EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 17

CAPÍTULO 17 – En Amberes

 

Un par de semanas antes de partir, me propuso salir a cazar a Amberes, la ciudad donde el emperador tenía su palacio. Y aunque este se situaba a las afueras, mi maestro me propuso pasar la noche en la ciudad, rodeados de paisanos. Nos vestimos con ropas más modestas y fuimos a pie, pero no a paso humano. Atravesamos el bosque y los caminos a nuestro propio ritmo y llegamos en una hora. Ataviados con ropas sencillas, cubiertos con una gruesa capa y con anchos sombreros, nadie nos reconocería. Era invierno, por lo que no había época mejor para un disfraz más eficiente. Amberes era una ciudad que comenzaba a emerger como un importante centro comercial y financiero y en aquellos años empezaba su edad dorada. Pero eso son cosas que solo se aprecian con cierta distancia temporal. Hasta ese momento Brujas había sido la ciudad más acaudalada de la región, pero su declive había dejado sitio para una segunda meca del comercio, sobre todo de textiles, especias y plata.

Por lo que no fue extraño que habiéndose ido el sol hacía apenas una hora, todos los jornaleros de los diferentes gremios que inundaban la ciudad, saliesen a las tabernas, a pasear, a terminar sus recados y a visitar a sus familiares. Era una ciudad increíble, llena del bullicio propio de un centro cultural como aquel. Después de internarnos por las diferentes calles, estrechas y aún iluminadas por las lámparas de los comercios, desembocamos en el Grote Markt, la Gran Plaza del Mercado, donde se aglomeraban todas las casas de los artesanos, gremios y tabernas.

—De día debe ser un lugar increíble.

—De noche tiene su encanto también. –Dijo, divertido—. La gente es más amable porque ha dejado de un lado la rutina de su trabajo y siempre se mueven más, que de otra manera, estarían metidos en sus talleres. Aunque reconozco que ver a un platero o un orfebre en plena tarea es una delicia.

—¿No sientes a veces nostalgia por la vida diurna? –Le Pregunté, a lo que él sonrió, mirlando la luna recortada que se alzaba en el cielo.

—A veces, lo reconozco. Sí, la echo de menos. O más bien, me da curiosidad. No echo de menos nada en concreto, pero a veces me gustaría saber cómo es una persona a luz del día, cómo es una ciudad de este siglo, con tanto bullicio, a la luz del sol. ¿Te ocurre a ti lo mismo?

—Acaba de ocurrirme, por primera vez. –Reconocí—. Antes de mi conversión, solía ir a una taberna con mi padre, después de la caza. En el pueblo… —Hice memoria, aunque me costaba horrores—. Pero creo que no es tanto el día lo que echo en falta, sino la ausencia de una serie de costumbres humanas que he perdido, o que ya no podemos tener.

—¿Cómo cual?

—Si fuera humano, me gustaría ir a una taberna, beber un poco de vino especiado, hablar desenvueltamente con alguna tabernera y después pedir un poco de queso y cecina.

—Sí, lo comprendo. –Dijo él, pero algo más animado, me cogió del brazo y tiró de mí por uno de los soportales de la plaza—. Está bien, hagámoslo.

—No, no beberé vino. Solo pensarlo… —Arrugué la nariz pero él se sonrió.

—No tenemos que beberlo, pero podemos fingir que lo hacemos. Es muy sencillo solo… —Tiré de él para frenarlo. Vio en mi cara el recelo y la indecisión. O más bien la ofensa. Yo no fingiría ser lo que no era, no hasta ese punto. El teatro, toda aquella pantomima tenía unos límites para mí.

—Me sentiría horriblemente mal, si me pusieras una copa de vino y no pudiera beberla. O un poco de cecina y no pudiera comerla.

Me sonrió, con la mayor comprensión de la que era capaz un hombre y puso su mano sobre mi hombro, apretando su agarre.

—Bien, lo comprendo. Tal vez a mí me gusta hacerlo porque me gusta la autoflagelación. Pero lo comprendo. Eso quedó atrás, ¿no? –Desplazó su mano hasta mi espalda y me condujo calle abajo—. En ese caso, hagamos cosas que solo nosotros podemos permitirnos. ¿Qué te parece? Al final, ser lo que somos tiene sus privilegios…

—¿Hacer qué?

—Ah, ya lo verás… Paseemos un poco más, hasta que sea noche profunda. Entonces pasaremos más desapercibidos.

