EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 23

CAPÍTULO 23 – Parada en Barcelona


Cuando Rodrigo llegó dos días después nosotros ya teníamos nuestro equipaje fuera. Le dijimos que yo había tropezado con la alfombra y al apoyarme en uno de los muebles lo había partido, con suerte de que ese había sido el único daño. Por lo que lo habíamos mandado al carpintero, que la cuenta estaba pagada, y que en una semana se lo devolverían. Por lo demás le devolvíamos la casa intacta. Nos insistió en que nos quedásemos a pasar uno o dos días con él. Ya no teníamos el peligro de que Blanca o Francisco nos impidiesen marchar, pero habíamos programado todo el viaje y ya nos esperaban en un par de días en Barcelona. Así que lo mejor fue despedirnos allí y prometer que volveríamos, aunque no estábamos seguros de poder cumplirlo. No al menos durante el tiempo que durase su vida.

Viajamos durante dos días metidos en un carro, completamente a oscuras, cubiertos con gruesas cortinas para que no entrase una pizca de sol. Nos llevaron hombres de confianza del emperador, y no pusieron ningún tipo de pegas o inconvenientes a ello. Pararon por donde tenían que hacerlo, durmieron en las horas que les tocaba, y nos dejaron a media noche en la plaza del Rei, en lo que hoy se conoce como el barrio Gótico, en Barcelona. Era un espacio monumental, rodeado de sólidos edificios de piedra más antiguos que mi propio maestro. Algunos de ellos estaban en plena reforma, como la torre del Palacio Real mayor, que había pertenecido durante generaciones a los condes de Barcelona, y después pasó a manos de los reyes de Aragón y por ende, a nuestro emperador.

Estábamos frente a las escaleras que daban acceso a ese palacete, donde décadas antes habían intentado atentar contra la vida de su abuelo. Todo el conjunto era imponente, y sumamente frío, sobre todo construido en esa piedra tan gris, a tan altas horas de la noche. Los múltiples vanos que se diseminaban por las fachadas parecían ojos atentos a cada uno de nuestros movimientos. Varias antorchas colgaban de las fachadas, pero aún así las callejuelas estaban sumergidas en una oscuridad terrible.

—¿Aquí nos alojaremos?

—Sí, el emperador ha insistido en que nos quedemos en una de las alas del palacio. No ha querido atender a mis súplicas para que nos dejase quedarnos en alguna pensión. Al parecer pasaremos aquí unas semanas.

Indicó a los cocheros y mozos que subieran nuestras cosas por aquellas escaleras y acomodasen nuestras pertenencias en un conjunto de habitaciones del ala norte. Me adelanté a Sebastián y seguí a los mozos hasta las habitaciones. Nos habían dejado usar toda un ala, con habitaciones para el servicio, un par de cocinas, una de las cuales usaríamos como laboratorio si era necesario, dos dormitorios, un gabinete y una pequeña capilla privada donde colocaron el sarcófago. Ese último gesto me parecieron demasiado grotesco y lúgubre, pero no me apetecía explicarles a los mozos que me gustaba dormir en criptas, no en capillas. Por lo que ahí se quedo. El emperador tubo el detalle de cubrir nuestras ventanas con gruesas cortinas de terciopelo negro por lo que toda nuestra ala estaba cubierta de un velo de oscuridad, impropio incluso a esas horas de la noche. A cambio, llenaron las habitaciones con antorchas y candelabros y en los dormitorios había diversas lamparitas de aceite y espejos.

Mi maestro me explicó que era una técnica antigua, para distribuir mejor la luz, colocar velas frente a espejos o superficies pulidas. Veíamos bien incluso en la más absoluta oscuridad, pero aquel fue un detalle que me embriagó. El brillo cálido de aquellas velas esparciéndose como una niebla de fuego a través de las habitaciones, era hermoso.

Pero mi reflejo en uno de ellos me sorprendió mucho más. Mi maestro no tenía espejos en su casa, porque los consideraba innecesarios. Me contó que había magos y nigromantes que decían poder hablar con los muertos  a través de los reflejos en los espejos, pero a él eso le parecían supersticiones y trucos de magia barata.

