EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 20
CAPÍTULO 20 – Los intrusos
Rodrigo nos dejó una semana después de instalarnos. Partió de madrugada, así que pudimos acompañarle en su despedida. Amanecía cuando salía de Toledo. Y aquellos primeros días fueron tan maravillosos como nuestra estancia en la casa de Flandes, incluso mejor, porque no teníamos una familia viviendo con nosotros. Rodrigo tenía contratado a un mozo que iba y veía a modo de correo por otras casas y a una anciana que le dejaba un puchero de guiso y le limpiaba la casa una vez a la semana. Mantuvimos ese servicio pero por lo demás, estábamos completamente solos. Era estupendo, casi ideal.
Los pacientes comenzaron a llegar a cuentagotas. La mayoría de ellos conocían a Sebastián, pero otros se presentaban recelosos, por primera vez ante el sustituto de su médico habitual. Eran la mayoría personas acaudaladas. Rodrigo no era tan ingenuo ni caritativo como para permitirse atender a cualquiera sin mirar el precio, pero mi maestro parecía encantado de ayudar a quien quiera que se acercase a la consulta.
El rey lo reclamó un par de noches en las que o bien lo quería invitar a un banquete o bien necesitaba nuevas recetas médicas, para él o para algún pariente cercano. Ambas veces decidí quedarme en la casa. Era mucho más cálida y agradable que la de Flandes, y conseguí encontrarme cómodo en ella. Había muchos nuevos libros que leer, y quedarme tumbado entre los sofás del salón no me parecía para nada desagradable. Aprovechando también para ordenar y lavar enseres del laboratorio, y dado que no teníamos un servicio como acostumbrábamos en el norte, yo hacía las veces de correo y secretario nocturno.
Me pregunté si siempre sería así con Bastian, recogidos en una guarida privada, llena de encanto y lujos. Amodorrados hasta el anochecer, con su presencia dulce y galante rondando por todas partes. Podría acostumbrarme a ello, estaba seguro. Y mientas que su casa en Flandes me parecía más suya que nuestra, este pequeño escondite parecía una pequeña residencia vacacional, donde ambos compartíamos un espacio que no terminaba de pertenecernos a ninguno. Pude relajarme como no conseguí hacer allí. Puede que fuera el clima más cálido y seco, o puede que la gente alrededor, por todas partes, en los parajes aledaños, en las calles, cabalgando bajo las ventanas, resultaba un estímulo que distraía todos mis sentidos.
—No se me habría ocurrido traerte aquí de primeras. –Me dijo Bastian, una noche que yo alimentaba con migajas de pan a unos pajarillos en el patio de la casa. El aire seguía siendo frío, pero en aquel patio era reconfortante.
—¿Por qué no?
—No lo habrías soportado. Incluso la presencia de mis trabajadores te resultaba imposible. Y eso que no te quité el ojo de encima los primeros días.
Yo me reí de aquello. Y es que era cierto. En un año había conseguido amoldarme a su presencia, pero también a la del resto de humanos. A vestir como ellos, a caminar y comportarme como ellos. A dejar de lado mis peores manías e instintos y concentrarme en el disfraz, en la apariencia. O por lo menos, en no poner en un problema a mi maestro. Si supiera que me daba igual, y que solo lo hacía por él, hubiera sido menos severo en algunas ocasiones. Puede que sí lo supiera. Quién sabe.
Pero mi idílica estancia en aquella casita Toledana no le interesa a nadie, ¿verdad? No, es más importante lo que voy a nárrate a continuación. Y es que una noche, antes de que yo despertase, él ya había salido del sarcófago. No era algo del todo extraño, al fin y al cabo yo a veces remoloneaba antes de poder despertar, y él tenía cosas que hacer. Pero aquel día ocurrió algo diferente, cuando desperté, la tapadera de mármol estaba abierta. Se había levantado, sí, pero había dejado la tapa abierta. ¿Puede que en un descuido? ¿O puede que lo hubiera hecho adrede, para obligarme a levantarme? No sé cuánto tiempo permanecí así, pero cuando me incorporé y salí del féretro, me sentí incómodo y enfadado. Si quería que me levantara, podría habérmelo dicho.
