PARTE DE LA ÉLITE [PARTE II] (YoonMin) - Capítulo 16
Capítulo 16
Jimin POV:
Después de aquella misión nos
sobrevaloraron por nuestra hazaña. No solo conseguimos la información sino que
matamos a un espía que quería dejar el servicio y que nos amenazó con revelar
información del país. Salimos en televisión cada día por nuestros logros pero
no contaron nada de mi disparo, ni de cómo Yoongi encontró los papeles sino que
gracias a nuestra presencia en aquél país se pudo capturar a un desertor y se
le juzgó de manera democrática, con la mala suerte de que se le condenó a
muerte. Eran palabras diluidas en agua igual que el whiskey aguado en un vaso
de plástico.
Los días que se sobrevinieron Yoongi
estuvo medio desaparecido, haciendo acto de presencia solo en los momentos
obligados en los que no tenía opción. Se veía consumido por ser cómplice en la
muerte de un hombre pero le aliviaba saber que su vida había corrido peligro y
que no tenía opción. Mas, a pesar de todo esto, él se seguía sintiendo retraído
porque no solo caía una muerte sobre nuestros hombros sino que veíamos las
futuras muertes que se nos sobrevendrían. Acabamos por mentalizarnos de que no
teníamos opción y que era solo por salvar nuestra vida pero él comenzaba a ver
otras alternativas más justas y democráticas y la muerte en sí. Comenzó a leer
más a menudo y no solo cosas en las que se debería especializar sino cualquier
tipo de libros, cualquier biografía. No le importaba. A mí tampoco que lo
hiciera, así que me limité a alejarme de él tanto como del resto. Me convencí
de que mis compañeros no eran amigos, ni familia, sino enemigos. Eran personas
que un día morirían y lo más probable es que lo hicieran pronto, porque ni de
lejos estábamos preparados para enfrentarnos a la vida real.
La vida nos había dotado de toda clase de
lujos que nos convencieron de que vivíamos en un mundo abstracto, a salvo de
todo, lejos de cualquier peligro. Mentira. Pero jamás llegué a saber hasta qué
punto nosotros mismos éramos el peor peligro al que nos habríamos de enfrentar.
Yo para mí mismo era una guerra que no podía ganar porque me acostumbré a
pesarme cada mañana con la intención de bajar de peso. En las comidas Yoongi no
tuvo que repetirme que dejase de comer como un cerdo porque apenas desayunaba
un zumo y unas galletas. Cuando todos terminaban su entrenamiento yo continuaba
por dos horas más a veces saltándome las horas de comida. Descansaba unas horas
y por la tarde entrenaba otras dos horas. Hice instalar un espejo en el
pabellón donde pudiera ver mis progresos pero no era sino una desventaja porque
cada día veía que la grasa acumulada en mis caderas y mi vientre aumentaba en
vez de disminuir.
Algo pasó dentro de mí que podía ver pero
que no lograba entender. Y era que cuanto más me ensañaba con Yoongi en acentuar
su demacrado cuerpo, más gordo me veía yo y más me costaba adelgazar. Por las
noches, en las que no podía dormir porque mi cabeza no descansaba, me
pellizcaba la tripa en la piel que me sobraba. Me apretaba hasta que gemía de
dolor y soltaba para repetir el acto hasta que me cansaba o hasta que la zona
se me adormecía por el dolor. La rabia contenida solo se iba de esa manera y
aunque me sentía ridículo, podía descansar. Los entrenamientos y la falta de
comida llegaron a tal extremo que había veces que estando solo, en el pabellón,
perdía todas las fuerzas y caía al suelo con la respiración entrecortada y
sudando a mares. Al contrario que preocuparme me gustaba. La sensación de vacío
en mi estómago, el mareo y las náuseas. Eso significaba que adelgazaba, pero al
mirarme en el espejo solo veía mi feo rostro convulso en el llanto.
Todo eso terminó un día.
Miré nuevamente mi vientre en el espejo
por tercera vez en toda la tarde. Levanté mi camiseta y me vi entre arañazos y
pellizcos morados mi gordo y veo vientre. Me sentí asqueado nuevamente y
comprobando que no obtenía resultados inmediatos me tiré de nuevo al suelo para
hacer otra sesión de cincuenta abdominales y cincuenta flexiones. Yoongi estaba
a unos metros con una mancuerna ejercitando sus endebles brazos y aunque al
principio me había prestado atención, dejó de hacerlo la primera vez que me
mostré ante el espejo.
Comencé de nuevo con los abdominales y
pasados los treinta comenzaba a gemir por el puro dolor que me creaban. Había
repetido series de cincuenta desde hacía horas y ya estaba empezando a
desfallecer. Pero mi objetivo era claro y rotundo. Tenía que adelgazar para que
él no tuviera excusa alguna para llamarme gordo o para cohibirme comer. Cada
abdominal era doloroso pero el dolor era bueno y me hacía sentir más cerca de
un objetivo que no entendía, era inexistente.
Cuando terminé las flexiones me levanté
del suelo y me conduje, nuevamente y casi como algo obligado, frente al espejo
para levantarme la camiseta y mirar mi cintura. Llevé mi palma allí y la pasé
por los pequeños bultos que los músculos formaban allí pero mis dedos, con
autoridad propia, fueron a un poco de la piel sobrante y tiré de ella
retorciéndola. Fruncí el ceño mientras el dolor saciaba mis ansias y cuando
solté se quedó una marca roja que destacaba entre las moradas ya formadas. Cogí
aire para suspirar pero no me dio tiempo a soltarlo porque una voz gritó desde
mi espalda apartándome del espejo con una mano mientras con la otra lanzaba una
mancuerna pequeña contra el cristal.
El reflejo del rostro convulsionado de
Yoongi a mi lado, lanzando la mancuerna, se quedó de por vida en mi memoria. El
sonido del cristal roto y de los pedazos cayendo aún resuenan a veces en mis
sueños y su grito acompañándolo, aún más.
—¡Basta! ¡Es suficiente!
Ambos nos quedamos mirando los cristales
en el suelo mientras nuestras respiraciones se adecuaban al silencio
nuevamente. No pude evitar mirarle y encontrarle con ojos acuosos incapaz de
devolverme la mirada. Tras un extraño silencio rompió a llorar y se condujo a
paso rápido lejos de mí, fuera del pabellón. Le seguiría más tarde pero primero
quise contemplar los cristales rotos en el suelo y en su grito aun haciendo eco
por todo el local. Rompí a llorar yo también.
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