PARTE DE LA ÉLITE [PARTE II] (YoonMin) - Capítulo 17
Capítulo 17
Jimin POV:
Cuando habían pasado unas horas desde
aquello decidí dirigirme al cuarto de Yoongi. Me había duchado, me había
cambiado pero me seguía sintiendo mal, sucio, asqueado conmigo mismo y con mi
comportamiento pero más aún por no saber a qué vino la reacción de Yoongi. Me
conduje a paso rápido hasta su puerta pero cuando llegué allí no fui capaz de
llamar y temiendo que no estuviera dentro me acerqué a la puerta para apoyarme
en ella y escuchar algún sonido proveniente del interior. Sollozos y varios
gemidos lastimeros fueron lo que me impulsaron a golpear fuerte y firmemente la
puerta. Me mordí el labio tras gritar:
—¡Yoongi! ¡Abre de inmediato! –Tardó menos
de lo que esperé y tras ver su rostro supe de inmediato que estaba llorando.
Las lágrimas no caían de sus mejillas pero sí estaban acumuladas en sus ojos
rojos y sus manos temblorosas se sujetaban a la identificación que había
abierto la puerta.
—¡¿Qué?! –Preguntó enfadado por
interrumpirle y sin permiso alguno me colé dentro empujándole para ello.
—¿Qué diablos te sucede? ¿Eh? ¿Por qué has
roto el espejo?
—¡Qué diablos te importa lo que yo haga!
—¡No me grites y contéstame!
—¡Eres un idiota! ¿Por qué te haces eso?
–Me señaló al vientre y yo me cubrí con mis brazos avergonzado a pesar de
llevar ropa encima—. ¿Tan infantil eres? ¿Tan estúpido?
—¡Es por tu culpa! –Le señalé ahora yo a
él—. ¡Siempre llamándome gordo! ¡Siempre insultándome!
—¿Mi culpa?
—¡Sí! ¡Eres la peor persona del mundo!
—¡Te odio! –Gritó con fuerza y todo mi
cuerpo se heló—. ¡Te odio Park Jimin! –Sus manos se hicieron dos puños y
creyendo que no controlaría su ira se alejó de mí, se sentó en medio de la cama
y ocultó su rostro entre sus rodillas mientras se cubría con las manos. Lloró
allí como hubiera llorado un niño pero ambos éramos ya adultos. Éramos hombres.
Mentira. Jamás fuimos hombres.
—¿Ya ahora por qué lloras? ¿Por qué me
odias?
—¡Lárgate de mi cuarto! –Suspiré y aunque
quería marcharme no lo hice, no podía. Me senté a su lado en la cama y miré
como sus hombros se contraían, y sus manos temblaban ocultando su rostro
enrojecido por el llanto. Subí mis pies a la cama y me quité los zapatos
dejándolos en el suelo. Me acerqué más a él y acaricié su pelo que se sentía
suave como la seda y mullido como el algodón. Él no reaccionó y hablé esta vez
más calmado y divertido.
—Golpéame si quieres, me lo merezco,
hyung.
—Déjame en paz. –Se defendió él también
más calmado y con la voz un poco tocada por los gritos.
—¿Me odias de verdad, hyung? –Pregunté y
él asintió—. ¿Por qué me odias, Yoongi?
—Porque me haces sentir mal. Siempre. Me
insultas, me escupes, me…
—Lo siento. –Le dije por primera vez en mi
vida y él me miró confuso—. Pero es que me siento muy envidioso.
—¿Envidioso?
—De ti. –Alzó su rostro para mirarme más
detenidamente y poder buscar las mentiras en mis palabras pero no había.
—Eres un egoísta. –Dijo y volvió a cubrir
su rostro en sus rodillas pero ya no soporté más la distancia que nos separaba
y tras acercarme por completo a él, abracé su pequeña cintura y escondí mi
rostro en la perfecta línea de su cuello. Su olor allí era maravilloso y nada
más posarme supe que me haría adicto a ese olor, a su olor y a su temperatura.
Al tacto de mis labios en su piel y de su piel en mis mejillas. Su pelo rozando
mi cara y el temblor de todo su cuerpo produciéndome escalofríos. Aferré con
fuerza mis manos en su ropa sobre su cintura y le presioné contra mi cuerpo
buscando más contacto.
—Quiero besarte de nuevo. –Le pedí—.
Déjame hacerlo, por favor.
Sus ojos me miraron al principio titilantes
por el agua acumulada en ellos y sus manos aferraron mis brazos alrededor de su
cintura, temblorosos. Como no respondía entendí que se había sentido ofendido
pero después su mirada se desvió a mis labios y acercó su rostro hasta que se
produjo de nuevo aquél maravilloso contacto. Sus labios, húmedos y salados de
sus lágrimas, eran la cosa más exquisita que jamás había probado y aún hoy día
recuerdo su sabor y su cálido contacto con ternura y cariño. Incluso después de
tanto tiempo sé que nada hay mejor que ellos.