Los lugareños eran personas humildes, trabajadores honrados, la mayoría de ellos. Pero también nos cruzamos con comerciantes y nobles. Era una colección de almas de lo más variopinta. Una anciana vendía frutos secos en la calle, otra, pequeños abalorios religiosos. La reforma protestante ya había comenzado unos años atrás, era cuestión de un par de décadas que la nueva religión llegase a aquel país, y lo sometiese a sus nuevas doctrinas. Pero entonces el catolicismo era la religión dominante y se notaba en cada edificio, en cada pensamiento y en cada obra. Los escultores y pintores gobernaban la ciudad, a pesar de que la mayoría de las obras salían de allí.

Sebastián dio con un librero que ya hacía dos horas que había cerrado su librería, pero sin necesitar el arte de la persuasión y ofreciéndole dinero simplemente por dejarle ojear los manuscritos que tuviese en su tienda, el librero nos llevó consigo a una calle apartada del bullicio del centro. Era un hombre anciano, con patillas gruesas y un poco encorvado. Pero parecía mucho más ágil que nosotros. Se caló la capa para no pasar frío por el camino y nos condujo mientras hablaba de los nuevos encargos que había recibido. De los nuevos libros que le habían llegado, y de un par de mapas que se habían divulgado. Nos contó que un copista del emperador le había regalado un mapa de lo poco descubierto en el nuevo continente, y otro de nuevas rutas por el continente europeo. Dada la enemistad con Francia, y puesto que el emperador lo era del Sacro Imperio Romano Germánico, muchas de las rutas comerciales hasta Italia se hacían ahora por Alemania.

La tienda era muy pequeña en la entrada, apenas un par de metros cuadrados. Pero el hombre nos condujo al almacén, no solo donde tenía una imprenta, y el taller de los copistas, también las estanterías repletas de ejemplares.

Por lo que pude deducir de la escueta conversación que mantenían, porque el librero apenas le dejaba hablar a mi maestro, ya se conocían de antes y le había comprado varios ejemplares. No por cualquiera abría la librería una vez cerrada, decía. Aunque deseé vagar por aquellos estantes me mantuve educadamente a la vera de mi maestro y este se dejó convencer del librero, que le mostraba dos libros que habían llegado aquella misma mañana. Uno de relatos árabes y otro en latín, unas viejas memorias de algún historiador romano.

—¿Tenéis algo nuevo de botánica?

—Nada, señor. No ha llegado… ¡Oh! Espere. No ha venido nada de botánica, pero uno de mis muchachos dio en el mercado con un libro de alquimia. Deje que voy a buscarlo.

—Eso es perfecto.

—Se está poniendo de moda esta nueva ciencia, me temo. Todos los meses pasa por aquí algún comerciante preguntando por libros o manuscritos de alquimia. –El hombre se sumergió entre los estantes y metió el brazo hasta el fondo, sacando un libro que tenía escondido detrás de una fila de tomos—. Mire, está recién encuadernado pero las hojas son antiguas.

—¿Lo habéis encuadernado vos?

—En absoluto. No lo he tocado desde que lo trajo mi aprendiz. –Y mirándome con suspicacia, me sonrió—. Tiene una encuadernación muy bonita en cuero rojo. Es todo un lujo por estos lares…

—Ya veo. ¿Cuánto pide?

Se enzarzaron en una disputa por el coste del libro hasta que mi maestro, un poco hastiado, le preguntó si tendría libros de anatomía, o algunas láminas o dibujos. El librero desapareció por detrás de una de las estanterías y mientras hacía tiempo, Bastian se inclinó hacia mí.

—Ojea por ahí. Dime si ves algo interesante.

Me alejé de él y recorrí con la vista las estanterías. Muchos de los tomos no tenían nada escrito en los lomos, por lo que sino los ojeaba, no sabría de qué trataban, pero me dejé llevar por mi intuición. Había muchos cuentos y novelas. Muchos ensayos que no merecían la pena. Al principio buscaba solo para él, algo que pudiera interesarle, y sabiéndome de memoria cuales eran los libros de su biblioteca personal, no me costó discerní qué sería de interés. Hallé dos pequeños ensayos, uno sobre afecciones de la piel y otro que aseguraba identificar las enfermedades por el aspecto de la sangre. Me pareció tan divertidamente morboso que sonreí.

