EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 24
CAPÍTULO 24 – Hacia Bolonia
Al poco tiempo de que el emperador llegase a Barcelona ya estaba el barco esperándonos en el puerto. Estuvimos menos de un mes. Pasó los días reunido con varios arquitectos que dejaríamos allí en el palacio y que se encargarían de llevar a cabo una inmensa reforma en las instalaciones. Modernizarían las fachadas y remodelarían algunas partes de la estructura. Pero nosotros no estaríamos de vuelta para ver el inicio de las obras.
Nos embarcamos a principios de febrero del año 1530, rumbo a Génova, desde donde nos conduciríamos por tierra hasta Bolonia. Mientras que el viaje a España mi maestro había estado inquieto y emocionado, contándome todo tipo de historietas, cuando nos condujimos por el Mediterráneo, parecía retraído y nervioso. Acabó confesándome una noche que hacía casi tres siglos que no había vuelto a la península itálica. Y siempre que regresaba a un lugar que hace tiempo que no visita, siente una ligera sensación de vértigo y nostalgia.
—Es una sensación extraña. De miedo pero de ilusión a la vez. Por una parte temo que las cosas no sigan igual, que los edificios por los que pasé, o las obras de arte que conocí, ya no estén. Y también me asusta ver cambios que me desagraden. Al final, eso siempre ocurre, es inevitable. Incluso durante una misma vida humana se producen esos cambios. Pero es muy drástico ver como todo un siglo se ha llevado por delante una ciudad entera. Pero por otro lado estoy ilusionado por descubrir todo lo nuevo que la ciudad tenga que ofrecerme. Cuando una ciudad ha permanecido al paso del tiempo, siempre es por algo.
—Te pasará a ti también. —Me aseguró, al rato—. Le pasa a todo el mundo incluso durante el transcurso de una vida humana. Si ahora volvieses a tu pueblo, o a tu casa, donde naciste, también sentirías esa amalgama de emociones en el interior, incluso si solo hace unas cuantas décadas que no la ves.
Aun así, pasaba horas retraído y ocupado. Con sus estudios, con sus libros, con la infinidad de investigaciones y pensamientos que quería ocupar con su tiempo. Las pocas horas que pasábamos juntos, a parte de nuestros encuentros en la cama durante las horas diurnas, fueron con el estudio. Quería asegurase de que había aprendido los dialectos de la península, al menos de forma básica, para que pudiera comunicarme y adaptarme sin mayor problema. Me enseñó la historia de esas ciudades estado, sus representantes, sus personajes más ilustres. Me habló del pontífice, y de los que le habían precedido. Me habló de los Borgia, de los Médici y los Sforza, y de que como los restos de aquellas familias aún gobernaban aquellas tierras. Me habló de la comida, de cómo se sustentaban. Del comercio y del arte.
Pero muchas horas las dediqué a vagar por el barco. No le gustaba salir del camarote, no al menos más de lo necesario, pero ya en mi primer viaje me había quedado relegado al camarote, y no deseaba repetirlo en el segundo. Cuando la mar estaba tranquila y pocos hombres paseaban por la cubierta, yo me desplazaba silenciosamente hasta proa y contemplaba el paisaje infinito con mis ojos vampíricos. Las estrellas, las constelaciones. Toda la vida marina y la inmensidad que se extendía delante de nosotros. El viento era delicioso y el olor inconfundible. El movimiento del barco en días de tormenta, era por el contrario, espeluznante. Atravesamos una tormenta, el quinto día de viaje. Nuestra vida no estaba en peligro pero una parte de mí se cuestionó qué nos pasaría si nos hundíamos. Si nos ahogábamos y no podríamos regresar. No moriríamos bajo el agua, y tampoco de frío o miedo. Quedaríamos a la deriva como el resto de maderos inútiles. ¿O por el contrario sobreviviríamos? ¿Podríamos volar hasta la isla más cercana? ¿O el barco nos arrastraría consigo hasta las profundidades, y quedaríamos como esculturas de mármol bajo el peso del agua hasta que alguien nos encontrase?
Sin embargo no sentí nada de miedo. Por primera vez me creí mucho mejor que cada uno de los elementos. Y ni el viento ni la lluvia me infundieron temor. Estaba seguro de que sobreviviríamos, a esa tormenta y a todas las que viniesen después. Sobreviviríamos a todo aquello a lo que los humanos temen: al hambre, a la guerra, a Dios y al Diablo. Puede que al fuego no. Pero no quería pensar en eso con frecuencia, o acabaría atrayéndome como un agujero negro.
