EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 21

CAPÍTULO 21 – Una oferta


Pensé que todo quedaría así. Que esos dos vampiros, Francisco y Blanca, soportarían nuestra presencia en Toledo el tiempo justo como para no tener que inmiscuirse, como para respetar nuestros propios espacios y se establecería una tensa pero eficiente convivencia. Pero me equivoqué. Es cierto que se alejaron por unos días. Pero en menos de una semana volvieron a aparecer por la casa. Esta vez tuvieron la delicadeza de llamar primero. Mi maestro los recibió con galantería, como era usual en él, y los invitó a pasar bajo mi atenta mirada desde el piso superior, aferrado a la balaustrada de la escalera.

Vinieron después de haberse alimentado, y parecían mucho más calmados y satisfechos que la primera vez. Estaban colmados, amigables y divertidos. Casi parecíamos un entretenimiento para ellos, una nueva forma de pasar sus horas nocturnas en la ciudad. Pude comprenderlo, al fin y al cabo mi maestro tenía una profesión que atender, pero ellos se habían dedicado a vivir de las aventuras que les fuesen surgiendo.

Charlaron de forma desenvuelta. Incluso mi maestro se dedicó a contarles algunas historietas de su vida que ya me había narrado a mí. Cosas sin verdadera trascendencia. Su vida en la corte de Ricardo de León, un viaje que hizo a Grecia hacia algunos siglos, alguna curiosidad sobre su madre y su ascendencia. Pero esos dos vampiros no eran estúpidos. Sabían perfectamente que ambos, sobre todo yo, habíamos erigido una alta muralla ente ambos. No deseábamos contarles más de lo necesario, pues no solo no nos relacionábamos con otros bebedores de sangre, sino que no deseábamos hacerlo. Ellos reflejaban ese tipo de vida disoluta y nómada que mi maestro detestaba, y era posible que no fueran una gran influencia.

Sin embargo las palabras que aquella noche nos dedicó Blanca, nos ablandaron el corazón.

—Solo deseamos ser vuestros amigos, sin ningún tipo de compromiso. Valoramos vuestro espacio, pero la vida aquí en Toledo es tan aburrida, y vosotros os iréis dentro de tan poco, que deseamos exprimir cada segundo con ustedes.

Francisco la miró con brillo en la mirada. Y ella se ruborizó al mostrarse tan abiertamente sumisa. Yo miré a Bastian, para saber si coincidía su pensamiento con el mío, pero parecía resulto a dejar que esa amistad floreciese, incluso a expensas de que no revelaríamos detalles demasiado personales. A ellos eso parecía haberles dejado de molestar. Aunque yo sabía que su curiosidad era fuerte y tenaz. Como la de cualquiera.

Vinieron más a menudo. Casi un par de noches por semana. Siempre alimentados, siempre bien vestidos y resueltos a ser invitados con la excusa de tener muchas historias que contarnos. Pero ciento veinticinco años de inmortalidad no dan para mucho, aunque lo pueda parecer. Y después de que se les acabasen las historias no hablaron de los planes que tenían de futuro. Cuando mi maestro les habló de Grecia, encendió la chispa de la curiosidad en ellos. Y se prometieron planear un viaje a Mikonos o Atenas. Por poco no nos libramos de que nos acompañasen a Italia, porque decían haber conocido Florencia unos años antes y aseguraban que la ciudad era hermosa, llena de tesoros ocultos que solo un vampiro podría atreverse a investigar.

Por suerte sus límites parecían tenerlos claros. Cuando mi maestro en una ocasión les propuso ir a una fiesta que celebraban en la corte del emperador, ellos negaron en rotundo. Se relacionaban con humanos pero no hasta ese punto. Verse rodeados de humanos en una fiesta podría volverlos locos, incluso habiéndose empachado de sangre. Sobre todo Francisco, que parecía el más inestable de los dos. Estaba seguro de poder causar un problema, y por suerte, su cabeza fría estaba por delante de sus impulsos.

—No sé como tu maestro es capaz de ir a esas fiestas. –Dijo Francisco, en mi dirección pero yo no contesté a eso. Fruncí los labios y Sebastián salió en mi defensa.

—Él me acompaña a veces.