Acudí hasta su presencia y lo encontré asomado a una ventana del segundo piso, asomado a ese pequeño balconcito, y con el rostro vuelto a un lado. No me oyó llegar y cuando me sintió detrás de él, dio un respingo y se volvió, con los ojos fijos y alerta. En ese momento supe que algo lo había levantado y que si había dejado la cubierta abierta, había sido por las prisas.
—¿Ocurre algo? –Pregunté, más curioso que preocupado, porque cuando fijó sus ojos en mí y me reconoció, pareció recomponerse y negó con el rostro, alejando de su mente todo tipo de suposiciones. Se sonrió, aunque no muy convincente. Lo hacía más por si mismo que por mí.
—Nada, me ha parecido oír… no sé. –Yo me asomé al balcón cuando él se hizo a un lado pero no atisbé a dar con aquello que lo hubiera preocupado.
A veces tomaba medidas en extremo y yo las dejaba pasar. A veces se volvía ciertamente paranoico, pero era propio de su carácter de médico. Le gustaba ser cuidadoso y responsable. No le gustaban los intrusos ni los merodeadores. Y si estaba en el círculo social del emperador, cualquiera incluso su médico, podría ser objeto de intrigas e injurias. Incluso de traiciones. No le di más importancia, así que pasamos la mayor parte de la noche en el laboratorio trabajando. Estuvimos haciendo pomadas a base de aceite de oliva y romero durante horas. Pero no me pasó desapercibido el tono ausente y meditabundo que mi maestro reflejaba. Casi me pareció notarlo preocupado. Pensativo. Como quien le daba vueltas a un problema o asunto personal e intentaba distraerse con el trabajo. Me pareció innoble que no compartiese sus preocupaciones conmigo. Pero confié en que no era nada que debiera inmiscuirme. Estaba muy equivocado.
Pasadas las tres de la mañana, mientras vertíamos la pomada caliente en los recipientes, ambos dimos un respingo a la vez. Él cortó su explicación y yo me puse de pie al instante. Alguien había entrado en la casa. Fue una sensación extraña que no recuerdo haberla tenido de humano. Es como un tiró, un súbito pellizco en cada nervio de la piel. Pude oírlo, sentirlo, olerlo y casi verlo antes de poder moverme del laboratorio.
Solté los enseres que tenía en las manos y salí corriendo. A Bastian le costó darme alcance. No lo logró. Llegué hasta la balaustrada de la escalera que daba al descansillo de la entrada y me asomé por ella, casi precipitándome al vacío. Allí estaba plantado un joven, castaño, de ojos verdes, mirando en mi dirección con la expresión confusa y una mirada contrariada. Era otro vampiro, era otro como yo. Pero no parecía tan amistoso como se hubiera mostrado Sebastián el día que nos conocimos. Sus intenciones no eran para nada amigables y parecía mirarme con odio y recelo. Yo por el contrario estaba fascinado. Era mayor que yo, tanto en el aspecto de apariencia como en el temporal. Era fuerte, de espalda ancha, de facciones recias. Sus ojos temblaron al verme. Y yo me sentí inquieto y algo curioso. Lo que más me extrañó es que se había colado en la casa, pero no parecía más contrariado que yo. Estaba más cómodo de lo que me hubiera imaginado y pude advertir en su mente que no era la primera vez estaba allí. Sus primeras palabras me confirmaron que lo que él creía, es que yo era el extraño allí:
—¿Quién eres?
Estuve a punto de contestarle, pero el brazo de Bastian me rodeó el pecho y me hizo a un lado, ocultándome tras su espalda, en gesto protector. Entonces sí, en ese momento el nuevo vampiro sintió un repentino susto y retrocedió un paso. No me había considerado una amenaza, pero a mi maestro sí debía mostrarle algo de respeto. Yo me dejé proteger, nunca antes había visto a Bastian en esa actitud, tan noble y protectora. Si él consideraba que era adecuado, yo no me atreví a reprocharle nada. Pero seguí observando al caballero a través de los barrotes de la balaustrada. Su postura sufrió un cambio, menos amenazante, y su mirada se volvió más límpida.
