EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 18

CAPÍTULO 18 – El comienzo del viaje


Mi maestro organizó nuestro traslado al sur del continente sin apenas consultarme nada. Tampoco yo quise involucrarme. No tenía idea de cómo hacerlo y observándole, aprendería mucho más. Nuestro objetivo era llegar a Bolonia. En un principio el emperador había pensado en hacerlo por tierra, atravesando el continente, pero asuntos cruciales le reclamaban en España antes de poder coronarse, así que la mejor opción era embarcarse desde Flandes y llegar al norte de España, que el emperador atendiese sus cuitas, y después volveríamos a tomar un barco esta vez en Barcelona y partiríamos por el mediterráneo hasta Bolonia.

Otro cambio casi de última hora era el lugar de la coronación. El papa habría deseado que se realizase en Roma, pero después de que dos años antes, los soldados del emperador saqueasen la ciudad, las relaciones con la ciudad no estaban en las mejores condiciones. Así que el emperador propuso celebrarla en Bolonia.

Era un trayecto demasiado largo como para que nosotros lo hiciéramos por nuestra cuenta, teniendo en cuenta que el rey tardaría varios meses en llegar, y si necesitaba a su médico, debía estar presente. Pero era demasiado arriesgado hacerlo en compañía de los demás teniendo en cuenta de que viajarían de noche pero también a la luz del día. Dejé elegir a mi maestro, y me anunció que usaríamos varios métodos combinados para poder realizarlo.

No me demoraré narrando las aventuras de nuestro viaje, que fueron bastante pocas y mediocres. Embarcamos junto con los demás en el barco que salió de Amberes. Nos hicimos con dos camarotes que no tenían ojo de buey y nos quedábamos allí durante las horas diurnas, acurrucados el uno al lado del otro en un camastro. Podríamos habernos metido en el féretro que habíamos traído con nosotros y que estaba custodiado en la bodega, pero cualquiera se metía allí, a jugar los rompecabezas cada vez que quisiéramos desenterrarlo de entre todos los objetos que trasladábamos.

Durante las horas nocturnas solíamos hacer acto de presencia, no solo con la tripulación, también con el emperador. Al fin y al cabo mi maestro era el único médico a bordo y no solo se dedicó a procurar la salud del rey, sino la de todos, si era posible. Al principio los marineros estuvieron un poco en desacuerdo en que el médico se tomase la libertad de aparecer cuando el diese la gana, pero el emperador dejó bien claro que tanto Bastian como yo padecíamos una terrible enfermedad que nos mataría si nos exponíamos al sol. Así que la situación que era tensa en un principio pasó a ser de lástima y compasión. Cosa que tampoco me gustaba demasiado.

Yo era la primera vez que veía el mar, y no solo eso, sino que navegaba en un barco. La idea de ahogarnos estuvo presente conmigo durante todo el trayecto, igual que en muchas de las mentes que había alrededor. Los miedos a veces me superaban. Si el barco se incendiaba, si el mar nos tragaba, si nos topábamos con piratas o enemigos, todo era posible. Pero como mi maestro no parecía temer a nada de eso, y nos acompañó el buen tiempo la mayor parte del camino, apreciar el mar a la luz de la luna era un placer que deshacía todos mis temores.

Trajimos con nosotros una pequeña parte de mi biblioteca y también la mayor parte de nuestro laboratorio. Me hubiera apenado dejar atrás tanta cantidad de libros si no hubiera sido porque para esas alturas yo ya me los había leído. Usaba aquellas horas encerrado en mi camarote para practicar el Italiano, y todos sus diferentes dialectos, el painés, el napolitano, el siciliano… por suerte ya había aprendido el castellano cuando desembarcamos en Asturias.

El rey se dirigió de inmediato a Valladolid, a visitar a su madre que estaba encerrada en un palacete. Le acompañamos porque quería que su médico la auscultase, a pesar de que no había presentado ninguna clase de dolencia. Era una mujer muy atractiva, enlutada y con el rostro visiblemente marcado por los disgustos y la carga mental, pero hizo lo posible por recomponerse ante la presencia de su hijo. Pues al fin y al cabo, mientras ella estuviese viva, era la reina de Castilla, aunque no tuviera voz ni voto.

Después nos trasladamos a Toledo y pasamos ahí al menos un mes. Sebastián había avisado a su conocido en la ciudad de que pasaría unas semanas allí y este se había ofrecido a dejarle su casa. Hubo una tensa discusión a las puertas de la casona que aún recuerdo con una sonrisa. Mi maestro insistió en que no era necesario que su conocido abandonase la casa, que encontraríamos otro sitio donde pasar aquella estancia, pero su amigo y compañero de profesión le aseguraba que era una buena oportunidad para visitar su hermano en Madrid.