—¿Tiene la sangre fría como para estar rodeado de humanos? ¿No le dicen nada? ¿No notan que no está…?

—No, no notan nada. –Dije, encogiéndome de hombros—. Y si notasen algo, nunca me han dicho nada.

—Los humanos no son tan perspicaces como creemos. –Dijo Bastian, con aire de suficiencia—. Y mi compañero es mejor actor de lo que aparenta. El emperador le tiene mucho aprecio.

Pasaron las semanas, y aquellas visitas se fueron prolongando en el tiempo. De dos o tres noches a la semana empezaron a venir solo los fines de semana, y había semanas en las que no aparecían. Yo me sentía aliviado cuando aquello ocurría. Cuando mi maestro los esperaba pero luego nunca aparecían. Ella me ponía los pelos de punta pero el joven me exasperaba. Parecía una marioneta a manos de ella. Parecía un niño, atado en corto y embaucado por el amor hacia ella. Me espantaba.

No fue hasta una fría noche de finales de febrero cuando los veríamos por última vez. Mi maestro recibió una llamada pasada la media noche. Bajó corriendo para encontrarse su correo del emperador que le pedía que acudiese a palacio aquella noche. Su ayuda de cámara se había caído por unas escaleras y se había hecho daño en una pierna. Se alistó en menos de un minuto cogiendo todos los enseres y me pidió que me quedase en la casa. En la cocina teníamos varias estufas encendidas y destilábamos algunos bebedizos. Se despidió de mí con un apretón de su mano en mi hombro y se marchó con el correo.

Yo me quedé allí en la cocina, que daba al patio y desde el que se colaba el frío viento invernal. Aticé los carbones, me deslicé hasta el laboratorio y cogí un par de librillos para entretenerme. Me senté a esperar que las mezclas evaporasen parte de su líquido como mi maestro me había enseñado y cuando estaba apagando las estufas sonaron un par de golpes en la puerta.

Sentí un súbito pánico. Sabía que eran ellos. Podía sentirlos al otro lado de la puerta, llamando como de costumbre. Pero lo que verdaderamente me dio miedo es que habían esperado a encontrarme a solas. Lo sabía. Llevaban dos semanas sin venir, y en el único momento en que durante ese tiempo Bastian se había marchado de la casa, aparecían. No me cabía ninguna duda, incluso si no atinaba a leer nada en sus mentes. No me hacía falta. Para darles un escarmiento, ignoré la llamada y me quedé allí en la cocina, apagado las estufas, recogiendo los bebedizos en sus respectivos frascos y cuando salí de la cocina con ellos en las manos, su presencia en el patio me hizo dar un respingo. Por poco no dejo caer los frascos al suelo.

—¿Por qué no nos abrías la puerta? –Preguntó ella, en un tono de fingida tristeza.

—Estoy ocupado. Y mi maestro no está aquí. –Me sentí como un niño. O como un lacayo, que no es capaz de recibir invitados si no está su señor delante. Pero intenté no quitarles el ojo de encima.

—Bueno, no pasa nada. –Se desentendió ella—. Le esperaremos en el salón. ¿Ha ido a palacio?

—Sí, una urgencia médica.

—¡Oh! Espero que el emperador esté bien. –Ante eso me encogí de hombros y pasé por su lado, de camino a las escaleras para subir hasta el laboratorio. Me siguieron a la distancia de cinco o seis pasos y se quedaron en el salón, sentados como de costumbre, arrellanados entre los cojines, como si fuera esta también su casa. Yo no quería saber nada. Dejé los frascos en un armarito del laboratorio y me senté en la mesa a preparar las etiquetas correspondientes. Mientras escribía, ellos empezaron a hablar. Desenfadadamente y completamente inmersos en su mundo. Rodé los ojos. No los había invitado, así que no tenía por qué hacer de anfitrión. Y aún así, me contuve para no llamar a gritos a mi maestro para que los echase de la casa, no lo haría, y tampoco deseaba sacarle de su oficio. Y menos en una urgencia.

Cuando rodeé las bocas de los frascos con una cuerda de cáñamo y su correspondiente etiqueta me quedé con las manos vacías. Algo haría, algo tenía que hacer para no enfrentarlos. Pero como si hubiesen leído mis pensamientos, ella exclamó:

—¡Si has terminado, ven con nosotros!