—Y como sigo teniendo la misma apariencia desde hace bastantes siglos, ya no siento nada mirándome a un espejo. No espero encontrar nada diferente…

Pero yo nunca me había mirado a uno. Mi familia no era tan adinerada como para permitirse uno, ni si quiera un espejo de bruja, como llamaban a aquellos en forma convexa que deformaba la imagen. Me encontré a mí mismo en una imagen tan real como la vida misma, con una habitación detrás de mí, con una expresión de pasmo y curiosidad. Me miré, me acerqué y observé mi rostro. Solo me había visto hasta entonces en el reflejo del agua y en los ojos de los demás. Pero de aquella forma, jamás. Me toqué la nariz, sonrosada, y los pómulos redondeados. Los labios un poco finos y abultados en el centro. Mi cabello estaba despeinado. ¿Desde cuándo? Intenté hacer el amago de peinarme con la mano pero no sirvió de nada. Los bucles hicieron lo que quisieron. Me alejé y me miré de cuerpo entero. Me miré de costado, después pasé una mano pro mi pecho, después por mi cuello.

La risa de Sebastián me hizo dar un respingo y me avergoncé hasta el punto en que se me enrojecieron las orejas. Pude verlo, porque mi reflejo me lo confesó.

—¿Qué te miras tanto, muchacho?

—Tal vez si parezco muy joven. –Me lamenté.

—Lo dices como si eso fuera una desgracia. –Entró en la estancia. Era nuestro gabinete. Que separaba ambos dormitorios. Dejó su capa sobre el respaldo de una silla y miró alrededor—. Muchos desearían ser joven toda la vida. ¡No sabes la suerte que tienes!

—Ya sabes por qué lo digo.

—Sí, lo sé… —Murmuró mientras ojeaba la estancia. La habían amueblado recientemente, con todo lo que pudiéramos necesitar. Pero lo cierto es que el edificio no estaba en las mejores condiciones. No solo era presa del estilo más medieval imaginable, tenía algunas grietas y humedades. Era un tesoro abandonado que había visto generaciones de príncipes y reyes pasar por sus estancias.

—¿Han terminado de subir nuestras cosas?

—No, estarán algún tiempo más. –Se asomó a uno de los dormitorios y después me miró con algo de congoja—. Es un dormitorio precioso, es una pena que no vayamos a usarlo. Será mejor que hagamos y deshagamos las camas a menudo, así las doncellas podrán pensar que los estamos usando…

—Lo cierto es que…

—¿Hum?

—Han colocado el féretro en la capilla.

—Sí, lo sé. Pero es una capilla privada, no entrará nadie más que nosotros. Cerraré la puerta por las noches si te sientes más conforme.

—Lo cierto… es que… había pensado en usar mi dormitorio.

Se volvió completamente a mí y frunció el ceño, pero mostrando a la vez una sonrisa escéptica y curiosa.

—¿De veras? Si no te sientes conforme, haré que traigan el féretro aquí…

—En verdad quiero probar la cama. –Dije mientras entraba en mi dormitorio. Era un lujo. La cama era enorme, con gruesas mantas de pelo, con doseles tallados, y gruesas cortinas de terciopelo oscuro cubriendo cada lateral. Me senté en el colchón y la cama crujió con un quejido ahogado—. Aquí dentro no entrará un solo rallo de sol. Con los doseles y las cortinas, esto es aún mejor que una tumba.

—Haz como quieras. –Murmuró, encogiéndose de hombros mientras sonreía, al ver mi ilusión al arrellanarme entre las mantas de pelo—. Pero después de que amanezca no se te ocurra salir al corredor, las ventanas que dan al patio interior no tienen cortinas.

Aquella noche fuimos a cazar. No nos habíamos alimentado desde que habíamos matado a Francisco y Blanca, así que, después de un largo viaje, estábamos bastante famélicos, y con la ausencia del emperador, éramos algo más libres de ir y venir a donde quisiéramos. Sin embrago estábamos en una situación delicada. Una cosa es llegar como parte de una inmensa corte y otra ser los primeros nobles que llegaban como el séquito del emperador, que se instalaban en el palacio del rey y que encendían la chispa de la curiosidad del pueblo. Muchos curiosos habían salido de sus casas a observar cómo llegamos al palacio, y a nuestros sirvientes meter nuestras pertenencias en el palacio. Barcelona no era una ciudad tan grande como Toledo y todo el mundo se conocía. Aunque nos disfrazásemos, no nos libraríamos de miradas extrañas.