—¿Quién eres tú? –Preguntó mi maestro, en tono severo, pero un poco más conciliador, viendo que el intruso se mostraba menos ofensivo—. ¿No te han dicho que es de mala educación entrar en una casa ajena sin ser invitado?
—Esta no es vuestra casa. –Dijo él, volviendo a usar un tono severo. Sus palabras estaban marcadas por un acento del norte de la península.
—¿Y de quién si no va a ser?
—Del caballero Don Rodrigo, el médico de la ciudad…
Bastian me lanzó una mirada suspicaz por encima del hombro, queriendo decirme que me mantuviese al margen de la conversación. No pretendía inmiscuirme en absoluto. Estaba tan embobado viendo a otro como nosotros que se me habían esfumado las palabras. Hacía tanto tiempo que ya había perdido la esperanza de encontrar a más como yo.
—¿Conocéis a Don Rodrigo?
—Sí, es muy buen amigo mío. ¿Qué ha sido de él? –En su tono había un sincero deje de preocupación. Yo me compadecí, porque lo entendí al instante. Pensaba que lo habríamos matado y nos habíamos adueñado de la casa.
—Don Rodrigo está bien. También yo soy amigo suyo y esta es mi casa. Él es mi inquilino. –Sentí que decía todo aquello casi obligado. No se sentía en el derecho de tener que dar ningún tipo de explicación. Y dudo que si yo no hubiera estado delante, las hubiese dado—. Hemos venido a pasar una temporada, mientras él viaja a Madrid a ver a su familia.
Al principio el joven no parecía creernos. Estaba escéptico y algo inquieto. Miraba a todas partes, pero por mucho que lo intentase, no encontraba la presencia de Rodrigo, y en nosotros no había más que una amenaza perpetua.
—Os doy mi palabra de caballero. –Dijo al fin mi maestro—. Soy el médico del emperador. Y si no me creéis, que no tenéis por qué hacerlo, ve a Madrid y búscalo por ti mismo.
El cuerpo del joven se relajó. Parecía algo más confiado. No le quedaba otra. Tal vez mi maestro le infundió la verdad a través de sus pensamientos o puede que simplemente se lo creyese.
—Tiene que perdóname entonces. –Dijo, aclarándose la garganta—. Es un buen amigo, al que le tenemos mucho aprecio. Hemos llegado ayer a la ciudad de un viaje que hemos hecho al norte, y al no sentirlo por ninguna parte, nos hemos preocupado. Mucho más cuando hemos notado la presencia de otros dos bebedores de sangre en su casa…
—¿Nosotros? –Interrumpí, pero mi maestro me lanzó una severa mirada de silencio. Cosa que hizo sonreír al hombre que había en el descansillo.
—Hazla pasar. –Murmuró mi maestro, en dirección al joven que se frotaba las manos con algo de impaciencia—. Si sois amigos de Rodrigo, sois bienvenidos a mi casa.
Yo interrogué a Bastian con una mirada pero no sirvió de nada. El bebedor de sangre se acercó a la puerta de la entrada, que había quedado medio abierta y se asomó fuera. Murmuró una escueta disculpa y dejó pasar al interior a una muchacha. Su vestido azul contrastaba con los tonos tierra de las paredes y los tapices. Y su piel pálida y brillante como la porcelana destacaba frente a la de su compañero, que parecía mucho más moreno a su lado. Era castaña, como él, de ojos azules y de sonrisa perlada. Con los labios finos y el rostro ovalado. Su talle era fino, su pecho pequeño y liso, y sus manos, algo sonrosadas, de dedos largos y esbeltos. La habría retratado Botticelli, si hubiera estado vivo.
—Disculpadnos. –Dijo ella, con un tono mucho más rígido que su compañero, que parecía presa de la angustia. Ella estaba más comedida, pero tenía carácter en el tono—. Nos hemos preocupado mucho al no hallarlo por ninguna parte. Hemos pensado lo peor.
