo…

—¿Por qué no? –Pregunté, mientras me inclinaba un poco sobre el atril para enfrentar al monstruo mismo. A tan poca distancia pude apreciar mejor el olor del pergamino y la piel que lo recubría—. Me parece una imagen muy lograda.

Volví a incorporarme para enfrentar al diplomático y le sonreí con gracia.

—¿Acaso vos no sois luterano? Creía que las imágenes no significaban nada para los vuestros…

—Bueno, es cierto que la imaginería es toda una corruptela en si misma. Pero ignorar que algunos elementos contienen un fuerte poder, es como decir que la cruz no es capaz de ahuyentar el mal…

—¿Ahuyenta el mal, señor…? –Pregunté, con una sonrisa traviesa y una ceja en alto. Era aquel un pensamiento muy atrevido para un protestante, y es que no era un calvinista cualquiera. Ninguno de los presentes representaba por si mismo una idea o un conjunto de creencias. Si estaban allí reunidos es porque Dios los había creado iguales, como narra el dicho, y es que si algo los había unido era el esoterismo y el ocultismo. Y es por eso que nosotros estábamos allí, como invitados. Éramos los monstruos a diseccionar.

En cierto modo los admiré, lejos de perseguir su búsqueda de verdad, y es que habían sido capaces de dejar a un lado las ideas que promulgaban en pos de la búsqueda de una satisfacción a sus inquietudes ocultistas. Y no solo eso, habían sabido aportar sus propios conocimientos a la causa. Era admirable. Pero encontrarme en la situación de ser objeto de estudio era de lo más incómodo. Mi maestro era capaz de hallar la diversión en todo aquello. Puede que su edad le hiciera escéptico y despreocupado. Pero yo aún temía a la muerte, pero sobre todo a los humanos y a su maldad.

—¡La cruz es un poderoso aliado del bien, muchacho! –Dijo el inquisidor, que había escuchado toda nuestra conversación—. ¡Una cruz de oro o plata es el mejor repelente para todo tipo de criaturas, sobre todo las nocturnas!

Incubi et succubi inter nos sunt –Dijo el hombre de negro, que no había hablado hasta entonces, Claúde du Fresne, volviéndose a mí y a mi maestro en tono amenazante. Su voz era rasgada y seca. Con un marcado acento francés. Y sus ojos fríos nos escrutaron perspicaces.

Yo sonreí e introduje mi mano dentro del cuello de mi camisa, sorteando la pequeña gorguera y saqué una pequeña y brillante cruz de oro colgada con una fina cadena. La dejé caer sobre la tela negra de mi jubón donde resaltaba como una estrella en medio del cielo nocturno. Nunca olvidaré la mirada que se intercambiaron aquellos eruditos. Escépticos y sorprendidos, casi escandalizados.

—No pensé que fuera tan poderoso un mero símbolo, creí que bastaba con que ahuyentase el mal dentro de nosotros, no que hubiese peores horrores fuera…

—Ya sabes lo que dicen, —murmuró mi maestro, encogiéndose de hombros—. Daemonia loquuntur per homines. –Entonces miró al joven veneciano—. ¿Y qué pensáis vos de todo esto? ¿Dónde creéis vos que está la maldad?

—La maldad está en cada hombre, como bien ha dicho vuestro sobrino. Aunque no puedo negar que no exista en otros ámbitos de la vida.

—¿A caso en Dios no hay maldad? –Opinó mi maestro, levantando ampollas en varios de los eruditos. El embajador, a mi lado, se volvió con el rostro interesado y el inquisidor se revolvió en su asiento.

—En Dios no hay bien ni hay mal. –Dijo Étienne a mi lado, con tono conciliador—. Dios no es bueno ni malo, es justo.

—Exactamente. –Asintió el inquisidor mientras se movía en el asiento.

Yo guardé mi cruz y volví a sentarme al lado de mi maestro. Étienne se quedó de pie, sirviéndose un poco más de vino, y el astrólogo le imitó y me sirvió un poco más a mí. Yo me limité a mojar los labios. Y aunque algo del vino entró en mi boca, quedó por ahí, entre mi lengua y el paladar hasta fundirse con mi piel.

—¿Y por qué hay tanta crueldad y muerte en el mundo? –Pregunté yo pero recibí una severa mirada de la mayoría de los presentes.

—No juegues esa carta, muchacho. –Advirtió Ulrich, mientras se llevaba la copa de vino a la boca—. Eso demuestra tu ingenuidad.

—Y tu falta de juicio sobre el tema. –Apuntó el cardenal. Yo miré a mi maestro en busca de orientación pero él no me devolvió la mirada. Se había quedado observando al hombre que teníamos justo delate. Claúde du Fresne le devolvía una expresión hierática y misteriosa.