Me topé con un tomo con grabados de paisajes y pinturas Italianas que tanto comenzaban a gustar en aquella época. Me perdí momentáneamente por aquellas páginas. Una madona mucho más humana que yo sostenía a una criatura que parecía todo menos una divinidad. Rollizo e ingenuo, sosteniendo el cálido abrazo de su madre. Unas ruinas, las de un arco a medio camino entre el recuerdo y el olvido. Lleno de musgo y con un letrero ilegible. Lo dejé en su sitio y regresé a la vera de mi maestro, entregándole los dos tomos de medicina que me habían resultado interesantes. Ni si quiera los ojeó. Se los entregó al librero que le había mostrado tres láminas anatómicas y pidió pagar por todo. Me conmovió su confianza hacia mí. El librero parecía no querer hacer cuentas y le pidió una cantidad un poco desorbitada. Mi maestro frunció los labios y regateó. Mientras el librero deliberaba, Bastian se condujo a la librería y rescató el tomo de grabados Italianos y lo puso sobre la mesa. Yo me conmoví. Y arrebolado le sonreí como un crío al que le han concedido un capricho.

Salimos de allí con todos esos libros y láminas. Se hizo con un zurrón de cuero y metió todo allí. Después tiró de mí de nuevo hacia el centro, despidiéndose del librero que cerraba alegre la tienda. Dos de sus ayudantes le esperaban en la taberna de donde le habíamos sacado a la fuerza.

Cuando regresamos a la plaza, me interrogó.

—¿Por qué no lo tomaste?

—Pensé que solo buscábamos libros para ti, para tus estudios. No tengo dinero, yo...

—Eso no es ningún problema. Toma lo que te plazca.

—Podrías haberle convencido para que nos bajase el precio. El pobre hombre se ha aprovechado de tu confianza para sacarte los cuartos. Esas láminas son copias, no valen tanto...

—Lo sé. Pero, ¿qué me importa? Si fuese un comerciante, o un vendedor, me andaría con más cuidado. Pero hace muchos años que no me preocupa el dinero. Y bueno, le acabo de hacer a ese hombre un poco más feliz. Sus aprendices trabajan duro, tiene una buena colección de ejemplares. –Se encogió de hombros—. No me importa si me roba un par de reales de más. Sí, podría haberle embrujado para que me los regalase. –Dijo aquello con un tono artificialmente misterioso, haciéndome reír—. Pero eso no sería honesto. Aunque te reconozco que soy una rara avis. Así hacen muchos bebedores de sangre su fortuna.

—¿Ah? –Pregunté, mirándole con ojos curiosos.

—La eternidad en la pobreza es muy dura, no creas. Tú también eres una rara avis. Has nacido en la humildad y has pasado décadas viviendo de tus instintos. Pero muchos como nosotros no toleran esa vida. Hasta ahora has sobrevivido porque te has creído no mejor que una bestia o un monstruo. Pero quienes rápidamente toman una conciencia más elevada y creen merecer vivir mejor que el resto de mortales, no soportan la indigencia o la vida nómada. La mayoría se hacen ricos robando, engañando, matando y heredando lo que no les corresponde. Tú lo tendrías facilísimo.

—¿Yo? –Pregunté, arrugando la nariz.

—Solo tendrías que seducir a una anciana condesa ricachona y puf, ya estaría. Un día ella aparecería muerta en la cama y tú, con el estómago lleno, heredarías todo.

—¿No podría casarme mejor con una joven duquesa o algo así?

—Ah, ah. –Negó y después se rió solo—. No, eso no es lo más inteligente. Si es muy joven seguramente aún no haya heredado nada, y si os desposáis y pasan los años, ella sospechará cuando no te vea envejecer. También tienes que tener en cuenta que una duquesa que herede toda una fortuna normalmente siempre está envuelta en asuntos políticos, como nuestra conocida duquesa de Borgoña. Esa no es una vida muy cómoda. Hay que buscar el equilibrio. Una condesa, o una marquesa son suficiente.

—¿Así conseguisteis vuestra fortuna? ¿O la heredasteis toda de vuestra familia?

—Nah, mi familia estaba en decadencia cuando yo nací. Me fui a la guerra para eso, para olvidar todo aquello y no ser una carga más. Hice mi fortuna como templario.

—¡Ah! –Exclamé—. ¿Ganasteis la guerra?

—No. No recuperamos Jerusalén. –Dijo, encogiéndose de hombros, como si fuera todo aquello agua pasada. Fueron unos años terribles. Perdimos la cruzada, me convirtieron en inmortal, perdí a un amigo, mi rey murió unos años después…

—¿Qué rey? ¿Para quién serviste?

