EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 12
CAPÍTULO 12 – Los pacientes
Varios días después del desastroso intento por introducirme en la alta sociedad, cuando ya me había habituado a dormir en mi propio ataúd, una noche me sobresaltó un viejo impulso de alerta que había desarrollado de mis años en el bosque. Abrí los ojos con el corazón rebotando dentro de mi pecho y la mandíbula apretada. Mis manos me sacaron del ataúd antes de pensar en que me estaba incorporado y, creyéndome presa aún de sueño, subí por las escaleras de piedra de la cripta hasta hallarme de nuevo en la casa.
Para entonces las voces y la presencia humana me golpearon como una bofetada de realidad, hasta el punto en que no me había dado cuenta de que el sol no había terminado de ocultarse y varios de sus rallos se colaban por las vidrieras de la cocina. A punto estuvieron de posarse sobre mí, pero retrocedí a tiempo, espantado por su presencia.
—Sé que es tarde, y lo lamento mucho, pero por favor, tiene que atendernos el boticario. –La voz me era desconocida. Era la de un hombre mayor, no más que Bastian, de complexión atlética y sangre efervescente. Se me pusieron los pelos de punta. Estaba dentro de la casa. Yo estaba atrapado en la cocina hasta que la luz se disipó y pude sortearla. Para cuando alcancé el recibidor el sol había terminado por sobrepasar la línea del horizonte y los lilas se mezclaban con los ocres en un cielo lleno de nubes.
—Saben que el médicus no atiende si haber sido citado, caballero. –Le reprendía Peter, el mayor de los tres hermanos, intentando retenerlos.
Había un hombre allí, bien vestido, con gruesas capas de piel y pelo. Con los botines llenos de barro, con una barba larga y oscura y una expresión rota de susto y angustia. Sostenía por la cintura a quien me pareció que era su esposa, con un grueso y pesado vestido, que palidecía por momentos y se sostenía en el caballero, desfalleciendo a ratos.
—Tiene que verla, es importante. El emperador en persona me recomendó a su boticario. Debe habértelo dicho, muchacho.
Viendo que el joven tenía una voluntad tenaz de no dejarlo pasar y mucho menos de no llamar a su señor, el caballero cambió su tono a uno menos suplicante. Pareció reconocer en el joven a un sirviente y le miró con ojos turbios y mueca intransigente.
—Haz el favor de llamar a tu señor. ¿No sabes quién soy? Soy amigo del emperador. Y seguro que tu señor te ha dicho que esperaba mi visita. ¡Ve a llamarlo!
Por un momento me sentí tentado de quedarme en el quicio de aquella puerta a observar aquella batalla dentro de la joven mente del muchacho. ¿Qué podría más? ¿El miedo a su señor o a la regañina de ese caballero? Por fortuna, o por desgracia para mí, el lado racional del joven estaba completamente subyugado a la hipnosis de mi maestro y aunque deseaba ayudar a aquel caballero, cuya esposa estaba enferma, no se atrevió a retroceder un solo paso, y mucho menos a mostrarse dubitativo.
—No, señor. Deberá esperar…
—¿Qué ocurre, Peter? –Pregunté, en el tono más neutro que pude. Puse mis manos a la espalda y me quedé a un paso de la puerta. Los tres pares de ojos se volvieron en mi dirección, pero yo solo atendí al joven, que pareció aliviado de encontrarme allí.
—Mi señor, este caballero ha venido en busca del consejo del médicus. ¿Creéis que pueda atenderlo?
Aquello me confirió tal grado de autonomía y poder que yo mismo temí no tener respuesta para él. ¿Acaso estaba de mi mano? ¿Acaso yo podría desobedecer los cimientos que regían aquella casa y desordenar el establishment? Pero no me estaba pidiendo nada de eso. Solo quería saber si su amo estaba disponible, visible y dispuesto a colaborar. Y yo no era más que un intermediario. Un mensajero al que él sabía, me estaba permitido acceder a las estancias más privadas del señor.