Se me secó la garganta. No me quedaba otra. Llegué hasta el salón y los enfrenté.

—Ven, siéntate a mi lado. –Puso su mano en un cojín que había entre ella y su compañero. Aquello era demasiado. Me negué y me senté frente a ambos, en el otro extremo de la mesa, donde solía sentarse mi maestro. Eso pareció contradecirla y al mismo tiempo casi estaba agradecida de que al menos accediera a acompañarlos.

—¿Sueles quedarte solo aquí, trabajando?

—No, a veces acompaño a mi maestro. Pero hoy tenía trabajo que hacer aquí.

—¿Te tiene trabajando siempre? Nah, esta no es vida para un ser como nosotros. –Dijo ella, mirando hacia las molduras que componían el artesonado del techo. Chasqueó la lengua con dulzura y me miró casi con compasión.

—Lo que yo haga con mi inmortalidad, es cosa mía.

Aquello la dejó helada. Y la mirada gélida de su compañero me atravesó, amenazante.

—Sí, tienes razón. Hay tiempo para todo en esta vida. Para viajar, para conocer a otros… ¿A qué te dedicabas cuando eras humano? ¿A qué casa pertenecías?

—No pertenecía a ninguna casa. Era cazador. Servía al conde de **, en el ducado de Borgoña. –Entonces, con una mirada endiablada sonreí Francisco, que no me había quitado el ojo de encima—. Yo también estaba enamorada de la hija del conde para el que trabajaba.

Francisco esbozó una leve sonrisa, casi soñadora.

—Pude haberla convertido. –Sonreí—. Pero me la comí.

Palideció hasta extremos que un vampiro no suele llegar. Sus ojos se abrieron con sorpresa y su sonrisa se borró para el resto de la velada. Ella, por el contrario, se congeló como una estatua, como solía hacer mi maestro, petrificada con el pensamiento dando vueltas en su mente. Sus ojos me atravesaron el pensamiento y advirtieron las horribles imágenes que les brindé de mi primer festín como bebedor de sangre. Su tono cambió desde ese momento. Ya no se mostraron altivos y despectivos. Escogieron cada una de las palabras con cuidado y algo de miedo.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo con tu maestro?

—Un año. Algo más.

—¿Solo? –Preguntó ella, inclinándose hacia mí—. Pensé que llevaríais mucho más tiempo. ¿Es cierto que te tiene como un sirviente?

—En absoluto. –Dije—. Si sigo sus órdenes y mandatos es porque deseo obedecerle. Pero no tengo por qué hacerlo. No soy más que su alumno. Nada me ata a él más que mi cariño, y si deseo dejarle, puedo hacerlo.

Aquello pareció casi aliviarles. Se miraron entre ellos con algo de picardía y sonrieron.

—¿Y no te parece indecente trabajar para él? La inmortalidad nos quita todos los restos de clases sociales que solíamos tener, muchacho. La vida ya no es como era entonces. No estamos atados a nada de eso. Una puede matar a un duquecito y quedarse con toda su fortuna, y listo. Pasa de sirvienta a duquesa en un santiamén.

—Ahora vivimos como reyes. –Dijo Francisco, recostándose un poco sobre los almohadones—. Vamos a donde queremos, sin tener que hacer apenas ningún esfuerzo. Convencemos a un par de sirvientes para que trasladen nuestros ataúdes y viajamos durante días hasta llegar al destino. Es muy simple.

Yo no dije nada. Recordé las palabras de mi maestro. Era de esta clase de vampiros de los que me había estado previniendo. No parecían malos ni crueles, simplemente desentendidos de todo tipo de responsabilidades. Y he de reconocer que casi llegan a darme envidia. Pero esa no era la comodidad a la que yo estaba acostumbrado.

—Yo no trabajaría por nada del mundo. –Dijo ella, inclinándose hacia delante—. Jamás lo he hecho. ¿Para qué? Para complacer a un par de humanos… Se lo dije a tu maestro hace tiempo, no sé por qué pierde el tiempo con esta profesión. Todos morimos, y lo único que hace es perder su valiosa inmortalidad en ello. Un hombre tan apuesto, tan inteligente, —se recostó de nuevo, mirando a su compañero—, podría ser el mismo emperador si lo desease. Pero es demasiado humilde para si quiera planteárselo.