Él no dijo nada, ansioso como estaba de
aquél beso tanto como yo, y por mi parte tampoco. No nos atrevimos a romper el
beso y tampoco a respirar. Jugué con su labio inferior y con mis dientes mordí
aquél con ternura y carillo. Él reía un poco avergonzado pero la verdad es que
todo era nuevo para ambos y todo nos avergonzaba y nos resultaba pudoroso.
Cuando comenzamos a jugar con nuestras lenguas incluso se atrevió a derramar
otra lágrima más que me hizo sentir preocupado, y le abracé con más fuerza
encaramándolo sobre mis piernas, en mi regazo.
Creí que así sería más cómodo el beso pero
la situación no nos llevo sino a intensificar nuestro contacto y a tornar de
calidad y viveza nuestro beso. Mis manos se condujeron a su cintura y recorrí
con ellas su espalda que ya había visto tantas veces desnuda. Sus manos, por el
contrario, se dirigieron a mis cabellos y se enredaron allí aumentando la
fuerza y la cercanía de nuestros labios si era posible. Nos vi tremendamente
necesitados de cariño y no solo mutuo, que jamás nos dimos, sino en generar.
Ambos éramos adolecentes que nunca habían sentido los brazos de una mujer en su
cuerpo y tampoco entre nosotros hubo un contacto fraternal que hubiera sido
lógico de habernos dado cuenta. Todo ello, sumado con el odio que ambos nos
teníamos, provocó que cayésemos a incumplir lo que en un principio pactamos a
ciegas y aunque sabíamos que estaba mal, no pensamos en ello, centrados como
estábamos, en desahogar nuestra inmensa necesidad de contacto.
Introduje mis manos bajo su camisa y
aunque no le agradó el contacto en un primer momento, para hacerme sentir igual
de mal, me arrebató la camiseta a mí. Me quedé desnudo y con todas mis marcas
de pellizcos y arañazos al aire. Me cubrí el vientre con mis manos pero él las
retiró con un puchero y me besó en cada una de mis marcas. Sonreí por aquellos
besos y lo siguió haciendo todas y cada una de las veces que pudimos
permitírnoslo. Me besaba siempre donde una herida me marcaba o donde yo más
complejo sintiera. Jamás pude devolverle todo el amor que él me brindó
desinteresadamente pues como un ser cruel jamás le dije que le amaba.
Nos desnudamos por completo y en cuanto
nos vimos la primera vez ya no hubo complejos entre nosotros. Nos sentíamos a
gusto el uno frente al otro porque amábamos lo que se nos exponía y lo que
éramos capaces de hacer con ello. Él se sentó en mi regazo tomando el control
pero yo le tumbé en su cama colocándome sobre él. Al principio la inocencia nos
invadió pero tras que comenzamos a tocarnos, los buenos pensamientos
desaparecieron y cuando le hice venir en mi mano, todo él se tornó pequeño y
sumiso en mis manos. Gran choque después de estar acostumbrado a su frialdad y
distancia. Recordé el día en que en la misión se escondió en mi espalda esperando
porque yo tomara los mandos de la situación y eso hice en nuestra primera vez.
Le preparé como era debido y tras asegurarme de que no le dolería lo más
mínimo, entré en él abrazándole con fuerza.
Acaricié su cabello como si fuera la
última vez. Besé sus labios temiendo no tener otra oportunidad y me entregué a
él como él lo hizo conmigo. Ambos nos necesitábamos desde hacía mucho tiempo
pero no fue hasta ese momento que no me di cuenta. Sus manos en mi cuerpo,
recorriéndolo a su antojo eran la sensación más maravillosa del instante y su
interior, caliente y completamente prohibido, era exuberante. Incluso cuando le
envestía con fuerza no era capaz de asimilar qué estaba haciendo o cómo podrían
castigarnos si se descubría. Pero el mismo pecado que me condenaba también me
reconfortaba y me hacía olvidar todo cuanto no fuera su calor y mi fuerza.
Tras varios gritos en el éxtasis nos
vinimos y ambos caímos en la cama exhaustos. Había sido la primera vez para
ambos y no solo celebrábamos eso, sino que por fin nuestros cuerpos se habían
unido para algo diferente que gritar o pelearnos. Sentimos una alegría inmensa
y no pudimos evitar abrazarnos entre las sábanas húmedas y revueltas. Besé sus
labios y dormimos aquella noche con la inocencia de creer que no volveríamos a
discutir, que una era terminó. Y así fue. Jamás nos volvimos a recriminar nada
en respecto a nuestros cuerpos, sin embargo lo echaría de menos porque nuestras
siguientes discusiones distaban bastante de las infantiles y estúpidas que
habíamos tenido hasta entonces.
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