—Yo habría pensado igual. –Dijo mi maestro.
Entonces ella recayó en mí, me miró con ojos azules y profundos como el mismo océano y después cruzó una hermética mirada con su compañero, llena de alerta y misterio que me puso el vello de punta.
—¿Sois vos el médico real? ¿Sebastián? Rodrigo os ha mencionado en algún ocasión, pero jamás pensamos que…
—No sois los únicos que tenéis humanos por amigos. Y espero que sea solo eso. No quiero imaginar que os aprovecháis de…
—En absoluto. –Dijo ella, cortando toda suposición de mi maestro—. Nada de eso. Jamás le haríamos nada parecido. Nosotros solo nos alimentamos de malos hombres, de quienes se merecen esa clase de castigo. Nada más.
Ante aquellas palabras, el hombre pasó el brazo por encima de los hombros de la chica, a modo protector. Estaban casados. Eran un apareja. Me pareció enternecedor la principio, pero después me cansé al instante de verlos. De oírlos y de sentirlos. Habían irrumpido en la casa como si se creyesen dueños de ella y nos habían hecho frente. Si hubiera sido por mí, los habría mandado de vuelta al norte, pero Sebastián, haciendo alarde de su galantería, les invitó a pasar. Yo retrocedí, y me escabullí hasta el salón. Él apreció primero y le reprendí.
—¿Les vas a dejar entrar?
—Solo será esta noche. Son amigos de…
—No son nuestros amigos. –Le dije, a lo que él pareció algo contrariado. Incluso arrepentido. Pero ya no había vuelta atrás. Se encogió de hombros mientras los dos invitados entraban en el salón. Yo me escondí en el laboratorio para terminar lo que estábamos haciendo, o por lo menos para poner orden en la estancia, mientras ellos hablaban y se entretenían en el salón. Los invitó a sentarse, a ponerse cómodos. Mientras, yo los observaba de lejos. Eran mayores, él tendría al menos treinta, y ella pasaría de los veinte. Formaban una pareja ideal, lo reconozco, aunque él era más moreno y puede que un poco más rudo. Parecía un campesino y sus modales no estaban para nada refinados. Parecía un mayordomo cuidando de su dama. Eran un chiste.
—¿Cómo os llamáis?
—Somos Francisco Álvarez y la condesa Blanca de castro…
—Yo ya no soy condesa de nada. –Dijo ella, disculpándose, casi reprendiendo a su compañero—. Pero mi marido lo era, así que adopté ese título, y al fin y al cabo, a una le facilita la vida ir dándoselas de noble…
—Sois de la nobleza gallega. ¿En qué época nacisteis? Porque sois coetáneos… —Advirtió mi maestro. Y estoy seguro de que adivinaba muchas más cosas que yo, y que ellos mismos sospecharían. Pero era una delicadeza, preguntarles, igual que me preguntó a mí en mi primer día. Agradecí que no pareciesen unos vagabundos, de lo contrario habría temido que los adoptase como a mí.
—Sí, somos de finales del siglo XIV. –Explicó ella—. Yo nací el año de nuestro señor de 1380 y mi compañero seis años antes. –Ella sonrió, con cierto aire coqueto—. Veo que usted, caballero, es mucho mayor que nosotros dos juntos.
—Sí, me convirtieron durante la tercera cruzada, señorita.
—Entonces sois, hasta el momento, el bebedor de sangre más antiguo que conocemos. ¿Verdad? La dama que me convirtió a mí, apenas había sido convertida unas décadas antes de que lo hiciera conmigo. Y aunque hemos viajado mucho, apenas nos hemos relacionado con otro como nosotros. –Miró a su compañero, cómplice de sus aventuras—. Los hemos evitado todo lo que hemos podido. A cada cual suele ser más conflictivo.
—Eso opino yo también.
Ante aquello, la mujer lanzo una mirada inquisitiva hacia el interior del laboratorio. Yo la evité, mientras limpiaba unos recipientes de vidrio que habíamos manchado de cera de abeja.
