EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 22

CAPÍTULO 22 – El rapto


Durante los siguientes días las cosas en entre Sebastián y yo estaban un poco tensas. Reconozco que yo tenía la culpa. Si antes me había sentido como en casa allí en Toledo, desde el enfrentamiento que tuvimos con Blanca y Francisco, no conseguía conciliar el sueño. Me pasaba las horas temiendo que regresaran, que volverían a encontrarme a solas. O peor aún, despertar y darme cuenta de que habían herido a Bastian. Mi tristeza y angustia caló tanto en Sebastián que ambos lo hablamos y consultó al emperador para que pudiéramos adelantar nuestro viaje a Barcelona. Carlos V estaba a punto de cerrar unas negociaciones y partiríamos en unas semanas. Ya estaba todo preparado, y nosotros iríamos primero. Nos encontraríamos a mediados de marzo con él en Barcelona.

Pero las noticias vuelan. Y Blanca y Francisco se enteraron de que partíamos de forma inminente. No habían vuelto por la casa, y nosotros no habíamos hecho nada por buscarlos, ni si quiera en nuestros ratos de cacería. Si nos habían estado evitando, lo hicieron muy bien.

Todo ocurrió una noche en la que habíamos empezado a empaquetar nuestras pertenencias. Rodrigo llegaba dos días después y deseábamos dejar parte de nuestras pertenencias empaquetadas y listas para el viaje y no molestarle a él con nuestra mudanza. Así que mientras mi maestro desmontaba los utensilios del laboratorio que teníamos en las cocinas yo metía los libros en arcones y cajas cuando Blanca y Francisco se presentaron. No llamaron, tampoco se aparecieron en la planta baja o en el patio. Los sentí subir hasta el salón y acercase a mí cuando les estaba dando la espalda. Me encontraron arrodillado a los pies de una caja, metiendo libros y manuscritos. Ellos se sorprendieron cuando los observé por encima del hombro y ella se adelantó frente a su acompañante.

—Hemos sabido que os marcháis. –Su tono era tenso, apresurado—. Y no queríamos que os fuerais sin despedirnos.

—Bien, podríais haber llamado. A mi maestro no le gusta que entren sin llamar, y a mí tampoco.

Me erguí, pero aquello fue solo el detonante. Francisco se abalanzó sobre mí y me rodeó el cuerpo con sus brazos, apretándome con fuerza.

—No, no le hagas daño. –Le pidió ella, a pesar de que ella le había convencido para hacerme aquello. Yo me dejé hacer. No deseaba patalear como un crío. Eso la sorprendió—. Solo queremos sacarte de aquí. Esto no es vida para uno de los nuestros. Seremos como tus hermanos, ¿sí? ¡O como tus padres! Eso es. Serás como nuestro príncipe. ¡Viajaremos a donde más te apetezca!

—Mi maestro está abajo.

—Lo sé. –Dijo ella, y apresurada, miró a su compañero—. Vamos, llevémonoslo. Está el carro listo. Saldremos de Toledo antes del amanecer.

Francisco, aún con sus brazos rodeándome, tiró de mí hacia delante. Estábamos a punto de salir del salón cuando clavé el talón en la alfombra y me eché hacia atrás, tirándolo conmigo al suelo. Cayó sobre un mueble, y se golpeó la espalda con la esquina de este, sacándole el aire de los pulmones y soltándome por el impacto. Pero solo fue un segundo, suficiente como para desembarazarme de él e incorporarme, pero volvió a asirme por los brazos y me arrastró con él hasta la alfombra. Rodamos unos segundos por el suelo intercambiando golpes y empujones, hasta que ella se incorporó a la disputa y me sujetó uno de los brazos, con la intención de que su otro compañero pudiera conmigo. Me golpeó con su puño cerrado el rostro. Pensó que aquello era corrección suficiente para mí, pero cuando quiso erguirse encontró su cuello rodeado de una de mis manos.

Ella gritó. Espantada. Y aproveché para empujarla. Cayó sobre la mesa, y cuando se incorporó me encontró tras la espalda de su amante, con una mano hincada en su rostro, atravesando sus ojos con mis dedos, y la otra enganchada en su jubón. Mis dientes mordieron su cuello atravesando la carne y los huesos hasta partirle el cuello. Su cuerpo se sintió inerte al instante. La tensión se desvaneció como le humo y su vida inmortal se esfumó, deslizándose líquidamente por mi garganta.

