LA TIENDA DE EXVOTOS - Capítulo 11
CAPÍTULO 11 – Sin misa
El sábado por la mañana, a pesar de que
teníamos que abrir la tienda y trabajar arduamente en el taller, nos costó
levantarnos de la cama. Remoloneamos hasta la salida del sol. Después de
aquello la culpabilidad comenzó a invadirnos y la responsabilidad nos aupó
fuera del lecho. El paso de los días hacía las noches algo más frías y era cada
vez más difícil salir del calor de las sábanas. También nos animó a salir de la
cama el ruido de las personas yendo y viniendo de un lado a otro en la calle.
Los vendedores ambulantes dando voces. El lechero dejando botellas llenas de
leche en las puertas de las casas y el tintineo de los cristales entrechocando.
Los vecinos, riendo o gritando a través de las ventanas, las mujeres diciéndole
a sus maridos que se olvidaban los dineros o el almuerzo. Los chiquillos
corriendo calle arriba o calle abajo. Todo ello, sumado al traqueteo de las
ruedas de las calesas y carros saltando sobre los adoquines de la calle. Hank y
yo nos miramos el uno al otro, en medio de aquel ruido, y reímos para nuestros
adentros. El ruido de la vida en el exterior era el mismo allí, en brujas o en
cualquier parte del mundo.
Mientras Hank se aseaba yo me hice un trenzado en el pelo y a medio vestir iba planeando el día que teníamos por delante. Después calentamos un poco de leche al fuego y Hank troceó un poco de pan del día anterior.
Desayunábamos en silencio, pues los ruidos del exterior
eran más que suficientes para llenar el vacío que había entre ambos. En un
momento determinado me pareció reconocer la voz de la señora Constanza que se
dirigía calle abajo hablando con otra persona. Furtivamente me asomé a la
ventana para ver cómo se detenía en la entrada de nuestro negocio, miraba
adentro con algo de curiosidad y después alzaba la mirada para casi encontrarse
con la mía. Por suerte me escondí a tiempo aún con un mendrugo de pan mojado de
leche en la boca. Mastiqué en silencio mientras Hank me miraba por encima de su
hombro con risa contenida. A los segundos la voz de la señora Constanza volvió
a hacerse oír a través de la distancia y poco a poco se fue alejando calle
abajo, hacia el mercado.
—Llevas varios días esquivándola.
–Inquirió Hank—. ¿La estás evitando por algún motivo?
—Ninguno en especial. –Dije, pero no
pareció convencido—. No tengo tiempo de ir al mercado, pierdo media mañana.
Pero ella no lo entendería. Yo creo que a veces solo va por el placer de
conversar con la gente.
—Deberías complacerla alguna vez. No
descuides a la señora que nos puede proporcionar buena ayuda.
—Sí, sí. Lo sé. –Suspiré a desgana y volví
a sentarme a la mesa para desayunar. Mientras veía a Hank mojar el pan en la leche
me compadecí súbitamente de él. Una gotita de leche caía de su comisura y se
limpiaba las yemas de los dedos con ayuda de un trapito sobre el regazo—. La
próxima vez que vaya al mercado compraré un poco de miel. Sé que te encanta.
—No tienes que hacerlo, si no quieres… —Me
dijo él, más sorprendido por mi sugerencia que preocupado por mí.
—No es una molestia. Sé que te encanta la
leche caliente con miel. Además, dicen que es buena para los resfriados y para
templar el cuerpo.
—No estoy resfriado. –Dijo, con una
sonrisa divertida pero yo negué con el rostro.
—Compraré miel la próxima vez. –Al decirlo
en su mirada vi una nota de agradecimiento silencioso y después una sonrisa con
mejillas ruborizadas. En esos momentos parecía un niño al que le acaban de
regalar un dulce.
