AMOR ARTIFICIAL [Parte I] (YoonKook) - Capítulo 37
CAPÍTULO 37
Yoongi
POV:
Me
llevo las manos empapadas de agua al rostro haciendo que el agua resbale a
través de mis mejillas y caiga hasta llegar a mi barbilla. Varias gotas caen
mientras me miro en el espejo del baño con la sensación de que vomitaré en
cualquier momento y mientras mis piernas me flaquean me agarro a la cerámica
del lavabo frente a mí. Suelto un gran resoplido y me llevo las manos a la
toalla de manos que hay al borde del lavabo para estamparla sobre mi rostro.
Respiro con fuerza oliendo la humedad entre el olor del jabón con la que lo he
lavado y contengo un segundo resoplido. Cuando me he lavado el rostro vuelvo a
mirarme sobre el espejo pero esta vez ya no encuentro en mis facciones ni ánimo
ni fuerzas para salir de nuevo al salón. Me he excusado un segundo mientras
intentaba buscar en algún lado las ganas de continuar con esto pero no las
hallo, y tengo que regresar o él comenzará a ponerse nervioso, y eso es algo
que no puedo permitirme.
Cuando
regreso al salón le encuentro bebiendo del vaso de agua que yo mismo le he
dejado en la mesa y me devuelve una dulce mirada comprensiva. Yo solo veo
falsedad en esa compresión y miro el reloj. Las cinco de la tarde. El sol
comienza a entrar con fuerza a través de la ventana, pues comienza a descender
y se cuela a través del cristal, bañando parte de la estancia con una luz
amarillenta que me causa un fuerte pinchazo en los ojos. El dolor de cabeza no
se va. No desaparece. Aun me siento convaleciente de este tóxico amor en el que
me he sumergido y sin pensarlo demasiado camino hasta la ventana y miro con
miedo hacia el exterior. Después corro las cortinas al máximo, pero son casi
transparentes, por lo que el sol sigue entrando con la misma potencia. Acabo
bajando la persiana hasta la mitad, crenado una atmósfera mucho más acogedora y
suelto un gran suspiro cuando al mirar de nuevo al interior no me encuentro con
esa radiante luz cegadora.
—Ven,
—me dice—, siéntate aquí conmigo. No estés de pie en tu propia casa. –Me dice
con voz seria pero levemente triste y palmea el sofá a su lado, con lo que yo
acabo accediendo, cansado, y me siento en el sofá. Suelto un resoplido y subo
los pies mientras que me cubro con la manta que está sobre este, con la que yo
estaba antes de que él viniese—. ¿Tienes frío?
—Tengo
muchas cosas. –Digo cansado y dejo caer mi cabeza en el respaldo del sofá
mientras que él se gira a mí y se me queda mirando pensativo mientras yo le
miro desinteresado. Más curioso de lo que pueda estar pasando por su cabeza que
lo que vaya a decirme.
—¿Qué
tienes?
—Ganas
de golpearte, ganas de morirme y ganas de dormir. –Digo cerrando los ojos pero
me acompaña el dulce sonido de su risa.
—Me
gustan la primera y la última opción.
—Muy
bien, ¿Cuál quieres primero?
—El
golpe. –Me dice—. Golpéame si eso te hace sentir mejor. –Me dice y yo tengo que
abrir los ojos para mirarle y comprobar que va completamente en serio, y es
así. Sus ojos me miran expectante a que tome la iniciativa pero yo niego con el
rostro. No solo sería incapaz de golpearle, sino que no confío en que no haya
una posible represalia—. ¿No vas a golpearme? No es nada nuevo para mí, vamos
hazlo.
—¿Te
han golpeado otras veces?
—Sí.
–Dice, encogiéndose de hombros—. En el instituto solían hacerlo a diario. –Dice
mientras yo le miro frunciendo el ceño.
—Eso
nunca me lo has dicho.
—No
suelo hablar de ello. –Se encoge de hombros—. Es algo pasado.