Después de los días de mal tiempo, cuando ya llevábamos la mitad del camino hecho, las noches se volvieron más frías y calmas. Corría una ligera brisa que cortaba el aliento. Solo los trabajadores salían a cubierta en plena noche. Ellos y yo. Mi maestro me había convencido que para guardar las apariencias, me cubriese con una gruesa capa de pelo pero a mí me incomodaba y me limitaba los movimientos. Por no decir, que ansiaba sentir el frio en la piel, y en el aliento, tal como me había acostumbrado desde el inicio. Pero podrían tirarme por la borda si creían que estaba poseído o loco.
Las estrellas brillaban, la mar estaba en calma. Parecía que estábamos detenidos en medio de la nada, que la oscuridad no sumergiría junto con ella en el olvido. Solo me sacaba de aquella impresión los chapoteos que el agua emitía de vez en cuando al chocar contra el casco del barco. Pero la brisa azotándome las mejillas era un gozo después de haber pasado días en el camarote. Ese silencio propio del estruendo de la realidad.
—¡Mi señor! –Gritó una voz a mi espalda—. ¡No se acerqué tanto al borde! Si se cae…
Un muchacho que estaba amarrando uno de los cavos de una vela se había vuelto en mi dirección, y sorprendido a la par que asustado, me había prevenido. Parecía un cachorrillo de esos que usábamos en mi casa para que nos ayudase en la caza. Pequeño pero atento y rápido.
—Será mejor que vuelva a su camarote, señor. Que hace un frío horrible.
Era de Nápoles. Tenía un marcado acento, pero hablaba en castellano. Clavó su mirada en mí unos segundos y al ver que yo no le respondía, ni si quiera movía un solo miembro para obedecerle, volvió a prestar su atención al cabo que estaba amarrando. Cuando terminó volvió a mirarme, erguido todo lo alto que era, escuálido pero fibroso. Era muy joven. Puede que apenas llegase a los dieciocho años. Estaba vestido con unos pantalones largos, con una camisa de manga larga y un jubón largo y grueso, pero abierto, para dejarle libertad de movimiento. Pero estaba helado. Sus manos temblaban, y sus dientes castañeaban. Sus labios y mejillas estaban sonrosados, pero su nariz estaba roja como si le hubieran dado un beso con carmín. El cabello largo y castaño, ondeando con la gélida brisa.
—No me llames señor. –Le dije, a lo que él se frotó el cuello, pensativo.
—Pero sois el ayudante del médico real…
—Pero no soy… —Intenté decir, pero al final daba igual. Si no era mi posición, podría argumentar cualquier otra cosa para distanciarse de mí. Mi ropa, mi educación, mi puesto, incluso el apellido que mi maestro me había hecho adoptar. Negué con el rostro, quitándole importancia.
—Será mejor que volváis dentro, señor. Hace tanto frío que se empiezan a formar hielos en el suelo. Si resbalase…
—No te preocupes por mí. –Le dije pero le sonreí, y él me devolvió, casi por acto reflejo, la sonrisa—. Eres tú el que parece helado. ¿No?
—Con el trabajo uno acaba entrando en calor enseguida, señor.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Gabriell, mi señor. –E hinchó el pecho—. Gabriell Cortés.
—¿Madre napolitana?
—Y padre español, señor. Del ejército de su alteza el emperador Carlos…
—Eso es increíble. ¿Qué edad tienes?
—Diecisiete, mi señor.
—Como yo. –Dije y eso le hizo esbozar una leve sonrisa. Como quien reconoce a un amigo desde la distancia. Pero después recordó que hablaba con un noble y se desinfló.
