EL VAMPIRO DEL ANTICUARIO - Capítulo 11

CAPÍTULO 11 – Una amiga española.

 

Volvimos a la entrada del palacio donde se detuvo para hablar con varios personajes, pocos de ellos reseñables. Reconozco que estaba tan aturdido y confuso que no era capaz de disfrutar de la nueva compañía, ni de memorizar nombres o títulos. Todos eran personajes engalanados y regios, todos llenos de problemas en sus mentes, ansiosos de algo de diversión y desenfreno. Me presentaron como estaba estipulado y la mayoría alabaron la bondad de mi maestro por acogerme e instruirme. No mencionó mi edad, aunque solía sugerir que yo aparentaba menos de lo que era, aunque no era cierto. ¿No le habrían mirado con buenos ojos si les hubiese dicho que yo tenía diecisiete años? O puede que solo fuera un chiste interno, entre nosotros, porque decirles que tenía setenta y uno resultaría demasiado para cualquiera. De todas formas no me complacían aquellas mentiras veladas y mucho menos verme envuelto en tan gran teatro. Porque no solo nosotros estábamos actuando.

Entre aquellos hombres y mujeres serios, había amantes, engaños, mentiras, traiciones y desvelos. No había que ser un genio para darse cuenta, ni un hombre sobrenatural. Las miradas furtivas, los dulces ademanes a desconocidos, a recién conocidas. No era secreto de nadie que entre todos aquellos había mucho más que tramas de política y familia, había un submundo de intrigas e insidias que habrían hecho las delicias del mejor novelista. El rey estaba enterado de la mayoría, estaba seguro, pero no hubiera querido ser yo quien desvelase aquellos secretos. Y mi maestro hacía lo mismo, manteniéndose al margen cada vez que le confesaban algún que otro secreto.

—En realidad no hace falta leer la mente, ni ser un confesor. –Me dijo cuando nos apartábamos de un grupo a otro—. Basta con que vengan a consulta por algún que otro problema en las partes íntimas. El amante vendrá después, con los mismos síntomas.

Creo que pretendía hacerme reír, porque me había vuelto muy serio desde que entramos en el palacio, pero me limité a asentir, como si aquello fuera una lección más de entre todas las que me enseñaba.

Nos rodeamos de repente de un grupo de damas. Mejor dijo, nos sumergimos entre ellas y sus vestidos. Todas iban ataviadas de gruesos terciopelos, rojos, verdes, pero la mayoría de ellas de un riguroso negro muy español. Las sedas casi transparentes que ocultaban sus cuello y las largas mangas que revoloteaban alrededor me produjeron nauseas. Todas me miraban como a un pequeño caramelito que llevarse a la boca, y mi maestro hizo las delicias de su entusiasmo. Me presentó como a un rey, como a un dulce y tierno heredero de todo su vasto conocimiento. Apretó en determinado momento una de mis mejillas para sacarme algo de color y mi expresión de rabia pudo con ellas, aunándose en un suspiro de ternura y placer.

—¿Esta prometido, el jovencito?

—No aun, pero no tardará en dar con la moza indicada. ¿Qué dicen? Le presentan alguna joven a…

Ante aquello me volví hacia mi maestro y tiré de la manga de su jubón, casi con una mirada de súplica, para que no continuase por aquel camino. Aquellos eran terrenos pantanosos y yo no estaba dispuesto a fingir, ni por él ni por nadie, que no me espantaba la idea de consumar ningún tipo de acto con una muchacha.

Pero pareció que mi reacción provocó justo lo que buscaba en aquellas mujeres, las enterneció aún más contra mí y todas murmuraron y se rieron, escondidas tras las palmas de sus manos.

—Bastian. –Murmuré, en el tono más severo del que era capaz en su dirección, pero pareció conformarse simplemente con hacerme rabiar. Me palmeó la espalda con un par de golpecitos y después me volví de nuevo a las damas.

—Tal vez sea muy pronto para el muchacho, apenas acabo de presentarlo en sociedad. Pero decidme… ¿ha venido mi queridísima Esperanza?

—¡Esperanza! –Dijo una de ellas, casi desencantada—. Ha venido. Está por ahí, con algún capitán. Ya sabes, le encantan los uniformes.