—¿Y vuestro compañero? ¿Es vuestro ayudante? ¿Cuál es su nombre?
Bastian me lanzó una mirada casi suplicante, para que atendiese yo mismo aquellas preguntas, pero rodé los ojos y volví a mi tarea, ignorándolos por completo.
—Se llama Marcos. Apenas tiene setenta y dos años desde su nacimiento. –Pero evitando seguir indagando sobre mí, se sentó a la vera de ellos y pidió que les narrasen su historia. Ella, encantada, se revolvió en los cojines y comenzó a contar su vida, que yo te voy a resumir, porque no merece realmente la pena detenernos en ello demasiado tiempo.
La muchacha había nacido en una familia noble gallega, venida a menos. Era la menor de cinco hermanos y su matrimonio no era un tema primordial en su familia. Su hermano mayor heredaría el condado de su padre, su hermano mediano iría a la guerra, el tercero se había hecho monje y el cuarto había muerto unos años antes de una enfermedad de los pulmones. Así que la casaron con un noble que había enviudado unos años antes. Un conde ya mayor, cano y gordo, aquejado de todo tipo de males. Ella relató la repugnancia que sintió la primera noche de bodas, y lo difícil que le había resultado quedarse embarazada, para al fin lograrlo y dar a luz a un niño muerto. Para entonces ya se había enamorado de su cochero, que había conocido al mudarse con el conde; Francisco.
Vivieron su amor en secreto durante muchos años, desde que a ella la casaron a los dieciséis, hasta los veinticinco en que ella fue convertida. Dieron una gran fiesta en su casa, e invitaron a una noble que pasaban por el reino de Galicia, pero que decía venir de tierras mucho más al norte. Decía ser una heredera noruega, o vikinga, y tenía muchas joyas y mucho oro. Sedujo a todos los que conoció en aquella fiesta, y en especial, a la muchacha que teníamos delante. No solo se enamoró de su dinero y de su carácter, también de su libertad y su vida llena de aventuras. Le narró sus viajes por mar, los príncipes con los que se había acostado, la cantidad de conocidos que tenía en el continente. Le narró tal cantidad de aventuras que la pobre condesita no pudo resistirse a preguntarle, ¿cuál era su secreto?
Por suerte o por desgracia, una noche, en otra fiesta que celebraron, la vampira le contó su secreto, pero tal vez se lo adornó lo suficiente como para que ella no tuviera dudas en aceptar el trato. Le propuso un intercambio de sangres. Un pacto con el diablo. Un juego alquímico que transfiguraría su alma para siempre. Sería libre, inmortal, y podría correr y volar como cualquier animal del bosque. Ella no necesitó más. Dio su permiso y aquella misma madrugada fue convertida bajo la atenta mirada de su creadora.
Vivió los primeros meses atormentada, profundamente herida y arrepentida. Pero eso le duró poco, en cuanto pudo trazar el plan que le liberaría de todos los calvarios de su vida. Una noche convirtió a su amante, y acto seguido mataron al marido. Ambos se dieron a la fuga con el dinero de su esposo muerto y desde entonces habían viajado por todo el continente, tal como había descrito aquella bebedora de sangre. Libres de ataduras, confinados a esta maldición, que junto con el amor que se tenían, no era tanta la condena.
Nos llevó al presente. Dijo que tenían varias casas. Que habían arrendado una casita aquí en Toledo, que tenían un pequeño palacio en el reino de Galicia, y varias otras por el continente. Que no se quedaban mucho tiempo en ninguna parte pero que siempre regresaban a los sitios donde habían sido felices.
Para cuando ellos terminaron su historia yo ya había terminado las tareas en el laboratorio y no iba a fingir que perdía el tiempo, así que accedí al salón y me senté enfrente del ajedrez, de cara a ellos. Apartado pero presente.
Ambos invitados pasaron la mirada en mí y con algo de sorpresa me sonrieron. Si creyeron que yo era un mero sirviente al que el médico había convertido para facilitar sus tareas, estaban confundidos. Tenía el derecho a estar con ellos, a compartir su espacio y su tiempo, y por supuesto, a sentarme por encima de ellos si lo deseaba.