Así que mi maestro decidió no disfrazarse. Se vistió con sus mejores ropas e invitó a varios condes y duques de la zona a una fiesta privada. El salón principal estaba ya preparado para la llegada del emperador y allí nos reunimos. Corrió el vino en exceso y como era tarde todo el mundo ya venía con el buche lleno. Pero aún así se sirvieron frutos de temporada, dulces y pan. Uno de los invitados mandó traer unos músicos y consiguieron crear un ambiente festivo de forma tan improvisada que costaba creerlo. Me presentó a sus conocidos, a los desconocidos también. Me dejó a solas con un caballero, que había sido en otro tiempo general de caballería. Ya retirado. Me habló de las batallas que se habían librado al sur, en la conquista de Granada, y en las que habían tenido con Portugal, a causa de la sucesión de la corona de Castilla. Hablaba de una época que en realidad no era tan lejana, pero con una intensidad y un clamor que me sobrecogieron. El hombre no superaba los sesenta años, pero parecía haber tenido una vida mucho más larga que la mía, y me la relató con cierto tono de condescendencia que me amargó la noche.

Mi maestro reapareció al rato con la esposa del general, ya había bebido de ella. Apareció sonriente, embobada, echándole la culpa al vino de su estado pero yo sabía que no era cierto. Cuando me despedí del general mi maestro me animó a conocer a la sobrina del general, pues tal vez ella era más de mi agrado. Pero yo me negué. Le dije que no tenía apetito aquella noche y que ya me buscaría la vida. Así que salí del salón y llegué hasta el piso superior. Me quedé mirando el interior del patio desde la balaustrada. Desde allí la música sonaba con un eco dulce y melodioso. Y me sentí reconfortado al verme tan alejado de aquella fiesta. Era insoportable tener a todos aquellos hombres y mujeres alrededor. La mayoría alcohólicos, llenos de deudas, mentirosos y con ínfulas de reyes. Eran la calaña perfecta para ser víctimas de mi maestro. Podría vaciarle a uno de ellos de sangre delante del resto y todos aplaudirían, como si presenciasen una actuación de magia, deseosos de poder contar el espectáculo que habían visto a otros menos afortunados.

—Podría daros un real por vuestros pensamientos. –Dijo una voz a mi lado. A unos metros, apoyado en la balaustrada, un joven se había inclinado como yo hacia el patio y me observaba con una expresión pícara y algo avergonzada.

—Mis pensamientos no valen un mísero real. –Le dije, y él se sorprendió. Era alto, más que yo. Más mayor. Podría tener al menos veinticinco o treinta años. Pero tenía una delicadeza andrógina en el rostro que le confería una apariencia más juvenil e ingenua. De cabellos rubios y cortos. Con los ojos claros, la voz fuerte y sonora. Estaba enfundado en un traje de gala militar. Con una espada al cinto y unas botas de montar. Lo había observado en la fiesta. Había venido acompañado de su madre, una viuda condesa que vivía en una casona al norte de la ciudad. A ella la había abordado mi maestro, era una anciana renegada y austera. Pero el joven parecía consumido por la misma ansia de aventura que rige a todos los jóvenes del mundo.

—¿Cuánto valen, pues?

—No están en venta, me temo. –Dije. Me había seguido. Lo sabía, pero acababa de descubrir que había sido impulsado por mi maestro. Me lo había entregado a regañadientes. Eso me enfureció.

—En ese caso... ¿queréis saber los míos?

—No tengo dinero encima. –Me excusé—. Así que si queréis, tendréis que regalármelos.

Él se rió, pero no pretendía hacer ningún chiste. Se separó de la balaustrada y caminó hacia mí, apoyándose a mi lado sobre el mármol, de cara a mí.

—Pienso que vuestro tío es todo un adicto a las fiestas. Le gusta exhibirse y rodearse de personas menos capaces que él. –Aquello me dejó pasmado. Sonreía mientras lo decía y yo levanté una ceja, algo sorprendido.

—No habéis errado el tiro. –Dije.

—No han terminado de desempaquetar vuestras maletas y ya ha montado una fiesta. ¿Tan aburrido se siente?

—Eso me temo. Se ha malacostumbrado a causa de vivir en la corte del rey. –Suspiré—. Hemos llegado aquí y ya se le caían las paredes encima.