—Te he dicho que no hace falta, que el muchacho y yo hemos apalabrado una habitación en una posada…

—¿Cómo vais a dormir en una posada, teniendo una casa aquí? Por el amor de Dios. ¿Es que no se te ha ocurrido que yo puedo prestarte un par de habitaciones?

—No queremos ser una molestia, Rodrigo. ¡Ni se te ocurra! –Mi maestro estaba cortándole el paso, pero el hombre ya salía de la casa con sus bártulos. Nos había hecho llamar con la intención de saludarnos, pero cuando llegamos a la casa, él ya salía con las maletas.

—Te digo que mi hermano ya me está esperando en Madrid. Su mujer va a dar a luz en una semana y le encantaría tener a un médico en la casa. ¡Además! Así veo a mi familia, que hace mucho tiempo que no los visito…

—Pero no te vayas tan precipitadamente, pasa al menos la noche aquí, y sales a primera hora. Hacer los caminos de noche es muy peligroso en estas zonas… —Me sorprendió mucho el castellano de mi maestro, era casi como un dulce en su boca. Una cosa era haberme ayudado a aprenderlo con charlas programadas en horas de estudio y otra muy diferente oírlo en plena disputa—. Nos ofendería mucho que desaparecieras así, sin más No, no lo permitiré. –Le cogió una de las maletas que tenía en sus manos y se metió dentro de la casa con ella. Yo me quedé pasmado, mientras el madrileño me miraba con ojos de pasmo y susto. Eso me hizo reír y mi sonrisa le endulzó el carácter.

—Tu maestro no tiene remedio. –Me dijo en latín, y yo le sonreí.

—Es muy mandón, lo sé. –Le contesté en castellano—. Y es mejor que le hagáis caso, o yo lo sufriré todo el tiempo que estemos aquí. Dadle ese placer, por favor.

Ante aquello el hombre acabó por convencerse. Se adentró de nuevo en la casa y dejó sus maletas en el recibidor. Después me invitó a entrar. La casa era oscura y estrecha, casi claustrofóbica, pero había un montón de lamparitas de estilo árabe. Alfombras y tapices coloridos. Se respiraba el calor de un hogar y los perfumes de un incensario. Pero aquello era solo el recibidor, unas escaleras conducían a la planta de arriba, con sus dormitorios y sus salones, y de frente, un arco árabe daba a un precioso patio iluminado por la luz lunar y las estrellas. Y candelabros y antorchas. Si al principio me había parecido una pequeña madruguera, aquello era un palacio escondido. Salí sin poder contenerme al patio y miré alrededor. Había una cocina, unos baños, un pozo, y arriba, asomado a una de las balaustradas, mi maestro me miraba, aún con la maleta de la mano.

—Ayuda a mi amigo a subir sus cosas a su dormitorio. Y después manda una carta a la posada para que nos devuelva nuestro equipaje aquí.

—Bien.

Intenté obedecer, sin embrago el compañero de mi maestro se me había adelantado y había comenzado a subir sus pertenencias él solo. Me miró con una expresión de picardía.

—Dado que no me dejáis marchar, por lo menos haré el papel de anfitrión como es debido. No dejaré que mis invitados carguen con mi equipaje.

Le devolví una sonrisa. Era un buen hombre. Dulce y agradecido. Casi rallando lo cómico.

—En ese caso le traeré nuestro equipaje, para que lo cargue también. –Dije saliendo por la puerta, en dirección a la posada. Le oí reír y después gritarle a mi maestro.

—¡Vaya muchacho más impertinente has tomado como alumno! Como se nota que es tu sobrino.

La casa era como un pequeño palacio árabe, escondido bajo una fachada medieval, terriblemente vulgar y anodina. Era un pequeño bombón de chocolate envuelto en papel de periódico. Me daba la sensación de que por muchos días que pasásemos en aquella casa, no habría forma de ver cada uno de los rincones, no porque fuera espaciosa, sino porque estaba repleta de todo tipo de abalorios, pinturas y muebles. Todo forrado con tapices y alfombras. Hasta en la habitación más recóndita había una consola de manera brillante repleta de elefantes de porcelana, lamparitas de vidrieras de colores, incensarios árabes y pequeños retratos en madera, pobremente enmarcados, pero con un encanto embaucador.