—Tengo que seguir con mi trabajo señor, pero le vuelto a advertir sobre el frío y…
—Ven. –Le pedí, con un gesto del mentón—. Dime… ¿Conoces las estrellas? Yo no soy muy docto en el arte de la navegación…
—¡Sí mi señor! Mi capitán me las enseñó todas. ¡Esa, la más brillante, es la estrella polar! –Se colocó a mi lado, muy cerca de mí, y señaló con un dedo fino y tembloroso una estrella en el firmamento. Después desplazó su mano hacia otro punto. Yo ya no miraba el cielo. Estaba a mi altura, era igual de alto que yo, con una complexión algo más fina y pequeña—. Esa es la osa mayor. Y aquella la constelación de… de… —Yo abrí mi capa y le cubrí con ella los hombros. Estuvo a punto de echarse hacia atrás pero al clavar la mirada en mí sentí todo su frío colándose por cada uno de sus poros y como el calor que irradiaba mi capa, aunque mínimo, parecía arrastrarle hacia mí como un imán.
—Ven…
Él se acercó y colocó su hombro pegado a mi pecho mientras yo le cubría casi por entero con mi capa. Se hizo un ovillo y aún así, sacó uno de sus brazos para seguir señalando al cielo.
—Esa es la constelación de Orión, y aquella la de…
Pude ver a través de él, pude observar el mapa mental que se había formado en su interior y que estaba reproduciendo mientras señalaba con su dedo la inmensidad. La oscuridad el firmamento y la profundidad de su mente se hicieron uno por un instante, justo cuando yo lo apreté contra mí y besé su cuello.
—Sigue, ¿Qué otras constelaciones ves?
—Casiopea… esa que parece una “M”…
Mordí su cuello con cuidado, con más del que tuve durante toda mi vida inmortal, fingiendo un beso, o un pellizco. La sangre brotó caliente y suave. Era deliciosa, como la miel. Y tuve que prometerme que pararía a tiempo. Que solo sería un sorbo, algo que me mantuviese con vida, que me devolviese el calor a las mejillas y la vitalidad. Bebí de él hasta comenzar a sentirme culpable, y ese sentimiento me arrancó de él. Besé allí donde le había mordido y después posé mis labios sobre su mejilla. Un instante, intentando transmitirle algo de mi calor a su gélida piel. Él aún miraba el cielo, y todas las estrellas aún se reflejaban en sus ojos.
—Allí está la de Tauro, que solo se puede ver en invierno… y…
Su voz era algo más apagada, como sumido en un pensamiento profundo. Yo retiré mi capa de él y el frío lo devolvió a la realidad como si le hubiesen dado una bofetada. Se separó de mí, arrepentido.
—No debemos estar tan cerca del borde, señor. Hay hielos en la madera.
—Sí, ya me lo has dicho. Es mejor que entre ya. Es tarde.
—Sí, mi señor. Entre, yo seguiré con mi trabajo. Buenas noches
Me despidió con una sonrisa y yo se la devolví. No podía hacer menos. Cuando recorrí toda la cubierta y llegué hasta las escaleras que bajaban a los camarotes, me encontré a Bastian apoyado en el quicio, con los brazos cruzados y el cabello revuelto por el viento. Me sonrió con la aprobación de un maestro que ha observado a su alumno realizar la tarea con total acierto. No dijo nada, por primera vez. Se limitó a alzar el mentón, en gesto de aprobación y a posar su mano en mi hombro cuando pasé por su lado. Con un toque seco y cálido.
Esa parecía haber sido la lección más importante que me hubiera transmitido. Ninguna otra parecía haberle agradado tanto, jamás me había felicitado con tanto candor y alegría como aquella vez. Y es que así es como fue, que esa era sin duda la lección que más valor tenía para él, y que mejor me serviría durante mi vida inmortal. Porque saberme los países del mundo, sus leyes y sus lenguas, no era del todo imprescindible. Pero llevar una vida noble, como él pretendía que hiciese, lo significaba todo. Pero no solo por su moral y su ética. También por la mía. Porque había conseguido refinar y controlar a la bestia, y al hombre, que se debatían en una lucha voraz cada vez que me alimentaba.
No lo reconocí entonces, pero también yo estaba orgulloso de lo que había conseguido. ¿Eso significaba que desde entonces sería así? No. No todo el mundo estaba dispuesto a dejarse embaucar, y no siempre yo estaba de humor para tomarme las cosas con ética y paciencia. A veces yo también deseaba desquitarme. Pero había perdido el miedo a enfrentar la calma y el engaño. Y nunca hasta ese momento me había sentido tan unido a mi maestro como entonces. Porque compartíamos por fin todo, su trabajo, su féretro, sus modales, y también sus valores. Por fin sentía que aprendía algo de valor real, y que me distanciaba de lo que tanto temía ser: un vampiro niño, peligroso e incontrolable.
