DE VUELTA AL CIELO (YoonMin) - Capítulo 3

 CAPÍTULO 3


YoonGi POV:

 

Es extraño. La luz alrededor es demasiado radiante, demasiado intensa y luminosa. Desearía que se apagara el sol y dejase de reflejarse de esta forma sobre el mármol en las baldosas del suelo. Baldosas sobre un suelo de césped claro que cubre todo el horizonte y que poco a poco nos acerca al cielo. Ya estamos en él, irónicamente, pero no hay nada alrededor. No hay aún tumulto de personas y apenas hemos visto de lejos a dos ángeles revolotear por alguna parte. El dolor al verlos, el daño al sentirme parte de ellos es incompatible con el odio que les tengo dado que ya no soy como ellos. Me siento perdido dentro de una realidad que esperaba algo menos confusa pero sus manos agarrando la cadena de plata que une mis dos esposas en cada una de mis muñecas, me hace sentir tremendamente impotente y desazonado. Me esperaba otra situación, algo más delicado y sutil, pero cuando me mira y me sonríe de esa cálida forma en que me ha estado torturando, ya da igual. No me importa que me amarre o que me atenace, si me sonríe de esa forma.

Desearía no tener que reconocerlo pero por la intensidad del recuerdo me he visto obligado a llamarle. A pedirle en su misericordia que me muestre que tanto deseaba tenerme de nuevo a su lado. Ni aun me creo que haya caído presa de sus encantos ni que me vea de esta forma y de nuevo, en el cielo. Me siento despreciable, totalmente contrario a mi naturaleza, pero cuanto más lo pienso, menos estoy de acuerdo con ello. Ya no tengo dos alas blancas en la espalda y las han sustituido dos protuberantes cuernos negros sobre mi cabeza, de betas rojizas como el fuego y una cola negra que se entretiene moviéndose nerviosa tras mi espalda. Juguetona, siempre alerta a cualquier extraño que se interponga en ella. Me gustaría pensar que es un castigo, pero solo ha sido la adaptación de mi morfología a unas circunstancias terriblemente dolorosas. Alguien una vez me arrebató mis alas con dos cortes de espalda que me mutilaron. Hoy me muestro con ojos negros y una sonrisa de dientes afilados. Una imagen sin duda que algunos considerarían temerosa y atroz, pero yo he acabado por encontrar parte de belleza en mi nuevo aspecto. ¿Y a quién le importaba antes cuando podía esconderlo? Dentro de este universo vuelvo sin darme cuenta a mi estado natural, con una negruzca cornamenta y una expresión enojada y decepcionada.

Él, con una blusa de color blanco y unos pantalones claros camina delante de mí sin soltar la cadena de mis esposas. Lo hace con toda naturalidad, sin pensar en mí, ni en nada alrededor. Parece un joven entretenido en pasear a su perro por medio del prado y de vez en cuando me veo en la obligación a intervenir demostrándole que sigo aquí, que soy un ser consciente, y que no estoy aun convencido de que esta sea la mejor decisión.

—¿Qué haremos al llegar? –Pregunto a lo que él se encoge de hombros.

—Instalarte en tus antiguos aposentos, supongo. –Dice pero no muy seguro. Más bien parece pensativo en otra cosa fuera del alcance de mi imaginación.

—Tengo miedo. –Reconozco casi como un impulso irracional nada más que veo a lo lejos del horizonte los grandes palacios de mármol blanco que relucen bajo la luz del sol, rodeados de la neblina blanquecina de las nubes y el barullo generalizado de alrededor. Yo tiemblo y él tira un poco de mis cadenas, con impaciencia. Me miro de arriba abajo y él me mira igual que yo he hecho conmigo mismo.

—Te ves bien, no tienes que tener miedo de nada. –Me dice pero yo le miro con tristeza. ¿Es que no ve la protuberante cornamenta que sale de mi cabeza? ¿No ve que el negro de mi ropa me hace sentir como una mancha de café sobre una camisa blanca recién planchada? No es capaz de ver nada de lo que yo veo a través de mis ojos y eso me hace pensar que haya dejado de estar en su sano juicio, o que yo, esté empezando a perder la cabeza.