Hacía ciento veinticinco años desde el día de su conversión, pensé, pero parecían seguir albergando esa energía y dinamismo que tienen los neófitos. Esa extraña ansia y deseo. Ese desenfreno. Me pregunté si yo me vería igual o aún peor. O si por el contrario su conversión no había sido igual a la mía. Porque el muchacho parecía más fuerte, pero mucho más humano que ella.
Siguieron hablando por un rato de la situación política del país, del emperador y preguntaron a mi maestro sobre las intrigas de la corte, de lo que no obtuvieron demasiado información. Entonces la atención de ella recayó en mí, y por ende, la de su compañero. Volvieron a mirarse con cierta picardía y ella se volvió en mi dirección, casi divertida.
—Ahora cuéntanos tu historia. Dado que tu creador es tan misterioso…
—Él no es mi creador. –Le dije, con tono severo a lo que ella dio un respingo. Casi más que severo, fui impertinente. Pero advertí cierta rigidez en Bastian.
—¿No? –Miraron a mi maestro, que se encogió de hombros como única respuesta—. Tenéis ustedes dos, caballeros, una convivencia tan armónica que creí que seriáis creador y discípulo. No pensé que dos extraños pudieran convivir tan bien.
—No, no es lo más usual. –Dijo él.
—¿Quién fue tu maestro entonces? –Me preguntó, pero supe por la mirada de Sebastián que aquello no era algo que debiese contarse a cualquiera. Y aunque le habíamos pedido a ella que nos contase su historia, era mejor dejar la nuestra en la sombra. Era una impertinencia, pero era lo que mi maestro me estaba aconsejando. Así que yo la fulminé con la mirada y me encogí de hombros.
Eso no le gustó nada, así que se le escapó una media mueca de soberbia y miró a mi maestro con aire altanero.
—¿Lo conserváis a vuestro lado para protegerlo? ¿Os habéis apenado de él?
—A veces pienso que él es el que se apenó de mí. –Dijo con tono divertido, intentando destensar el ambiente, pero la pregunta de Blanca iba compleménteme en serio. Yo fruncí el ceño.
—¿A qué edad fue convertido? Se ve muy joven.
—Era ya un hombre cuando fue convertido. –Sentenció mi maestro, a modo de protegerme.
—Es un peligro que os vean por ahí con él. –Musitó Francisco, con gesto tenso, casi como una advertencia más que como una amenaza.
—¿Qué quiere decir eso? –Pregunté, en dirección a mi maestro, pero este me miró para pedirme silencio.
—¿No le habéis puesto sobre aviso? –Entonces ella se volvió en mi dirección—. Muchos de los nuestros, a nosotros dos en verdad nos da igual, pero muchos otros creen, tiene ciertas normas… respecto a la edad de la conversión.
—Sí, mi maestro me advirtió de ello. –Dije, recordando haberlo hablado con él.
—Muchos pensarán, si llegan a toparse contigo, que alguien infringió las normas.
—¿Quién inventó esas normas absurdas? –Preguntó mi maestro, levantándose, queriendo dar por finalizada la conversación—. En cada sigo hay normas nuevas, tanto para nosotros como para los humanos. Mi compañero es un adulto, es responsable y sabe contener su sed, mejor de lo que pueda hacerlo yo. Así que nadie tiene por qué decir nada al respecto. Es joven, cierto, pero es…
Francisco le cortó.
—No es necesario que se ponga a la defensiva, caballero. Solo estábamos haciéndoselo ver. Nada más.
