EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 1
PARTE 1
CAPÍTULO 1 – Antes y después
La historia de un hombre no empieza con él mismo, sino con sus antepasados. Arrastramos, aunque no lo deseemos, el carácter de nuestros padres, su sabiduría y su tierra. Todo nos alimenta antes de nacer, e inevitablemente cuando nacemos, ya estamos condenados o bendecidos con el calor de un hogar o con el frío de un bosque. Estas eran palabras de mi padre, que solía parafrasear de vez en cuando, recordando a su propio padre, y al hombre antes que este. Tal vez para justificar una vida miserable, para recordarse que debían encontrar orgullo incluso en los pequeños logros diarios, o para quitarse la responsabilidad de buscar un mejor futuro para su propia descendencia. Siempre me parecieron condenas de la boca de un hombre sabio. Me recordaban que debía seguir sus pasos, y que el camino trazado, era el único por el que yo podría conducirme. Y así era.
Yo nací en una época muy diferente a esta, aunque las similitudes se han mantenido estáticas a lo largo del desarrollo de la humanidad. Aunque hayamos cambiado las carabelas por aviones, todos deseamos viajar, y conocer nuevas tierras. Pasamos periodos de guerras y hambrunas, de comilonas y de fiestas inagotables, ya entonces ansiábamos los días festivos para despreocuparnos de las labores a las que estábamos esclavizados, y los temores de los hombres siguen siendo muy parecidos.
He de reconocer que mis recuerdos de la vida humana que llevé antes de mi conversión, por llamarlo de alguna manera, están algo neblinosos. Cuando intento pensar en aquellos años, en aquella época, hay un velo, ligeramente traslucido, que no me permite profundizar. Como un mal sueño del que en algún momento desperté. Pero fue todo lo contrario. Este es el verdadero sueño, una pesadilla. Y apenas si soy capaz de recomponer a la persona que una vez fui.
Nací en el ducado de borgoña, en el año 1458, justo un año después de que naciera María de Borgoña, la única hija del duque Carlos el Temerario. No era una época pacífica, nunca lo había sido y tampoco lo es ahora. ¿No? Aunque es cierto que las cosas habían estado aún peor, la guerra de lo que hoy se conoce como “de los cien años” había terminado en el 53 y los reyes, duques y grandes hombres estaban aprendiendo a vivir en paz, cosa que muy pocos de ellos conocía. Mucho menos nuestro Carlos, que estaba inmerso en una guerra contra el rey de Francia Luis XI.
Reconozco que muchas de estas cosas las he estudiado posteriormente a mi conversión. Cuando viví allí, mis preocupaciones eran otras muy diferentes. Yo no era un señorito de alta cuna. Ni tampoco hijo de algún comerciante o gran señor. Mi historia habría resultado mucho más colorida y fascinante, no lo niego. Haber nacido ya con dinero en el bolsillo le permite a un vampiro arreglárselas muy fácilmente. Pero me temo que soy un hombre cualquiera, como la mayoría lo éramos.
Mi padre era cazador, y yo también. Cuando tuve edad para sostener un arma, mi padre me compró una lanza. Y a mis veinte años, me hice con una ballesta. No nos iba mal, no teníamos una vida miserable como la tenían otros. Hombres tullidos que volvían de la guerra sin brazos, sin piernas, con dolores perpetuos, sin poder volver a servir, sin poder volver a coger la azada. No, cazábamos para buenos señores, servíamos al conde de nuestra región y comía de la carne que nosotros le proporcionábamos. Y aunque vivíamos en una casita a las afueras, podíamos permitirnos tener buenas armas, y un caballo. No éramos nadie, yo no era nadie, pero cazábamos con orgullo y servíamos a nuestro señor con diligencia.
Mi padre era un hombre rudo, de esos que se emborrachaban hasta perder el conocimiento, pero que al día siguiente logran levantase, sabe Dios cómo, para ejercer su oficio. Mi madre no era diferente, también tenía carácter y estaba curtida por todos los años al lado de mi padre. Tenía una hermana menor. Pequeña, mucho más pequeña que yo. Nos llevábamos diez años y nunca habíamos tenido una relación cordial. No logro recordar muchos momentos con ella y tampoco creo que los hubiese. Ella ayudaba a mi madre y yo a mi padre. Y pasábamos el día separados hasta que regresábamos de noche, ateridos de frío y con algo de caza que llevarnos al estómago.