—¿Nunca
dijiste nada?
—Nunca
nadie dice nada. –De nuevo ese gesto de indiferencia—. Nadie hace nada, nadie
ve nada ni nadie impide nada.
—¿Nunca
tomaste represalias?
—No.
–Dice, como si fuese normal—. Pero no te diría que si me los volviese a
encontrar ahora no lo hiciera…
—Eso
pudo ser un agravante para… —Dejo las palabras en el aire—. Da igual.
—Sí,
da igual. –Sentencia—. Vamos, golpéame si es lo que quieres hacer. Lo
comprendo. Hazlo. –Me alienta pero yo niego con el rostro.
—No
voy a golpearte. Nunca he golpeado a nadie ni puedo hacerlo. Ni quiero.
—¿Nunca?
Vamos, no es tan difícil. Cierra el puño. O dame una bofetada, lo que más
desees…
—No
quiero hacerlo. –Le digo en rotundo mientras él resopla y me mira, cínico.
—¿Tengo
que alentarte? ¿Tengo que provocarte?
—¿Qué?
–Le pregunto levemente asustado pero antes siquiera de pensar en lo que está
sucediendo él se yergue y posa una mano en mi hombro empujándome hasta caer en
el sofá, a lo largo de este, con su cuerpo encima del mío. Lo hace con suavidad
y yo me dejo hacer mientas que él se acomoda sobre mí con una pierna apoyada
sobre la rodilla entre mis dos piernas y la otra con el pie sobre el suelo
cayendo del sofá.
—¿Tengo
que provocar que me pegues?
—No
es necesario. –Le digo apoyando mis dos manos sobre sus hombros e intentando
apartarme de él. La cercanía me pone muy nervioso.
—¿Tengo
que ahogarte? –Me dice mientras una de sus manos va a mi cuello y yo doy un
respingo mientras que las yemas de sus dedos se ciernen sobre mi yugular. Al
principio solo es un toque suave, casi una caricia, pero con los segundos, su
toque se vuelve más agresivo e intenso, hasta ponerme nervioso y sacarme una
entrecortada súplica.
—Po…
por—por favor… —Mis manos se ciernen sobre su muñeca en mi cuello pero él se
muerde el labio inferior, disfrutando la sensación. De repente me reconozco
como un cachorro de perro, atrapado bajo sus manos y mi única salvación es
librarme con un golpe, solo un golpe. Pero soy incapaz, y lo único que se me
ocurre hacer es cerrar los ojos para no ver su expresión, disfrutando de la
excitación del momento.
De
repente, sus labios se estampan sobre los míos produciendo un sonoro chasquido.
Rápido abro los ojos impresionado por el gesto pero él solo mira atento mis
labios mientras que yo le miro a él, sorprendido por su gesto.
—¿Qué
haces? –Le pregunto y él vuelve a besarme. No puedo retirarme ni negarme.
Simplemente no correspondo el beso pues sus manos sobre mi cuello me impiden
cualquier movimiento, pero él no parece estar incómodo besando unos labios que
no se mueven al compás de los suyos. Besa mi labio inferior, lo muerde, juega
con cada pequeña parte de mis labios hasta que intenta introducir su lengua,
detenida por mis dientes. Ni siquiera eso parece frenarlo, lame mis labios y
juega con su contorno.
—¿Por
qué tan aburrido? –Me pregunta con su ceño fruncido y yo cierro los ojos y
suelto un largo suspiro, como única respuesta a su pregunta, pues no se merece
más. Él hace caso omiso de mi poca predisposición a besarnos y comienza a
besarme mandíbula y cuello, apartado sus manos de en medio para poder dejarle
más espacio. Comienza con besos suaves y dulces hasta que termina produciéndome
grandes moratones a través de mi clavícula. No soy consciente de ellos hasta
que no veo el reflejo de la lujuria en su mirada. Cuando aparta los labios yo
palpo la zona, sintiéndome adolorido y él solo ríe por la nariz y continúa con
otra parte de mi cuello.