—Qué pena no haber traído la bata que uso en mi consulta. –Aquello las hizo reír, pero ya no reían como antes, presas de la atención del médico, sino recelosas y algo ariscas. Reían por complacerle, esperando que el sonido de sus risas, igual que el canto de las sirenas, lo retuviesen a su lado. Pero no funcionó.

Nos despedimos de ellas, y no tardamos en dar con la mencionada Esperanza. Sebastián la encontró como si la hubieres olido desde la distancia. Subimos a la planta de arriba del palacio donde la afluencia de gente era mucho menos y caminamos por los soportales que daban al interior del patio. Pasé mi mano por la barandilla, de mármol pulido y suave como el terciopelo. Estaba cálido. Le había dado el sol toda la tarde. Y el sonido de una pequeña fuente de faunos y querubines, muy del estilo de la época, me sorprendió en medio de aquel patio. Me asomé, y me deslumbró la luna que se reflejaba en el charquito de agua que formaba la fuente. El chapoteo era de lo más delicioso y varias parejas y grupos se habían sentado alrededor, disfrutando, como yo, de aquel dulce sonido.

Algunos de ellos alzaron el rostro ante mi presencia. Los miré como un niño que disfruta de haber sido descubierto pero cuya altura le permite tomarse la osadía de regodearse. Les saqué la lengua y todos los que me habían mirado dieron un respingo, escandalizados. Antes de que pudiera si quiera reírme de aquello la mano de Bastian volvía a rodearme el cuello.

—Vamos, gorrión. No te quedes atrás.

—¿Ahora soy un gorrión? –Le dije, intentando deshacerme del agarre de su mano, sin conseguirlo. Acabó soltándome porque yo no montase un escándalo.

—Te habría llamado ratoncillo, pero me parecía demasiado despectivo.

—Ratoncillo… —Murmuré, a lo que él se encogió de hombros.

—Tu padre era un cazador, pero habría sabido comportarse mejor que tú. Te habría dado una azotaina por sacarles la lengua a unos nobles. ¡Familiares del emperador, ni más  ni menos!

—¿Tú naciste noble? ¿O es solo un truco, como todo lo demás?

—¡¿Qué importa eso?! ¿Acaso mis palabras perderían razón dependiendo de la cuna en que hubiera nacido?

—Puede que sí.

—No me contestes más. Me pones de mal humor. –Con aquello acabó la conversación. Y lo cierto es que yo tampoco tenía muchas ganas de rebatirle nada. Igualmente me acusaría de desagradecido, como había cogido la costumbre de hacer, y se habría quedado tan ancho.

Llegamos al corredor donde un grupo de damas se habían sentado cerca de los alfeizas de las ventas, mirando al bosque en medio de aquella noche, y hablaban con dos solados engalanados con sus petos de metal y sus espadas al cinto. Ellos estaban de pie, con regio porte, mirándolas a ellas y con las manos puestas sobre los pomos de las espadas. Por primera vez desde mi conversión sentí celos de un humano. Toda mi fuerza e inmortalidad no era nada comparado con aquella gallardía y el porte de un soldado. El brillo de su espada, la rigidez de su peto. Hubiera dado todo lo que tenía por vestir aquellas prendas y embarcarme en una gloriosa batalla. Pero pensándolo por segunda vez, ¿qué clase de mérito tenía si yo era inmortal? ¿Acaso su orgullo no residía justamente en bailar con la muerte entre cañonazos y estocadas?

—¡Sebastián! –Dijo una de las mujeres, de pelo oscuro y rasgos redondeados. Llamó a mi maestro con inconfundible acento español y se levantó del poyo de la ventana, apartando a los soldados para recibir a mi maestro. Este se lanzó a su mano y la llenó de besos hasta el codo, cosa a lo que ella parecía estar más que acostumbrada. Yo me había escondido detrás de él, pero eso no la engañó, y me miraba incluso antes de que Bastian se separase de su mano—. ¿Qué me has traído aquí, amigo mío?

—Te presento a mi sobrino, Marcus.

