EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 19
CAPÍTULO 19 – Noche en Toledo
Intenté levantarme de uno de los cojines donde habíamos estado tumbados, pero Bastian tiró de mi pierna y me hizo caer de bruces sobre el resto de cojines. Me arrastró, tirando de mí hacia él y trepó hasta estar sobre mí.
—Suéltame. –Murmuré, intentando evitar un escándalo con su compañero aún despierto en la planta de arriba—. ¿Acaso esto sí son modales?
—¡Oh! ¿Te has ofendido, muchacho?
—Con que estoico, eh… —Le dije, mientras pataleaba para quitarme su agarre de encima, pero me había asido con fuerza la pantorrilla y uno de los brazos. Estaba sobre mí, con su encantadora sonrisa y sus azules ojos clavados en mí, perforándome con toda clase de insinuaciones.
—Tengo hambre. –Murmuró, cosa que me puso el vello de punta y el estómago del revés. Sentí como se removían todos mis órganos—. Tú te has alimentado de algunos animalillos en el viaje pero yo no he probado bocado desde que hemos salido de Flandes.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Haberte comido a alguno de esos apestosos marineros.
—Tengo mejor paladar que eso… —Murmuró, y casi como un animal, se pasó la lengua por los dientes. Intenté apartarlo de mí con mi mano libre, pero era aun peor que mover una losa de mármol. Solo tiré de sus telas sin llegar a alejarle.
Me rendí ante su fuerza. No deseaba montar un escándalo, y siendo sincero, agradecí aquel cambio de humor en él. Haberle visto toda la noche embobado por su amigo me había sacado de mis casillas. Suspiré y me dejé arrebujar por los almohadones. Con mi mano libre desabotoné el cuello de mi jubón y aparté el cuello de lechuguilla. Volví el rostro ante su expresión de estupefacción y esperé pacientemente a que me mordiese, pero nada. Se me quedó mirando unos segundos completamente silencioso y pensativo y después se inclinó hasta mí. Si verme allí tan expuesto le había removido algo dentro, no lo dejó entrever. Posó sus labios sobre mi cuello, me dio un ligero y superficial beso y se incorporó, soltándome.
Yo me quedé allí tirado, con el rostro vuelto y acalorado, lleno de rubor y pasmo. Se rió antes de que me pudiese volver la sangre a la cabeza y murmuró:
—Anda, levántate y vamos a cazar. Encontraremos algo por ahí que llevarnos a la boca.
—Te odio. –Atiné a decir, aún allí tumbado, con el aire quemando en mis pulmones.
—Vamos muchacho. –Le vi coger su capa y pasársela por los hombros—. O me iré yo solo.
—Que te jodan. –Murmuré. Pero ante su encogimiento de hombros no me quedó otra que levantarme y seguirle.
✵
Era una gélida noche de principios de año. Si hubiera sido humano, no me habría valido con ir arropado en una fina capa, el aire que corría cortaba el rostro y más a aquellas horas de la madrugada. Todo el mundo estaba arrebolado en sus casas, acurrucados frente al fuego. Me costaba imaginar, tras unos minutos caminando, dónde podríamos dar con algo o alguien de quien beber. Ni las palomas ni los perros se atrevían a salir a aquellas horas. Aquellas calles, tan estrechas y oscuras, tan sumamente laberínticas, consiguieron agobiarme a los pocos minutos.
—Podemos ir a las afueras. –Dijo, pensativo—. Y buscar a algún vagabundo. Pero no he venido a Toledo para beber la sangre de un mendigo.
—Tienes algo en mente, por lo que veo.
—Veamos si funciona. Pero demos un paseo mientras tanto. –Entrelazó su brazo con el mío y caminamos hacia el centro de la ciudad.
—¿Sabes? Al principio pensé que Rodrigo lo sabría.
—¿Saber el qué? –Preguntó, curioso.
—Que nosotros somos… bueno, esto. Lo que somos. Que se lo habrías contado.
—Vaya tontería.
—Sois bastante cercanos. Pensé que tal vez podrías haber hecho una excepción.
—Esas cosas nunca salen bien. Es mejor dejar los secretos ocultos, muchacho. Es una dura lección sobre todo cuando uno se rodea de humanos. Nosotros debemos ser resistentes y ellos deben darnos concesiones. Si se pusiera insistente o sospechase de algo, bueno, tendría que tomar medidas. Pero hasta ahora se ha portado bien conmigo. Ha entendido mi forma de vida y es más de lo que puedo pedir. No se inmiscuye donde no le llaman, No creas que no sé escoger a mis amigos.