—Muchos son así. –Suspiró—. Mi madre por suerte no tiene esa afición, pero muchos aquí la tienen. Siempre están con sus reuniones y sus fiestas. No hay nada mejor que hacer, sobre todo en invierno, cuando viajar es tan complicado y no hay apenas caza.

—¿Sois soldado?

—Sí, capitán de infantería.

—¿Mi tío os ha pedido que me siguierais, para hacerme compañía?

—Me ha pedido que os diese conversación. –Afirmó, algo abochornado por haber sido descubierto—. Las multitudes no son lo vuestro, ¿no?

—Las multitudes creo que me dan igual. Pero estar obligado a interactuar con ellas… eso es lo que no me gusta.

—Os comprendo. Creo que sé de lo que habláis. A mí me gusta dirigir a mis soldados, pero este tipo de fiestas con hombres emperifollados y mujeres engalanadas… no lo soporto.

—Nah, qué vas a entender. –Murmuré y me di media vuelta—. Decidle a mi tío que agradezco su preocupación, pero que no me ande buscando amigos. Que no soy un niño…

Caminé pasillo adelante en dirección a mis habitaciones pero él se quedó allí, riéndose.

—Bueno, sois un jovencito. Y no habéis visitado antes Barcelona. Supongo que no os haría mal tener algo de compañía. –Como no dije nada, él se encogió de hombros—. No sois un niño, pero estáis haciendo un berrinche. Vuestro tío me advirtió…

—¿De qué os advirtió? –Le pregunte, deteniéndome al final del pasillo, antes de cruzar la puerta a mi gabinete. Había conseguido hacerme rechinar los dientes.

—Que os mostraríais altanero e irreverente.

—Bajad y decidle que yo no gozo de la paciencia que él posee. Y que no me entusiasma que aireé mi carácter con extraños. –Le señalé las escaleras que bajaban al piso inferior pero él se quedó estático, allí apoyado contra una de las columnas de la balaustrada.

—Yo no le hablaría así a un soldado. –Me advirtió, más con tono juguetón que severo—. Se os nota la falta de disciplina que a un hombre le confiere la guerra.

Apreté con fuerza la mandíbula y tragué en seco. La garganta me quemaba. Decidí juntar los pocos gramos de paciencia que me quedaban y hacer un nudo en mi estómago. Él se separó de la balaustrada y se acercó en mi dirección con las manos en alto.

—Bueno, bueno, haya paz. No deseaba incordiaros. Pero sois fácil de provocar. –Cuando llegó a mi altura me extendió la mano, una fina mano enguantada en cuero beige—. Hagamos las paces, ¿sí? Perdonadme.

Yo le miré un poco incrédulo. Me había provocado y ahora se hacía la víctima. Pero sonreí, y le estreché la mano. Noté su pulso fuerte y pausado, lo que me produjo un retortijón en el estómago.

—¿Quieres que te muestre algunos instrumentos médicos de mi tío?

—¡Oh! Si no le importa…

—Claro que no. Le encanta presumir de sus cachivaches.

Me di la vuelta pero topé con el pecho de Bastian. Me hizo retroceder de un salto y se me quedó mirando con curiosidad. Yo me mordí la lengua y miré al soldado por encima de mi hombro.

—¿Qué pretendías haces, jovencito…? –Me preguntó con tono serio y abroncado, pero con una mirada agradable dirigida al capitán. Me puso una mano sobre el hombro y me hizo darme la vuelta, para enfrentar a mi víctima.

—Vuestro sobrino solo quería mostrarme sus instrumentos de medicina. –Dijo el soldado, intentando defenderme, pero claramente del lado de mi tío. Me encogí en mí mismo, presa de ambos.

—Bah, no tengo nada realmente interesante. No son más que cachivaches. ¿No prefieres enseñarle la capilla? El emperador trajo hace años de Flandes un estupendo tríptico de la anunciación…

—¡Ah! Claro, eso es estupendo…

Caminamos acompañados del tintineo de la espada del soldado al chocar con el cinto y del sonido de las suelas de sus botas contra la piedra del suelo. Cuando entramos en la capilla,  mi maestro me soltó de un empujón para que entrase dentro y se volvió al soldado, posando su mano en su cuello, como solía hacer conmigo, de forma posesiva y controladora. Cerró detrás de ellos mientras decía:

—Tendrás que perdonar el carácter de mi sobrino, es muy melancólico y mohíno. Y los viajes no le sientan muy bien.