Tengo vagos recuerdos, lo lamento, profundamente. Y no estoy seguro de si todos son ciertos. Temo que mi mente haya reconstruido muchos de ellos, o inventado otros tantos, con el fin de llenar dolorosos huecos en mi memoria. Lo que más cerca tengo son las estaciones. El calor del fuego, el frío en los dedos. El gatillo de la ballesta en mi dedo índice y el viento de una flecha al salir disparada. Recuerdo la nieve. Pero para eso aún queda un poco. Ten paciencia.
✵
La única otra persona que recuerdo a parte de mi familia, en aquella inhóspita tierra, era Ginebra, la hija del conde. Tuve la suerte de conocerla cuando tenía quince años y por primera vez acompañé a mi padre hasta el palacio del conde, donde llevábamos las piezas de caza. No debía haberla visto, Dios santo. Y ella tampoco debía haber salido de palacio. Dios nos unió, con una divina casualidad. Ella se había escapado a los caminos cercanos con sus damas para dar un paseo en medio de una primavera calurosa y florida. Y yo acompañaba a mi padre por los caminos hacia el palacio, montado en el caballo y con mi padre tirando de las riendas. Llevábamos un jabalí en el carro y ambos estábamos embadurnados en sangre y lodo. Pero ella se nos quedó mirando, y cuando nuestros ojos se cruzaron, sentí un desvanecimiento propio de una dama. Mi alma abandonó mi cuerpo y se quedó con ella a pesar de haberla dejado atrás por el camino. Me quedé mudo y frío todo el tiempo que anduvimos hacia el palacio y cuando llegamos, aunque recobrado el ánimo, mi mente nunca volvió a pertenecerme, tampoco mi corazón.
Cuando regresamos a casa, no la volvimos a ver. Pero durante días permaneció en mi recuerdo. Era blanca y de mejillas sonrosadas, con los labios finos y rosáceos. Con ojos oliváceos y el pelo cobrizo. Estaba trenzado y resguardado en unas mallas doradas, con perlas y cintas de colores. Si no hubiera sido tan corpórea la habría confundido con un hada, o una ninfa. Me había mirado, y me había devuelto una escueta sonrisa, casta y dulce. Y aquella sonrisa avivó mi espíritu. Inflamó mi corazón y mi ánimo. Me había enamorado, y por el cuerpo me recorría una liviana sensación de ardor místico. Acudieron a mí las baladas que se cantaban en las tabernas, los cuentos que mi madre me había contado desde que era pequeño. El amor romántico, ese tan puro y real que existía antes del propio romanticismo.
Deseaba volver a verla. Fantaseaba constantemente con otro encuentro casual. Y he aquí que unos meses después volví a verla. Esta vez dentro del propio recinto de plació. Salía por la puerta principal cuando nosotros íbamos rodeando el camino hasta la puerta que daba al patio y por tanto a las cocinas. Ella me miró y me reconoció. Lo sé porque con un ademán indiscutiblemente ensayado de su mano, se recolocó un mechón de cabello que sobresalía por entre las cintas de su frente. Me miro mientras lo hacía y a modo de saludo, incliné el rostro y me llevé la mano al sombrero, pero ella volvió el rostro, ofendida, y yo sentí que su ofensa llenaba de pasión mi espíritu. Ofendida o no, la había conseguido estremecer.
Cuando cumplí los diecisiete convencí a mi padre, al que cada día le pesaba más recorrer el camino hasta el palacio, que me dejase a mí solo llevar el cargamento. Le pareció una buena idea, y mientras yo iba por aquellos caminos, no podía dejar de verla por todas partes, en cada esquina, detrás de cada árbol. A veces me asaltaba el temor de que ella me estuviese mirando a mí, y yo no lo supiese, escondida detrás de algún montículo, como una diosa avergonzada.
Mi deseo era mucho más fuerte que mi paciencia, y armándome de valor, a veces recorría en secreto los caminos alrededor del palacio esperando encontrarla. Otras, me escabullía una vez había entregado la caza, por los jardines del palacio hasta que alguien conseguía pillarme y echarme de allí. Solía jurar que me había perdido, o que alguien me había hecho llamar, pero las más de las veces me expulsaban, con amenazas e improperios. Yo me dejaba llevar, sumido en el desaliento.