—Lo comprendo…
—Lo comprendes. Pero entre tú y yo, tú serias el primero que se lo revelaría a alguien.
Aquello me ofendió. Creo que pretendía ofenderme, aunque lo considerase un hecho.
—¿Por qué dices eso?
—Creo que te ves a ti mismo con un cariz muy diferente al que tengo yo para mirarme a mí. Me rodeo de humanos, pero soy plenamente consciente de que no soy uno de ellos. Aunque me ponga sus ropas, aunque me adecue a sus nuevas lenguas, a sus nuevas costumbres. Aunque viaje con ellos y comparta su comida y sus asientos. Tú sin embargo, consideras que hay algo muy malo dentro de ti, pero desde el principio no has creído ser diferente al que eras, tal vez porque eres aún muy joven, o porque tu vida en el bosque alteró toda tu realidad. Lo cierto es que temes tanto de ti mismo que lo compartirías, aunque fuera solo para prevenir a los demás.
Apreté mi mano sobre su brazo, como única respuesta. No sabía que decir a aquello o si tendría una posible réplica. Me hirió profundamente, no tanto por sus palabras, sino por lo que insinuaban: que yo era un peligro potencial para nuestro secreto común. Que si alguno de los dos nos delataba, sería yo, y que eso suponía un riesgo para él. Supo que me había ofendido, pero no lo tomó a mal. Era una lección más, una de tantas, que tanto me molestaba aprender.
✵
Después de un rato llegamos a un palacete que daba a una pequeña plaza. La fachada era de piedra beige, de tonos ocres y con bonitas tallas en piedra. Mi maestro hizo el amago de llamar, pero se detuvo antes de tocar el pomo. Se alejó unos pasos y oteó el horizonte.
—Nah, no están aquí. Se han debido trasladar a Valladolid. Esto es insufrible, no dejan a la gente estar en sus casas. La corte va de un lado a otro y no hay forma de encontrar a nadie.
—¿Quién vive aquí?
—Un conde, amigo mío. Pretendía hacerle una visita, ya sabes. Pero veo que no. –Dio una pata a un guijarro que había en la acera, con tono frustrado. Parecía totalmente humano—. Me han fastidiado el plan.
—Quedan varias personas del servicio dentro…
—No voy a molestar al servicio de mi amigo. Si luego se lo contasen… —Meditó, mordiéndose el labio inferior. Sus ojos bailaron en todas las direcciones, calculando sus mejores posibilidades, hasta que se detuvieron en mí y me perforaron el alma. Yo retrocedí un paso, atemorizado.
—No pienso ofrecerme una segunda vez.
—En ese caso, no nos queda otra. Vayamos a algún burdel. Tal vez hallemos algo decente.
Y acercándose a mí tiró de mi brazo, clavándome los dedos en la piel. Me arrastró calle abajo casi hasta el límite de la ciudad. Dimos con unas puertas de roble, pesadas y gruesas. Habría pensado que era algún viejo convento si no fuera por las luces rojas que salían del interior. Nos recibió una señora, no era una anciana pero tenía el pelo completamente cano y ondulado, recogido en un elegante moño perlado. Tenía la cara llena de polvos y rubor falso.
—¿Don Cornelissen? ¡El médico de su majestad! Hace un par de años que no le veíamos por la ciudad.
—Señora Carmina. ¿Cómo están sus chicas? Espero que mi sustituto la esté cuidando como es debido. –Mi maestro besó el dorso de la mano de aquella madame y esta se ruborizó, pero los polvos que la cubrían no lo dejaron traslucir.
—Las chicas están estupendamente. Dos de ellas ya se han jubilado. Y Margarita, la rubia tan despampanante que le encantaba a vuestro amigo, se ha casado. ¡Ah! Pero tengo chicas nuevas. ¿Quiere verlas? Son como unas joyas moriscas.
—En verdad solo vengo a acompañar a mi sobrino. Después me marcho. –Me palmeó la espalda, haciéndome dar un paso adelante. Me sonrió con aquel candor y picardía cómplices de un felino. Me estremecí. Menos mal que con una media sonrisa la señora se dio por satisfecha, porque si me hubieran hecho hablar, no habría tenido voz para nada.