No dejé de mirarla, como un animal rabioso que no desea ser sorprendido. Me observé a través de sus ojos sin poder reconocerme y me empapé de su espanto. Se quedó muda de la impresión y aunque deseaba gritar, se cubrió la boca con ambas manos para contener el terror que amenazaba con llevarse consigo su alma. Tenía los dedos torcidos del terror, los ojos desorbitados. Parecía mucho más aterrorizada de lo que hubiera esperado, tanto que toda su valentía se había esfumado y parecía que no quedaba en ella más que el cuerpo de una condesita atemorizada.

Cuando el cuerpo de su amante cayó de entre mis manos, inerte, ella se incorporó, saltó como un conejo, y temiendo ser la siguiente víctima de mis fauces, escapó a prisa a través del salón. Pero se topó con la presencia de mi maestro bloqueando la puerta. Eso casi la consoló.

—¡Por Dios! No diré nada. ¡No diré nada, lo prometo! –Suplicó, agarrándose al jubón de Sebastián, no sé si para rogarle o para intentar apartarlo de la puerta—. No se lo contaré a nadie. Pero por favor, déjame marchar. Te lo ruego, te lo supli…

Pero antes de que pudiera hincar la rodilla en el suelo, Sebastián la agarró de cabello y la acercó a él, para hundir el rostro en su cuello. Ella se revolvió unos segundos, en los que pataleó e intentó zafarse de él, pero su agarre era como el de una escultura de bronce y no pudo hacer nada. Su vida se fue, como se hubo ido la de mi compañero. Como se podría ir la de cualquiera de nosotros dos. Lentamente y de forma silenciosa. Había roto su cuello, igual que había hecho yo, de un mordisco certero.

Estaba profundamente asombrado por la fiereza que había demostrado mi maestro, por su frialdad y la tensión en su agarre. Pero sobre todo por su reacción. Pensé que la habría dejado marchar, que la habría hecho suplicar unos segundos y después le habría soltado un sermón como tantos que me había dirigido a mí. Puede que después me hubiera reprendido. Pero no parecía disgustado conmigo. Cuando la soltó, cayó a plomo sobre el suelo y se volvió a mí, a paso lento y pensativo. Me encontró con la espalda apoyada en la chimenea y el cuerpo inerte de Francisco sobre mis piernas. Empapados ambos en su sangre, con mis dedos cubiertos de líquido viscoso y lagrimal de sus ojos, con el jubón de él desgarrado y el cuello retorcido. Yo respiraba con dificultad, aún atemorizado pero plenamente satisfecho. Él se limpió las comisuras de los labios y el fino reguero de sangre que le caía por la barbilla, casi de forma cómica, observando el desastre en el que yo me veía embadurnado.

—Si vas a reprenderme… —Le dije, con la mente embotada y el cuerpo dolorido—. Hazlo luego. Ahora no puedo pensar con claridad.

—No voy a reprenderte. –Dijo, encogiéndose de hombros y tirando del jubón del cuerpo de Francisco, para quitármelo de encima. Me escurrí de allí y me levanté, apoyándome en las molduras de la chimenea. Él dejó el cuerpo de nuevo en la alfombra y miró alrededor. El mueble roto, la mesa también. Habíamos tirado varios candelabros con la suerte de que no había prendido nada.

 Di un par de pasos pero las piernas me temblaban y me quedé apoyado en la repisa de la chimenea. Beber sangre vampírica no era lo mismo que vaciar un cuerpo humano. Me sentí renovado y el dolor iba desapareciendo de mí a una velocidad alarmante. Sentí la euforia en modo de temblor y desvanecimiento. Pues al beber su sangre, había bebido la de todos los humanos que hubiera devorado, y la de su amada, a la que de vez en cuando recurría. No era tan fuerte como la sangre de Bastian, mucho más pura y límpida, pero lo había vaciado por completo. Aún tenía su sabor por toda mi boca.

—Lo siento, por los muebles…

—No ha sido culpa tuya. Los mandaré arreglar. –Dijo, en tono pausado. Miraba alrededor observando la escena. Puede que calculando los daños o imaginándose lo que hubiera pasado. Pudo haber llegado a tiempo, pero no lo hizo. También era culpa suya todo aquello. Me dejó lidiar con ellos, porque confiaba en que me los quitaría de encima. No sabía si sentirme ofendido, enfadado o traicionado. Aunque ganó mi respeto hacia él. Y mi alivio, porque no parecía enfadado.