—Ilustradme pues. –Pedí, pero nadie parecía tener ganas de darle lecciones de teología a un muchacho. El veneciano, sin embrago, pareció deseoso de complacerme.

—Supongo que los hombres aquí presentes consideran las maldades que ocurren en el mundo únicamente culpa del ser humano. De sus decisiones, de su libre albedrío, ¿o acaso no es así?

—Las guerras, las muertes y los asesinatos, igual que los dolores y las desgracias, son consecuencia únicamente de nuestras decisiones, de las nuestras y de las de los astros. –Dijo el astrólogo.

—¿De los astros también? –Preguntó el inquisidor, levantando una ceja. El cardenal se sonrió. Y Lorenzo, a su lado, negó con el rostro.

—El muchacho tiene razón, hay demasiadas desgracias en este mundo como para que todas sean únicamente culpa del hombre. Lo interesante reside en encontrar el modo de controlar el destino de uno mismo, de aprender a tomar las decisiones correctas. –Me señaló—. Tú aún eres muy joven, pero estoy seguro que con el tiempo entenderás lo que digo.

—¿Quién dice que el muchacho sea joven? –Preguntó el cardenal, con una sonrisa que enmarcaba su rostro con una expresión casi de burla—. Igual que su maestro, a quien le creo de, aproximadamente, cien años.

Todos rieron, incluso mi maestro pero yo contuve el aliento y esbocé media mueca de incomodidad.

—Tenéis que perdonarme. –Murmuró el cardenal—. No he podido evitar contarles nuestra divertida conversación del otro día.

—No os preocupéis. Sabed que a mí también me pareció divertido. Y gracias a eso os he conocido y he podido conocer a esta estupenda…

El inquisidor interrumpió a mi maestro.

—Tal vez vuestra enfermedad de la piel os haga parecer más joven de lo que sois. Tal vez tengáis cien o doscientos años.

Mi maestro volvió a reír, pero entonces nadie le imitó.

—Eso sí que sería estupendo. –Dijo el veneciano—. La inmortalidad. Qué gran tema de estudio. –Se pasó la mano por la cabeza, colocándose el cabello detrás de una de sus orejas y nos miró—. Leí varios manuscritos en la biblioteca de Roma sobre el tema. Eran fascinantes. Abordaban la inmortalidad desde un punto de vista físico, real. No solo una inmortalidad del alma…

—Los humanos no podemos ser inmortales. –Atajó el inquisidor—. Dios ya nos arrebató esa oportunidad hace muchos milenios. Además, tened cuidado con lo que decís, la inmortalidad es la soberbia de los demonios.

—¿Qué tonterías dices? –Preguntó el astrólogo—. La alquimia estudia justamente ese tema. –El veneciano, Filippo, asintió y se inclinó en su asiento, atento—. Pero esa inmortalidad debe conseguirse a través del enriquecimiento del alma, no solo del cuerpo.

—Pero la eternidad que propone la alquimia puede no ser material. –Intervino mi maestro, que era gran conocedor de la materia—. Puede que los textos alquímicos, como vengo sospechando desde hace tiempo, no sean más que metáforas y claves con un propósito más terrenal: la adquisición de oro a través de la limpieza de toda la impureza de los metales.

—Yo he llegado justo a la conclusión opuesta. –Dijo Ulrich—. Que las indicaciones sobre metalurgia son justamente claves y metáforas de cómo obtener la inmortalidad. Pero no soy el único en mi campo que piensa así. Otros también se decantan por la idea de que la eternidad es posible, siempre a través del estudio de la alquimia y la vida entregada al…

—Yo no puedo estar más de acuerdo. –Atajó el veneciano—. Los libros que ojeé mencionaban la alquimia como objeto de estudio para la inmortalidad, pero advertían que solo a través de la piedra filosofal, el resultado de todos esos procedimientos metalúrgicos, era uno capaz de poder volver inmortal tanto el cuerpo como el alma.

—Hay que tener cuidado con esas cosas. –Dijo el inquisidor—. Quien os diga que es capaz de obtener oro de la nada, no es más que un estafador. Y quien diga que es inmortal… bueno… —Entonces nos miró a mi maestro y a mí con ojos chispeantes—. Entonces solo hay que comprobarlo.

—¿Comprobarlo? –Apuntó el veneciano—. ¿Y cómo se puede comprobar que alguien no envejece?

—Yo no hablo de envejecer, sino de la inmortalidad. De no morir, ni aunque a uno le atraviesen con una flecha.

