EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 13
CAPÍTULO 13 – Noche de caza
Lo peor del griego eran sin duda las tildes. Aprenderse el alfabeto fue un una broma en comparación con la dificultad para evitar cometer faltas de ortografía a causa de sus innumerables y arbitrarios acentos y tildes. Igual que leerlo y hablarlo. Me resultaba sencillo si tenía las palabras delante, pero si intentaba decir o formular frases por mi cuenta, apenas era capaz de recordar un par de palabras. Bastian me reprendía por mi frustración, y me recordaba que apenas llevábamos más de un mes y medio con aquellas lecciones, y que después de haber dominado mi propio idioma, el francés y el latín, que me frustrase entonces no tenía sentido.
—¿Sabes cuánto tarda de normal una persona en aprender un idioma? ¿O siquiera en aprender a leer y escribir? Hay adultos que lo practican toda la vida y siguen cometiendo graves faltas de ortografía… El griego no es un idioma romance, es lógico que te cueste más. Es un salto grande, pero es una base importante…
—He empezado a leer algunos libros que tienes por ahí. –Le corté, pero lo que le dije no le sorprendió. Las últimas semanas, aburrido de hacer tareas de escritura y lectura regidas por sus criterios, decidí coger una novelilla de las tantas que albergaba en su biblioteca y devorarla. Y después de aquella hubo otra, y después otra más.
—Lo sé. No creas que no sé lo que haces en mi casa, aunque yo no te esté mirando.
—He leído algo de Boccaccio, y Dafnis y Cloe de Longo. La traducción al latín.
—Sí, la original en griego no la tengo aquí.
—Ya… —Murmuré.
—¿Y bien?
—Bien. –Dije, encogiéndome de hombros—. ¿Tendrías algo de historia?
—¿Algo de historia?
—No me gusta el tono de Boccaccio. No me gusta su forma de reírse del mundo. Y tampoco las novelas pastoriles.
—¿Quieres una novela de aventuras?
—No. –Me levanté de la mesa de estudio y me paseé por las estanterías, algo inquieto—. Me has enseñado la historia de los griegos, sus héroes y sus batallas. Su arte y su legado. También los grandes césares y todo su imperio. Pero ¿qué hay de mi región? ¿Qué hay de Borgoña?
—Borgoña no es más un ducado independiente. No desde que muriera la duquesa María –Dijo él, pero yo rodé los ojos—. ¿Qué quieres saber de Borgoña?
— Qué errores tenemos, qué gente nos creó, quienes nos defendieron. ¿Qué guerrás hemos tenido?
—He decidido empezar por Grecia y roma porque son la base de nuestra cultura, la tuya y la mía, pero queda mucho hasta la creación de Borgoña. Queda mucho para…
—¿No tiene su gente una historia tan antigua como lo es la helena?
—No tan bien documentada, esa es la diferencia. –Se levantó, dando por finalizada aquella sesión de estudio y me dejó los libros y cuadernos abiertos, por si pretendía continuar por mí mismo. Pero antes de alejarse de la mesa posó sus dedos sobre ella y se detuvo, pensativo. Haciendo memoria—. Cuando yo aún era humano…
—¿Hum?
—Era el centro cultural monástico de la región franca. Un par de siglos antes de que yo naciera, fundaron las abadías de Cluny y de Cîteaux, los más grandes movimientos de la reforma monástica. Las dos célebres abadías fueron durante muchos siglos tanto centros de ciencia dogmática, de pensamiento reformista, como de actividad económica y social, artísticos e incluso políticos de primer orden para todo el continente.
—¿La reforma monástica? –Pregunté, frunciendo el ceño. Pero él negó con el rostro, quitándole importancia.
—Aun te queda mucho por saber y por estudiar. Pero no acudas a mi biblioteca con vergüenza y recelo. Te lo dije el primer día, y leer por uno mismo también forma parte del aprendizaje. Eres libre de acudir a mis libros siempre que lo desees. Desde ensayos hasta novelas.
Diciendo eso se internó en el laboratorio y se sentó en un taburete, cerca de un decantador en el que había estado colando un líquido rosáceo.
—¿Y qué hay de Flandes? ¿Cómo era este sitio en tus tiempos de humano?