—¿Qué hacemos con ellos? –Pregunté, más preocupado por los dos cuerpos que yacían en el salón, inertes y retorcidos—. No creo que combinen con la alfombra.

Conseguí sacarle una sonrisa y se alejó de mí para salir del salón.

—Prepararé un fuego en el patio. Hay que quemarlos.

—¿Quemarlos?

—Podemos dejarlos expuestos hasta que salga el sol, pero… Prefiero verlo. Mañana vendrá la limpiadora. No me arriesgaré a dejarlo a la vista. Vamos.

Me condujo con él hasta la cocina y sacamos varios braseros que pusimos en fila en el patio. Los llenamos de leña y la prendimos. Me quede avivando el fuego mientras él bajaba los cuerpos. A la mujer la trajo en brazos, pero al hombre lo arrastró por uno de los brazos. Cuando los pusimos sobre el fuego no tardaron en quemarse.

Me preocupaba pasarnos la noche allí delante de ellos, esperando a que se incinerasen como lo haría un cuerpo humano. Que soltasen ese humo negro y denso y alertásemos a los vecinos. Pero no ocurrió así. Su carne se volvió ceniza casi de forma instantánea. El fuego rodeó sus miembros, como si tuviese hambre de ellos, y se secaron y corrompieron como arcilla. En unos minutos no quedó nada de ellos más que una pila de cenizas y las ropas, que sí tardaron más en consumirse. Sebastián atizaba las cenizas con cuidado y ambos observamos en silencio, de forma casi ritual. No me atreví a decir nada hasta que se hubieron evaporado.

—No tendrías que haberla matado. –Dije, algo arrepentido—. Se habría ido y no nos habría molestado.

—Justamente, no podía dejarla ir. –Eso me preocupó—. Después de convertir a un niño en vampiro, matar a otro de los nuestros es el peor de los delitos. Mataste a su amante, ¿creíste que no se vengaría? Bueno, puede que no lo fuera a hacer, pero si otros se enterasen de que lo habíamos matado, tal vez nos hubiera metido en un problema.

—¿Estamos en problemas? ¿Por mi culpa?

—No, no te preocupes. Ellos te habrían hecho daño. Ha sido… bueno. ¿Legítima defensa? No sé si eso pueda servir frente a un jurado de bebedores de sangre. –Se encogió de hombros—. No es el primero que mato, ni será el último. No comulgo con esa clase de normas apócrifas y sectarias. Si los hombres pueden matarse entre ellos, nosotros ¿por qué no? Además, he conocido a muchos que lo han hecho. No creas que es un gran pecado. Pero los muy ortodoxos, bueno, a esos todo les parece mal.

—Siento haber causado un problema.

—Ellos eran el problema. –Atizó de nuevo las cenizas y levantó un poco de polvo—. ¿Has visto? Podías tú solito con ellos…

—Él… —Murmuré—. Era más débil de lo que aparentaba. Apenas tenía fuerza. Me golpeó, pero no me hizo… bueno. Me hizo daño. Pero… le retuve entre mis brazos como si nada.

—Fue en otro tiempo un joven robusto, pero nada más. Fue convertido cuando su creadora aún era muy joven. Apenas la habían creado a ella un mes antes. No le había dado tiempo a fortalecerse, y es la peor idea, convertir a otro cuando uno es o está débil. Le transmites toda tu debilidad. Cuando creas a otro ser como tú, debes tener fortaleza, para poder transmitírsela. Créeme, que lo aprendí de la peor manera.

—Ella se asustó tanto, que pensó que iba a morirse allí mismo. –Le dije, y me acerqué a él, rodeando su cintura con mi brazo y apoyando mi mejilla sobre su hombro—. No creía que pudieran morir. Lo creían de verdad. Que eran completamente inmortales.

—Me alegra haberte enseñado bien, Marken. –Murmuró, y mi nombre en sus labios me dio un vuelco al corazón—. Tú sabes bien que eso no es verdad.

—Ya lo sabía antes de conocerte. –Le dije, mordiéndome el labio inferior—. Sabía que otros, más fuertes que yo, podrían matarme. Incluso humanos. Nunca creí que fuera inmortal. Solo… más duradero, más fuerte. Nada más. Cuando me viste, aquella noche… pensé que me matarías. Es lo que hacen las bestias. Matar al más débil, para perdurar en la especie.

Rió de mis palabras, tal vez algo avergonzado. Yo suspiré.

—Blanca me dijo que me matarías si intentaba escapar. O que lo harías si acababa resultando ser un problema para ti.