Cuando hubimos dado cuenta de la leche y
el pan Hank sacó una pequeña navaja del bolsillo del pantalón y se puso a
cortar en gajos una gruesa ciruela que repartimos a partes iguales. Él
tarareaba algo entre bocado y bocado y mientras yo le observaba como
hipnotizada cortar la ciruela, se sucedían los minutos en los que el sol
comenzaba a tomar fuerza a través de la ventana e inundaba toda la estancia con
una atmósfera rosácea y un olor a rocío muy agradables.
Cuando estaba lavando en una palangana los
vasos de leche el tintineo de las campanas de la puerta del negocio sonaron con
algo de estrépito inusitado. Me levanté de un salto y Hank me hizo una seña
para que yo me mantuviese allí limpiando mientras él bajaba a recibir al
cliente pero yo ya estaba con las manos en un grueso trapo y saliendo de la
cocina a grandes zancadas, ignorándole. Lo dejé, resoplando detrás de mí.
Cuando llegué abajo encontré a un
impaciente Enzo que miraba detrás de sí, hacia la puerta del negocio. En una de
sus manos colgaba una cesta con carne y de su brazo, un mandil doblado y
manchado de sangre, como quien se quita el abrigo y se lo cuelga del antebrazo
al entrar en una casa. Este abrigo goteaba sangre.
—¡Enzo! Qué madrugador. –Dije y él pareció
soltar un suspiro de alivio al verme y me extendió la cesta con el pedido.
Estaba algo tenso y ansioso, así que sostuve la cesta con mis manos y le
pregunté si debía devolvérsela al instante o cuando volviese al mercado.
—Puedes quedártela el tiempo que
necesites, pero no estaría mal tenerla de vuelta. –Dijo, pensativo, pero no en
las palabras que estaba diciéndome a mí. Parecía haberlas sacado a trompicones
de su boca, como si otros pensamientos estuvieran desarrollándose en directo en
su mente.
—La próxima vez os dejaré la mía, pero ya
os dije, no serán muchas veces las que tengáis que hacerme este favor.
—Por mí está bien. –Dijo, y aunque parecía
sincero, no sé si estábamos hablando de lo mismo.
Se volvió hacia la puerta predispuesto a
salir y yo ya ojeaba el interior de la cesta para ver que todo estaba correcto,
el hígado, las manitas de cordero… cuando se volvió precipitadamente aún con la
mano sujeta en la puerta y me miró lleno de desasosiego. Pero también de
intimidad y complicidad.
—¿Sabe si ha vuelto ya la señora Constanza
del mercado? –Me preguntó, y por su tono supe que estaba haciendo una gran
concesión al confiarme aquella incertidumbre.
—La vi salir de casa hace ya un buen rato.
–Dije, pero no le estaba ayudando demasiado. Al pensarlo me di cuenta de que
tal vez él la había visto llegar al mercado. Sin embargo asintió a mis palabras
como si aquello fuese más que suficiente y dudó un momento aún sujeto a la
puerta. Al instante lo comprendí, quería ir a visitar a Marianita, la hija de
Constanza, que seguramente estaría en casa, a expensas del conocimiento de la
madre—. Pero si quieres, estaré atenta, y cuando la vea pasar frente a mi
tienda, la entretendré un rato aquí dentro. Me encargó un exvoto, tengo una
excusa.
Aquella repentina ayuda le hizo volverse a
mí con esos ojos verdes llenos de júbilo, y al mismo tiempo de temor y pánico
por el descubrimiento de su secreto. Aquel miedo me confirmó lo que yo ya había
estado cavilando algunos días y verle repentinamente tan expuesto, le hizo
palidecer. Vuelto con el rostro hacia mí me miró como un conejillo a punto de
ser cazado por el lobo, helado de terror. Yo le sonreí con candidez y me
acerqué a él, posando mi mano sobre su antebrazo y empujándolo fuera de la
tienda.