—Déjalo
ya. No quiero hacerlo. –Digo rotundo pero él no contento con mi negativa
aumenta la presión de sus dientes sobre mi piel, haciéndome dar un respingo. No
sé en qué momento él está con sus dos piernas sobre el sofá y las mías a cada
lado de su cuerpo. Coge una de ellas para colocársela sobre la cintura y eso
hace que pueda friccionar nuestras entrepiernas con un simple sutil movimiento.
Lo provoca y yo doy un respingo impulsado por su cuerpo. Sus caderas se mueven
empujándome sutilmente, fingiendo penetrarme y eso es algo que no puedo
manejar. Me encanta, me hace sentir que podría echarlo todo a perder y que mi
orgullo se deshace por momentos, pero interpongo mis manos entre nuestros
pechos con la última gota de cordura que me queda para detenerlo al instante.
Tengo que presionar hasta hacerme realmente daño, pero no me inmuto y cuando lo
he apartado de mí, él se me queda mirando con esa expresión desconcertada que
pone siempre que no logra sus objetivos.
—¿Qué
ocurre? –Pregunta, con la voz más inocente que le oído nunca. Solo intenta
manipularme –me repito— no le escuches—. ¿No te gusta?
—No.
–Le digo pero ni siquiera yo me lo he creído. Ha sonado mucho más falso de lo
que me esperaba que sonase y él sonríe de forma ladina, por advertir el engaño
en mi negación. Se acerca de nuevo a mí agarrándome el muslo que tiene sobre su
cadera y me presiona un poco más fuerte. Yo tiemblo en sus manos mientras que
él comienza a hablar sobre mis labios.
—¿De
verdad no quieres hacerlo? –Me pregunta, fingiendo decepción—. No pasaría nada
si lo hacemos. Ya lo hemos hecho antes, no es nada nuevo.
—No
sería igual. Tú no eres igual.
—Claro
que lo soy, pero te engañas pensando que no lo soy solo para tener una excusa
moral para negarte a seguir. Sé que lo deseas tanto como yo. Tu cuerpo no me
engaña.
—Debes
hacerle caso solo a lo que te digo.
—Pero
tu cuerpo habla más alto, y más necesitado.
—No
me obligues a hacer algo que no deseo, por favor. –Le pido con voz amable,
buscando en su fibra algo que me pertenezca—. Jungkook, por favor. No te he
tenido miedo hasta este momento, y no quiero seguir sintiendo esto… —Le digo y
en su mirada puedo ver que algo de cordura comienza a hacerle recapacitar poco
a poco hasta que acaba suspirando y se yergue sobre mi cuerpo mientras se aleja
de mí y yo me incorporo, aun arrinconada en este espacio del sofá mientras que
él se sienta en el medio, pasándose la mano por el rostro e intentando tomar de
nuevo el control de su mente y su cuerpo.
—Lo
siento. Solo estaba jugando, no quería hacerte sentir mal.
—Lo
sé. –Le digo, cruzando mis piernas—. Lo entiendo no pasa nada.
—A
veces puedo ser un completo idiota. –Dice sonriendo pero de forma triste y temo
que esta nueva actuación sea otra mentira para hacerme sentir pena por él, pero
lo sea o no, siento esta maldita pena y acabo acerándome a él para posar mi
mano sobre su hombros para reconfortarle.
—No
pasa nada. De verdad. Es solo que no creo que pueda hacer nada contigo, después
de todo.
—¿Tan
malo crees que sería? –Me pregunta—. No estoy enfermo de ébola, ni tengo
enfermedades de trasmisión sexual. No tengo fetiches sexuales demasiado raros
ni siquiera creo que ahora mismo pueda acostarme con nadie que no seas tú. No
sé qué esperas de mí, pero no me importa. Te daré lo que me pidas, haré lo que
sea. Porque estoy loco por ti.
—Las
palabras nunca son suficientes.