—Ricardo. Lo llamaron Corazón de León. Pero a mí me parecía más temerario que valeroso. –Se encogió de hombros—. Murió diez años después de que yo me convirtiese, en una guerra contra Francia. Yo regresé a mi hogar, pero aquello ya no parecía mi casa. Y a pesar de que mi familia seguía con vida, los abandoné. No volví a Inglaterra hasta mucho después.

—¿Cuándo volviste?

—Pues hará unas décadas, no, casi un siglo ya. Al principio me aficioné, casi como un pasatiempo, a seguir la línea de descendencia de mi hermano, el único que le había dado nietos a mi padre. Me interesaba sabe hasta dónde llegaba mi linaje y mi estirpe, pero con los siglos todo aquello me fue consumiendo. Cuando a principios de 1400 volví para ver lo que había quedado de lo que éramos, no quise siquiera averiguarlo. Para entonces había perdido todo interés. Me había estado carteando con algunos de mis familiares, pidiéndoles información y referencias, siempre haciéndome pasar por algún hijo que tuviera el hijo de aquel valeroso caballero que fue a la tercera cruzada con el rey Ricardo. Pero aquellos que quedaban allí en la isla no eran nada míos. No es que yo hubiera cambiado, es que no eran nada que me perteneciesen. Se habían mezclado, algunos se habían hecho comerciantes, otros obreros. La mayoría de las mujeres trabajaban en hogares de ricos, otras se habían casado con buenos hombres. Era una pena, pero ya no tenía sentido. Cuando volví a mi casa quemé todo mi árbol genealógico. No tenía sentido conservarlo. Todos los apuntes que había tomado, las cartas que nos habíamos enviado. Lo mejor era que cada uno continuase con su camino. Es más, ya había empezado a adoptar diferentes apellidos, así que las cosas debían quedar ahí.

Cuando fue noche cerrada llegamos a la catedral de Nuestra Señora. Habían terminado de construirla unos años antes y estaba inmensa e imponente. Era la primera vez que veía algo semejante, erigida en el más puro estilo gótico brabantino. Limpia y pulcra, enmarcada en un terrible cielo negro, alta como una montaña. Era muy tarde, casi las cuatro de la mañana. Habíamos paseado un par de horas antes de que me condujese hasta allí. Las personas ya estaban en sus casas, durmiendo. La iglesia estaba cerrada y al acercarme a la puerta principal me volví en dirección a Bastian.

—Es una pena que no podamos entrar… —Dije, pero él se desternilló ante mi ingenuidad. Me mostró toda su fila de dientes y a punto estuvieron de saltársele las lágrimas. Su risa reverberaba por toda la calle y yo me encogí en mí mismo.

—Y que tú digas eso… —Murmuró mientras llegaba hasta mí y me ponía una mano sobre la nuca para hacerme mirar desde aquella corta distancia la torre que se erigía tan alta como un palacio—. Hay cuatro vanos abiertos en lo alto del campanario.

—¿Nos colaremos?

—¿Ahora muestras recato?

—Es una iglesia, maestro… —Que le llamase de aquella manera le removía por dentro. chasqueó la lengua y se encogió de hombros.

—Es el mejor lugar para apreciar las vistas de la ciudad. Privilegios de ser unos bebedores de sangre…

Me alejé unos pasos para contemplar la altura, y un súbito arranque de rebeldía se apoderó de mí.

—¡Bien! Subamos.

—Ven. –Me extendió la mano, pretendía cargarme pero yo me reí.

—Puedo hacerlo solo. Lo he hecho antes.

Y ante su estupor, comencé a trepar a gran velocidad por la fachada, intentando que mis pasos fueran silenciosos y en no recargar mucho el peso de mi cuerpo sobre las figuras que había esculpidas. Echaba ojeadas de vez en cuando procurando que nada nos viese, que no alertásemos a nadie. La fachada estaba oscura, la luna le proporcionaba toda su sombra, pero aún así fuimos cuidadosos. Él me siguió el paso y cuando legamos arriba me colé hasta el interior, sorteando el voluminoso contorno de una de las campanas. Él saltó al interior detrás de mí.

—Podemos ver todo Amberes desde aquí. –Dijo nada más colarse dentro. Se asomó por uno de los vanos y se sujetó a la campana, asomándose al precipicio como un loco antes de saltar.

—¿Qué puedes ver desde aquí, que no hayamos visto ahí fuera? –Le pregunte.

—Nada, supongo. Lo mismo pero desde otra perspectiva.