✵
El recorrido fue más largo de lo que esperaba. Pisamos tierra en Génova pero luego nos fuimos quedando en pequeñas localidades como Piacenza, Reggio Emilia, Castelfranco Emilia y Borgo Panigale hasta dar con Bolonia.*
Nos instalamos en una pequeña casita enfrente de la basílica de San Petronio, donde coronarían al emperador el día de su cumpleaños, el 24 de febrero de aquel año de 1530. El emperador nos concedió un chofer y contrató a una muchacha como cocinera y servicio para el hogar. Nos hubiera dado toda una comitiva de empleados si se lo hubiéramos pedido, pero mi maestro insistió en que no hacía falta más que alguien para limpiar un par de veces por semana.
Era una casa antigua, algo destartalada pero sólida. Estaba en un segundo piso de cara a la plaza mayor. Si te asomabas a la ventana, estabas de cara a la portada de la basílica, cosa que a mí me resultó encantadora. Me pasaba las horas apoyado en la balaustrada de la ventana observando a la gente ir y venir, el bullicio de la ciudad, los puestos que se desmantelaban cuando el sol se iba, o el sonido de las golondrinas antes de que amaneciese.
Era una pequeña casita, con un dormitorio principal, otro más pequeño, un estudio y una cocina con una zona de aseo. Nada más. Metimos el féretro en la habitación pequeña, que no tenía ninguna ventana y ahí dormíamos los dos, cada noche. Cuando se ocultaba el sol salíamos y disfrutábamos de los mercados nocturnos, de las fiestas que se estaban celebrando en honor al emperador, de la vida que parecía resurgir de aquella ciudad. No me costó nada hacerme al boloñés, aunque al principio me daba miedo intercambiar aunque fueran un par de palabras en aquella lengua proveniente del emiliano-romañol.
Hubo grandes desfiles y comidas grupales. Los mercados estaban llenos de puestos con insignias y estatuillas del emperador. También del papa. Las librerías florecían, igual que los talleres de pintores y artistas. Los orfebres mostraban su trabajo al público en pequeñas exhibiciones, igual que los alfareros y los retratistas.
—Esto no es nada como lo que hay en Florencia, según me han dicho.
—¿De veras?
—Te llevaré antes de que volvamos a España.
Coronaron al emperador, pero nosotros no asistimos. Como es lógico, era de día cuando se llevó a cabo la ceremonia, y aunque no hubiera sido así, nosotros no estábamos invitados. Asistieron muy pocas personas, menos de las que me hubiera imaginado. Los más allegados al emperador, con poderes políticos, por supuesto, el Papa y unos cuantos obispos de la zona. Siendo sincero, me apena no haber podido asistir a aquello, aunque luego lo reviví a través de los ojos de los asistentes con los que me crucé, pero habría sido algo memorable que poder contar. Aunque… ¿a quién? Cien años después, nadie me hubiera creído. Ahora te lo cuento a ti, pero… ¿De qué me sirve ya?
Sí asistimos, por el contrario, al convite que se efectuó después de la ceremonia y los desfiles. En ese caso sí acudió muchas más gente. Toda la corta que había ido con él, amigos que tenía en la península, incuso otros que habían viajado solo para encontrarse con él. El festín se celebró en el palacio Accurcio, un gran palacete gótico a un costado de la plaza mayor. Habían colocado antorchas por todas partes y la piedra beige tomaba un tono ocre acogedor y siniestro a la par. Llegamos pasadas las once, después de que la cena se hubiese servido y las personas se hubiesen hartado a comer. Mi maestro estaba cansado de constantes fingimientos a la mesa y el movimiento constante de una copa llena de vino hasta los labios. Cuando habíamos viajado con el emperador, por hacerle compañía, había pasado innumerables noches a su lado, pero aquella noche se tomó esa licencia, que por otra parte, yo agradecí.
—Si el emperador pregunta, dile que hemos cenado unas perdices escabechadas que nos ha traído la muchacha del servicio. –Dijo aquello, casi sin darle importancia, mientras se colocaba la fina gorguera sobre el cuello de la camisa. Yo llevaba listo desde hacía horas pero él se había empeñado en redactar algunos informes médicos y en esperar a que se disolviese las mezclas de unos ungüentos que anda preparado para el emperador.