Logré verla unas cuantas veces más en aquellas escapadas. Seguro que le habían dicho que husmeaba por el palacio y ella se había animado a salir a mi encuentro. En una de las ocasiones, se cruzó conmigo en el jardín del palacio. Estaba sentada en uno de los bancos de mármol, rodeada de toda aquella primavera. Al verme, cerró el librillo que tenía en las manos y con un ademán de disgusto se puso en camino. Me dejó helado su sola presencia. Pasó a mi lado, regalándome parte de su aroma, de su esencia. La seguí con la mirada, haciéndola enrojecer, y tras pasarme de largo, yo me vi incapaz de moverme hasta mucho después de que hubiera desaparecido.
En otra ocasión pude verla en su balcón. Un amplio balcón de granito que daba al jardín. Era ya media tarde y el sol se había comenzado a ocultar. La caza se había alargado y para cuando llegué a palacio se había hecho tarde. Ella miraba el horizonte apoyada en la balaustrada mientras yo paseaba por el jardín. Supongo que aquella distancia y la altura proporcional le dieron la valentía para devolverme la mirada y cuando yo alcé el mentón y la contemplé, ella no se escondió. Era suyo, como nunca habría podido ser de nadie más. Me hubiera entregado a ella, hubiera sido su esclavo, su súbdito más leal. Su caballero, si ella me lo hubiera sugerido. Estaba sus pies, y ella lo sabía muy bien.
Llevándose la mano a una de sus mangas, extrajo de ella un pañuelo empapado en su perfume, y arrojándolo a través de la barandilla, o más bien dejándolo caer, acabó a mis pies y yo lo contemplé con más pasmo y que ardor. Ella se rió y se adentró en el dormitorio. Recogí el pañuelo con su aroma y me lo llevé al rosto. Era algodón blanco, con bordados en beige y azul. Y su risa, pérfida y traviesa me atravesó el pecho con una dolorosa amargura. Esto era todo lo que podría obtener de ella, siendo quien era. Y ahora me había dejado con aquel dolor, con el que tendría que lidiar el resto de mi vida.
✵
Eso es todo lo que recuerdo antes del accidente. Suelo pensar en él como eso, un accidente. Un encuentro desafortunado, o tal vez un triste despertar. Los que son como yo, tienen muchas formas de normarlo. Dependiendo de si son más snobs o más sibaritas, algunos lo llaman conversión, otros el despertar. La mayoría de los que he conocido, por desgracia los más extremistas, suelen ponerse misteriosos y referirse a ello como “obtener el don de las tinieblas”. Yo nunca lo he considerado un don, y mucho menos algo a lo que ponerle adornos pomposos, muy propios del rococó.
Y tampoco soy como otros, que conocieron al monstruo y se sintieron envidiosos de sus poderes, y suplicaron por ser convertidos. Te sorprendería cuántos los hay de ese palo. Llegaron a formarse verdaderas comunidades de ambiciosos hombres vampiros que se regodeaban en sus propios delitos de sangre. Pero no quiero adelantarme. Mi conversión se efectuó por el capricho de un vampiro desequilibrado.
Un día de esos duros de invierno, cuando la caza es esquiva pero necesaria, salí junto con una partida en busca de venados. La nieve le cubría los tobillos a mi caballo y a mí me llegaba hasta la pantorrilla y el frío era gélido. Con un gorro de piel y una bufanda de gruesa lana parda me interné junto a mis compañeros en el bosque. Mi padre se había quedado en casa, reparando el tejado, que se nos había hundido a causa de las pesadas nieves que se habían estado acumulando. Pero la ventisca volvió y trajo consigo copos de nieve, y en menos de quince minutos conseguí desoriéntame y alejarme del grupo con el que iba. Fue un descuido por mi parte, el caballo estaba algo inquieto y yo mismo me comencé a preocupar, porque apenas quedaban unas horas de luz.
Pero eso no importó. Las nubes cargadas de nieve cubrieron el sol y las grandes copas de los árboles cubrieron todo de una oscuridad tenebrosa. La nieve me cegaba, y el viento me había vuelto sordo. Mi caballo comenzó a dar vueltas sobre sí mismo y a cada minuto que pasaba sus relinchos se volvían más frecuentes. Como si alguna clase de impulso condujese mis manos, cargué mi ballesta y me quedé mirando alrededor, esperando encontrar el origen de aquello que había vuelto a mi caballo tan temeroso. Tal vez fuera la propia nevada, o verme a mí tan desorientado, pero no me costaba nada tener una flecha en el arma.