Frente a nosotros aparecen dos ángeles, perfectamente vestidos y uno de ellos con sus alas extendidas. Son algo más jóvenes que nosotros y se muestran algo nerviosos, juguetones. Caminan en nuestra dirección pero apenas uno de ellos levanta la vista y mueve sus cabellos rubios al viento, puedo sentir como sus ojos se clavan en mí como una fuerza que le obliga a ello. Como un impulso de supervivencia que le alerta del peligro frente a él. Después mira a Jimin a mi lado y más tarde vuelve a mirarme a mí. Detiene sus pasos y hace que su compañero le imite, interponiendo su brazo en medio. Nosotros no nos detenemos pero no llegamos a alcanzarlos. Cuando ambos son conscientes de la situación que acontece, dan media vuelta y desplegando sus alas en contra del viento se alejan con rapidez a la ciudad. Lo hacen con única intención de advertir al resto de ángeles de mi llegada. De mi regreso. Porque tras la apariencia que porto, me han reconocido.

—No te alarmes. –Me dice Jimin en un susurro casi imperceptible. Después, se gira a mirarme y me sonríe de esa forma que tanto añoraba. Asiento, corroborando sus palabras y me muestro algo más firme y serio. Me habría gustado salir en busca de esos dos ángeles y darles una buena tunda por su comportamiento, pero también deseo regresar a la Tierra y una pequeña parte de mí, irónicamente la que ha tomado el control, solo desea dejarse llevar por la mano de Jimin a través de estos campos verdes de prado impoluto. A lo lejos, la muralla de la entrada a la ciudad nos saluda con una cordial presencia imponente, brillante, del todo inquebrantable. Y sin embargo yo estoy a punto de entrar por ella.

Cuando los dos ángeles custodiando la muralla nos ven acercarnos, inmediatamente salen a nuestro encuentro, uno de ellos a pie y el otro desplegando sus alas hasta llegar a nosotros. En realidad, solo a Jimin que reconocen en su aspecto humano y le saludan con un gesto de respeto y acto segundo van a agárrame a mí de los brazos atrapados por las esposas, pero Jimin se interpone de forma que ambos dos ángeles se queden levemente perplejos, confusos. Uno de ellos habla primero.

—Déjenos llevarle de vuelta al infierno, Señor.

—No. –Sentencia Jimin con voz grave que les hace a ambos retroceder medio paso, con lo que yo acabo escondido tras la espalda de Jimin de forma que me  aleje de ambas dos miradas serias y confusas, pero a la vez jueces de una idea preconcebida de mí. Cuando asomo la mirada sobre el hombro de Jimin y los miro a ambos, me reconocen como Lucifer, y como un acto reflejo, uno de ellos palidece, retrocediendo lo sufriente como para alejarse de nuestra vista y el que ha hablado, el único que se ha atrevido a permanecer a nuestro lado, vuelve a mirar a Jimin para asegurarse de que su comanda es la que quiere de verdad que siga. Jimin asiente y continúa caminando conmigo a su vera tirando de mis esposas. Miro a mi espalda donde se ha quedado ese ángel clavado como una estatua en el suelo. Su indumentaria de guerrero y su lanza en su mano le hace ver mucho más poderoso que yo en este mismo instante, con mi cuerpo pálido y enclenque, pero a pesar de ello, una sola mirada mía le ha servido como signo de mi poder y eso, en cierto sentido, me hace sentir algo mejor dentro de la situación en la que me encuentro. Pensar que pasaré el resto de mi existencia en esta situación, atemorizando a ángeles sin culpa ni pena, me hace sentir infantil y avergonzado. Es una vida penosa. Demasiado irreal. Detengo a Jimin justo antes de cruzar el arco bajo la muralla. Ya veo a algunas personas al otro lado pero solo tengo ojos para Jimin que se vuelve con curiosidad por mi gesto desazonado y lleva a dar un paso para acercarse a mí. Yo suspiro y bajo la mirada, el dolor del olor alrededor, de las vistas, de la luz impregnándome. Todo me hace sentir vulnerable y abandonado. Demasiado alejado de la realidad y no necesito decírselo, él puede leerlo en la expresión abatida de mi rostro, con lo que acaba sonriéndome y me mira para que busque en sus ojos el valor para continuar. Aun no comprendo por qué me quiere aquí, ni porqué he aceptado a este estúpido trato, pero ya es demasiado tarde para echarse atrás y no puedo huir de las esposas en mis muñecas que no acabo por verlas como una forma de represión, sino como la unión que Jimin me ha galardonado como forma de tenerme a su total alcance. A su constante vera.