—¿Cómo va a ser eso posible? –Pregunté, adelantándome a mi maestro que estaba a punto de replicarle algo. Pero nadie respondió a mi pregunta.

—Solo los monstruos son inmortales. –Advirtió Claúde du Fresne, con un tono que dejó a todos en silencio—. Los monstruos y los hombres que hayan pactado con el diablo. Porque dios no concede la inmortalidad.

—Esos son los peores, se camuflan entre nosotros, aparentando ser hombres corrientes, con vidas corrientes…

—Empiezo a pensar que creen ustedes que mi sobrino y yo somos íncubos, o algo peor… —Dijo mi maestro, con una sonrisa, cosa que a mí me dejó helado. Estuve a punto de tirarle de la manga pero habría supuesto nuestra condena.

—Mucho me temo que un íncubo no habría podido ni cruzar el umbral de la puerta. –Dijo Claúde du Fresne-. Hemos perfumado la estancia con incienso y palo santo, y las velas son de aceite santo y en el vino hemos vertido una generosa cantidad de agua bendita. Por no hablar de la cruz que vuestro sobrino porta al cuello y el poco rechazo que le ha supuesto exponerse a una biblia…

Mi maestro endureció su sonrisa y miró de soslayo la copa que sostenía en la mano, con una mueca de rechazo. Frunció los labios y después paladeó con su lengua sobre su paladar. Yo me estremecí.

—Bien podría haber sido algún veneno, y mi joven sobrino y yo no lo contaríamos…

—No envenenaríamos a unos invitados, señor Cornelissen. –Exclamó el cardenal, algo disgustado.

—Tiene que perdonarnos. –Murmuró Ulrich—. Yo no estaba nada de acuerdo con esta clase de prácticas, pero aquí mis amigos han considerado que eran unas precauciones más que necesarias.

—Claro que lo son. –Dijo el veneciano, entusiasmado—. Nuestras sospechas son más que fundadas.

Yo miré al joven Filippo con un gesto de repulsión. Parecía excitado. Si nos ponían en una mesa y nos diseccionaban, sería el primero en aplaudir.

—¡Si fueran inmortales, yo querría saber cómo lo han conseguido!

—¡Ni se te ocurra decir eso! –Exclamó el inquisidor, poniéndose en pie, escarmentado—. Eso es herejía, y un pecado muy grande. ¿Y si fueran siervos de Satanás? ¿Si fueran demonios atraídos aquí con fines malvados? ¿También querrías saberlo?

El veneciano enmudeció, como hicimos todos, pero el astrónomo rompió aquella pausa:

—A mi sí. Me gustaría saberlo. Igual que a todos. Por eso hemos montado esto. Por eso los hemos atraído hasta aquí. Si ninguno hubierais deseado saberlo, ¿a qué viene tanta tontería con el palo santo y el agua bendita? Si se hubieran rebelado en su forma demoníaca…

Están locos… —Advertí, para mis adentros y le lancé una mirada a mi maestro, una mirada suplicante llena de espanto y advertencia, pero parecía más que entretenido siendo espectador de aquel delirio. Pero yo me sentía como el ratón a punto de ser devorado por una manada de gatos.

—No son íncubos. –Dijo Claúde du Fresne, retomando la conversación. De nuevo todos los ojos cayeron sobre nosotros con curiosidad y espanto—. ¿A caso no ha quedado claro ya?

—Incluso Satanás mismo retrocedería ante una cruz de plata. –Dijo Lorenzo, encogiéndose de hombros.

—¿Seguro? Ni si quiera el arcángel  Miguel estaba autorizado a tocar a Lucifer. Si son siervos del mismo Satanás…

—¿Aun pensáis que soy el hombre que conocisteis en Salamanca? –Preguntó mi maestro al cardenal, casi en tono lastimero, decepcionado porque la ingenuidad del cardenal hubiera desaparecido.

—Me temo que confío más en mi memoria que en la palabra de un desconocido.

—¿Confiáis más en vuestra memoria que en la razón y la lógica?

—Creo en la fe, por encima de todo, y la fe nos advierte que debemos cuidarnos de los demonios y los siervos de Satanás. De los monstruos nocturnos que habitan las noches y se alimentan de los humanos.

—Os habéis memorizado El martillo de las brujas, por lo que veo, cardenal. –Dijo Bastian, negando con el rostro en gesto pesimista.

—No solo nos lo advierte el Malleus Maleficarum, también Jesús, y sus enseñanzas.

Non est in scripturis –Le dije pero me ignoró.

Lamiae antiquis temporibus notae erant.