—¡Oh! Que jovencito tan encantador. ¿No me diga que va a estrenarse con nosotras? Es toda una ricura. –La señora, muy campechana y desagradable, estuvo a punto de pellizcarme en la mejilla, pero yo volteé el rostro, espantado.
—¿Está Romina? Le he hablado al chico de ella y creo que se ha enamorado solo de oír como la elogiaba…
—¡Aquí mismo esta! Has tenido suerte, esta noche no le tocaba trabajar pero está sustituyendo a una compañera que está fuera. Vamos, vamos… —Nos guió al interior del burdel.
Comenzaron a temblarme las manos y las rodillas, por suerte la garra infalible de Bastian estaba sobre mi cuello, guiándome al interior del prostíbulo. Si no, me habría quedado clavado como una estatua en la entrada.
—¡Romina! ¡Romina, donde estás! –Comenzó a gritar la mujer. Pasamos por delante de otras cuantas señoritas, a medio desnudar, que se asomaban o esperaban por entre los salones y pasillos. La madame dio con la supuesta Romina en uno de los dormitorios y le avisó para que se preparase para nosotros. En lo que ellas dos hablaban en el interior del dormitorio, mi maestro se inclinó hasta mi altura y me habló.
—Deja la ventana abierta. Yo entraré cuando tú hayas comenzado.
—¡No me dejarás solo! –Le advertí, agarrándome a su jubón, pero él no tuvo la paciencia para reírse de mí.
—Solo habla con ella, bésala, y acuéstate a su lado. Será sencillo, solo tienes que procurar que…
—¡Quédate tú con la puta! Yo me conformo con cazar algún perro… —Hice el amago de moverme pero su mano sobre mi cuello me dejó clavado en el sitio.
—Hazme caso, muchacho. Estás en un lugar de confianza y las chicas son buenas. Solo haz el favor de no perder el control. Estaré a tu lado en cuanto pueda.
—Tengo que… —Pregunté, pero no me salieron las palabras. Me ruboricé lasta las orejas y pensé por un segundo en no darle ningún tipo de explicación, en no preguntar más ni suplicar por nada. Sellé mis labios pero él ya había nadado en mis pensamientos lo suficiente como para averiguarlo.
—No, no tienes que acostarte con ella. –La puerta se abrió, la madame nos señaló el interior, lleno del aroma de agua de rosas y de una luz mortecina.
—La chica os espera, caballero. –Y dirigiéndose a mi maestro, extendió su mano—. Son dos reales.
—Tome, sus dos reales, señora.
—Muy bien, que entre cuando quiera.
Ella se alejó y mi maestro me soltó la nuca. Cuando me miró, se sonrió, lleno de picardía.
—Aquí no valen tus viejos griegos. Ni el hedonismo ni el estoicismo tienen cabida aquí. Solo piensa en lo que deseas, el cómo conseguirlo llegará con el tiempo. Si tienes que hablar, habla. Si tienes que tumbarla y cerrarle los ojos, hazlo. Pero que ella no se entere de lo que estás haciendo.
—No pienso abrirte la ventana. –Le amenacé, viendo que me dejaba ahí solo.
—Entraré igual. –Murmuró riéndose y desapareció pasillo a través.
Cuando se fue y me quedé allí solo en el pasillo sentí el deseo de desaparecer, de correr muy lejos, volver al norte, y si tenía que atravesar Francia a la carrera, lo haría. No tenía derecho a obligarme a aquello, y me sentía enfadado conmigo mismo por no tener el valor de enfrentarle. Debía seducirla, y yo apenas me tenía en pie.
Cuando entré la encontré cubierta de una túnica de seda transparente, inclinada sobre una mesita árabe, sirviendo un poco de vino en unas copas. Era rubia, con el cabello ondulado, con coronas de trenzas y flores de tela. Parecía una ninfa, recién arrancada de los profundos bosques de Grecia. No tenía nada más que esa túnica, y cuando se volvió a mí para extenderme la copa de vino, no tuvo secretos que ocultarme.
—Que muchacho tan apuesto, y tan joven. Podrías pasar por un príncipe. –Cogió mi mentón y lo elevó, fingió darme un beso sin llegar a rozarme. Pero se desvió y bebió un poco de vino, devolviéndome una mirada pícara, llena de coraje.