—Quiero ver el interior. –Murmuré, agarrando la manga de su jubón y tirando de él dentro de la torre—. Vamos, quiero ver cómo es por dentro.

Bajamos por unas escaleras en espiral hacia lo más profundo de aquel campanario. Estaba completamente a oscuras y aunque no tuvimos ningún problema para descender la sensación claustrofóbica que me producía aquel descenso me hizo temblar. Bajamos durante un buen rato donde el único sonido eran nuestras pisadas y nuestra respiración. La piedra estaba fría y húmeda y fui marcando el descenso con mi mano, arrastrándola por toda la pared hasta que llegamos abajo. Dimos a un pequeño rellano de apenas unos metros cuadrados y una puerta de madera completamente bloqueada. Estaba echada la llave, pero no resultó un inconveniente. A Sebastián le basó poner la mano sobre ella para que todos los engranajes crujiesen y los goznes chirriasen, dejándonos el paso libre al interior.

Se coló una ráfaga de aire helado que revolvió nuestras capas. Me golpeó el olor de la cera derretida y del incienso. De la madera tallada y de la húmeda piedra. Accedimos a una de las naves laterales, y desde aquella distancia, y con la poca luz lunar que entraban por las vidrieras, apreciamos los enormes pilares de blanca piedra erguirse imponentes, las salas vacías, las múltiples capillas decoradas. El eco de nuestras pisadas se multiplicó cuando accedimos al interior de la capilla. El altar estaba vacío y limpio, todo recogido. Las antorchas apagadas, las velas apenas emitían un ligero humo. Acaban de apagarlas. El sacristán debía haberse ido a dormir hacía bien poco.

Me sentí francamente extraño. Cuando había ido a misa siempre había sido acompañado, con toda la farándula de ritos y público. Con el sonido de las canciones de misa y toda aquella teatralización. Pero encontrarme en aquel colosal edificio, vacío de vida y liturgia, profundamente desolado y oscuro, era ensordecedor. Perturbador. Era como estar en una gigantesca cripta, un mausoleo para el alma y el espíritu. La oscuridad penetraba hasta en los rincones más insospechados y el sonido se quebraba en cada esquina.

Los arcos y las bóvedas estaban tan altos y estructurados que me impresionaron. Pero todo aquel conjunto de pilares, columnas y contrafuertes me hacía sentir que estaba dentro de un enorme cadáver esquelético. La luna dejó pasar un poco de su luz al interior e iluminó con su brillo mortecino aquella estructura pálida y marmolea. Era blanca como la cal, y fría como el hierro.

—¿Es como te la imaginabas? –Me preguntó Bastian, colocándose a mi lado y mirando en la misma dirección en que yo lo hacía.

—La verdad es que no me la imaginaba de ninguna manera. Es inmensa, e intimidante. Nunca había estado en una catedral.

—En Roma te cansarás de catedrales, te lo prometo.

Paseamos durante al menos una hora. Caminamos y saltamos por todas partes. Me acerqué a los relicarios, al altar, el retablo y las pocas pinturas que albergaban. Sentí deseos de ocultarme en algún rincón y quedarme dormido, tomándolo como una gran cripta, o un féretro de dimensiones estratosféricas. Cuando estaba decidido a bajar a los sótanos y pasar la noche escondido en alguna vieja tumba, Sebastián dio conmigo y me puso una mano el brazo.

—Es mejor que volvamos. Amanecerá dentro de una hora…

—¡Ah! –Exclamé y le seguí de nuevo por las escaleras del campanario.

Mientras subía, él miraba hacia abajo, en mi dirección, asegurándose de que le precedía. Yo alzaba la mirada, con una sonrisa traviesa y cómplice. Al llegar arriba se deslizó por uno de los ventanales y saltó al vacío. Yo no me atreví a imitarlo, y me limité a descender igual que había escalado. Paso a paso y procurando no llevarme conmigo ninguna de las gárgolas o esculturas.

—Tendría que haberte empujado. –Dijo él, riéndose cuando llegué a su lado—. Como hacen las mamás pájaros con sus polluelos para que aprendan a volar.

Le saqué la lengua y él se desternilló.

Llegamos a casa justo a tiempo para dejar los libros que habíamos comprado en la biblioteca, cambiarnos de ropa y bajar a la cripta. Sus dos empleadas ya se habían despertado y se estaban aseando, listas para comenzar el día. Faltaban pocos minutos para el amanecer, pero nosotros aún estábamos algo excitados por el viaje y apuramos lo máximo nuestra fortaleza para aguantar despiertos.