El salón era lo más impresionante. Estaba amueblado al estilo oriental, con una mesa baja, rodeada de cojines y alfombras. Todo alrededor rezumaba calidez, pero solo hasta cierto punto porque todo aquel aire arabesco era una cierta barrera cultural que irradiaba un aire misterioso, que escondía toda una filosofía y una estética desconocidas.

El compañero de mi maestro, Rodrigo Tejedor, nos reunió a los tres en el salón después de que nuestro equipaje hubiera llegado y nos hubiéramos acomodado. Nos sacó unas aceitunas y unos encurtidos para comer algo, pero mi maestro le explicó que habíamos comido en el viaje y que no teníamos apetito. Sin embrago mi maestro sí aceptó una copa de té caliente que fingió beber durante horas. Al principio me quedé sentado a su lado, sintiéndome como un sultán, pero después la curiosidad pudo conmigo y me levanté a observar cada pequeño detalle de la estancia. Me costaba imaginar que toda aquella decoración fuera de mi maestro, porque el médico que teníamos con nosotros parecía mucho más entendido y refinado que este tipo de estética, pero tampoco podía creer que hubiera decorado una casa que no era suya con un estilo tan recargado. Entonces entendí que tal vez aquello era el resultado del amor de ambos a este tipo de estética y me pareció un lugar mucho más dulce y elaborado.

Nos había hecho descalzar, cosa a la que yo no estaba acostumbrado y sentir en mis pies la alfombra me hacía cosquillas, pero caminar por aquel salón era delicioso. En un pequeño altar que había en un rincón había varias velas encendidas, una virgen de marfil y varios retratos pequeños, una mujer y varios niños. También unas flores y un cuenco con incienso consumido.

Me imaginé que en algún lugar de la casa habría una pequeña biblioteca, pero aún así, había varios tomos esparcidos por doquier. Dos apilados en un mueblecito, cinco en fila, sobre la chimenea, uno abierto cerca de la mesa donde estaban ellos dos sentados y dos pequeños panfletos apoyados en la pared, sobre una pequeña repisa. Los habría colgado del techo si hubiera tenido de dónde hacerlo.

Ellos habían estado hablando del viaje, del tiempo que había hecho en Toledo aquellos últimos días. De los problemas que habían surgido en Valladolid por la presencia de la reina encerrada, las buenas gestiones que la reina consorte, Isabel de Portugal, estaba llevando a cabo contra los franceses y en las nuevas tierras del otro lado del Atlántico. Cuando se pusieron al día Rodrigo comenzó a hablar de su hermana y de sus sobrinos, que estaban en Madrid. Y de su madre, que había fallecido unos meses atrás. También de su padre, y de alguna amiga, que parecía ser una futura prometida, que tenía allí en Toledo.

Yo me senté en una pequeña mesita algo apartada de ellos donde había un tablero de ajedrez. Entonces apenas si pude identificar el juego. Las piezas eran de marfil y ébano. Muy costosas. El ajedrezado era exquisito, estaba ensamblado con una disposición casi artística y todo el juego estaba colocado, predispuesto a un enfrentamiento. El juego lo presidían dos reinas, incorporación moderna que se había extendido a finales del siglo anterior, y que antiguamente no existía en el juego. No era muy antiguo, pero entonces era toda una novedad. Era caro, sin embargo. Toda una pieza de coleccionista. Sostuve la torre blanca por unos segundos. Era pesada y ligeramente veteada. El diseño era espectacular, estaba estriada y las líneas subían como enredaderas a través del cuerpo de la torre.

—¡Ah! –Exclamó Rodrigo, al verme sujetar una de las piezas y posó la mirada en mí, atento y complacido de que me hubiese llamado la atención aquella pieza—. ¿Sabéis jugar al ajedrez, muchacho?

—No. No he jugado nunca.

—¡Pero bueno, Sebastián! –Dijo, con aire de indignación—. ¿Cómo no le has enseñado a jugar? Es algo que todos los jovencitos nobles deben aprender. Es una gran forma de entablar conversación, con otros hombres y con algunas damas.

—Mi sobrino no es muy hablador. –Me defendió Bastian, pero no consiguió desanimar a Rodrigo, que se incorporó y acudió a mi lado, emocionado por tener un aprendiz.

—Eso no es problema. No es necesario hablar si no se quiere. Solo es una escusa. –Señaló la pieza que aún sostenía en mi mano—. Es un tablero moderno.