—Ve, bobo. Yo estaré al tanto…
El muchacho me sacaba al menos dos cabeza,
pero se movió ligero como una pluma al empuje de mi mano y después salió
corriendo calle arriba para esconderse en la primera puerta que daba al bloque
de al lado. Desapareció allí dentro y yo me quedé mirando ambos lados de la
calle con suma cautela un instante, y por último, me metí dentro de la tienda a
punto de ver a Hank bajar por las escaleras. Le extendí la carne en la cesta y
le sonreí como una niña que acaba de hacer una travesura o está a punto de
realizarla, con esa excitación tensa.
Por suerte no hizo falta que hubiese de
estar al tanto. Mientras trabajaba en el mostrador de la tienda con la mirada
atenta al exterior vi pasar de nuevo calle abajo a Enzo que al pasar por
delante de mi escaparate saludó hacia el interior al verme allí trabajando. Yo
le devolví el saludo con un ademán de la mano y me sentí algo más tranquila al
saber que ya no debía estar pendiente de aquello. Sin embargo no pasaron ni
siquiera dos minutos cuando la señora Constanza pasó por delante de la vidriera
y se quedó allí quieta, detenida como un poste mirando hacia atrás. Después
miró en mi dirección y yo levanté la mano para saludarla, pero sin devolverme
el saludo se metió dentro de la tienda con apremio. Aquello me sobresaltó, porque
creí que tal vez ella y Enzo se hubiesen podido cruzar en el camino. Y a la
par, me sentí ahogada al saber que aquella visita me abordaría y me robaría
preciosos minutos de trabajo.
—Buenos días, señora Constanza. –Le dije
pero de nuevo, el saludo cayó en saco roto. Hizo oídos sordos para ir
directamente al grano.
—Me acabo de cruzar con el hijo de la
carnicería, ese maldito rufián…
—Sí, señora. –Le dije a lo que ella no
pareció tan sorprendida como me hubiera gustado provocarle—. Ha venido a
traerme la carne que le dejé encargada ayer. Hoy tenía mucho trabajo como para
ir al mercado, y pensaba hacer unos filetes de hígado para comer… —Ella me
cortó la explicación, y en cierto modo lo agradecí, porque la media verdad se
estaba alargando un poco.
—¿Cómo le pide a ese rufián que le traiga
la carne? Pídamelo a mí, muchacha. ¡Y pensar que pueda hacerle algo!
—No quiero moles… ¿A qué se refiere? –Le
pregunté, algo confundida. Un vértigo me desoriento momentáneamente.
—¿No se acuerda de lo que le conté? Intentó
forzar a mi sobrina. –Yo me mordí el labio inferior—. Sí, señorita, así es. ¿No
se lo conté hace unos días? Ellos estaban prometidos pero él se portó muy
groseramente con ella, como un jabalí. Igual.
—¡Como un jabalí! –Exclamé, por la
hipérbole de la comparación—. Parece un muchacho tan tranquilo…
—No señorita. Es un pervertido. El
matrimonio se anuló, no cabe la menor duda. En cuanto el padre se enteró de que
era un animal. Así es. ¿Estará al menos su padre en casa?
—Sí, por supuesto. En el taller. –Ella
pareció más tranquila.
—Bueno, al menos no estás sola, muchacha.
¡No vuelvas a pedirle que te traiga nada! Es un pervertido.
—Lo tendré en cuenta señora Constanza.
Ande, vaya a casa, no vaya a ser que sus hijos la echen en falta. Yo tengo que
trabajar. –La despedí algo angustiada.
Cuando desapareció por la puerta me
incliné sobre el mostrador y apoyé los codos sobre la madera y la mejilla en
las manos. Pensé fríamente sobre lo que acababa de pasar y esa amarga sensación
de angustia no me abandonaba. ¿Y si había obrado mal ayudando a un muchacho a
abusar de una jovencita? Sabía que aquella picazón me molestaría a lo largo del
día pero no podía dejar de pensar que no había hecho nada malo. La pulsera en
su mano era un indicativo de que aquella le había regalado el abalorio con la
intención de complacerle, tal vez de marcarle como su propiedad o como prenda
de su amor. Me había formado una idea de aquel amor juvenil como algo que
también yo deseaba que ocurriese, no solo como una deducción objetiva de los
indicios.