Entramos en la ciudad de altos edificios y palacios de mármol para descubrir como toda la población en un extraño barullo generalizado por el rumor de mi presencia en el cielo, se vuelven todos a mirarme, como si nada. Los ángeles que caminaban tranquilamente paseando se detienen y retroceden. Todos los que se conducían por el camino de baldosas de mármol que Jimin y yo seguimos, se salen de este para dejarnos espacio. Los pequeños niños corren ahuyentados por mi presencia y yo miro sin pudor a aquellos que me devuelven una mirada de repulsión y asco. Se vuelve a generar un murmullo que nos invade y nos rodea con una fascinante presencia avasalladora. Me hacen sentir herido pero me recuerdo quien soy y en qué me han convertido ellos con su hipocresía y su ideal de superioridad frente a cualquier otra criatura en este putrefacto mundo. Muevo mi cola tras mi espalda, lo cual hace que varias personas caigan en presencia de ella y alzo mi rostro para que mi cornamenta no se vea apagada ni alicaída. Mis cuernos, junto con esta pálida luz del cielo, se ven de un negro mucho más intento y aun más, cuando me veo rodeado de una claridad que daña mis ojos completamente oscuros.

A lo lejos, sobreponiéndose sobre cualquier otro edificio, veo su templo. El templo de Jimin, y el que un día también era el mío. Me gustaría recorrer cuanto antes las calles de este maldito lugar y llegar para poder esconderme en una habitación a oscuras, llorar hasta quedarme débil y dormir por horas aun sin poder creerme la estupidez que acabo de hacer. Regresar ha sido lo peor que he podido planear pero la idea de que lo esté haciendo por un absurdo capricho se me hace muy difícil de asimilar. Y mientras tanto, escucho a lo lejos las voces de las personas yendo y parándose a contemplarme. Los oigo murmurar impuras palabras en mi contra que me hacen cuestionarme si realmente no son ellos mucho más crueles que los cientos de demonios que me acompañaron por milenos en el infierno.

—¿Crees que es él?

—Claro que es Lucifer. Maldito Satanás. Obtendrá su merecido, de seguro.

—¿Para qué crees que lo ha traído?

—Van a matarlo

—Van a torturarlo. Ojalá le hagan sufrir hasta delirar.

—Le han tendido una trampa. Nuestro Dios es el más inteligente.

—Le descuartizarán por su osadía.

—Pagará su traición.

A medida que nos vamos desenvolviendo a través de la ciudad me voy dando cuenta de que las personas alrededor no se mueven un solo ápice. Como si estuviese recorriendo una ciudad de estatuas, todas se han quedado petrificadas a medida de nuestro paso alrededor. Somos como una absurda procesión. Me siento como un animal a exhibir. Me siento presa de un hermoso rostro aniñado y de unas palabras de amistad que comienzan a parecer banales y frías. Me siento engañado y traicionado, pero no es hasta que no llegamos casi a las puertas de su palacio y comenzamos a ascender las escaleras de la entrada que no oigo una voz reconocible entre el resto de personas que se han quedado impactadas por mi presencia alrededor. Una voz que me hace dar un vuelco al corazón.

—¿Lucifer? –Pregunta una voz a la que le siguen unos pasos acelerados. Sin duda ha sabido de mi presencia en el cielo y no se ha contenido a venir corriendo. Giro mi rostro para ver su dulce expresión esperanzadora. Uno de mis mejores amigos en el cielo, al que más eché en falta en mis tiempos en la Tierra, al que perdí en mi destierro.

—Kookie… —Murmuro y estoy a punto de encaminar en su dirección cuando él viene a mí, pero unos brazos llegan hasta él y le impiden acercarse un palmo más, agarrándole de la cintura y haciéndole retroceder lo suficiente como para no exponerse al peligro que supone mi presencia. Como si despertase de un sueño recae en mi aspecto y con ojos sorprendidos y una rota mueca de decepción, se deja hacer por los brazos que le han sujetado, retrocediendo asustado de mí. Yo muestro mi más firme desacuerdo con la persona que le ha apartado de mí alcance y aprieto mi mandíbula. El impacto de la imagen ha debido de ser brutal dado que la última vez que me vio, yo lucía dos grandes alas blancas, y en esta ocasión, lo raro es que me haya reconocido.