—Volvamos, volvamos a casa, muchacho. –Le dije, presa de pánico y tirando de las riendas, dando media vuelta al caballo esperando encontrar el camino de vuelta, pero al girarme, encontré allí parado a un hombre. Envuelto en una gruesa capa parduzca, raída y cubierta de una ligera capa de nieve a cuenta del viento. Solo se veían sus botas gruesas de piel que envolvían sus pies, y sus ojos luminosos y brillantes a través del gorro calado. Un amplio gorro de ala ancha. Aquel ser me produjo tal escalofrío que sentí como los vellos de mi espalda se erizaban. Aferré con fuerza la ballesta y le miré con ojos enfadados a causa de la inesperada presencia.
—¡No es día de dar un paseo por el bosque! –Le grité, para que me oyese por encima de la ventisca, pero aquella figura se mantuvo allí, inerte.
No parecían afectarle el frío o el viento. No me animaba a dispararle, porque solo me pareció un pobre hombre desequilibrado, así que tiré de mi caballo para que avanzase, aunque el animal se resistía a seguir ese camino, pero antes de llegar a su altura, él se aproximó y sujetó las riendas del caballo cerca del bocado del animal y lo detuvo con un tirón. El animal se removió y zarandeó la cabeza pero el hombre, con fuerza insultada, lo retuvo con él.
—¡Suelte las riendas! –Le grité, amenazándole con la ballesta, pero eso no pareció inmutarle.
Su mano enguantada en un guante de cuero negro se había hecho con el control del animal y tiró del bocado haciendo relinchar al animal en un dolor agónico. Por más que yo tirase de las riendas para deshacerme de su agarre me pareció que no conseguí nada en absoluto. La sensación que me trasmitió fue como si se hubiesen enganchado en una columna de piedra, y ni toda mi fuerza pudo hacer que aquel hombre moviese su mano ni un milímetro. Todo mi poder sobre el animal llegaba hasta donde sus manos cernían las riendas. Y aquello me dejó con una impotencia indescriptible.
Levanté la ballesta para dispararle, sin pensármelo por más tiempo, y entonces el hombre levantó la mano con las riendas en ella, elevando al animal consigo, llevándome con él. El caballo se puso sobre las patas traseras, levantándose y relinchando de dolor. Yo perdí el equilibrio y aunque intenté aferrarme a la silla, el caballo acabó por volcar y cayó sobre mí. Aunque la nieve amortiguó mi caída, el peso del animal aplastó mis piernas y partió al menos una de ellas. La ballesta había salido disparada por el aire y la flecha que estaba sobre ella se había clavado en un árbol cercano. Mi grito llenó el silencio que había sucedido al último relincho del animal.
El peso del animal no duró demasiado tiempo. Se había revolcado por la nieve antes de caer en las garras del vampiro. Yo me arrastré por la nieve unos segundos, intentando recobrar una conciencia que se me escapaba por momentos. El dolor me taladraba la mente y la caída me había desorientado. Todo era blanco alrededor, hasta que la nieve comenzó a cubrirse con un riachuelo caliente y rojo.
Pensé que era mía, lo reconozco. Al primer instante me sentí alarmado y una ola de adrenalina me llenó las venas. Me incorporé como buenamente pude, cojeando y con una pierna inútil, pero impulsado por un terror indescriptible. Seguí la sangre con la mirada y el riachuelo acababa en mi caballo, que yacía tumbado en la nieve y aquel abominable ser enchanchado a su cuello, como una garrapata. Una sanguijuela. Hubiera debido correr, aunque no habría servido para nada. Él me habría atrapado igual. Pero me quedé allí quieto, inerte, paralizado por alguna clase de curiosidad suicida.
Y cuando el hombre levantó la mirada, pude ver el rostro de un hombre, un anciano. Un hombre como yo, como mi padre. Sus ojos eran humanos, sus facciones, avejentadas y naturales. Pero su boca estaba rodeada por un cirulo sangriento que resbalaba por su mentón hasta su cuello. Me miró, me devolvió una mirada humana, como la que me hubiera podido dar cualquiera. Y eso fue lo aterrador. No era un ser mitológico, ni el coco. Ni el diablo mismo. Era un hombre, un hombre bestia. Grité, porque cuando clavó los ojos en mí, supe que yo era el siguiente. Su siguiente víctima.