Asentí conforme y miré al caballero, con una mueca disconforme.
—Iré a preguntarle.
Cuando salí del salón bajé corriendo la escalera de la cripta y me abalancé contra el féretro de mármol. Retiré la tapa y descubrí a Bastian aún dormido y algo encogido, como albergando una presencia que le faltaba a un costado. Toqué su brazo, y después su mejilla. Despertó sobresaltado y me miró con ojos atentos y asustados. No necesitó que dijese nada porque su desvelo le había confesado más de lo que yo pudiera advertirle. Pero se me escaparon las palabras de entre los labios.
—Un caballero y su esposa están arriba. Demandan tu presencia. Peter los ha entretenido un poco pero parece que es urgente…
—Ya veo. –Dijo y sin más se alisó la ropa y subió delante de mí las escaleras de la cripta. Le seguí hasta que llegamos al recibidor, donde yo me quedé en el quicio de la puerta y él llegó hasta los desconocidos, con un tono cordial pero severo.
—¡Amigo! ¿Qué le tengo dicho de que no se presente si avisar? No tengo una consulta veinticuatro horas…
—Lo sé, lo sé, querido Sebastián. Por favor… Atienda a mi esposa. –Su tono volvía a ser lastimero y parecía profundamente sincero. El joven sirviente se despidió de mí con una reverencia y pasó por mi lado para subir a las habitaciones. Yo me apoyé en el marco de la puerta y observé, casi con desdén, todo aquel intercambio de buenas palabras y gestos de cordialidad. Ese extraño baile que los nobles a los que les sobra el tiempo y les encanta el teatro procuran efectuar, incluso si se trata de vida o muerte. Y parecía el caso, ella estaba en muy mal estado.
—Vamos, ayúdame a llevarla a al consultorio. –Ambos cargaron con ella hasta la estancia aledaña al laboratorio, donde mi primera noche en la casa me había aseado. Colocó un gran butacón donde a ella la sentaron y aunque su cabeza parecía ida y se escapaba del respaldo, encontraron la forma de colocársela de modo que parecía más un cadáver que una señora. De nuevo los seguí hasta situarme en la puerta y observé a Bastian ir y venir del laboratorio, cogiendo y rebuscando entre sus enseres. Se hizo con un pequeño tajo de madera y se sentó a la vera de la mujer.
—¿Qué le ocurre? –Preguntó al marido mientras con una especie de cono metálico auscultaba su pecho, posándolo sobre aquellas gruesas capas de ropa y apuntándolo hacia su oído. No creía que fuera necesario aquel teatro, él podría oír su pecho igual que hacía yo. Sus pulmones y su corazón estaban bien. Él me lanzó una mirada desde aquella compleja postura y yo fruncí las cejas.
—No lo sé. Se ha empezado a encontrar mal a media mañana y ha pasado una tarde horrible de dolores estomacales. O intestinales. No lo sé…
—¿Ha comido algo en mal estado? –Preguntó.
—No lo sé, ella no me ha dicho nada al respecto…
Bastian le despegó los párpados de uno de sus ojos y observó el color y la forma, atentamente. Y su consciencia. No había nada reseñable allí. Después le tomó el pulso. Abrió su boca con la misma delicadeza que descubriera su ojo y se asomó dentro con la luz de una vela cercana. Se ayudó de sus dedos para exponer su lengua. Estaba en buen estado y con buen color. Todo el que le faltaba en las mejillas a la mujer.
—¿Qué otros síntomas ha tenido, a parte del dolor abdominal?
—Yo… yo no lo sé… yo… he hablado con el emperador. Él me ha dicho que viniese aquí.
—Y os ha dicho bien. Richard, por favor, cálmate. Te necesito sereno. –Bastian le lanzó una mirada cargada de reproche, y agradecí no ser receptor de aquella fiereza.
—Sí, sí. Sebastián tenéis razón. ¿Qué le ocurre?