—¿Y si pregunta por qué llegamos tan tarde?
—Hemos estado preparando más de sus ungüentos. Eso no es mentira…
—¿No se enfadará?
—Me trae sin cuidado que se enfade. –Dijo Bastian mientras se echaba el jubón sobre los hombros y colaba los brazos por las mangas. Se abotonó mientras me lanzaba una mirada seria—. No se enfadará. Nunca lo hace, no al menos conmigo. He lidiado con reyes peores, te lo garantizo.
No dije nada, pero el interrogante estaba escrito en mi expresión. Él hizo un mohín con los labios.
—Carlos VI de Francia. –Suspiró y chasqué la lengua—. Me llamaron a la corte por mi reputación de buen sanador. Pero el pobre hombre tenía dolencias que yo no estaba preparado para atender. Se creía que era de cristal. Sufría episodios de violencia. Y luego lo olvidaba todo. No reconocía a su esposa, ni se reconocía a sí mismo. Pocos eran los periodos de lucidez. Pasé una temporada ahí, pero me marché en cuanto pude. Sus dolencias estaban aquí. –Posó su dedo en la sien—. Si hubiera sido un puritano de la fe habría creído que estaba poseído por algún demonio. Pero el pobre simplemente estaba loco.
—¿No tuvo cura?
—No, que yo sepa. Muró así, en pleno delirio. Me marché en cuanto las cosas se pusieron feas. Su mujer estaba controlando el reino, los nobles se estaban repartiendo el pastel a su costa, los de Borgoña, los de Orleans… —Se sacudió las manos, como quien se limpia las migas después de comer una galleta—. He vivido demasiado tiempo como para despreciar todo tipo de intrigas palaciegas.
—¿Fue hace mucho tiempo eso?
—El siglo pasado. –Hizo memoria—. Tendría que consultar mis diarios, pero creo que fue antes de 1415… o 1410. Un tiempo antes de que muriese el rey en el 22.
—Entonces la gota del emperador es un mero pasatiempo. –Dije divertido, a lo que él se encogió de hombros y se sentó para descalzarse y ponerse unos zapatos más elegantes.
—Los malditos viajes, eso no lo había previsto cuando me puse bajo su mando. –Alzó la mirada mientras se metía en uno de los zapatos—. Odio los viajes.
Yo reí, cosa que le sacó una sonrisa.
—Todo tiene su lado bueno y su lado malo. Es cuestión de quedarse con lo bueno. Y saber apreciarlo. Y la verdad es que casi agradezco que lo único que tenga este emperador sea la gota, y algún que otro problema estomacal. Porque si se muere bajo muy cuidado, Dios nos proteja, a ti y a mí.
Llegamos a la fiesta y acudimos directamente a ver al emperador, que nos sentó a su lado en la mesa, de donde no se había levantado. Hablaba amigablemente con algunos nobles con los que había venido y al recibirnos, nos incorporó rápido en la discusión. Quisieron presentarme a la hija de un gobernador, y a la hermana de un duque. Yo conocía a quien quisieron presentarme, pero no mostré el mínimo interés por nadie. Me había alimentado dos noches antes y no deseaba tener que encapricharme de nadie para luego abandonarlos a su suerte en esta tierra. Me quedé la mayor parte de la noche al lado de mi maestro, escuchando atentamente las conversaciones que se estaban desarrollando en la mesa, que no se limitaban simplemente a la comida o a la compañía. Hablaban de graves asuntos políticos. Del desastre en Roma ocurrido años antes por culpa de los soldados del emperador. De las guerras que se estaban desarrollando en el Mediterráneo a causa de los turcos. De la salud de sus hermanas y del gobierno de su hermano en el este.
A eso de las dos de la mañana me levanté para estirar las piernas y di un paseo por los pasillos de palacio, recibiendo de vez en cuando algún saludo o alguna mirada sonriente. La mayoría ya me conocían, me habían presentado a todos a lo largo de aquel último año. Y todos me conocían a mí. Y los nuevos ya se habían preocupado en preguntar por mi persona. Era un chico joven y agraciado, con la compostura de un duquecito despreocupado, estaba claro que llamaba la atención. Sobre todo porque procuraba no mirar a los ojos a las personas. Aquello les habría escarmentado.