—¡Marcos! –Exclamó ella, españolizando mi nombre. Yo apreté los labios en un feo intento de sonrisa, cosa que ella tomó como gesto de vergüenza.

Era mayor, de al menos cuarenta años. Pero estaba tan alegre y engalanada que apenas parecía tener treinta. Se había perlado el cabello con pequeños abalorios, y sus labios y sus mejillas estaban sonrosados. Era alta, para ser española, y aunque su talle no era el más fino, si parecía la más elegante de entre sus amigas. Hubiera deseado poder haberla conocido en otra vida. Parecía más interesante de lo que aparentaba. Con una fingida voz de sorpresa constante, con unos ademanes exagerados. Pero con una penetrante mirada acusadora y afilada.

—Es un gusto conocerte, Marcos. –Ella me extendió su mano y yo besé su dorso—. Yo soy Esperanza Jiménez, dama de compañía de doña Ana de Holanda, y amiga de vuestro tío desde que nos instalamos aquí en Flandes con el emperador.

—¿Os parece si damos un paseo por el jardín, hace una noche excelente para caminar? –Sugirió Bastian, pero ella lo pensó dos veces, miró al grupo que se había formado a su espalda y chaqueó la lengua con cierto aire de misterio.

—¿No preferís ver los nuevos cuadros que el emperador ha añadido a su colección? Hay varios tapices que mandó colgar que pertenecían a su abuelo Maximiliano y los encontraron en un arcón metidos. ¡Ven, no puedes perdértelos!

Ella nos condujo a través del corredor hasta uno de los salones. Era un escueto salón, casi un recibidor, con una mesita de té, varios sofás, una amplia chimenea y muchos cuadros. Cuadros y esculturas. Y algunos muebles de brillante caoba sobre los que reposaban más esculturas o relojes. Había muchos relojes.

Yo vagué por la habitación dejando a mis dos acompañantes hablar en el centro de la estancia. Por fortuna comprendí a tiempo que lo de los tapices y los cuadros era una excusa para poder quedarse a solas, no era ingenuo, pero para nada hubiera podido esperar encontrarme a solas en una estancia tan cargada de lujo. Tal vez en ese momento no lo supe apreciar con la misma profundidad de espíritu que si volviese a hallarme allí ahora. No comprendía la mitad de las cosas que veía y no quería comprenderlas. El lujo era extremo y no hacía sino reconcomerme por dentro. Me decía a mi mismo que aquella no era mi vida, y que si hubiera tenido uno solo de aquellos enseres, una de aquellas copas de nácar, uno de aquellos cuadros, alguno de esos relicarios, podría haber alimentado a mi familia por décadas, sin necesidad de salir a cazar. ¿Cómo es que allí dentro había tanto poder acumulado y nadie se rasgaba las vestiduras?

Pero ese enfado dio paso a la curiosidad del lego que acaba de comenzar su educación. Miré una pintura de estilo Italiano, una persecución, o puede que un cortejo entre un hombre y una mujer. Y Dios santo, estaban desnudos. ¿Podía aquello coexistir con una estupenda virgen coronada sobre una tabla a su lado? Había pequeñas piezas de mármol tallado, querubines, mujeres con finas sedas. Una afrodita avergonzada, un Zeus en bronce.

Unas campanillas sonaron, haciéndome dar un respingo y volviéndome hacia uno de los objetos tallados en madera que había colgados de la pared, a la altura de mis ojos. Parecía una casita, o una cajita de madera, pequeña, nomas grande que mi cabeza. Y dentro de una esfera albergaba varias agujas. Las campanitas sonaron durante unos segundos hasta desvanecerse, y entonces otros dos aparatos similares sonaron por la habitación.

—¿Qué es esto, maestro? ¿Por qué suena?

Aquello hizo reír de incredulidad a la mujer pero Bastian se abochornó. Se acercó a mi altura y miró el mismo objeto que tenía delante de mí.

—Es un reloj, da la hora. Acaba de indicar que son las dos de la mañana. –Lo dijo casi con esfuerzo. Yo nunca había visto uno. Eran una novedad en el mundo, pero ellos ya se habían relacionado con aquello desde hacía décadas. El rey era gran aficionado a montarlos y desmontarlos en su tiempo libre, pero yo jamás había visto uno. Alcé la mano para tocarlo pero él me detuvo antes de que pudiera ocurrir algo—. Ni se te ocurra.