Pensó unos segundos, frunciendo los labios con esfuerzo.
—Ahora es de los españoles. –Apunté—. Pero no lo era cuando yo nací.
—No, cuando naciste esto era territorio de la duquesa María. –Volvió a fruncir los labios—. Por suerte pudo conservarlos para su descendencia, y no se lo robó el maldito Luis XI, que hombre más repugnante. –Se volvió a mí con arrojo—. El emperador sigue haciendo papeleo y buscado contactos y amigos en Francia que le ayuden a devolverle el condado de Borgoña, pues le corresponde por herencia… pero ya sabes. Tiene un gran lío con los franceses en este momento.
—¿Cómo era antaño?
—Cuando yo vivía, en aquella época… Flandes no existía. Había un conjunto de pueblos, el continente después de la caída del imperio romano se fragmentó y se fortificó. Había muchas ciudades estado por todas partes… aquello… Además, yo nunca pisé por aquí. Fui más al sur. Atravesé Francia, en un par de ocasiones.
Me mordí le labio inferior conteniendo alguna que otra pregunta. Pero me di por satisfecho en ese momento. Parecía que recordar no le agradaba, y aunque parecía dispuesto contestarme a todo, yo no deseaba estirar demasiado la cuerda. Vi como giraba el émbolo del decantador y un espeso líquido rosaceo caía sobre un frasquito de cristal. Dejando una transparente infusión dentro de él.
—¿Quieres ayudarme? –Preguntó, volviéndose en mi dirección pero yo negué con el rostro.
—Voy a salir a cazar.
Aquello le bastó para volver el rostro y asentir.
✵
Era una noche fría. Comenzaba el invierno, aunque eso no supusiese realmente un gran cambio para mí, más que la dificultad que se iba a ir agravando para encontrar caza de calidad. Las liebres se esconderían todo el invierno, igual que los pastores, igual que a veces hacía yo. caminé al sur, donde me sentía más cómodo y me internaba en el bosque. Lo cierto es que no estaba realmente famélico, y aunque en presencia de Bastian me había acostumbrado a reducir mis salidas de caza, no me permitía llegar al punto en que una vez estuve, a punto de matar a su sirvienta. Así que me enseñé a tomar sangre, más habitualmente de lo que estaba acostumbrado, pero sin la misma voracidad, no llegando nunca a empacharme.
Y es que una liebrecilla pasó corriendo a mi lado, pasadas varias horas de que me internase en el bosque, y apena si sentí deseos de atraparla. También algún cuervo graznó por encima de mi cabeza. Podría haber subido a aquellos árboles y agitarlos hasta que todos y cada uno de ellos cayesen al suelo. Pero me parecieron mucho más convenientes allí arriba, en aquella espesura.
La liebre venía huyendo de algo. A los pocos segundos pude ver un lobo pardo acercase poco a poco en mi dirección, rodeándome. Parecía estar analizándome como posible presa, o temiendo que fuese un peligroso enemigo. No deseaba matarlo, si un zarpazo me desgarraba la ropa no tendría justificación frente a Bastian, pero parecía hambriento y valiente. Al final pasó de largo, me rodeó sin perderme de vista y desapareció a gran velocidad. Había optado por tomarme como una presa demasiado arriesgada.
Seguí paseando hasta dar con un arrollo y algo abatido me dila vuelta y regresé por el camino que había tomado. Hasta que sentado en un tronco caído, y con los brazos cruzados, me esperaba Bastian, con una mueca de graciosillo. No se había puesto el jubón par salir de casa, había llegado hasta allí con el miso aspecto con el que lo dejé en el laboratorio, en camisa y con el cabello desordenado. La luz de la luna le confería un aspecto pulcramente desaliñado, como si aquel descuido fuera creación misma del señor, la perfección del caos.
—Cualquiera que te vea con ese aspecto de señorito, caminado a estas horas por el bosque… —Dijo, riéndose de mí. Yo preferí ignorarle y pasar de largo. Me exasperaban aquellos arranques de mofa hacia mi persona, que aparecían y desaparecían para volverme loco. Pasé por delante de él, y me siguió con esa mirada azul tan profunda. Con esa sonrisa de dientes perlados. Y no fue hasta que no lo dejé a mi espalda en que no me pregunté si yo acaso estaba interpretando ahora el papel de presa. El lobo me había dado mucho menos miedo que él.