—No seáis tan fanático…

—No sé qué clase de pacto habréis hecho, señor McCormik pero esta vida no es cristiana, ni piadosa. Contra naturam vivere est peccare.

—Sabemos de qué os alimentáis,  –Dijo Claúde du Fresne, volviendo la atención de todos en su dirección—, de lo mismo que todas las criaturas nocturnas. Estriges, sois bebedores de sangre.

Yo palidecí, aún más si era posible. Mi maestro no podía estar permitiendo eso. No podía estar reteniéndome allí con aquellos lunáticos que ahora me parecían mucho más lúcidos que antes. No eran ingenuos, o tal vez eran locos, embrutecidos por sus cuentos de hadas. ¿Pero hasta que punto eran irreales aquellas fantasías, si nosotros éramos los monstruos que buscaban?

Asistí espantado a un espectáculo lamentable. El caballero Claúde du Fresne metió su mano en el interior de su jubón y sacó un frasquito de cristal transparente. Era un relicario, con un sello de lacre con la insignia de las llaves del vaticano. Con una gruesa cruz de plata pegada al cristal. Y su contenido carmesí brillaba como un tinte purpura a la luz de aquellas siniestras velas. Era sangre. Y nos la estaba ofreciendo. ¿Sabía acaso lo que estaba haciendo?

Evité mirar a mi maestro, porque no deseaba volver a ver su expresión de burla. No deseaba concederle ni una sola mueca de súplica. Me quedé allí plantado, con las manos aferradas a los reposabrazos y la boca seca y muda.

—¿No creen ustedes que la broma del vino ha sido más que suficiente?

—Tal vez usted sea viejo, pero el muchacho seguro que no puede resistirse. –Dijo y destapó el recipiente. Lo expuso en nuestra dirección y hasta nosotros llegó el olor de la sangre. Era reciente. De mujer, joven, y virgen. Habían pensado en todo. Yo esbocé media sonrisa escéptica, intentando insuflarme valor, pero mi maestro acabó por perder la paciencia. Se puso en pie y recogió la capa que había dejado encima del respaldo del asiento.

—Esto es demasiado. Pensé que aquí se debatirían temas interesantes, pero no es más que una caza de brujas de hombres embrutecidos y lunáticos.

Yo imité a Bastian y me puse en pie pero el inquisidor se levantó y se encaró con nosotros. El resto parecieron más curiosos y expectantes que alarmados, pero tanto Claúde du Fresne como Pietro se revolvieron y preocuparon.

De labios de Pietro comenzó a salir una sarta de latinajos y oraciones a modo de protección para ellos, creyendo que eso nos detendría. Si pensaban que no los atacaríamos, eso no nos lo impediría, y si querían encerrarnos en oraciones, podríamos marcharnos sin problemas. Recogí mi capa y mi maestro paso una mano por mi hombro pero Claúde du Fresne se adelantó.

Vita longa, mors tarda, señor Cornelissen Sabemos donde reside aquí en Boloña. Y siempre podemos saber que no se hallará muy lejos del emperador. –Mi maestro se volvió como por un resorte y fijó los ojos en aquellos hombres—. Si cree que su inmortalidad no va contra el plan de Dios, le aseguro que el fuego es capaz de limpiar todos los pecados.

Nunca creí que mi maestro pudiera perder tan fácilmente la calma, pero lo hizo. Perdió los papeles allí mismo. Tuve que sujetarle del jubón con ambas manos para evitar que se abalanzase contra aquellos hombres. Nunca me había parecido más humano que entonces, furioso y atemorizado. Señaló a aquellos hombres con un dedo acusador, y habló en su mejor boloñés:

—¿Me están ustedes amenazando? ¿Es esto una amenaza? Pienso decirle al emperador con qué clase de hombres comparte cenas y charlas. Fanáticos, caza brujas. ¡Si se atreven a entrar en mi casa o hacerle algo a mi sobrino voy a procurar que sean ustedes quienes sean cazados como conejos!

—Vámonos, vámonos… —Murmuraba mientras tiraba de él fuera de la habitación.

Aquellos hombres nos miraban con temor, y al mismo tiempo expectantes, esperando algo más que al ira de un hombre vulnerable y asustado. Supongo que se decepcionaron cuando nos vieron salir de la estancia y caminar hasta el exterior con paso rápido y gesto airado.

—Los mataré… —Murmuraba, más para sí que para mí mientras cruzábamos la plaza hasta el alojamiento—. Los hubiera matado, y alguno se habría divertido con ello… Malditos… malditos lunáticos.

—Nada de lunáticos. –Le dije, cuando ya estábamos suficientemente lejos—. Nos han pillado, Sebastián. Nos han descubierto.





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