—Además. –Apuntó Blanca—. Si no va a revelarnos cómo fue su creador o cuándo fue convertido, siempre puede uno imaginarse lo peor…
Estaba a punto de amanecer. Todos lo sabíamos. Pero se había formado tal ambiente que ninguno deseaba dejar aquello así. Tras unas breves disculpas y sugerir que volvieran en otra ocasión a hacer las paces, acabaron saliendo de la casa, más sonrientes de lo que pretendían. Yo los vi desaparecer desde las escaleras, y Bastian cerró detrás de ellos. El sonido de la puerta al cerrarse no me produjo ninguna tranquilidad. Podrían entrar si se lo proponían. No lo harían durante el día, pero mientras no estuviéramos…
Bastian me lanzó una mirada casi de alivio, pero no me reconfortó. Me volví al salón y deseé lanzar por la ventana todos los muebles y cojines. Pero me senté en el laboratorio y alcancé un libro que había dejado sobre la mesa. Me puse a leer, o a fingir que leía. Amanecería en unos minutos pero no tenía sueño. No tenía ganas de descansar. Mi mente iba a una velocidad como hacia tiempo que no sentía. Aún podía oler el perfume de ella en la estancia. Era de anís y pino.
—No te preocupes por lo que han dicho. –Me dijo Sebastián, apoyándose en el quicio de la puerta—. No son más que tonterías.
—Como si lo hombres no se rigiesen por tonterías… —Le espeté, alzando la mirada del libro con tono herido.
—No son los invitados ideales, lo reconozco. Pero no está de más conocer a otros como nosotros. Sobre todo para ti.
—¿Otra lección más? ¿Es eso? –No contestó a mi pregunta. Suspiró y se me quedó mirando con gesto triste. Yo me mordí el labio y después el interior del carrillo. Suspiré y alcé el rostro, para enfrentarle—. ¿Me veo como un niño?
—Eres joven…
—Enserio. ¿Puede ser esto un problema? Yo no lo elegí… ya lo sabes.
—Lo sé muy bien. –Negó con el rostro—. No, no serás un problema para mí. Si hubiera pensado que serías un problema, no te habría acogido a mi lado.
—¿Estás seguro? Tal vez sentiste pena, como ha dicho ella…
—No, no sentí pena. –No sabía si creerle. Lo cierto es que en un solo momento se me había llenado la cabeza de ideas.
—Hablo enserio. ¿Parezco un niño? Sé que a veces puedo tener mis manías, y tengo mis rabietas pero… pero yo no…
Él se rió, lo que me dejó mucho más tranquilo. Se rió con candor.
—Te aseguro que he conocido bebedores de sangre mucho más ancianos y con pataletas peores que las tuyas. Incluso yo las tengo a veces. Es algo natural del hombre…
—Pero no somos hombres. –Puse las manos boca arriba en la mesa—. Ahora lo entiendo. Entiendo por qué es un problema convertir a niños. Porque son impulsivos, incontrolables. Pueden resultar un problema para la propia supervivencia de nuestra especie.
—No solo por eso. –Aseguró en tono solemne—. No solo por protección de los demás, sino por piedad de la propia creación. Es un acto horrible convertir a un niño porque le privas de la experiencia de la madurez, de alguna manera le estás robando la posibilidad de ser adulto, de tomar una decisión razonable. Y porque un adulto puede convivir consigo muchos años, pero un niño… ¿qué pasa cuando una niña de nueve años, que lleva teniendo nueve años durante cientos de ellos, ve que no es capaz de crecer. Sus pechos no crecerán, su cuerpo no alcanzará la madurez. Siempre será una niña y será tratada como tal. Ante los ojos del mundo jamás podrá ganarse el respeto de nadie. Y mucho menos de ella misma, porque en su mente se establecerá una lucha de la parte racional que ha seguido creciendo con los años y con la que se ha mantenido estática, aún en los nueve años. Ahí surge el verdadero conflicto del vampiro niño. No solo el que pone en peligro a los demás, sino el que pone en juicio toda su propia creación.
Ante aquello no me quedó más que asentir. Pero entonces fruncí los labios y le aseguré:
—Yo no tengo ese conflicto. O al menos, no creía tenerlo hasta esta noche.
—Lo tengas o no, no está en mi conciencia. Yo no te creé. Aunque muchos me echarán en cara no haberte destruido cuanto te encontré.
Me espanté ante aquello y él se compadeció de mi miedo.
—Vamos a dormir. Está amaneciendo.

.gif)
.png)


Comentarios
Publicar un comentario