Cuando regresé a la mesa mi maestro hablaba con una dama que había acompañado al papa. Una hija ilegítima o una sobrina. No me había quedado claro. No importaba. Discutían sobre los beneficios de tomar agua de rosas en baños templados y de lo pernicioso de exponerse demasiadas horas al sol. Mi maestro me lanzó una mirada cuando caminé hasta su lado y me indicó que me sentase de nuevo, pero lo cierto es que yo deseaba marcharme. Aún así me senté a su lado y puso su mano en mi pierna, con un gesto casi paternal. Apretó sus dedos en mi muslo mientras seguía hablando con la dama.
Pero una voz le sacó de sus pensamientos. Un cardenal se había plantado delante de nosotros, al otro lado de la mesa, y le llamó la atención, con más descaro del que pretendía, a juzgar por sus ademanes corteses.
—Disculpe, caballero. No quisiera importunarle…
Bastian giró el rostro, con su acostumbrada expresión de amabilidad y al toparse con el rostro de aquél anciano cardenal, su mano en mi pierna se volvió de acero. Me apretó como si le hubiese dado un espasmo. Yo mismo sentí su temblor y su miedo. Nunca había visto esa faceta de mi maestro. Se quedó plantado allí, con el rostro vuelto al viejo, quieto como una estatua, como solía hacer, pero con el corazón desbocado y el pensamiento echando humo.
—¿Es usted el médico del emperador?
—Sí, soy yo. –Dijo, con un tono severo. Pero manteniendo esa sonrisa como una máscara mortuoria—. ¿Desea algo?
—Yo… lo cierto es que…
El hombre dudaba, pero no estaba seguro de que su duda se debiese a la vergüenza, o a simple provocación. Y la verdad es que el hombre parecía sibilino y astuto. Tenía los ojos azules fijos en mi maestro, y el rostro no era el de un ancianito agradable. Tampoco el de un viejo senil. Era un hombre inteligente. Lo advertí nada más que frunció los labios, pensado en las palabras que diría a continuación. En su tono de fingida inquietud.
—¿Sí?
—La verdad es que llevo observándole un rato y me preguntaba si nos habríamos visto antes.
—¿Antes? –Preguntó mi maestro—. Por su acento diría que es usted de Roma, y la verdad es que nunca he viajado a Roma.
—No se confunde usted, caballero. Soy de Roma, pero he viajado mucho. Usted no es de Bolonia, y ya ve, aquí está.
—¿Dónde dice que me ha visto? –Mi maestro estaba muy tenso. Parecía que el cardenal le estaba sacando las palabras con calzador. El hombre, para quitarle importancia, movió la mano delante de su cara, a modo de espantar algunas ideas sin sentido.
—No me lo creerá usted, pero conocí a un hombre igual que usted hace muchos años…
Se me pusieron los pelos de punta. Casi me caigo de la silla cuando vi a aquel hombre tan convencido, con la expresión tan seria de mi maestro a mi lado y el cuerpo tan rígido. Me soltó la pierna y se volví al cardenal, con una fingida expresión de duda y desconcierto. Y es que lo cierto es que mi maestro sí lo recordaba. Lo había recordado desde el momento en que había puesto la mirada sobre él.
—¿Cómo dice usted que se llama, señor?
—No lo he dicho. –Rió el cardenal—. Rinaldo Farnese. Nos presentaron en una charla sobre la importancia de la oración y la teología para los estudios médicos, en la Universidad de Salamanca. El mismo rector nos presentó. –Mi maestro frunció el ceño, y arrugó los labios, pensativo—. Lo extraño es que fue en el año 1488, hace 44 años. Pero está usted igual…
Tragué en seco y desvié la mirada hacia mi maestro, que se quitaba la máscara de la incredulidad para reírse, tomándoselo como una broma.
—Me temo que tiene que estar usted equivocándose. Solo he pisado Salamanca en una ocasión. Pero fue hace menos de diez años. ¿No será por aquél entonces?
—No, de eso nada. Yo tenía veinte años, y estaba cursando mis estudios de teología allí. Por eso mismo lo recuerdo…
—Entonces debe estar confundiéndome con otro. Mire que tengo un rostro muy común…
—No tan común. –Aquello terminó por convencerme. Ese hombre, cuanto más hablaba mi maestro, más se convencía de que estaba delante de aquella persona que recordaba. Y las negativas, vanas, de mi maestro no hacían sino confirmárselo. Ese tal Rinaldo se había acercado a nosotros ya seguro de que no erraba el tiro—. ¿No es usted escocés, el doctor McCormik?