El joven experimentó cierto cambio en su rostro. Su mirada se volvió ausente y su mueca de seriedad se deshizo como la mantequilla. Era otro. Otra persona, otro ser. Si es que quedaba ser en él.

Caminé hasta llegar al primer escalón del altar y miré la pintura. No era nada del otro mundo, una mera representación banal. Después de haber conocido las pinturas de Hierónymus, cualquier otra cosa era vulgar. Ellos caminaron hasta el altar en una sutil conversación que dirigía mi maestro.

—Es una capilla hermosa, siempre me han parecido mucho más hermosas las capillas pequeñas y privadas que las grandes catedrales. Tanta ostentación queda apagada por su inmensidad y no luce. Aquí, sin embargo, hasta la pintura más pequeña tiene un gran protagonismo.

—Es sin duda muy hermosa la pintura, señor. –Dijo él, mirando hacia el altar pero sin ver realmente. Estaría viendo una pintura, pero no esta. Estaba seguro. Igual que ya no me veía a mí, ni veía nada más. Estaba hipnotizado, o idiotizado. O lo que fuera. Estaba con el alma en otra parte y su cuerpo funcionaba como el mecanismo de un reloj, sin alma pero con vida. La que mi maestro le insuflaba con sus manos en el cuello. O puede que esa mano fuera la que le hubiese robado el espíritu.

Me acerqué a él con intención de que soltase al soldado pero me empujó de nuevo y esta vez caí sobre los escalones del altar. Estaba francamente asustado de aquel comportamiento, del de ambos. Pero agradecí que mi maestro estuviera allí, o de lo contrario pude que hubiera acabado matando al joven.

Para mi sorpresa, el muchacho introdujo su mano dentro del jubón y extrajo un pequeño puñal. De mango de marfil con incrustaciones doradas. Con la hoja fina, corta y afilada. Mi maestro ejerció presión sobre su cuello. Y el soldado se arrodilló sobre mí, con una pierna a cada lado de mi cuerpo. Alzó el puñal y este brilló con fuego a la luz de las velas. No cayó sobre mí, sino que pasó su mano libre por el filo. Con la palma abierta y los dedos extendidos. Contuve un grito, el que él debió haber emitido. Pero no sintió dolor ni miedo. La sangre cayó sobre mí como una lluvia carmesí. Antes de que mi maestro me dijese nada, aferré la mano del joven y mordí sus dedos, metí mi lengua en el corte, saboreé con ansia toda la vida que se desparramaba por entre sus dedos.

Cuando me hube saciado, mi maestro lamió la herida que se cerró al instante y soltó al joven poco a poco, que volvió a la realidad como de un sueño. Para entonces Bastian ya me había levantado de un tirón y me había empujado lejos, detrás de ellos, que se quedaron de pie mirando el tríptico. Salí corriendo, no me quedaba de otra. Siguieron hablando en medio de ese trance del que el joven iba saliendo pero en el que Sebastián aún le retenía ligeramente para que no me viese huir.

Se había enfadado conmigo, estaba seguro de ello. Dios sabe que temía por mi vida en ese momento y que si huía era por no enfrentarle a él, por no estar al alcance de su mano, como la garra de una bestia infernal. Me metí en mi dormitorio y me quité la ropa. Habían dejado un pequeño jarrón con agua y un lavamanos de porcelana con una gasa. Me lavé todo lo rápido que pude, hasta que el agua se volvió roja y turbia. Tenía sangre hasta en el cabello, en las aletas de la nariz, bajo las uñas. Me aseé hasta quedar impecable y para entonces aún me temblaban las piernas. Dejé la ropa echa un montón en el suelo, al lado del lavamanos y me colé dentro de la cama, soltando las cintas que sujetaban las cortinas del dosel.

Quedaba una hora para el amanecer, no se atrevería a dejar a sus invitados a solas para reprenderme, y para cuando se hubieran ido, él no tendría tiempo, se iría directo a dormir. Me metí debajo de las mantas y me hice un ovillo, no más grande que el de la ropa que había dejado fuera, y esperé a que amaneciese para poder dormir.