—Pero
crees que mis actos pueden ser peligrosos, así que solo puedo ser metafórico
con palabras… —Bajo la mirada al suelo y cuando la regreso a él me mira triste
pero levemente feliz—. Creo que no entiendes hasta qué punto estoy enamorado de
ti. Hasta qué punto me tienes en tus manos. Jamás osaría hacerte daño, y jamás
dejaría que nadie te lo hiciese. Conmigo podrías ser la persona más feliz del
mundo, y yo no soy feliz si no estoy contigo.
—¿Qué
hay de todo aquello de que no podías sentir amor?
—Tú
eres la excepción a todas mis conductas morales, por eso te quiero tanto.
Porque eres algo que se escapa a mi racionalidad. Y me llevas contigo a la
locura.
—No
sé si eso, en tú caso, es algo bueno o recomendable…
—Pero
ya no importa. Porque ya no puedo dar marcha atrás a lo que siento por ti.
—Pero
podemos detenerlo ahora. –Él me mira como si hubiese herido lo más profundo de
él.
—¿Detenerlo?
Las cosas no pueden ni deben detenerse. Los sentimientos están vivos, las
emociones evolucionan. Tienes que dejarlos madurar y que continúen dentro de
ti.
—Los
sentimientos no duran siempre.
—Lo
sé. De eso mismo hablo. Debes dejar que el amor por una persona nazca, crezca y
se vaya degradando poco a poco hasta que muera. Hay que rezar porque el
flechazo no sea demasiado intenso y desear que la muerte sea lenta, natural y
con un final saludable para ambas personas.
—¿Dices
que lo que sientes por mí desaparecerá?
—Claro.
Todo desaparece. Puede desaparecer mientras viva, tal vez mañana, o dentro de
tres años, o puede que antes muera y se muera conmigo el amor que siento por
ti. Pero negarme a tus sentimientos no va a hacer que desaparezcan ni siquiera
un poco.
—Eres
demasiado complejo. –Le digo y él ríe, triste.
—Tú
eres demasiado simple. Estás atrapado en tu mundo, el mundo de la sociedad, de
las normas sociales, de las normas morales de esta asquerosa humanidad. En mi
realidad, todo se ve mucho más frío, sí, pero también es más fácil poder ir de
un lado a otro sin peligro. Puedes saltarte conductas moralmente aceptables en
tu mundo que para mí no suponen sino un esfuerzo, pero al mismo tiempo puedes
caer en un paraíso de placer si sabes encontrarlo, oculto del resto de ojos
humanos.
—Conozco
tu mundo. –Le digo—. Y tú forma de pensar. Pero aunque me parezca fascinante es
terriblemente temeraria y muy peligrosa, porque aunque te hagas a la ilusión de
que estás en una especie de mundo paralelo, tú sigues aquí y si cometes un
delito, han de condenarte con las mismas normas judiciales que a las que todo
el mundo se somete.
—¡Qué
mentira! Si eso fuese cierto los políticos irían a la cárcel y no serían
absueltos. Cientos de hombres serían condenados a prisión por maltratar mujeres
y miles de padres perderían a sus hijos por incompetentes. ¡No todo el mundo se
somete a la misma justicia! La justicia varia del lugar en que nos encontremos,
del sexo que tengamos y del dinero que se nos caiga de la cartera.
—Bueno.
–Suspiro—. Aun así, tú estás aquí, eres un hombre y eres de clase media alta.
¿Qué clase de justicia te corresponde? Si matas a una persona…
—¿Quién
ha hablado de matar a nadie? ¿Y quién ha dicho que sea yo el que se vaya a
someter a la justicia? Yo estoy hablando de ti.
—¿De
mi?
—Claro.