—No señor. –Dijo, arrugando la nariz como si aquello le sonase a chino—. Mi nombre es Sebastián Cornelissen. Soy de Amberes. El emperador puede daros pruebas de ello. He trabajado en España, si es cierto, pero llegué allí entrado ya el nuevo siglo…
Aquella mención al emperador sembró una nube de duda en el rostro del cardenal, que aun seguía en sus trece, perdió parte de su credibilidad. Se mesó la barbilla y nos miró a él y a mí alternativamente.
—Pues fíjese que estaba casi seguro de que era usted, aunque suene como una tontería. Porque, ya ve, tendría usted por aquel entonces veinte años más que yo. Y ahora le veo tal como le recuerdo.
A mi maestro le tembló el labio. Craso error. Eso también lo vio el cardenal y para quitarle hierro al asunto, y zanjar el tema, Bastian se recostó en el asiento y se encogió de hombros.
—Tal vez tengo algún sosias por ahí. O quién sabe, tal vez conoció a algún familiar mío, aunque yo no sé si tengo sangre escocesa… —Se pasó la mano por el pelo—. Tal vez hace mucho tiempo, ¿no cree?
Ambos rieron, pero era una risa más que forzada. Se me había secado la garganta y había estado conteniendo el aliento todo ese tiempo.
—Sí, pero me sigue pareciendo una casualidad, aquél hombre que recuerdo también era médico. Y si no recuerdo mal, me parece creer que se llamaba Sebastián, como usted.
—¡Eso sí que es extraño! Vaya… —Mi maestro comenzó a tamborilear con la mano sobre la mesa, impaciente por terminar la charla. El cardenal no era ingenuo, sabía que lo estaba poniendo de los nervios, así que se limitó a dar un paso atrás y disculparse, con una somera inclinación de cabeza.
—Discúlpeme, de veras. No pretendía importunarle más de lo debido. Me quedo con esta anécdota para mí, las casualidades de la vida son increíbles. Tal vez porque ya soy viejo, y he vivido mucho, y las personas me parecen iguales…
—No tiene que disculparse. Créame que yo también me quedo con este divertido encuentro.
—¿No quiere saber lo que su sosias opinaba sobre la oración en las prácticas médicas?
—La verdad es que no estoy muy interesado en mezclar medicina y fe. Desde que tuve un paciente que no quiso tomar mis remedios y se empeñó en rezar para sanar su dolencia y muró aferrado a un rosario.
—En ese caso no debe ser el mismo hombre. Aquél creía que, al igual que en las prácticas alquímicas, el rezo era parte fundamental para sanar el alma, y acompañar a la sanación del cuerpo.
—No sé mucho de la alquimia, si le soy sincero. –Mi maestro volvió a ponerse la máscara de la incredulidad—. Prefiero el estudio de las ciencias que llevan a conclusiones empíricas…
Entonces el cardenal posó la mirada en mí. Y por un segundo creí que iba a hablarme, a pedirme que intercediera por él para ablandar a mi maestro. O bien para preguntarme si era verdad lo que decía él. Yo le fulminé con una mirada cargada de impaciencia porque se marchase, y no dudó. Se despidió de ambos y tras darse media vuelta, desapareció.
Mi maestro no tardó en recobrar parte de su compostura y tras hablar unos minutos con la dama a la que había dejado abandonada, se despidió de ella y después del emperador y de sus compañeros. Le llevó varios minutos poder hacerse una salida elegante y cortés y cuando volvió a mi lado me puso una mano en la espalda y me condujo fuera.
Bajamos los escalones de la entrada, y el frío de la calle nos golpeó como una bofetada. Pero mi maestro estaba airado y excitado. Casi asustado, aunque no lo hubiera reconocido.
—Bastian… ese hombre… —Pero me chistó. Él lo supo antes que yo. Estaba detrás de nosotros.
—¡Disculpe! ¡Señor Cornelissen!
A mi maestro no le quedó más remedio que darse la vuelta y encararlo con una sonrisa. Yo me escondí en mi capa para aparentar tener frío y el cardenal venía hasta nosotros a paso rápido, ágil para su edad. Parecía que nos había visto salir de palacio y no había podido resistirse a detenernos.