Lo oí levantarse y seguirme, a paso tranquilo y juguetón.
—¿El lobo no te ha parecido apetecible? Era una buena pieza.
—Oh, basta. ¿Ni si quiera puedo salir a cazar?
—Solo quería ver cómo lo haces. Nada más. –Se excusó—. Pero ya veo que he salido para nada. Vuelves a casa con las manos vacías.
—No pensaba hacerlo, pero has conseguido quitarme el apetito. –Le espeté, a lo que él soltó una risa atronadora—. Era mucho mejor vestir de cazador o pastor, nadie se preguntaba demasiado tiempo qué hacía en el bosque. –Me mire de arriba abajo—. Está claro que ahora no tendría excusa.
—No, ahora te encuentres con quien te encuentres, tendrías que matarlo. O comenzarían a hablar de un hermoso noble que vaga por el bosque. ¿Un fantasma de alguna guerra pasada? ¿El enamorado que busca a su amante muerta?
Me volví en su dirección, pero él no frenó el paso, cosa que me acongojó. Se plantó delante de mí y me miró desde aquella altura que le confería su complexión, siempre con una sonrisa provocadora, llena de seguridad.
—Puedo comprarte ropa de cazador, si vas a sentirte más cómodo. O tal vez puedas coger algo prestado de mis sirvientes, si te conformas…
—A los animales les es indiferente la ropa que lleve. –Dije, y me di la vuelta para continuar de regreso a casa. Pensé en echar a correr y dejarlo atrás, pero él sería más rápido.
—En ese caso, ¿te alimentarás de animales para siempre? Vaya vida…
—Mejor que aferrarse a una bella mujer como una garrapata, beber un sorbito que no sabe a nada y dejarla marchar, ignorante de lo que ha sucedido.
—Es lo más honroso.
—No, eso es ser un parásito. Vivir a costa de un poco de todos. Suplicando un par de gotas con unos besos de por medio. Con palabras de consuelo y de flirteo. Es una farsa Un teatro.
—Es un truco, nada más. –Se puso a mi altura y me acompañó como un amigo de nuevo—. Es la forma más humana que he encontrado, Marken.
—Una forma que da lástima.
—Lástima dan el descontrol y la fiereza. No hay nada más repugnante que un bebedor de sangre que no sabe decir basta y ceder a la humanidad en favor de su apetito.
—Debe haber un punto medio. –Dije, casi en forma de súplica—. Un punto medio en que podamos justificar el descontrol por una causa humana.
—Hallaré una forma, si es lo que me pides. –Dijo él, con un suspiro, y posando una mano sobre mi hombro, a modo de camarada—. Si es lo que deseas, puedo pensar en ello.
✵
Al llegar a casa yo me metí en la biblioteca para leer lo poco que quedase de oscuridad y él deambuló por el laboratorio, yendo y viniendo. Escribiendo alguna nota para el día siguiente y reordenando el caos que había dejado antes de marchar.
Cuando terminó se asomó a la biblioteca y me observó unos segundos. Hasta que no alcé la mira del libro no pareció realmente sentirse avergonzado de lo que hacía. A mí me había enrojecido las mejillas hacía rato. Estaba a punto de reprenderme, por haberme encaramado en uno de los butacones y sentarme con los pies colgando de uno de los reposabrazos. Pero se limitó a fruncir los labios antes de anunciarme:
—Mañana no estaré durante parte de la noche. Tengo que atender un asunto en la corte. Si deseases venir, no me importaría.
—Iré, si no te molesta.
—Bien.
—Prefiero acompañarte, que quedarme solo en la casa. Me resulta insoportable.
—Bueno, pero no montes un espectáculo. Solo te pido eso.
—Haré lo que pueda. –Le dije, con una sonrisa de caninos afilados y él apretó los labios, alzando una ceja, casi incrédulo. Volví a la lectura pero a él no le pareció importarle. Se quedó allí plantado, con una mano apoyada bajo su pecho y la otra a la espalda. Parecía una escultura con aires de don Juan.