–Dice como si fuese obvio—. Yo llevo los años suficientes en mi mundo como para
saber llevar el equilibrio perfecto de la balanza de la moral. Pero si tú entras
en esta espiral, puede que no salgas igual de bien parado. Es eso a lo que
tienes miedo. Eso es justo lo que te aterra de mí, que en realidad has cometido
demasiadas infracciones como para no pararte a pensar en ellas. Te has acostado
con un paciente, un paciente el cual no has sabido ver que tiene psicopatía, y
cuyos antecedentes de conducta no son nada buenos. –Dice y yo le miro, temeroso—.
Lo que más te preocupa de todo es el hecho de que eres la excusa por la cual he
cometido mis actos.
—Sí.
–Le digo.
—¿Pero
acaso negarte a mí va a devolver las cosas a su sitio?
—No,
pero tal vez se eviten más problemas.
—¿Eso
crees? –Me pregunta—. Haría arder el mundo solo con tal de que fueses mío.
–Dice y su rotundidad me aterra mucho más que cualquier otra cosa que me haya
dicho antes.
—Lo
que me da más miedo no es infringir normas morales ni nada de eso. –Le digo
mientras que él se me queda mirando confuso—. Es que me gustes. –Le digo, y él
da un respingo—. Y no darme cuenta de la cantidad de barbaridades que estoy
cometiendo. No quiero volver a justificar mis actos diciendo que estoy
enamorado de ti ni quiero descuidar mi trabajo por estar pensando en ti… —El
corta mis palabras con una sonrisa ladina.
—¿Pensabas
en mí mientras estabas en la terapia?
—Claro.
–Le digo como si fuese obvio pero sus mejillas enrojecen ligeramente y eso es
algo que no se puede fingir. O al menos, eso creo.
—No
sabes lo feliz que me hace oír eso. –Dice mientras sonríe avergonzado y yo
suelto un largo suspiro mientras que él poco a poco retoma el control de su
expresión—. Entiendo de lo que hablas. Y si me permites, es un poco cobarde el
hecho de justificarse de esta manera, pero si aclarásemos las cosas, no
tendrías porqué pensar tanto en ello.
—No
quiero sentirme enfermo por estar haciendo esto.
—No
debes sentirte de esta manera. En realidad, eres tremendamente exagerado
quedándote aquí, pero más eres tú. Dramático para las pequeñas cosas.
—¿Yo?
–Le pregunto.
—Sí.
–Dice—. Te tomas a pecho cosas que no tienen gran importancia y te cierras a
pensar con claridad. ¿Tú me quieres? Obviamente sí, y entonces, ¿qué hay de
malo en estar juntos? Yo correspondo tus sentimientos. Una relación a largo
plazo no es una tontería y es algo en lo que seguro que no has pensado porque
estabas tan obcecado con las cosas que te he confesado que ni querías
planteaste esta posibilidad. Pensemos en ello ahora. ¿Qué hay de malo en ello?
Podríamos estar un año así, tranquilamente, viéndonos por las tardes cuando tú
salieses de la consulta y los fines de semana. Podríamos volver al teatro,
podríamos ir al cine, todo lo que te guste hacer. Si vemos que estamos bien
podríamos pensar en más planes de futuro como vivir juntos cuando yo termine la
universidad para reducir gastos y si encuentro un buen trabajo podríamos viajar
o todo lo que tú quisieses…
—Para,
para. –Le digo, apabullado con sus palabras.
—No
he dicho nada de casarnos, ni tener hijos. –Dice, divertido con mi expresión—.
No te pongas así.
—No
es eso. Es que… ¿Quién ha hablado de estar juntos?
—Solo
es una suposición.
—En
tu suposición te estás olvidando de muchas cosas de importancia. –Digo y él
piensa unos segundos sin dar con ello. Cuando vuelve su rostro desconcertado a
mí, yo resoplo—. Lo primero, te saco ocho años.
—¿Y
eso qué importancia tiene? –Me pregunta mientras arruga su nariz, disgustado—.
No pensaste en ello cuando nos acostamos. –Yo enrojezco y niego con el rostro.
—¿Y
tus padres? Para empezar ni siquiera saben que te gustan los hombres, y para
ellos seguro que el tema de la edad sí es un problema.