Pensándolo ahora, es irónico. Por primera vez yo era la presa, y huía de un depredador. Sentí esa fuerza que a uno le empuja a huir, dejando atrás cualquier otra cosa. Mi alma se despegó de mí y ya la di por perdida cuando tras varios trompicones me caí de bruces con un aullido: mi pierna acababa de partirse por completo. Sentí el crack por todo mi cuerpo, con una oleada de dolor que me nubló la vista. O tal vez era la nieve. Arañé el suelo escupí varias maldiciones a la nada. Me arrastré, tirando de mi pierna, que hubiera dado lo que fuera por dejarla atrás. El dolor llegó a un punto en que me rendí. La rabia y la impotencia intentaban darme aún un poco de impulso pero fue inútil. Cuando hice el amago de incorporarme el hombre cayó sobre mí, como una sombra, o un ángel de la muerte. Me dio la vuelta y me puso boca arriba. Se sentó sobre mí y aunque intenté zarandearme, golpearle con los puños cerrados y revolverme debajo de él, era un peso muerto, y mis manos no le hicieron nada. Era como golpear una escultura de bronce. Ahora sentía lo que mi caballo acababa de sentir, una impotencia antinatural.
El hombre me sujetó las muñecas con una facilidad pasmosa y me dejó anclado a su agarre, como si sus manos fuesen dos cepos. Más de cerca pude ver que su rostro no era tan humano como me había parecido al principio. Aunque sus ojos eran humanos, tenía un deje de locura que me habían puesto la piel de gallina, y en su faz se notaba que el color aumentaba paulatinamente, y su palidez inicial, desaparecía con el calor que había adquirido de la sangre de mi animal. Y ahora, yo pasaría a formar parte de su calidez.
Sonrió. Mostrando unos dientes torcidos, afilados y ensangrentados, como los de un lobo a punto de dar un bocado. Y hubiera preferido que me hubiese gruñido, como un animal. Una risa era la expresión más humana posible, y eso significaba, que incluso en el humano una bestia esperaba a ser liberada.
No recuerdo suplicar, o llorar. Pero puede que lo hiciera, sobre todo cuando se lanzó a mi cuello y me mordió. Si dijera que fue doloroso, estaría mintiendo. Un mordisco no era nada comparado con una pierna rota, cuyo hueso me había atravesado la piel, la tela y sangraba copiosamente. Lo cierto es que me apaciguó bastante que no me desmembrase, o me arrancase la piel a tiras. Se limitó a morderme y chupar la sangre que iba saliendo del bocado. Durante minutos intenté agarrarme de su abrigo y tirar de él para alejarlo de mí, pero lo di por imposible. Pesaba como una losa de mármol y estaba aferrado a mí con sus manos sobre mis hombros.
Cuando se separó de mí, con la boca entreabierta y la sangre goteando de sus labios, yo ya estaba al borde de la inconsciencia. Estaba anestesiado a causa de la pérdida de sangre y su rostro se entreveía entre una neblina de nieve y lágrimas. Su cabello blanco, largo y en bucles canosos caían a un lado de su cabeza y sus ojos azules, como el mar en un día tormentoso, se me quedaron mirando fijamente, con algo de placer después de un buen festín. Se rió, en medio de su locura, disfrutando de mi delirio.
Un cosquilleo me invadía los miembros y el aire era cada vez más pesado. Su peso me impedía respirar y el frío me estaba arrastrando a la inconsciencia. Su risa, era la de un loco, no tengo ninguna duda de eso. Estaba demente. Incluso siendo un vampiro, era un loco.
—¡Lo haré! –Dijo, y repitió durante unos segundos—. ¡Lo haré! ¡Te lo daré a ti! ¡Para ti será esta maldición!
Y en un arranque de histeria se mordió la mano. Primero la parte baja del meñique, después debajo del pulgar, y por último su muñeca. Pensé que se devoraría a si mismo, y que desaparecería como una serpiente que comienza a devorarse por la cola. Pero antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo había colocado su mano sobre mis labios, y apretaba el puño para que toda aquella sangre se vertiese en un goteo uniforme sobre mis labios. Intente apartar el rostro, al sentir el sabor acre de aquella sangre muerta, pero él me sujetó el mentón y me hizo beber de él.