—Lo averiguaremos enseguida. Espero. –Se levantó y de nuevo volvió al laboratorio. Desde allí preguntó—: ¿Ha orinado en las últimas horas?
—Sí, su orina tenía sangre… —Pareció esperanzado de haberse acordado de ese detalle.
—Bien, Richard. –Le felicitó—. ¿Cuánto hace que sangra al orinar?
—Le ha ocurrido durante todo el día de hoy.
—¿Tiene el ciclo...?
—No. —Se aventuró a decir el hombre, casi avergonzado—. Terminó su ciclo hace unas dos semanas.
—Bien. –Bastian regresó con un cántaro que me extendió, para mi sorpresa, y miró hacia el interior de la casa con urgencia—. Ve y llénalo de agua fresca del pozo.
Estuve a punto de no satisfacer aquel mandato. Le miré con los ojos entrecerrados preguntándome si a caso yo era su sirviente. Podía mandar a cualquiera de los otro cinco que descansaban en el piso de arriba. Pero opté por no ser víctima de su severidad y cogí el cántaro. Salí al exterior por la puerta de la cocina y llené en el pozo el cántaro. El agua resbaló por mis manos y disfruté momentáneamente del aire del exterior. Aún estaba algo atontado por tan brusco despertar, con los nervios a flor de piel y la tensión devorándome los músculos por la presencia de aquellos dos en la casa.
Cuando regresé, estaba posando sobre la nariz de la mujer un pequeño frasquito con fuertes aromas que me dejaron turbado. Yo mismo me tapé la nariz porque había impregnado con ese punzante aroma toda la habitación. Ella sin embargo regresó de la inconsciencia y se sorprendió al ver al doctor tan cerca de ella.
—Bienvenida, señora Perkins. ¿Cómo se encuentra? –Su tono volvía a ser jovial y dulce, como si le hablase a un niño.
—Muy mal, señor Cornelissen. –Ella parecía aturdida a causa del dolor—. ¿Qué me ocurre?
—Lo veremos en unos momentos. –Y regresando a mí me arrebató el cántaro y vertió parte del agua en un vaso—. Tendrá que beber un poco de agua.
—¿Agua? –Dijo el caballero confuso.
—Necesito que orine, señora. Necesito comprobar por qué sangra usted…
—¿Le ha dicho…? —Preguntó ella a su marido, y se hubiera ruborizado si hubiera tenido alguna sangre en el rostro. Ella calló en mi presencia pero la ignoró, confundiéndome seguramente con algún sirviente.
—Se lo he tenido que decir. Por el amor de Dios, mujer. Es un médico. Sabe lo que se hace…
—Vamos, señora Perkins, beba el agua. ¿O acaso tiene ganas de orinar? –Me miró de nuevo—. Ve, trae un orinal.
Aquello sí que me hizo mirarle con desconcierto, pero la señora se adelantó.
—No, no quiero hacerlo. Me duele mucho cuando…
—Ve. –Me repitió Bastian, pero yo me mordí el labio inferior.
—¿Dónde están?
—En el laboratorio. Debajo del mueble…
—Vale. –Me adelanté y me escabullí hasta el laboratorio. Había varios libros tirados por ahí, algunos abiertos y otros con objetos entre las páginas, como a medio ojear. Suspiré y rebusqué el orinal que tenía solo para pacientes hasta que di con él. Para entonces Bastian volvía y se lanzó de cabeza a una vitrina con decenas de frasquitos de cristal. Los ojeó y tintinearon mientras movía los dedos entre ellos.
—¿Qué tiene? –Pregunté, en su dirección. Sacó uno de los frasquitos, de vidrio oscuro y con un cuentagotas y se lo metió en el bolsillo del jubón.