Yo retiré la tapa de su féretro y me cole dentro, sentándome mientras le observaba cambiar los inciensos y desechar las cenizas de los viejos.

—¿Tus sirvientes nunca bajan aquí? ¿Nunca han visto este féretro de mármol?

—Sí, lo han visto. Creen que es el de un antepasado al que le debo rendir culto. Como una especie de tradición familiar. Por eso no se extrañan de los inciensos o de las velas…

—¿No lo consideran demasiado macabro o pagano?

—No piensan demasiado en ello. No les dejo hacerlo. –Dijo con tono autoritario. Yo asentí, y me apoyé con los brazos en el borde del féretro. Apoyando después la barbilla entre ellos. Era deliciosa esa dualidad suya en la que podía tener un gesto soberano y dictatorial, y al mismo tiempo obrar con suma delicadeza, encendiendo un pequeño palito de incienso. Eran nuevos, no tardó en llegarme el olor de la mirra y la lavanda.

Cuando volvió sus ojos a mí se sumió en una profunda reflexión intima de la que yo no formaba parte. Dejó que el incienso desprendiese parte de su esencia por la estancia y se dedico a mirarme hasta hacerme sentir avergonzado. Me escondí dentro de la tumba y me recosté de lado, pero no podía evitar sentir que todos sus pensamientos estaban dirigidos hacia mí, no con tono contradictorio ni de reproche, pero sí con la severidad de un maestro.

—¿Sabes que lo que hemos hecho esta noche, no está bien?

—Lo de colarnos en la catedral… Ya. –Me encogí de hombros—. No creas que ahora voy a coger esa mala costumbre de colarme en todas partes.

Me incorporé y le miré de nuevo, estaba de brazos cruzados apoyado en la fría pared de piedra, mirándome con ojo severo.

—Pero te recuerdo que no ha sido cosa mía.

—No es un reproche, en absoluto. –Negó con el rostro—. Desde que me convirtieron no he conocido a un solo bebedor de sangre que se atreva a entrar en lugares santos. Ni en iglesias, ni en catedrales, ni en cementerios. Muchos de ellos tienen la firme creencia de que serán destruidos si lo hacen, igual que si se expusiesen bajo la luz del sol. Otros por el contrario, más lúcidos, saben que no ocurre nada de eso, pero sus creencias son más supersticiosas que lógicas, y creen que lo que somos no es obra de Dios, sino del diablo, y nuestra presencia no tiene cabida en esa clase de lugares sacros.

—Pero… —Murmuré, frunciendo los labios—. No nos ha pasado nada.

—Claro que no. –Dijo, en tono más desentendido y se separó de la pared. Apagó el incienso y poco a poco cada una de las velas, a mano. Como si fuera más humano que de costumbre—. No nos ha pasado nada. Y no nos pasará. Nunca he creído en esa clase de dogmas y supersticiones. Y no es la primera vez que entro en una iglesia. Por el amor de Dios, yo era templario, no me podía permitir el privilegio de no atender a mi fe a pesar de lo que me había ocurrido.

—¿Ningún bebedor de sangre entra en iglesias?

—No, ninguno que yo haya conocido. Los que yo creé también adoptaron esa maldita manía. Pero yo he seguido entrando, igual que siempre. Y como has visto, no hemos desatado la ira de Dios ni del diablo.

Terminó de apagar la última vela y se coló en el féretro junto conmigo.

—No sé como lo harían los paganos, antes de la edad de Cristo, no he conocido a nadie tan viejo, pero seguro que tendrían también sus propias costumbres. Son cosas de las épocas, imagino. O tal vez no. Pero tengo la esperanza de que este nuevo siglo donde la ciencia parece que se expande y traspasa países y continentes, haga entrar a esas sectas en el mundo de la razón y la lógica.

—Dices que me estás preparando para enfrentarme al mundo de ahí afuera, y al posible encuentro con otros como nosotros. Pero… —Me mordí el labio inferior—. Puede que no sobrevida a ellos, con todos estos malos hábitos que me estas enseñando que van en contra de los suyos.

Él estaba a punto de dormirse, y no estaba seguro de que me hubiese oído, pero cuando me acurruqué a su lado, dando por finalizada aquella conversación, murmuró:

—Dios los proteja a ellos si te encuentras a otro como nosotros.


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Interior de la Catedral de Amberes (s. XVII) Pieter II Neefs.

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