¿Cómo explicarlo? Yo no sabía qué estaba sucediendo. Nunca había oído hablar de los vampiros, no eran un personaje tan popular como lo son ahora y si se mentaba a monstruos y seres fantásticos de los bosques, uno nunca espera encontrarse de verdad con ninguno. Para mí, aquel hombre no era más que uno de esos monstruos de los que nos hablan cuando somos pequeños. Pensé que me devoraría, como haría un lobo, pero aquello era más elaborado de lo que yo me habría imaginado desde un principio, y cuando me hizo beber de él, yo solo pensé que un loco estaba intentando cumplir algún tipo de fantasía sangrienta conmigo. Pero lo que estaba haciendo era transmitirme su locura, en un intento desesperado por deshacerse de ella.
Los primeros minutos en que bebí su sangre lo hice a la fuerza, pero después aquel liquido estaba reconfortándome, devolviéndome el calor y el ánimo. Recompuso mi espíritu y me hizo sentir de nuevo plenamente consciente. Pero aquello no se detuvo allí. Después de devolverme a la vida, me hizo morir de nuevo. El éxtasis llegó acompañado de una fuerza paranormal y de una incontrolable ansia que me devoraba como una peste. Le costó apartarse de mí, porque yo me haba aferrado a su mano. Se dejó caer a un lado y se reía llenando el silencio del bosque con aquellas delirantes carcajadas.
—¡Ahora tu también estás maldito! –Gritaba, en medio de su éxtasis—. ¡Para ti! Toda mi maldición, para ti. ¡Que te aproveche, muchacho!
Me llené la boca de nieve, en un intento por apagar la sed que comenzaba a quemar mi garganta. Una sed como no había sentido antes. Todo mi interior clamaba por un líquido primordial que apagase las llamas de aquel veneno infecto que me había hecho tragar. Si la pierna rota me había dolido, aquello era cientos de veces peor. Todos mis nervios estaban en agonía, me retorcía intentando sofocar aquel ardor, pero nada de lo que hiciera calmaba el dolor. Mi cuerpo estaba muriendo, y yo lo sabía. Dios me estaba mandado directo al infierno incluso entre toda aquella nieve.
✵
Si perdí la consciencia no lo recuerdo. Desperté en medio de la noche, sabe Dios de qué día. La nieve había cubierto parte de mis miembros pero la ventisca había cesado. La luna se dejaba ver disimuladamente a través de las copas de los árboles, y yo miré a todas partes, totalmente desorientado. Había perdido todo lo que había albergado en mi memoria. Me costó recordar cuál era mi hombre, mi edad, y dónde estaba. Estaba parcialmente cubierto de nieve pero no sentía frio, era de noche pero no tenía sueño. Estaba solo, y sorprendentemente no tenía miedo. Estaba como varado en una pesadilla, de la que no sabía cómo despertar. Pero la conciencia regresó cuando me erguí y atisbé a ver mi acaballo, muerto y cubierto de sangre a unos metros de mí. Todo regresó a mí como un golpe en la nuca. Solo me quedaba averiguar si lo que había acontecido había sido fruto de una pesadilla, al caerme del caballo y golpearme la cabeza, o si por el contrario…
Al ponerme en pie, la pierna ya no me dolía. Tal vez nunca se me había roto. Mis ropas estaban manchadas de sangre seca, y la nieve estaba salpicada aún con algo de ese oscuro color parduzco. Me llevé la mano al cuello, donde aún sentía punzadas de amargo quemazón, pero no encontré cicatriz alguna. Alrededor no había nadie. El hombre se había esfumado, dejándome a mi suerte con aquella maldición. Pero aunque me notaba ciertamente diferente, no me atreví a pensar que me había convertido en un monstruo como él. Me negaba a pensarlo. Si me había maldecido, alguna bruja podría sanarme, rezarle a Dios podría ser una buena alternativa. Me sentía humano, me sentía completo y con mi alma dentro, tal como había salido de casa.
O eso pensaba. Mientras pensaba en todo aquello me descubrí metiéndome bocados de nieve sangrienta en la boca. Lamiendo la sangre congelada del caballo muerto. Mordisqueando su cuello y su lomo en busca de un poco de sangre que saciase la sed que me estaba comenzado a picar en la garganta. Era saciante, aquellas míseras gotas de sangre eran suficientes para aplacar un poco al monstruo que pugnaba por salir, y lo mantuve a ralla unos minutos. Los suficientes como para descubrirme en aquella mísera situación. Eran bocanadas de aire después de pasar horas bajo el agua. Un remedio eficaz. Ciertamente una condena.


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