—Siento no haberme despedido de usted. –Empezó Sebastián—. Pero mi sobrino está cansado ya y…
—No, no se preocupe. Todo lo contrario. Venía a disculparme. Tengo la sensación de que mi intromisión ha colmado su paciencia y le ha estropeado la noche.
—En absoluto. –Dijo entonces Bastian, con un tono más compasivo.
—Este sábado hay una asamblea privada en el Palazzo Pallavicini. Es una reunión informal, nada ostentosa, donde varios eruditos, religiosos, filósofos y humanistas debatirán de diversos temas. Nos encantaría que acudiese un médico, será el único en la reunión, y su punto de vista enriquecerá nuestros debates. Puede llevarse a su sobrino. ¿Qué le parece?
Miré a mi maestro, pero él no se percató de ello.
—Nos encantaría. ¡Este nuevo siglo está lleno de grandes pensadores! Pero me temo que debo rechazar su oferta. Mi sobrino y yo padecemos de una extraña condición en la piel que…
—Sí, lo sé. –Dijo, con una media sonrisa lobuna—. Me he enterado. Pero no tema, la asamblea iniciará a las diez de la noche. Y ustedes pueden incorporarse cuando deseen.
Entonces sí que Bastian desvió la mirada para observarme e interrogarme sobre qué hacer. Yo lo tenía claro, no debíamos ir. Mucho menos si la invitación procedía de alguien que acababa de reconocerle. Pero mi maestro, aún viendo el peligro y la complejidad de la situación, se animó a aceptar.
—Estaremos encantados de asistir.
✵
Cuando llegamos a casa, me enfurecí. Tiré mis guanteas y mi capa sobre un tocador y le encaré con el rostro encendido.
—¿Cómo aceptas? ¿No has visto sus pensamientos tan claros como yo? ¡Es una trampa!
—Claro que lo es….
—¿Eras tú? ¿Es a ti a quien conoció en Salamanca?
—Pues claro que era yo. –Dijo, pasándose la mano por el cuello y deshaciéndose del nudo de la capa. Suspiró, y se encogió de hombros—. Vaya memoria tienen algunos. Eso ha sido hace más de cuarenta años.
—Es avispado, inteligente y astuto. No es un viejecillo cualquiera.
—Nadie llega a cardenal siendo un ingenuo.
—¿De verdad iremos?
—Claro, quiero ver lo que se cuece por ahí. ¿Acaso tienes miedo de algo muchacho? ¿Tú? ¿El lobo solitario? ¿El asesino de pastores y ovejas? ¿El exterminador de los nuestros?
—¡Basta! –Exclamé, furioso. Él se rió y se sentó en un canapé, apoyando el codo en el respaldo y la mejilla en su mano. La tenue luz de las antorchas del exterior iluminaba sus rasgos con un tenebrismo misterioso.
—Se ha llamado a si mismo ilustrado y humanista, pero no creas que no es presa de sus supersticiones, como la mayoría de los vivos.
—¿Y vas a ir para poner a prueba su fe? ¿O la tuya?
—Tal vez ambas.
Yo me crucé de brazos y le enfrenté con una mirada cargada de rencor. Pero él me penetró con su sonrisa.
—Si no quieres acompañarme, iré solo.
—No te dejaré solo. –Suspiré—. Tal vez yo también quiera poner a prueba tu fe.
No dijo nada. Se limitó a mirarme y yo me cansé de luchar contra él.
—Me voy ya a descansar. –Antes de salir de la habitación le encaré—. Tu fe en la ingenuidad humana me exaspera a veces. Tienen instinto e inteligencia, tanto como nosotros. Y a veces tu máscara se cae, aunque no te des cuenta.
Me metí en el féretro y me acurruqué a un costado, jugando con las telas de terciopelo que me rodeaban. En menos de una hora, volvió a abrirse la tapa y Sebastián se introdujo a mi lado. Era inusual que se adelantase a su propia rutina de sueño, pero supuse que deseaba hacerme compañía. O que yo se la hiciera a él. Me rodeé de sus brazos en cuanto se hubo acomodado y restregué mi nariz en su pecho. Me recogió con el mismo cariño de siempre y me cubrió de besos el cabello.
—Yo nunca te olvidaría. —Murmuré—. Incluso si pasan cien siglos.
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