—Solo un par de piedrecitas en la vejiga. Cuando las expulse, estará como nueva. Aunque es un proceso doloroso… por suerte no ha sido su marido. De lo contrario no habría llegado a la consulta a caballo. –Se rió por lo bajo y regresó conmigo, casi empujándome, hasta la consulta. Le extendió el orinal y le preguntó si deseaba hacerlo a solas, pero ella, terriblemente ruborizada, tragó en seco.
—Aun no tengo ganas…
Sebastián le extendió el vaso nuevamente repleto de agua y vertió un par de gotas del suero que había rescatado del laboratorio.
—Le daré un sedante para que el dolor no sea tan intenso, pero tendrá que orinar. Así que bébase toda el agua.
✵
Pasadas dos horas la señora Perkins orinó y en el orinal de latón rebotaron pequeñitas piedrecillas blancuzcas entre varios centilitros de orina con hebras de sangre. Sebastián y yo las observamos varios minutos mientras movíamos el orina para hacerlas entrechocar. Él tenía una mirada de suficiencia pero yo estaba algo fascinado, he de reconocerlo. Metió su mano en aquel orín y se hizo con una de las piedras, a pesar de mi repulsión. Después la sostuvo en su palma, como si calculase le peso de una pepita de oro y me la acercó.
—¿De dónde ha salido eso?
—¿Cómo que de dónde? –Preguntó, escéptico, casi cómicamente—. ¿Acaso no has visto por donde ha salido?
—No preguntaba eso, exactamente…
—Ya lo sé. –Se burló de mí y le extendí la mano para que dejase en ella la piedrecita. No la retuve demasiado tiempo. La devolví al orín—. Se ha formado en sus riñones, aquí atrás. –Y pinzó con sus dedos en la parte baja de mi espalda. –Han pasado por aquí y han acabado en su vejiga. Y los ha expulsado con la orina.
—¿Y la sangre?
—A causa de la piedra. Le ha dañado parte de la uretra. Es todo. Por suerte. Ha debido sufrir dolores desde hace días, pero no le habrá dicho nada al marido, hasta que ya no ha podido más…
Cuando volvimos a la consulta le mostramos las piedras, a ella y al marido. La droga que le había dado la había dejado medio atontada y no se sorprendió tanto como su marido de ver aquellas piedrecitas hundidas en el orín.
Después le pasó una larga lista de recomendaciones. Reposo absoluto durante una semana, y una dieta rica en alimentos diuréticos. Mucha agua para expulsar los pocos restos que le quedaban y le entregó un pequeño frasquito con unas cuantas gotas de sedante, lo justo para conciliar el sueño un par de noches. También unas infusiones para las infecciones que aquellas heridas pudieran producir. Reconozco que el marido me ganó en sorpresa y fascinación. Estaba muy agradecido por el trato preferente tanto como de la restauración de su esposa, pero sobre todo de sus explicaciones tan lógicas y efectivas.
✵
Cuando se marcharon la casa volvió a conservar el silencio que tanto adoraba de aquellas noches. Aquellos pacientes habían dejado un extraño perfume acre en la casa, también el orín y la sangre, pero no era algo tan desagradable. Observé desde la distancia como Bastian rescatana las piedrecillas, las enjuagaba con agua clara y las secaba con un pañuelo. Después las metió en un frasquito, junto con otras tantas que tenía guardadas. Se sonrió a sí mismo por aquella macabra colección de elementos tan nutualmente peculiares. Para coronar su diagnóstico, me entregó el orinal y él se sentó a redactar lo ocurrido, en uno de sus infinitos libros de diagnósticos.
—Ve afuera y vacíalo. Acláralo y sécalo.
Estuve a punto de lanzárselo, pero él se limitó a sonreír por algún impulso ególatra y se humedeció la yema del dedo con la lengua para pasar un par de páginas, mirándome casi desafiante.
—Ve, o se te hará de día ahí esperando.
Cuando estuve afuera tiré el contenido del orinal al césped y lo aclaré con agua fresca. Después regresé a dentro y se lo dejé sobre la mesa, aún húmedo. Ignoró aquella rebeldía pero parecía divertido de hacerme rabiar.