La mataría. Sabía que podía hacerlo. Y pensar en que así Bastian escarmentaría me producía un placer inimaginable. Una seguridad de la que carecía, y una confianza que necesitaba. Podría descuartizarla, igual que hice con la hija del conde en mi primera noche, igual que había hecho con múltiples pastores y ovejas. La mujer se atrevía a mirarme con suficiencia cuando no sabía que había metido al mismo diablo en su habitación. Si lo deseaba, no habría madame que la protegiese, ni médico que la pudiese salvar. Solo si se convertía en laurel podría tal vez vencerme.
Me llené la boca con el vino y me acerqué a ella, que se había recostado en la cama. Vertí el vino entre sus labios abiertos y bebió con sed. Para cuando la tuve debajo de mí y besaba su cuello, estaba seguro de que la mataría. Bebería de ella sin ocultarle lo que era, procurando el dolor, y agradeciendo que Sebastián podría observarlo, así aprendería que yo no estaba dispuesto a jugar a sus trucos de seducción.
Pero entonces ella empezó a gemir y a retorcerse con un fingido placer que me sacó de mis pensamientos. Enredó sus piernas entre las mías, sus manos me atrajeron. Aunque era una actuación, mucho mejor que la mía, era capaz de sacarme de mi personaje, me había quitado la sed y el coraje. Seguí besándola, porque ya no sabía que más hacer. Y es que cuando ella comenzó a desabrochar mi jubón, no pude por más que retroceder. La miré a los ojos. No estaba entregada ni seducida, solo estaba actuando, como se pretendía de ella.
—¿Vas a decir ahora que no eres capaz? –Preguntó, divertida—. Déjame que yo te muestre… —y atinando con los botones, me dejó en camisa. Tiró el jubón por el borde de la cama y me acercó a ella para estampar sus labios sobre los míos.
—Te besaré el cuello. –Murmuré, separándome de ella. Y la miré, rodeando su cuello con una de mis manos, y sujetando su brazo con la otra. Me concentré en ella, pedí en su mente que me prestase atención, toda la que pudiera. Que se dejase de fingimientos, que no necesitaba actuar para mí. Solo estar, y nada más—. Y después voy a morderte, y a beber de su sangre. Así que no te muevas.
Atravesé cada uno de sus recuerdo con un rápido vistazo y después deambulé por su voluntad, sintiendo como se doblegaba poco a poco y su conciencia desaparecía de su ánimo. La mordí antes de perder el control y bebí de ella hasta el borde de su propia vida. Sentir como su sangre entraba a torrentes por mi garganta y saciaban una sed de semanas. Pero la sangre es una dura adicción, en tanto más consumes, más ganas y sed sientes. Esa es la verdadera maldición, y no el resto de nuestros defectos. La sed, y solo la sed. Y es que saber controlarla es un don que no todo el mundo tiene.
Me separé de ella convencido hasta el último segundo de que Bastian vendría a separarnos, a impedir que me la llevase conmigo a la tumba. Pero no apareció. Si me separé de ella fue por mi conciencia, y por la suya. Ella aún respiraba, y eso me produjo una profunda decepción, porque me sentí aún sediento y con un trabajo inacabado entre las manos. Pero yacía, dormida como una bendita, arrebolada entre las sedas y las mantas. No dejé marcas en su cuello y tampoco en el agarre de su muñeca. Solo la humedad de mis besos.
—Un poco excesivo. –Oí a mi espalda, y me volví, asustado. Era Bastian, se había colado a pesar de que yo no le había abierto la ventana y se apoyaba de brazos cruzados contra la pared contraria a la cama—. Pero no está mal, nada mal. Apenas recordará nada. Tampoco importa mucho, a estas horas ya estaba un poco borracha…
—Has podido pararme a tiempo para que…
—Lo has hecho tu solito, sabía que lo harías bien. –Se acercó a ella y le tomó el pulso, la palpó unos segundos y se aseguró de que estaba bien. Yo me alejé de ella, rescatando el jubón y cubriéndome de nuevo con él.
—Esto es indigno, innoble. A parte de que me deja un regusto a traición que soy incapaz de soportar.
—¿Traición? Ella continuará mañana con su vida, como si no hubiera pasado nada. ¿Matarla acaso no es un robo imperdonable?
Me vestí aprisa y salí del dormitorio, procurando no cruzarme con nadie hasta la salida trasera del establecimiento. Caminé hasta perderme por las callejuelas. Pensé que Sebastián se quedaría para alimentarse, pero me siguió, a paso rápido, hasta darme alcance cerca de la muralla.