Me dolieron sus palabras, porque una vez fueron las mías. Y me pregunté si yo me vería igual, si acaso yo representé para mi maestro un papel tan ingrato e ignorante. Después de este último año había aprendido a apreciar la paz y la rutina que mi maestro me había proporcionado. Y el trabajo manual siempre me había parecido mucho más enriquecedor que cualquier otra cosa. Si alguna vez pensé como ella, ya no lo hacía más. O al menos, no pensaba atentar contra la vida de mi maestro.

—El trabajo manual no es algo indigno, ni desagradable. No estoy arando el campo ni picando piedra en una mina. La medicina y la botánica requieren de…

—Ya, ya… —Dijo ella, en tono conciliador—. ¿Pero no te has planteado otro tipo de vida?

—He tenido otro tipo de vida. Diferente. Pero nunca mejor o peor.

—Siendo tan querido por emperador… —Le dijo a su compañero, hablando de mí de una forma muy descortés—. Y tan apuesto e inteligente, podrías pedir una renta y vivir viajando el resto de tu vida inmortal.

—También podría enterrarme bajo tierra y vivir tranquilo el resto de mi existencia.

—Oh, no digas eso. –Se apenó Blanca—. La vida es hermosa, y vivirla es un sueño. Y con este don que se nos ha concedido podremos hacer lo que nos venga en gana. Ir, venir, alimentarnos, viajar, reír, bailar…

—No, hay muchas cosas que no podemos hacer. –Dije—. No podemos beber un buen vino, ni tomar un buen guiso, no podemos tener hijos, enfermar o pasear durante el amanecer. Echo de menos los atardeceres. Y morir. No podemos morir.

—¿Es eso acaso una gran pena? –Preguntó ella, llena de pasmo—. No hay nada de eso que has dicho que eche en falta. Ni los dolores de la preñez, ni la convivencia de un marido horrible. Ni los amanecerse ni los atardeceres. Ni el vino ni la comida. Nada de eso significan nada para mí.

—Está bien. Puedes vivir como desees. –Me encogí de hombros—. Yo deseo vivir de esta manera. Sirviendo a mi maestro en lo que necesite. Hasta que yo desee permanecer aquí.

—¿Crees que te dejará marchar si lo deseases? –Preguntó Francisco, a lo que yo alcé el mentón, curioso—. Si te ha acogido con él es porque es muy cómodo tener la compañía de otro como nosotros. Sobre todo para las labores del trabajo. Con un humano habría sido imposible.

Yo fruncí los labios.

—Además, siendo tan joven seguro que ha pensado que eres manipulable y sumiso. Sobre todo habiendo nacido en una familia campesina. –Aquello terminó por rematar mi paciencia, pero siguió hablando con aquel tono que fingía amabilidad pero que era todo condescendencia—. No creo que te dejase marchar si lo deseases, te mataría antes de intentarlo. Sería peligroso dejar a alguien tan joven por ahí suelto. Es un hombre listo, ha sabido cómo convencerte para que trabajes para él y pierdas todo tu tiempo inmortal a su lado, limpiando frascos y estufas…

Estuve a punto de decir algo, no recuerdo el qué. Solo sé que iba a decir algo horrible. Pero ella se me adelantó.

—¿No te gustaría venir con nosotros?

Aquello me dejó helado. Había descuadrado por completo mi mente. Los miré dubitativo.

—¿Cómo?

—Sí, vente con nosotros. Viajaremos a Grecia en unas semanas. Podemos adelantar el viaje si quieres. Nosotros te acogeremos. A cualquiera que nos pregunte le diremos que eres mi hermano pequeño. ¿Qué te parece?

Como no dije nada, pues se me había secado la garganta, ella continuó.

—No tendrías que trabajar nunca más para él. Ni para nadie. Vivirás a cuerpo de rey. Además, con tu influencia sobre el emperador le pediremos que nos de dinero para comprar una casa en Grecia. ¿Qué te parece? –Le preguntó a su compañero, con los ojos brillantes de codicia y deseo—. Se acabó servir a un bebedor de sangre egocéntrico y loco.