—Mis
padres no tienen porqué saber nada. –Dice, desinteresado—. No son importantes
para mí, no necesito su confianza ni su apoyo para la toma de decisiones ni
tampoco necesito ir a comer a su casa los domingos…
—¿Y
los míos? –Le pregunto—. ¿Te has parado a pensar en mis padres?
—Bah.
–Dice—. Una nimiedad.
—¿Nimiedad?
¿Cómo les digo a mis padres que después de haberme prometido con una mujer
ahora estoy saliendo con un universitario que, no solo tiene veintidós años,
sino que además ha sido mi paciente. A parte de irresponsable, preguntarían por
el motivo por el que has estado yendo a la consulta.
—Te
obcecas demasiado con la presencia de personas en tu vida de las cuales no
obtienes nada. Dependes demasiado de las opiniones ajenas. ¿No lo ves? Te digo
que te quedan bien las corbatas y ahora siempre llevas una. Si tus padres te
dijesen que estar conmigo es algo inmoral y asqueroso, cosa que tú ya piensas,
¿me dejarías por su opinión subjetiva? Además, están en Japón. Las perversiones
que habrán visto desde que están allí… —Dice con una sonrisa divertida y yo me
paso la mano por los ojos.
—¿Y
qué hay de ti? ¿Acaso no hay nadie que te preocupe que sepa lo nuestro?
—La
única persona que puede hacerme daño en este planeta eres tú, y si tú eres
feliz, lo demás no cuenta. Así debería ser para ti también. Una relación de
pareja es eso.
—Eso
puede ser muy tóxico.
—Yo
soy tóxico. –Dice—. Y así es como me has conocido. Soy una persona
manipuladora, fría y analítica. Pero eso ya lo sabías antes de decirte que soy
psicópata. Es fascinante, ¿no crees? Ponerle nombre a las cosas las hace mucho
más sórdidas y reales. Por eso no me gusta definir a las cosas como las
personas convencionalmente hacen. Esto es bueno, esto es malo. ¿Qué mierda
importa? Si a mí me gusta entonces es delicioso y se acabó. ¿Qué importa si la
gente lo acepta o no?
—Cuando
se trata de matar perros…
—Estoy
hablando de ti, idiota. –Me dice y yo doy un respingo—. No me importa si la
gente no lo entiende, o ni si quiera si tú lo ves mal. Te quiero, y esa
sensación me reconforta cada día. Cada vez que mis profesores me miran con esa
expresión de condescendencia y autoridad, cada vez que mi madre se santigua
cuando hablo de la realidad, o cuando mis compañeros de clase me miran con esa
asquerosa mueca de asco, pensar que tú me entiendes, que al menos sabes de lo
que hablo cuando abro la boca, me reconforta. Me hace sentir que soy real, que
lo que digo es coherente. Me devuelves a una realidad que creí perdida hace
mucho tiempo. Cuando estás tanto tiempo como yo entre gente vulgar que no es
capaz de entender una estúpida palabra, acabas perdiendo la fe en todo, en la
sociedad, en la educación, incluso en el país, y el mundo. Pero encontrarte ha
sido como una bocanada de aire fresco dentro de la contaminación de esta
ciudad. La contaminación de una sociedad corrompida por los mayores pecados que
existen: la pereza y la idiotez.
—No
sabía que te sentías así… —Le digo pensativo.
—No
te aflijas. Es algo crónico. Es una sensación a la que estoy hecho y que me
lleva acompañando desde que tengo memoria. Ya en la escuela me sentía entre
borregos. Son como corderos perdidos, desorientados, y no se dan cuenta de que
el lobo les está acechando. Odio esa cara perdida, esa expresión absorta,
embobada. Mirando a ninguna parte. Puedo leer en su mirada como en su mente en
blanco no hay un solo ápice de inteligencia, y eso, día a día me mata por
dentro. Haber perdido toda fe de que pueda vivir en un mundo mejor, tener que
lidiar con esto día sí y día también hasta que termine de vivir. No consigo
asimilarlo a veces.