—¿No ha visto vuestro sobrino nunca antes un reloj? ¿No tenéis uno en vuestra casa?

—No, mi señora. No lo he considerado imprescindible. –Se excusó Bastian mientras yo volví mi atención de nuevo al reloj y me hipnotizaba el movimiento del segundero.

—Le diré al rey que os regale uno. –Aquello lo dijo casi con recochineo, como satisfaciendo el capricho de un niño que ha visto unos dulces, cosa que ofendió mucho a mi maestro, pero a mí no me importó. Me apoyé en la pared con las manos a cada lado del reloj y acerqué mi oído. Era capaz de percibir un murmullo interior, y la presencia de todo el mecanismo de tuercas y engranajes. Todo lo demás, pinturas, esculturas y tapices, estaban muertos. Pero aquello parecía, después de la señorita speranza, la cosa con más vida en aquella habitación.

Me pregunté si sería así siempre. Constantemente descubriendo nuevos inventos, abochornado por el desconocimiento, confuso ante el avance inexorable del tiempo, reflejado en cada nueva creación humana. Mi maestro habría visto el nacer de estos inventos, y el de otros muchos antes que este. Él no conocía el papel cuando era humano, y tampoco las armas de fuego. Me volví hacia mi maestro con renovada admiración y me pregunté, ¿cómo era capaz de sobrellevar todos aquellos saltos del mundo como si nada? Tal vez ese era el truco, hacer como si nada…

Se habían sentado en uno de los sofás y hablaban con intimidad y confianza. Ella reclinada, él aproximándose a ella con ojos brillantes y seductores. Con una sonrisa acaramelada y una expresión sincera de agrado. Me sorprendí cando se besaron, y di un respingo pero no pude apartar la mirada. Era un beso cargado de pasión. El maestro me habría advertido y me había querido instruir, pero no lo creía capaz de tamaña actuación. Incluso yo estaba sinceramente sorprendido. ¿Sería siempre así? ¿Así que ese era el truco? ¿Así era como se alimentaba sin matar, sin herir? Si él creía que era la forma más humana, a mí me parecía la más diabólica. No era mejor que Mefistófeles o una sirena. Que con tiernas palabras y cantos hundía barcos y corrompía almas.

Sus besos recorrieron las mejillas de Esperanza, después su quijada y por último besaba su cuello, ayudándose de una mano para desabotonarle los pequeños botoncitos que sujetaban las sedas a su cuello. Ella se dejo hacer, al principio sumamente excitada, pero cuando él la mordió, y la sangre comenzó a brotar, su mente se fue disgregando, hasta formar una disolución de placer e inconsciencia. La había hipnotizado. O drogado. O simplemente ella se había dejado llevar hasta una alucinación propia de Santa Teresa.

Yo temblé por el olor de la sangre, pero también por ver a mi maestro alimentarse. Era la primera vez que lo veía, que me dejaba presenciarlo. Comenzó a acelerarse mi respiración y por poco me creía presa también de su embrujo, pero él alzó los ojos y posó la mirada en mí, con una llamada rígida y suplicante. Extendió su mano en mi dirección y acudí con las rodillas temblorosas. Me senté al otro lado de la mujer, que parecía más muerta que viva y el maestro asió la muñeca de ella, entregándome su mano como una ofrenda a un dios de la muerte.

—Bebe. —Me dijo en un murmullo—. Pero no hasta el final. Solo un poco.

Yo recogí su mano entre las mías. Era una mano rosada y fina, de dedos cuidados, de pulso irregular. Se me secó la boca y al tragar, solo tragué polvo. Sus dedos aún estaban vivos, parecían asirme de muy poco en poco, casi como soñando. Y es que era ese hálito de vida lo que me daba sed, lo que deseaba arrancarle del cuerpo. Ese último aliento de vitalidad. Apreté mis dientes, entrechocando los colmillos, y después fruncí mis labios, prensa del desconcierto. Se me engarrotaron los dedos con su mano sujeta entre ellos, y me supo la boca a sangre, me había mordido la lengua. Desperté de un sueño con ese sabor metálico y cobrizo y mordí debajo de su pulgar, donde la carne se vuelve más mullida. Mordí, pero no tragué. Recordé a la hija del conde, hecha pedazos en su cama, con los intestinos colgando del borde del colchón y el cuello partido entre las sábanas.