Resoplé, y me prometí que la próxima vez
le preguntaría al muchacho por sus intenciones con Marianita. Aunque aquel
interés me hiciese perder la poca confianza que me había ganado por su parte
aquel día. Un muchacho que por lo menos podía tener mi edad, era la única
persona tan cercana en edad que había conocido allí por el momento, era
imposible no establecer alguna clase de cercanía filial. Y en el fondo, no me
parecía una mala persona. Pero quien tiene una mala reputación, por lo general
es porque se la gana. O eso se suponía… pero pensaba en mí, y en mi propia
injustificada reputación, y todo se volvía un torbellino de emociones…
—¿Qué quería la señora Constanza?
–Preguntó Hank a mi espalda, posando una mano en mi hombro, haciéndome dar un
respingo allí en el mostrador. Al presenciar mi respingo no pudo evitar
sobresaltarse también. O por lo menos ponerse en alerta—. ¿Está todo bien?
—Sí, solo ha venido interesada… en… Enzo.
—¿Enzo?
—El hijo de la carnicera. El que nos ha
traído la carne. Ha venido para ponernos sobre aviso.
—¿No es de fiar?
—No. No parece.
—¿No le parece a ella o a ti? –Me preguntó
y me sujetó la nuca con su mano, como solía hacer a menudo, de forma cariñosa,
como un soporte sobre el que mantenerme. Con las yemas de sus dedos me acarició
el cuello.
—El tiempo lo dirá…
…
El domingo nos despertaron las campanas de
las once y media. En realidad yo ya estaba despierta para entonces, y había
estado remoloneando al menos durante una hora, dando vueltas de un lado a otro
buscando el calor y la suavidad de las mantas para por lo menos poder encontrar
una postura confortable, no tanto como para sumirme de nuevo en el sueño.
Estaba más que descansada, pero el silencio inusitado de los domingos por la
mañana me incitaba a quedarme allí acostada un rato más. Sin embargo Hank se
incorporó con un quejido al oír tocar y media y se quedó allí con los
antebrazos sobre las rodillas. Yo me hice la dormida y no me inmute al sentir
como se erguía en el lecho. Me imaginé que volvía el rostro hacia mí en la cama
y me escrutaba por encima de su hombro. Puso una mano sobre mi brazo y yo
rezongué, haciéndome una bola bajo las sábanas.
—Levántate, en unos minutos pasará la
señora Constanza a buscarnos.
—No me encuentro bien. –Dije, mientras
intentaba relajar la expresión que se me había endurecido al oír mentar la idea
de ir a misa.
—¿Qué te ocurre? Te he sentido dar vueltas
durante un rato.
—El periodo, creo que me va a venir… —Dije
mientras me apretaba el vientre debajo de las sábanas. Hank resopló y yo
resistí la tentación de abrir un ojo para ver su expresión, y comprobar así si
me había creído o no.
—¿En serio? –Puso una mano sobre mi cadera
y se acercó para besarme la frente—. En ese caso no podemos hacer nada…
—¿Te quedarás conmigo?
—Lo siento, mi niña. –Musitó y se
incorporó del todo, alcanzando sus pantalones que yacían por algún lado.
Mientras se vestía, produciendo sonido con el roce de las prendas, hablaba más
para sí que para mí—. Será raro si yo también me quedo. Si preguntan por ti,
les diré que no te encuentras bien. Aunque no sé si eso será excusa suficiente.
—Si no me creen que se vayan al cuerno.
–Dije y me di media vuelta en el lecho, buscando el calor y el olor que Hank
había dejado sobre el colchón y la sábanas. Me cubrí con ellas como si
intentase aferrarme a un abrazo que él hubiese impreso en aquellas telas, pero
se escapaba por momentos.
Hank desapareció por la puerta del
dormitorio y le escuché trastear unos minutos en la cocina. Sus pasos
regresaron, y se asomó al umbral de la puerta en tono de despedida.