Como aún quedaban horas hasta el amanecer y yo no tenía hambre, decidí quedarme rondándole en el laboratorio. Por lo menos hasta que llegaran las horas de estudio. No quería admitirlo, pero me había fascinad su labor. No tanto su profesión, sino su actitud y su desenvoltura.
—Nosotros teníamos un barbero en el pueblo. —Dije, a lo que él levantó la mirada de sus cuadernos y me miró por encima de la mesa. Yo me crucé de brazos en la mesa y apoyé la mejilla sobre ellos—. Pero no se parecía en nada a esto…
—Bueno, yo no soy un barbero. –Se excusó, como si fuera lo más normal—. Aunque reconozco que estas últimas décadas esta profesión ha dado un gran salto evolutivo. Las personas pueden permitirse confiar más en la razón y el método, sin tener que recurrir a los matasanos de siempre.
—A mi padre le amputaron un dedo. Este, el meñique. –Dije, mostrando mi dedo—. Se picó con algo, o algo le mordió… no lo recuerdo. Le metieron un palo en la boca y con un cuchillo bien afilado… zas, se lo cortaron. Estuvo días con fiebre, pero al final aquello sanó y le quedo una especie de muñón deforme.
—Sí... –Murmuró, consciente—. Las amputaciones siempre son una chapuza, incluso si las hago yo. Pero la diferencia reside en la sutileza del trato, no tanto en el método. Como has visto, yo no he hecho nada esta noche, más que decirle que bebiese agua y orinase. Eso lo habría acabado haciendo ella en su casa.
—Es más complejo que eso. Hay un diagnostico, una teoría, unas pruebas… —Advertí y él se encogió de hombros.
—La destilación de sedantes y el estudio previo también ayudan. El barbero, para sacarte una muela, te da dos opciones para evitar el dolor. La lenta, que es beberte una botella de ron, o la rápida: un puñetazo que te deje sin sentido.
Me hizo sonreír y eso le agradó. Parecía que con aquella sonrisa mía le había aliviado la tensión de la noche y soltó la pluma para reclinarse en el asiento. Se deleitó de la fascinación que mi mirada le regalaba y se ruborizó.
—A pesar de todo, hoy me has impresionado. –Dijo, para mi sorpresa—. Otros se habrían puesto como locos al ver a extraños en la casa, o al oler la sangre en la ropa de una mujer…
Fruncí el ceño y los labios como única respuesta.
—Creo, sinceramente, que te tienes por menos de lo que eres. Tienes más control sobre ti mismo del que a veces te permites. Y tu mente es mucho más lúcida que la de la mayoría de nosotros, los bebedores de sangre.
—No siempre es así… –Intenté rebatir. Pero él negó con el rostro.
—Queda mucho del humano que fuiste una vez. Igual que en mí. Eso es lo que me encanta de ti. Pero es sin embargo el humano el que da problemas, no el monstruo.
—¿Qué significa eso, exactamente?
—No lo sé. Solo es una conjetura. –Se encogió de hombros y rescató la pluma. Para entonces yo ya me había incorporado en el asiento y le miraba con una interrogación escrita en el rostro. Pero se limitó a encogerse nuevamente de hombros, dando por finalizada la conversación.
Aquellas palabras se me quedaron atascadas en la garganta durante siglos. Aún las recuerdo con un doloso pinchazo en el pecho. Tal vez estaba halando más de lo que debería, pero atinó el disparo. Yo había sido un orgulloso cazador, hijo de un rudo hombre de montaña. No me habían educado para servir ni para complacer, y tampoco para acompañar o agradecer. Era el humano en mí el que se revolvía ante las vejaciones y los desaires. El que cazaba y el que se alimentaba del premio. Pero yo no deseaba entenderlo entonces, porque era mucho más fácil echar las culpas al monstruo de lo que yo realmente era. Un rebelde caprichoso, solitario y voraz.
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