Yo temblaba. Empecé a temblar, no sé si de miedo o de histeria. No podía advertir si sus palabras iban en serio. Si me querían como una compañía deseada, como un bufón para pasar el rato, si me llevarían ante algunos otros bebedores de sangre que me matasen por mi juventud o por el contrario, que sería su festín para aquella noche. Lo cierto es que no deseaba averiguarlo. Me levanté con intención de echarles de la casa pero ella se me adelantó de nuevo y se puso a mi lado para rodearme el brazo con sus manos, con mirada soñadora y sonrisa infantil.

—Recoge tus cosas, te llevaremos a nuestra casa. ¡Veras que maravilla! Tenemos unos tapices que ya soñaría el emperador con poseer. ¡Y un precioso jarrón de la China! ¿Te gustan esas cosas?

—Suéltame. –Le dije, tirando de mi brazo a lo que ella retrocedió, asustada—. No voy a irme contigo.

Ella estuvo a punto de volver a aferrarme el brazo pero Francisco se interpuso y la sujetó por el antebrazo. Ella pareció recapacitar, y se contuvo. Alzó la mirada y volvió a aparentar seriedad. Toda la que había perdido hacia unos segundos. Yo me alejé, agarrándome el brazo que había asido con fuerza y ambos intercambiaron una mirada de suspicacia y recato.

—Lo siento. –Murmuró ella—. Me he emocionado ante la idea de que nos acompañases. Es todo.

No eran ingenuos. Habían sentido a Bastian llegar a la puerta de abajo. Yo lo noté después que ellos y ambos se alejaron de mí un paso. Pero no fue suficiente como para eliminar la tensión que habían producido y que aún nos rodeaba, densa y amarga.

Bastian, suspicaz, se disculpó por estar ausente y les preguntó y si yo había sido un buen anfitrión. Ambos se disculparon, dijeron que habían abusado de mi tiempo y se marcharon. Cuando salieron de la casa al fin pude respirar con tranquilidad. Me palpé de nuevo el brazo donde ella me había sujetado y sentí una agria molestia que no era más que un repulsivo asco espiritual.

Bastian dejó su maletín sobre la mesa del laboratorio y me miró desde allí con la expresión compungida. No estaba sorprendido, pero tampoco parecía feliz.

—No tendría que haberte dejado solo. –Murmuró, algo arrepentido.

—¿Sabrías que vendrían?

—Pensé que no se atreverían.

—Ya, bueno. Tu presencia no les asusta tanto como imaginabas. Tampoco tu fuerza les resulta una amenaza.

—No soy un hombre violento. –Dijo él con una mueca sonriente pero yo le fulminé con la mirada.

—Me han propuesto irme con ellos.

—¿A dónde?

—A donde sea. Quieren que me una a ellos. –Eso le dejó pensativo.

Y en lo que masticaba aquellas palabras se dedicó a sacar sus enseres del maletín. Traía las mangas manchadas de sangre y tenía restos de ella en las uñas. Fue de un lado a otro del laboratorio, completamente sumido en sus pensamientos. Yo le seguí con la mirada, más atónito que expectante.

—¿Es qué no vas a decir nada?

—¿Qué quieres que diga? Ya sabes que eres libre de ir a donde te plazca, y con quien te plazca. Mientras vivas aquí conmigo ya sabes que tengo ciertas normas, pero si deseas, marchar, eres libre. Lo sabes desde el primer momento en que te acogí.

—Ellos no piensan igual. Creen que no me dejarás marchar. Me han intentando llevar con ellos, precipitadamente. Creen que los enfrentarás.

—¿Yo? –Preguntó, casi sorprendido. Pero yo llegué hasta él y le empujé. Dio con la espalda en la mesa y se apoyó en ella, pasmado.

—¡Sí, tú! ¿No tienes acaso sangre en las venas?

—No te tengo por un crío, ni por un demente. No estás bajo mi custodio. Si deseas marchar, eres libre. Y si no quieres, eres fuerte para enfrentarlos.

—¡Y si me llevasen por la fuerza!

Se rió, el muy condenado. Se separó de la mesa y me dio la espalda.

—No te sacarían de Toledo sin que yo lo supiese. Y para entonces, estarían muertos.





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