—Te he preparado una infusión de
manzanilla y cúrcuma, también un vaso de leche, y te he cortado un poco de pan
y una nectarina. Lo tienes en la cocina, por si te decides a desayunar antes de
que yo haya vuelto.
En su voz no pude distinguir realmente si
me había creído o no. Podría pensar que sí, solo por el hecho de que me había
preparado el desayuno y no había insistido demasiado en que hiciese un esfuerzo
para levantarme. Pero el hecho de que no hubiese indagado demasiado en mi
excusa, y su tono seco, casi mecánico al marcharse, me indicaban todo lo
contrario. Ya estaba más que acostumbrado a dejarme hacer, ya fuesen mentiras o
no mis excusas.
—Muchas gracias, querido. Eres un encanto.
Aquello sí que remató mi mala coartada.
Exageré en mi agradecimiento y él se marchó soltando una risilla por lo bajo.
Como ya no había necesidad de seguir mintiendo me volví boca arriba en la cama
y esperé hasta que la puerta se hubo cerrado. El golpe reverberó por toda la
casa y cuando me incorporé comencé a preguntarme si realmente me habría
preparado el desayuno que me había descrito o se lo había inventado, formando
de todo una fantasía incoherente propia de un sueño. Efectivamente, allí
estaban la manzanilla con cúrcuma, la leche, el pan y la nectarina. Toda obra
de teatro necesita atrezzo.
Después de desayunar frugalmente me vestí
con la ropa más cómoda que tenía para las horas de trabajo y bajé al taller. A
través del escaparate no se veía a nadie afuera, todo el mundo estaba ya en
misa. No pude evitar sucumbir a la tentación de salir al exterior y mirar
alrededor, parecía aquello un pueblo fantasma, con una luz grisácea cayendo
filtrada por las nubes y la sutil brisa con olor a rocío llevándose las hojas
caídas hacia alguna parte. Volví dentro y busqué una de las maderas que nos
habían traído en el pedido que encargamos hacía días. Los proveedores ya
comenzaban a abastecernos de material y poco a poco se iba acumulando en el
taller. Una de las planchas de maderas que encargamos la pedimos de unas
medidas adecuadas para pintar en ella el cartel que adornaría el dintel de la
puerta de la tienda. Ya habíamos estado trabajando en él esporádicamente estos
últimos días, pero entre los encargos y las figuritas de San André no habíamos
tenido tiempo de colocarlo.
El diseño ya estaba casi acabado. En el
rótulo se podía leer “Exvotos y tallas Leroy” en letras negras y con una
caligrafía elegante y dulce, muy femenina. En el anterior negocio, habíamos
usado una caligrafía gótica para ello, pero el nuevo comienzo en una ciudad
mediterránea nos obligaba a adaptarnos a la sutileza del sur. Habíamos tallado
sutilmente las letras sobre el panel, dejándolas sobresalir ligeramente sobre
el fondo, y de la misma manera, formando un marco alrededor. Las letras iban en
negro y el fondo lo pintamos de un colo crema. El letrero tenía otros muchos
detalles que no me quiero extender explicando. Ya lo habíamos pintado, solo
faltaban unos detalles con pintura y el barniz final. Como no quería apestar el
taller desde primera hora de la mañana, y aprovechando que no molestaría a
nadie en el exterior, salí y me senté en un pequeño taburete mientras, con el
panel apoyado en la fachada, le pasaba una gruesa brocha impregnada de barniz
de secado rápido.
Lo dejé allí secándose durante unos
minutos mientras me hacía con varios clavos normales, cuatro escuadras en forma
de l, un martillo y una escalera de mano. Lo saqué todo afuera pero el barniz
no se había secado aún. Hice algo de tiempo dentro en el taller, diseñando en
un boceto a mano alzada de un cartel que promocionase las figurillas de san
André.