Me subió un hormigueo conocido, y una ansiedad propia de haberme contenido. Me deshice de la mano de la dama y me alejé todo lo rápido que puede, presa de un pánico que hacía tiempo que no conocía. Una cosa era tentar la paciencia de Sebastián con sus criados y otra muy diferente perder el control con una gran dama, con el emperador abajo. Ni si quiera me excitó la idea de enfurecer a mi maestro. Lo cierto es que el descontrol se produjo en el momento en que deseé que Sebastián también la estuviera matando, junto conmigo. Ser cómplice de mi desenfreno y mi matanza.

No sé como acabé en un pequeño armarito de madera, agazapado y encerrado tras sus puertas. Escondido como en un ataúd vertical. Pero una vez que estuve dentro pude ser consciente de que me había reprimido mordiendo mi propia mano y bebiendo de mi propia sangre. Tal vez como un medio de sofocar mi sed, o mis gritos. Puede que el pánico y el aullido de la bestia.

Pasaron largos minutos hasta que Bastian me encontró. Le había dado tiempo a reanimar a la mujer y a despedirse de ella, disculpando mi ausencia. Cuando abrió la puerta del armarito y me observó se sorprendió más de lo que hubiera esperado. Apareció delante de mí limpiándose las comisuras de los labios con un pañuelo blanco pero al verme detuvo el gesto a mitad de camino. Yo temblaba de pies a cabeza, como un perro rabioso, mordiéndome la mano con fuerza y derramando la sangre que caía de ella, pues ni me saciaba ni me satisfacía. Fruncí el ceño en su dirección y rápido cayeron lágrimas de sangre de mis ojos.

—Sí que te viene bien el nombre de ratoncillo. –Murmuró, esperando alguna reacción de mi pate, pero como no me inmuté, se arrodilló delante de mí y me apartó la mano de la boca—. Vamos, vamos. No hagas eso, no es bueno. ¿Qué te ha pasado ahí? Pensé que lo habíamos hablado. Te expliqué como hacerlo…

—No puedo. –Reconocí, presa del pánico—. No puedo, no puedo. No quiero hacerlo así. No lo deseo.

Chaqueó la lengua, disgustado, pero sostenía mi mano con delicadeza.

—¿Qué puedo hacer contigo…?

—No me importa. Haz lo que quieras. Échame de tu casa, mátame. –Estaba fuera de mí, y me vi ridículo frente a su calma y su talante—. Si no sirvo, deséchame. No vale la pena perder el tiempo.

Intenté retirar mi mano de su agarre pero era firme como una estatua de mármol. Se sentó delante de mí y se llevó mi mano a su boca. Primero lamió la sangre que se había acumulado en mi palma y después la que chorreaba por mis dedos. Yo me dejé conducir por ese sentimiento de vergüenza que me consumía al verle rebajarse a eso. Pero después hincó sus dientes ahí donde la herida había comenzado cicatrizar y bebió de mí. Cubrí mi rostro con mi mano libre. El llanto se acentuó y no era capaz de verle hacerme eso. Me torturé unos segundos pensando en qué estaba haciéndome. ¿Iba a consumirme? ¿A beberme por entero? ¿Así se desharía de mí? ¿O acaso se había quedado con hambre? Lloré amargamente hasta que él se detuvo, dejándome algo ido y se irguió de nuevo a mi lado.

—Eres un llorón, ¿lo sabías? –Me dijo, mientras tiraba de mi brazo y me hacia salir de mi escondite. Tiró de mí y me puso en pie a su lado. Me sostuve en mis piernas con cierto esfuerzo y él volvió a posar su mano en mi espalda—. Vamos, volvamos a casa que es tarde. Por lo menos no has montado un desastre como la otra vez. Si llegas a manchar alguna alfombra, Leonor me hubiera matado.