Su cercanía, reconozco, me resultó intimidante. Era alto, no tanto como mi maestro, pero me pilló por sorpresa su entusiasmo. Era de mirada noble y de rostro anguloso. Con una nariz algo grande y los ojos oscuros. Con el pelo rizado y corto, que comenzaba a clarear en las patillas. Era de ascendencia judía, eso no se lo podría rebatir nadie, pero de eso haría un par de generaciones ya. Si no lo delataba su perfil, lo haría su apellido.


—Antiguamente era un carro de combate, y no una torre. Pero de eso hace mucho. La reina es el verdadero avance de este último siglo. Ya se ha consolidado, amigo mío. Es la pieza más importante, la que se mueve a donde le viene en gana. 

—Leí el poema de Marco Girolamo Vida, el obispo de Alba. –Le dije, cuando estaba a punto de sentarse delante de mí, no sé si para competir o para instruirme—. El que publicó hace unos años. La partida de ajedrez entre Apolo y Mercurio. Mi maestro tiene una copia.

—¡Vaya! ¿Y has leído algún libro sobre las reglas del ajedrez? Tengo unos cuantos por ahí, luego te los prestaré. –Se sentó delante de mí pero yo no deseaba jugar. Ni que me instruyera. No deseaba poner a prueba mis nervios ni mi paciencia así que le detuve con un gesto, antes de que se sentase.

—¿Tenéis libros de historia? Me interesan mucho más que el ajedrez.

—En ese caso… —Dijo y se incorporó, pensativo—. Sí tengo unos cuantos. ¿Historia antigua?

—Si es posible, no tan antigua. Estoy arto de los griegos.

Se rió como un chiquillo y salió del salón, con un gesto de mi mano para que no me moviese de mi sitio, pero lo cierto es que regresé al lado de mi maestro y me dejé caer a su lado. Su té estaba intacto y las aceitunas se habían acabado, solo quedaban las semillas.

—Espero que no se empeñe en querer enseñarte el ajedrez. –Dijo Bastian mientras tamborileaba con sus dedos en la mesa. Sentí ganas de acurrucarme a su lado pero me contuve. Le fulminé con la mirada, cargada de recelo.

—¿Y eso por qué?

—Yo tengo estoicismo suficiente como para aguantarte, pero él no es muy paciente que digamos.

—¿Acaso soy mal alumno? –Le pregunté, acercándome a él con el rostro encogido en una mueca arrugada.

Me miró de reojo y contuvo una sonrisa.

—Bien lo sabes, muchacho. No me provoques.

Ricardo regresó con un par de tomos de la historia de Egipto, un pequeño libretillo titulado “Países orientales y sus costumbres” y otro llamado “Visigodos y su reinado en la península”, todos en castellano y latín. Lo dejó a mi lado en la mesa y me habló de ellos mientras se sentaba justo al otro extremo, de donde se había levantado unos minutos antes. Observé, con algo de envidia, como mi maestro disfrutaba oyéndole hablar. Era un hombre resuelto y alegre, con vitalidad y elegancia. Parecía estar excitado por tener visita en su casa, y me di cuenta de que mi maestro también disfrutaba de tenerlo cerca. Sentí una inevitable punzada de celos, pero al mismo tiempo me satisfizo saber que mi maestro se encontraba a gusto, y eso significada que allí, con aquel hombre, no había peligro para ninguno.

Después al té le siguieron los licores y a eso de las dos de la mañana el madrileño parecía exhausto. Se le cerraban los ojos y aunque la conversación se había alargado, la noche estaba llegando a su fin, al menos para él. Mi maestro le alentó a que se fuese a acostar. Como le habíamos invitado a quedarse un par de días hasta que emprendiese el viaje a Madrid, al día siguiente debía atender a un par de pacientes y avisar al resto de que a partir de entonces sería mi maestro el que los atendería.

—Mañana te pasaré la lista de pacientes que tienen consulta la semana que viene. Les escribiré, y les advertiré de que serás tú quien les trate. ¿Recuerdas a la vieja Cunegunda? Aún sigue con sus dolores de artritis. Ya verás, aunque no tenga cita, aparecerá por aquí tarde o temprano para que le des algún opiáceo. Se lo tengo prohibido, pero de vez en cuando le doy algunas infusiones. Solo para que me deje tranquilo.

—Tranquilo compañero, yo me haré cargo. Y si no, siempre puedo mandar a mi sobrino a que la espante con sus modales.

Yo di un respingo tal que les hice reír a los dos. Se me encendieron las mejillas y con esa última impresión Rodrigo se despidió y subió a sus habitaciones.




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