Para cuando me quise dar cuenta un
transeúnte pasaba a través de la vitrina y miraba de soslayo el material que
había dejado fuera. Debían haber pasado al menos cuarenta y cinco minutos desde
que Hank había salido de casa así que estaría a punto de volver. Él, y el resto
del pueblo, así que me di prisa en salir a colocar el cartel. Ajusté los pies
de la escalera entre dos filas de adoquines y me armangué la falda, metiendo el
bajo de la parte trasera, a través de mis piernas, y después dentro de mi
cintura, de forma que se me ajustase como unos calzones. Ya arriba en la
escalera apuntalé las cuatro escuadras en forma de l, dos arriba y dos abajo,
de modo que formasen un riel por donde introducir el tablón, por lo menos de
forma provisional hasta que lo clavase a la madera de la fachada.
Subir a pulso el cartel fue lo que más me
costó, lo apoyé de manera vertical sobre la fachada y una vez estuve en la
escalera, lo levanté hasta la altura de mis hombros. Lo coloqué para que
corriese a través de los raíles y aunque a medio camino di un traspié y me
tambaleé en la escalera, al final el tablón quedó en su sitio. Me enjuagué el
sudor de la frente mientras veía que las calles se habían llenado de un momento
a otro de personas, todas caminando desde la misma dirección en múltiples
caminos. Comencé a apuntalar el tablón cuando al quinto o sexto clavo alguien
gritaba mi nombre desde al menos veinte o treinta metros de distancia. Yo hice
caso o mismo y seguí apuntalando. Las voces se aproximaban, y a medida que lo
hacían, también aumentaba el pasmo y el disgusto.
—¡Señorita Leroy! ¡Señorita Leroy! –La voz
de la señora Constanza me irritaba como una picazón en un lugar de la espalda
donde uno no llega a rascarse. Resoplé con los clavos en la boca y rodé los
ojos—. ¡Bájese ahora mismo! ¿No ve que se va a caer?
—¿Qué me voy a caer? –Pregunté, con los
dientes apretados sobre los clavos—. ¿Pero qué está diciendo? –Le pregunté con
la voz más quemada que pude y ella dio un respingo al oírme. Cuando ella, su
marido, sus hijos, y Hank llegaron a mi altura se me quedaron mirando todos
alrededor de la escalera.
—Y nosotros preocupados por usted, señorita.
–Musitó su marido con una nota de decepción—. Y la encontramos aquí encaramada
a esta escalera trabajando…
—¿Es pecado trabajar los domingos?
–Pregunté mientras ahogaba la respuesta de la señora Constanza con el
martilleo—. ¿Cómo? ¿Qué ha dicho?
—Señorita, los domingos son para ir a
misa…
—He rezado un padre nuestro desde aquí.
–Solté, a lo que George y Marianita soltaron una carcajada que no pudieron
contener. El pequeño sonrió también solo porque los dos mayores lo hicieron y
el marido de la señora Constanza me ignoró, metiéndose dentro de casa. De
soslayo miré a Hank buscando en su expresión alguna mota de decepción, pero
parecía también divertido.
—¡Dígale algo, por el amor de Dios! –Le
espetó la señora Constanza a Hank con apremio—. Si se comporta así va a tener
difícil encontrar marido. ¡Vaya contestación me acaba de soltar! Y pensar que a
veces parece una señorita… ¡Bájese el vestido, por el amor del cielo! –Dijo,
agarrándome de la falda y tirando, con todas sus fuerzas por lo que yo pude
percibir, lo que produjo que me tambalease en la escalera, y hubiese de soltar
el martillo y los clavos para agarrarme del marco de la fachada. Por suerte
mantuve los pies en el peldaño de la escalera, y esta no se movió, o me hubiese
ido con ella al suelo. La señora Constanza, al ver que casi me tira de la
escalera, retrocedió asustada, y la mano de Hank ya se apoyaba en uno de los
laterales de esta para mantenerla apoyada en la pared. Los jóvenes dieron un
grito por el susto.
—¡Que me tira, mujer! ¿Cómo me jala del
vestido de esa manera?
—Ay, muchacha. –Exclamó, llena de susto y
culpabilidad, pero aún más de orgullo—. ¿Qué no ves que se te ven las piernas?