—Espero que no te importe si te observo. Es delicioso verte tan concentrado.
—No estoy concentrado si estás cerca.
—Ah... –Murmuró y sonrió, ablandado por mi sinceridad.
Posé el libro sobre mi pecho y lo abracé, mirándole. Quería conservar la página por si en algún momento decidía marcharse, pero sabía que no podría leer con él delante.
—Hasta ahora he dado por hecho que eras flamenco, por tu apellido. Pero no lo eres. ¿Verdad?
—No.
—Eres francés. –Le dije, casi esperanzado, pero el arrugó la nariz y se cruzó de brazos.
—No. Soy inglés. Aunque mi madre era escocesa. Y mi padre galés. Yo nací cerca de Londres, durante la anarquía inglesa, la guerra civil del siglo XII.
Saqué la lengua, despectivamente.
—Mi padre luchó contra los ingleses en la guerra del siglo pasado.
—Eso sería al final de la guerra, al principio Borgoña estaba con los ingleses. Además, ¿de qué os sirvió? Perdisteis una cantidad de territorio inmensa que se quedó el rey francés. –Lo sabía, eso me habían contado mis padres y mis abuelos. Pero yo volví a sacarle la lengua.
—¿Luchaste tú en la guerra?
—No. Yo luché en la tercera cruzada. Y solo el primer año como soldado. Después me convirtieron. –Negó con el rostro, queriendo acabar con aquella conversación que no llevaba a ningún lado—. Vayamos a dormir. Amanecerá en unos minutos.
Dejé el libro en el butacón y me levanté de un salto. Pase por su lado, y me siguió escaleras abajo mientras se apagaban las velas del pasillo. Una vez en la cripta me colé en mi ataúd y cerré la tapa. A pesar de ello seguí escuchando como los pasos de Bastian iban y venían y el sonido de mármol al descubrir el interior de su féretro.
Cuando todo quedó en completo silencio no conseguí conciliar el sueño. La falta de ruido empezó a resultarme molesta y el espacio en el interior de la caja me pareció asfixiante. Me hubiera gustado quedarme en la biblioteca leyendo todo el día, con las cortinas tapado cada resquicio de luz. Noté la boca seca y el corazón acelerándose. No debería haber vuelto a casa sin beber.
Salí del ataúd y me desplacé hasta el frío mármol del féretro de Bastian. Desplacé tímidamente la tapa y le pedí permiso para colarme dentro. Me miró casi suplicante y aliviado, por no haber renegado del todo de aquella costumbre. Una vez entre sus brazos me apreté contra su pecho y suspiró. Posó una mano en mi nuca y me acercó a él.
—No deseo beber de ti. –Le dije.
—Mejor que lo hagas, antes de que atentes contra la vida de alguno de mis sirvientes.
—No, no está bien… —Murmuré, interponiendo una mano ente su pecho y el mío.
—¿Por qué no? –Su susurro, casi lastimero, me conmovió. ¿Acaso yo tenía explicación para ello?— ¿Es porque no deseas beber la sangre de un inglés, o porque es la sangre de una sanguijuela?
—No digas algo como eso. –Murmuré y casi estuve a punto de reír, pero eso me habría hecho sentir más culpable. Lo cierto es que lo que más temía era perder el control con él. Podía permitirme ser un monstruo con los demás, incluso si él limpia el desastre. Pero no tendría agallas para enfrentar su rechazo.
—Entonces solo abre la boca.
Besó entonces mis labios con un intenso sabor a sangre. Se había mordido la lengua y me regalaba su sangre en forma de beso. No tuve valor para rechazar también eso. Le besé suave y tímidamente. De forma casta y temblorosa. Si sus manos hubieran sido más posesivas me habría hecho llorar, pero me dejó a mí el trabajo de acercarme y atraerle. La herida cicatrizó a los minutos, y para entonces me había regalado un dulce goteo de elixir cálido. Besó mi frente cuando me hube separado y me acurrucó a su vera, rodeándome con sus brazos es gesto protector. Me quedé dormido imaginando que éramos dos cadáveres, dos esqueletos que yacían así para siempre, eternamente abrazados, descompuestos y petrificados en un pequeño espacio, que era solamente nuestro.

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