—¿Cómo se te ocurre traerle de vuelta? –Le dice el ángel que ha alejado a Jungkook y se dirige directamente a Jimin, que sujeta con fuerza la cadena de mis esposas en su mano, un escalón por encima de mí. El ángel que aparece no es otro que Taehyung, uno de los ángeles que estuvo de acuerdo en llevarme al exilio. Uno de los ángeles que me cortó las alas y de seguro y dado la forma en la que se dirige a su señor, uno de los confidentes de su Dios. No me extrañaría que hubiese ocupado un gran puesto a su lado como uno de sus mejores ángeles pero eso no me importa en absoluto. Se acerca a nosotros con una mueca desafiante y yo me muestro impasible ante cualquier palabrería que vaya a usar en mi contra.

—No me hables de esa forma. –Le dice Jimin, imponente y subiendo su barbilla en forma de superioridad, pero no parece surtir efecto alguno.

—Deberías haber mandado una patrulla, no haber ido tú personalmente. –Sigue Taehyung, evitando mirarme a toda costa.

—Sé muy bien lo que hago, no me recrimines nada que no esté a tu alcance. –Taehyung baja levemente la mirada, un tanto avergonzado por su comportamiento pero rápido vuelve a mostrar interés por la conversación.

—¿Qué vas a hacer con él? –Pregunta—. Yo me encargo. –Se adjudica mi propiedad y se lanza con ambas manos a alcanzar mis esposas a lo que yo retrocedo y Jimin se interpone, ambos dos nerviosos por su apresurada necesidad de aferrase a mis brazos.

—Yo me encargaré de él. No tienes que preocuparte por nada. –Le dice Jimin ofendido por su indiscreción y yo le miro por encima del hombro de este con ira contenida por su comportamiento.

—¿A dónde le llevas? –Pregunta más que curiosos, sospechoso de nuestro rumbo. Estábamos a punto de entrar en el palacio, lo cual es evidente nuestro camino y sin embargo, con toda la gente de público, no podemos ser tan realistas como nos gustaría. O al menos eso he pensado yo. Para Jimin la mentira es un pecado y todo signo de ella puede costarle la autoridad.

—A sus aposentos.

—¿”Sus” aposentos? —Pregunta TaeHyung con una mirada sorprendida y decepcionada. Casi irascible por mi sola presencia o por la idea de que sospeche que yo regreso.

—Es de buena persona perdonar los errores de los demás, TaeHyung. –Dice Jimin con cinismo y yo oculto una sádica sonrisa tras una faz totalmente hierática.

—Él te traicionó. –Susurra el ángel de forma que sea tan solo un recordatorio para Jimin y para él, para que nadie más tenga en cuenta ese hecho pero puedo ver en la mirada de todos que no piensan en otra cosa que no sea en aquello.

—Lo sé. Nos traicionó a todos pero ya ha pasado mucho tiempo de eso y está aquí porque yo he decidido que es hora de hacer borrón y cuenta nueva. –Dice Jimin pero TaeHyung le devuelve una mirada de soberbia, pensativo, como si mirase a los ojos de un loco de remate y yo también he pensado en esa posibilidad pero no he mostrado esa expresión que ahora veo en su rostro. Una mueca de total decepción por su parte y por la del resto de personas que no hacen nada por impedir lo evidente, que yo regrese al cielo y más con este aspecto y sin esconderlo. Con un rápido gesto, TaeHyung coge de la pechera a Jimin con una mueca de ira y le mira a los ojos con decepción.

—¿Estás jugando con todos nosotros? –Pregunta TaeHyung nervioso, más excitado que enfurecido y yo me suelto del agarre de Jimin en su mano para llevar las mías a las ropas de TaeHyung, impulsando y lanzándole lejos del agarre de Jimin. Apenas he conseguido hacer que retroceda un par de pasos, pero antes de poder lanzarme sobre su rostro para desfigurarle a mordiscos, los brazos de Jimin me sujetan alrededor del pecho sujetando también mis brazos y me quedo suspendido levemente en el aire por su fuerza elevándome y me zarandeo nervioso, gritando al aire.

—¡No vuelvas a ponerle una sola mano encima! ¿Me has entendido? ¡Te desplumaré como a un pollo, maldito bastardo hijo de puta!

Mis gritos no hacen sino poner a toda esta población en alerta y el revuelo que antes eran murmullos, ahora se extiende por todo el lugar a base de gritos de terror y llantos de algún bebé por ahí perdido. Podría soltarme de los brazos de Jimin si quisiera, pero estos me arrastran dentro del palacio y antes de darme cuenta me quedo mirando por última vez el rostro de Taehyung, en las escaleras parado, rodeado de otros ángeles que le sobrecogen con fidelidad y semejanza.

 

 

 

 

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