—¿Estás bien? –Me preguntó Hank, en un
murmullo por lo bajo, soltando el borde de la escalera y aferrándome la muñeca
para llamarme la atención. Yo asentí y él se tranquilizó. También él se había
asustado.
George, Marianita y Donatien recogían de
entre las piernas de Hank y su madre, agachados como polluelos, los clavos y el
martillo que me fueron devolviendo poco a poco. Yo les agradecí con una mirada
de compasión mientras su madre seguía irradiando hostilidad.
—¿No estabas tan enferma?
—Se me ha pasado. Ya sabe, los dolores del
periodo, con una infusión como nueva…
—¿Y no podías esperar a que viniese tu
padre para hacer el trabajo duro?
—Todos los trabajos son duros, señora.
Lavar las sábanas y cargar con carne desde el mercado es también arduo y
pesado. –Me volví a meter los clavos en la boca.
—¿No le va a decir nada? –Le preguntó a
Hank, a lo que este se encogió de hombros.
—Es indomable, señora. Y ya estoy mayor
para educarla mejor…
—No te hagas la víctima. –Le murmuré,
aunque lo oyeron todos.
—Vaya, de tal palo tal astilla. –Exclamó
la señora Constanza ante la mirada atónita de su hijos que no comprendían muy
bien qué había de malo en lo que estaban viendo. Tal vez Marianita se
ruborizaba un poco ante el espectáculo que estaba dando su madre en medio de la
calle. Pero los dos chicos se divertían con ello y reían de vez en cuando—.
Cualquiera diría que esta chiquilla hace con usted lo que le viene en gana,
señor Leroy.
Con aquellas últimas palabras, y sin
esperar una respuesta, se marchó adentro siguiendo la estela de su marido. Sus
hijos por el contrario se quedaron allí de pie viéndome trabajar, como
espectadores de los escombros que ha producido una catástrofe natural. Viendo
si de entre los restos pueden llevarse algo.
—No le hagas caso. –Dijo Hank, tal vez
leyendo en mi expresión una indiferencia dolida. Los chicos también pudieron
percibirlo, tal vez a través de la súplica de Hank, y Marianita se rió.
—Mi madre se escandaliza por todo, no se
lo tenga en cuenta, señorita Leory. No creo que no vaya a encontrar marido.
—¿Ves? –Inquirió Hank—. La muchacha sabe lo
que dice. Ya sabes como son las mujeres de esa edad. Vamos, no pongas esa cara
mustia. –Al decirlo me tocó el mentón con la yema de sus dedos y me hizo
sonreír levemente, aunque me resistí a ello.
—Anda, alejate y mira a ver si está recto.
–Se lo pedí a Hank pero todos me obedecieron. Los cuatro se alejaron varios
pasos hasta invadir parte de la carretera. Miraron en mi dirección y todos
dieron el visto bueno. El pequeño gesticulaba conforme con el resultado y Hank
se cruzó de brazos mientras movía la cabeza de arriba abajo, de un lado a otro,
inclinándola y después entrecerrando los ojos.
—¿Y bien? No está mal... ¿eh?
—Nada mal. –Dijo él, aunque no parecía
convencido del todo.
—¿Qué ocurre?
—Espero que te tomases el desayuno. –Me
dijo, y yo estallé en carcajadas—. Te lo preparé con todo el cariño…
—No dejé una sola miga.
Cuando hube terminado de clavar el cartel
me quedé allí arriba en la escalera observando a mis cuatro espectadores.
Marianita me miraba agarrada al brazo de su hermano mayor y súbitamente recordé
lo ocurrido el día anterior. Le eché a la muchacha una segunda ojeada y no
pareció preocupada o disgustada, y mucho menos agredida. Estaba sonrosada y
divertida. Parecía de buen ánimo, así que me convencí de que me había
preocupado para nada. La agitación de la señora Constanza parecía algo
intrínseco en ella, y por un momento me había dejado llevar por ello.
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