—Kook…
—Suspiro.
—¿Te
acuerdas cuando hablamos del eterno retorno, un día por teléfono?
—Sí.
–Le digo.
—¿Te
acuerdas lo que te dije? Desde las primeras relacione sociales obligatorias que
tiene un niño en el parvulario hasta que alcanza la estabilidad en un trabajo,
tiene que lidiar siempre con la misma mierda. Siempre con las mismas
relaciones, siempre con las mismas obligaciones. Siempre manteniendo en su
mente una jerarquía social, siempre compitiendo contra sus compañeros, y
procurando que entre ellos no haya alteraciones dentro del sistema ya
establecido. ¿Quién te coloca ahí? ¿Quién decide qué eres? Si eres hombre debes
jugar al futbol con el resto de chicos, si eres mujer, debes dar saltitos a la
comba. Y cuando creces, no es muy diferente. Si eres hombre debes vestirte con
corbata y traje y mantener esa expresión de superioridad. Si eres mujer debes
ponerte tacones y pavonearte frente a los directivos como un trozo de carne al
que subastar. Si eres un “estereotipo” te ponen en las portadas y si tu belleza
no es la adecuada, escribes los artículos del interior de la revista. Porque
aquellas personas que no viven de su belleza, algo completamente ajeno al
esfuerzo de una persona, debe esforzarse el doble para que sobresalte su
inteligencia frente a su belleza o sexo.
—Jungkook.
–Le detengo—. Así es la realidad en la que vivimos. Y me temo, que no podemos
hace mucho por cambiarlo. Ni tú ni yo podemos hacer nada. Debe ser el paso del
tiempo y el conjunto de la sociedad.
—¿De
qué sociedad hablas? De la que se beneficia de ello o de la que se queda
mirando como borregos una pared en blanco. Viniendo aquí había unas veinte
personas paradas frente a un semáforo esperando que se pusiese en verde. Unas
veinte del lado en que yo estaba y otras veinte del otro lado de la carretera.
Estuve así por casi cinco minutos y acabé dándome cuenta de que nadie de esas
cuarenta personas que había allí se había percatado de que había que pulsar el
botón para que se pusiese en verde. Cuarenta personas ahí paradas esperando por
algo que no iba a suceder porque ninguna de ellas había caído en que ese semáforo,
como lleva siendo años, necesita de que pulsen el botón de stop para que los
coches paren y puedan pasar los peatones. –Sin poder evitarlo me río de sus
expresiones desesperadas y al sonido de mi risa sus hombros se relajan y acaba
sonriendo conmigo.
—¿De
verdad?
—Te
lo prometo. Es de esto de lo que hablo. No extrapoles mi palabras, aunque todo
el mundo deba ganar un Premio Nobel, no todo el mundo puede trabajar en la NASA
ni hablo de que sean todos genios. Simplemente un nivel medio, algo básico para
sobrevivir. ¿Entiendes? Si no llego a darle yo al botón, creo que se habrían
quedado ahí parados toda la tarde. –Yo sigo riendo mientras me apoyo en su
brazo y él ríe conmigo. El sonido de su risa y mi estado me hacen recordar a
nuestras horas de consulta.
—Hay
gente realmente estúpida. Pero ten cuidado con lo que vas diciendo por ahí, la
gente se puede sentir ofendida si pecas de vanidad.
—¿Yo?
–Pregunta, sobresaltado—. ¿Pecar de vanidad? ¡Jamás!
—Eres
un niño egocéntrico y narcisista. –Le digo y él ríe de nuevo, yo le imito.