Aun podía oír la música abajo, y el paso de los invitados. Sus risas y sus charlas. La presencia de todos menos de mi maestro, que deambulaba como un ente alrededor de todos, pero sin estar en ninguna parte. No dejó que le viese, o le sintiese. No se dejó espiar por mí. Pasadas las cinco y media la música se detuvo. Sonaron las copas de vino, los últimos brindis. Algunos roncaban, otros ya se habían marchado. A las seis solo quedaban un par de mayordomos limpiando el desastre, y fue entonces, cuando sentí el amanecer surgiendo desde el horizonte, que pude respirar tranquilo. Me sentí apaciguado por el sol, y su presencia. Pero olvidé algo fundamental. En toda nuestra ala, no entraba el sol.

Mientras que ya lo hacía dentro de su sarcófago, lo oí entrar en el gabinete, y a paso lento conducirse hasta mi dormitorio. Le maldije, le odié por eso. Me robaría también las horas de sueño. Me encogí debajo de las sábanas y cuando entró en el dormitorio me quedé muy quieto, conteniendo el aliento, esperando que no me descubriese. Pero era perder el tiempo. Retiró una de las cortinas del dosel y descubrió mi cuerpo bajo las mantas. Le di la espalda.

—Sigues siendo el mismo cachorrillo tembloroso que encontré la primera noche.

Apreté los dientes y tiré de una de las mantas para cubrirme, por lo menos para no mostrarme tan expuesto frente a él.

—Tendrías que haberme matado.

—Tal vez lo haga. –Murmuró, y yo cerré los ojos con fuerza, hundiendo el rostro en el colchón. Sentí su mano sobre mi hombro y me incorporé, dando tal respingo que incluso él se asustó.

—¡No me toques! ¡No me hagas lo mismo que a él!

—A ti no puedo, no creas que no lo he intentado. –Se quejó, con el ceño fruncido a modo de ofensa y yo le miré con ojos desorbitados de pavor.

—¿A qué has venido? Déjame dormir. ¡Ve a la capilla! Se hará de día enseguida.

—¿También a mí vas a darme órdenes?

—¿Vas a dármelas tú a mí?

—Me faltó desabotonarle el jubón y ponerte su cuello en tu boca. –Murmuró, inclinándose hacia mí—. Es como sacarle la teta a una baca para darle de beber a un ternero. ¿Es que a caso no vas a aprender a hacerlo tú solo?

—No quiero tener que hacerlo cuando tú quieras, como a ti te venga en gana. Una cosa es comportarme bajo tu techo y otra muy diferente que tú escojas todo por mí. Además… No sé hacer eso que haces tú. ¿Cómo diablos lo haces?

—Con práctica, con deseo.

—¿Y si sale mal? ¡Es un riesgo!

—Es un riesgo, siempre lo es. ¿Acaso no te cuido y te respaldo siempre que pasa algo? Estoy siempre pendiente, aunque no lo creas.

Me dejé caer sobre el almohadón y suspiré. Me pasé la mano por la frente y entrecerré los ojos. El sueño comenzaba a apoderarse de mí. Y también de él. Noté su cuerpo más ligero y pesado. Se dio la vuelta y rebuscó unos segundos en un arcón para acabar lanzándome una camisa.

—Vamos, ponte eso y ven a la capilla…

—Quiero dormir aquí. –Dije, poniéndome la camisa. Volví a cubrirme con las mantas y a tumbarme. Él puso los brazos en jarra.

—Me has malacostumbrado a dormir contigo.

—Pues ven. –Extendí un brazo en su dirección pero se resistió.

—Hace siglos que no duermo fura de mi sarcófago.

—No pasará nada. Ven, suelta los doseles. –Se quitó los zapatos, el jubón y los pantalones, y se coló en la cama.

No estaba tampoco acostumbrado a desvestirse antes de dormir. Y cuando se tumbó a mi lado y se dejó cubrir con las mantas, cerró los ojos al instante y me rodeó la cintura para estrecharme contra él. Le rodeé con mis brazos y apoyé mi mejilla en su cabello. Él decía que no tenía ninguna clase de poder sobre mí, pero yo nunca estuve seguro de eso. Porque era increíble la capacidad que tenía de desinflar mi miedo en cuanto me acariciaba. Todas sus miradas seberas se desvanecían y solo quedaba la calidez de su contacto. Y es que tenía que darle la razón. También yo me había acostumbrado a dormir a su lado, y si no hubiese venido, habría permanecido toda la noche en vela, sintiendo el frío de alrededor y mis miembros bajo las mantas, solitarios y fuera de lugar.





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