—Tenemos que hablar de esto. –Le dije, tomado el rol de alguien responsable, viendo que él no se lo estaba tomando enserio—. No soy de fiar. No puedes exponerme así…

—Ninguno de nosotros es de fiar. No creas que esto no lleva trabajo y esfuerzo. Ojala naciéramos sabiendo cómo controlarnos.

—No aprenderé nunca…

—No seas tan pesimista. Solo necesitas un poco de práctica.

Salimos del palacio después de unas rápidas despedidas, achacando muestra marcha a mi cansancio y mi debilidad. Durante el camino de regreso en caballo no dijimos nada, y cuando llegamos a la casa, Bastian no parecía tener nada que decir pero yo lo seguí hasta el laboratorio donde se había puesto a buscar algo entre los ejemplares que tenía en la estantería y me senté en una mesa a su lado, viéndolo ir y venir. Como mi presencia parecía incomodarle, comenzó a hablarme narrándome sus quehaceres.

—Estoy buscando un manuscrito de hace un tiempo, que encontré en un mercado en Toledo, sobre las enfermedades que se detectan en la orina…

Yo aún estaba algo ido. El frescor del exterior me había recompuesto pero el aire cargado de la casa me había devuelto esa sensación. Cuando él encontró el manuscrito lo posó en la mesa, a mi lado y me estuvo explicando lo que estaba allí escrito pero sabía que solo intentaba liberar mi mente de cualquier tipo de remordimiento o culpa por lo sucedido. O peor aún, alguna clase de regañina hacia él, por haberme expuesto. Pero no se libró.

—¿Y si no consigo nunca… controlarme?

Él acabó suspirando y se apretó los ojos con el índice y el pulgar, suspirando.

—Eres capaz de controlarte hasta el momento en que muerdes. ¿No es así? Seguro que al principio ni si quiera eras capaz de controlarte al primer olfateo de tu víctima.

—Yo…

—¿O acaso no pasó eso con la señorita esa que destrozaste en tu primera noche?

Me mordí el labio interior. Si no lo había visto en mi mente, lo había descubierto a través de mi sangre.

—Es una cuestión de tiempo, y esfuerzo. Como todo en la vida. Si te das por vencido…

—No creo ser capaz de hacer lo que haces. Seducir, tomar un poco de lo que es mío, y marcharme…

No contestó nada. Seriamente sopesó mis palabras y por primera vez parecía que algo en él meditaba una alternativa.

—Tal vez con el tiempo…

—Lo intentaré. –Dije, convencido—. La próxima vez, lo intentaré. Pero si esta no es la mejor medida para mí…

—¿Me estas preguntando si me ofendería que te alimentases de tus victimas como sueles hacer?

—Sí. Si no hubiera otra forma…

—Con ciertas reglas. –Dijo, algo más lúcido—. Déjame que piense en ello un tiempo. Siempre he pensado que nuestra forma de matar es cosa de hábitos y modales, pero puede que haya estado equivocado.

—No lo tomes como un…

—No importa. –Dijo, y cambió su semblante a uno más distraído cuando regresó a sus papeles. Se sentó delante de mí y se hundió en los legajos.

Me levanté, dando por finalizada aquella conversación y él, sin despegar los ojos de sus papeles recibió un beso en la mejilla de mi parte, cosa que le sorprendió pero que no dejó entrever.

—Me voy a acostar ya…

Cuando llegué a la cripta me deslicé hasta el ataúd de madera que aún estaba sin estrenar y con el interior brillante y suave como el primer día y me colé dentro. Pero me sorprendió encontrar en la puerta de la cripta a Bastian, apoyado el quicio con expresión más de orgullo herido que de sorpresa al hallarme escondiéndome en mi ataúd y no en el suyo.

Solo alcancé a murmurar un…

—Lo siento.

Y él se limitó a negar con el rostro, quitándole importancia, y a darse la vuelta, casi con un encogimiento de hombros, para volver al laboratorio.

Me dormí casi al instante, recordando el tacto de sus labios sobre mi mano y la angustiosa sensación de que mi vida se filtraba por sus venas.




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