Su sonrisa se quedó allí, carente de vida. Parecía una mueca de soberbia.

—Sé que podrías hacerlo, pero no creo que me importase.

Le miré, y su mirada se clavó en mí. Esperaba ver su reacción, pero él también esperaba la mía, así que le sonreí y me alejé.

—Voy a recoger el salón y a limpiar la alfombra. Tal vez pueda arreglar los muebles…

—Yo me quedaré aquí hasta que se haya apagado el fuego.

—Bien. –Suspiré y me interné en la casa.

Poco antes del amanecer Bastian regresó al interior y se encontró el salón patas arriba. Las alfombras limpias y tendidas de las balaustradas del patio, los muebles rotos a un lado y el resto más o menos ordenado en su lugar. Había intentado encolar la pata de la mesa que se había fracturado pero aún estaba secándose. Y el otro mueble debía ser paciente de un carpintero. No teníamos las herramientas para restaurarlo.

Por lo demás me limité a limpiar la cera que se había caído en el piso, volver a encender las velas, abrir las ventanas para que saliese el aire corrompido que había allí y encendí después varios inciensos. Me cambié de ropa, lavé la sucia y cuando Sebastián se presentó en el salón me encontró sentado en un cojín, leyendo. Estaba satisfecho con mi trabajo y se fue al laboratorio para intentar apurar algo del trabajo pendiente que tuviera aquel día. La mudanza debíamos dejarla para el día siguiente.

Antes de irnos a acostar se recostó a mi lado y se interesó por lo que estaba leyendo. Ojeó las páginas, y de algo mejor humor, se me quedó mirando, con expresión somnolienta.

Yo le miré, levantando la vista del libro.

—No se te suba a la cabeza esto, pero agradezco que fueses tú quien me encontrase en el bosque. No ha sido tan mala mi suerte al dar contigo, después de todo, otros peores que tú podían haberme hallado.

Se rió, ocultando su rostro en los almohadones, sin evitar mi mirada.

—Me hubiera gustado verte de hijo adoptivo de esos dos lunáticos. –Entonces sí que se rió, de su propia imaginación y yo cerré el libro.

—¿Sabes? Creo que no estaban tan locos. Solo querían compañía que les comprendiese. Algo nuevo, algo excitante. Eran jóvenes, estaban enamorados. Eran ingenuos y descuidados, pero creo que no estaban locos del todo.

—No, no lo creo. –Dijo, levantándose y dando por terminada la noche pero yo le miré, desde aquella distancia, con una media sonrisa en los labios.

—He sacado algo de todo esto. Creo que su forma de alimentarse, no era del todo deshonesta.

—¿Qué quieres decir?                                          

—Nos lo contaron la primera noche ¿te acuerdas? Solo se alimentan del malvado. ¿Lo oíste? Solo matan hombres y mujeres malvados. Así consiguen su alimento. No se aprovechan de inocentes, y no matan indiscriminadamente. Buscan sus víctimas entre los delincuentes, asesinos, salteadores…

Se cruzó de brazos delante de mí y me analizó como si le hubiera propuesto un enigma.

—¿Eso es más honesto que lo que yo hago?

—Creo que es más honesto. ¿Moralmente reproblable? Bueno, al final tenemos que alimentaros ¿no?

—¿Y quién decidirá si alguien es malvado? ¿Lo harás tú? ¿O te colarás en prisiones y escogerás solo a condenados a muerte? ¿Qué es ser bueno y qué es ser malo?

—¿Me harás acudir a Sócrates o a Aristóteles?

—Tal vez a Platón mejor… —Murmuró pasándose la mano por la barbilla, pensativo—. Supongo que mejor que alimentase de pobres pastores…

—¿Me odiarías si decido hacerlo así, aún estando bajo tu cuidado?

—Lo de matar sigue pareciéndome mal. –Dijo, algo mohíno—. Hasta el humano más cruel merece un juicio justo.

—La vida no es justa. –Dije.

Eso acabó por hartarle y se pasó las manos por los ojos.

—Discutámoslo otro día. Hoy ya no quiero saber nada más.

—Bien, lo pensaré. Pero si no lo aceptas, no lo haré. Haré lo que te parezca mejor mientras esté a tu lado.

—Qué obediente te has vuelto. –Dijo, acercándose a mí y tirando de mi brazo para levantarme y llevarme con él al féretro—. Quien te ha visto y quién te ve.

—Es la sangre de Francisco, me ha vuelto servicial y sumiso.

—Vaya excusa…




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