—¿A dónde vas? Aquí no hay bosque donde refugiarse, muchacho…
—Déjame. Quiero estar solo…
Estaba a punto de encaramarme a la muralla para saltarla pero él me alcanzó y me detuvo. En él se mezclaban el júbilo por mis logros pero también la decepción por no haberme conseguido convencer. Parecía triste pero excitado. Me había agarrado de los brazos y me retuvo a su lado, ocultos por la sombra de un contrafuerte en la muralla.
—Es como forzarlas, drogarlas y violarlas… —Atiné a decir, a pesar de que él ya sabía lo que me parecía aquello—. Se levantará y no recordará nada… Pero yo sí. No son sus almas las que me importan sino la mía.
—Es la forma más humana de conseguir nuestro alimento, y la más digna
—¿No matas condenados a galeras pero sí te aprovechas de muchachas? ¿Qué sentido tiene?
—Cada uno atiende a una lógica y a una moral. No tiene por qué ser igual la tuya a la mía, pero mientras sigas siendo mi alumno, y mi compañero, tendrás que vivir según mis normas. No voy a permitir que andes descuartizando personas por ahí. No solo por ti, sino por mí. Si dejas un rastro de sangre, a la larga alguien te encuentra. Es así de sencillo. No somos la peste, ni la guerra. No podemos permitirnos ir dejado cuerpos a nuestras espaldas.
—Entonces me alimentaré de conejos, y de ratas. –Le espeté y me solté de su agarré de un tirón.
Me alejé caminando y caminé durante minutos, pero él no dejó de seguirme. No sé si temía que me perdiese por la ciudad, o que me alejase de él de por vida. Cuando llegué a un arco que cubría parte de la calle, oculto en la sombras, me detuve y deslicé mi espalda por la piedra hasta quedar sentado, con las rodillas al pecho y los brazos rodeándome las piernas. Me sentí miserable, pero aún peor por causar tal preocupación en mi maestro. Si era una forma que consideraba digna, ¿acaso yo no tenía razón? ¿Sería tan bella e increíble la vida como para no tener que arrebatársela a nadie? ¿Acaso yo no era un monstruo? ¿O es que acaso éramos monstruos peores de lo que me imaginaba? Había perdido totalmente mi conciencia el día en que me convirtieron. ¿Si yo no era un asesino, era algo aún peor? Me alimentaba no solo de su sangre, también de su ingenuidad, de su alama y su caridad. Y después pagaba esa traición con dos reales de oro. Tal vez éramos peores que monstruos. Éramos el diablo.
Me alcanzó a los minutos. Se plantó delante de mí, esperando que me levantase o le soltase algún sermón, pero no dije nada.
—Vamos, levántate. Te estas poniendo el traje perdido de barro. Vamos a casa…
Alcé la mirada, y me alegró encontrarle allí. Si íbamos a ser monstruos, al menos compartiríamos el pecado juntos. Ahora comprendía su ansia por algo de compañía. Era una carga muy pesada la de lidiar con una maldición tan grande, y con hábitos tan crueles. Y pensar que él me consideraba salvaje. ¡Dios santo!
Me puse de pie pero no me aparté de la pared. Extendí mis brazos y agarré su jubón. Lo atraje hacia la sombra y apoyé mi frente en su pecho. Él se dejó hacer, apoyando sus manos en la piedra a cada lado de mi cuerpo.
—Nunca he pretendido mentirte. –Dijo él, en un murmullo—. Esta no es una vida fácil, ni agradable.
Tal vez fue culpa del empacho, o del viaje, pero me sentí exhausto y turbado. Lo suficiente como para desabotonarme el cuello del jubón por tercera vez aquella noche y suplicarle, esta vez casi al borde de las lágrimas, que se alimentase a través de mí. Conduje su rostro con una mano sobre su nuca, como solía hacer él conmigo, y la otra aferrándome a su jubón, sin dejarle posibilidad a que escapase. Apenas se lo pensó, estaba suficientemente hambriento y era tarde para intentar nada mejor. Me clavó los dientes con delicadeza, como solía hacer, pero me abrazó con fuerza contra su cuerpo. Sentí que me liberaba de un sopor y una amarga sensación de condena. Bebió de mí hasta dejarme temblando y después me cargó sobre su regazo para llevarme junto a él hasta casa.
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