—Albert
Einstein* solía decir: “Solo hay dos cosas infinitas: El universo y la
estupidez humana, y no estoy tan seguro de la primera”. –Dice con una sonrisa,
pero rápido frunce el ceño—. Pero claro, se equivocó al pensar que la luz solo
se comportaba como partículas y tomaron por buena su teoría simplemente por
hecho de ser quien era. Así, que, ¿qué sabrá él? –Dice sonriendo con esa
expresión adorable de que tanto daño me ha hecho y verle con esa sonrisa me
hace recordar que él es un pedacito de oro en mis manos y me pertenece solo a
mí. Esa terrible sensación de vanidad me lanza a un abismo del que creí haber
salido—. Por no hablar de los indicios que existen de que muchos de sus
trabajos son copias de otros científicos menos valorados de su tiempo… —Corto
sus palabras cogiendo su rostro en mis manos y girándolo a mí para besarle,
haciendo que tanto él como yo nos sobresaltemos por mi impulso suicida. Él, una
vez cortado el beso, se me queda mirando como si ahora fuese yo el que tiene un
comportamiento peculiar—. ¿Y esto? –Pregunto, levemente ruborizado.
—No...
no lo sé. –Le reconozco mientras que él levanta una ceja, pícaro.
—¿Ah,
no?
—No…
—Muy
bien. –Dice—. Bueno, sea hecho muy tarde, ¿no crees? –Palmea sus piernas como
solía hacer cuando daba por zanjado un tema y se pone en pie mientras que busca
con la mirada sus cosas—. Y no quiero obligarte a nada que tú no quieras, así
que es mejor que me marche ya.
—¿Te
estás haciendo el difícil conmigo? –Le pregunto alzando una ceja—. ¿Justo
ahora?
—¿Yo?
–Pregunta—. No, no. –Niega—. Nada de eso. Solo acato lo que me has pedido desde
que he entrado aquí. Me marcho ya… —Hace el amago de darse la vuelta en
dirección a la puerta pero yo sujeto su mano y le empujo hacia mí para que
caiga en el sofá a mi lado. Él se ríe de la situación, no pudiendo sostener por
más tiempo el teatro que ha interpretado y yo me subo sobre su regazo mientras
que él se me queda mirando con una expresión de interrogación pero al mismo
tiempo alagado e ilusionado por mi comportamiento.
—No
me mires así. –Le pido y él se ríe de mis palabras.
—¿Vas
a tomar la iniciativa? Mira que como empecemos luego no puedes arrepentirte…
—No
me arrepentiré. –Le digo, no muy seguro de mis palabras mientras que él se me
queda mirando de arriba abajo.
—Muy
bien, mi príncipe. –Suspira y me coge del mentón para darme un beso lento y
tranquilo mientras que su mano libre me sujeta de la cintura para acercarme más
a él. Me siento terriblemente acobardado, pero una pequeña parte de mí jamás se
ha sentido tan apaciguada por un roce como este, sus besos consiguen
llevarme un estado de calma y sosiego
que no concia. Me siento somnoliento y aturdido, embobado. Borracho. Me siento
como si hubiese tomado ajenjo*. Sus besos son de opio* y sus caricias de
éxtasis.
———.———
*Albert Einstein
(Ulm, Imperio alemán, 14 de marzo de 1879—Princeton, Estados Unidos, 18 de
abril de 1955) fue un físico alemán de origen judío, nacionalizado después
suizo, austriaco y estadounidense. Es considerado el científico más conocido y
popular del siglo XX.
*Artemisia absinthium
(en latín medieval aloxinus), llamada comúnmente ajenjo, asensio, ajorizo,
artemisia amarga o hierba santa, es una planta herbácea medicinal, del género
Artemisia, nativa de las regiones templadas de Europa, Asia y norte de África.
Conocida desde muy antiguo ya por los egipcios, transmitida después a los
griegos, esta hierba ha sido denominada la «madre de todas las hierbas» en la
obra Tesoro de los pobres1 dadas sus múltiples aplicaciones curativas. Se
utiliza como tónico, febrífugo y antihelmíntico, así como en la elaboración de
la absenta y del vermut.
*El
opio es una mezcla compleja de
sustancias que se extrae de las cápsulas de la adormidera (Papaver somniferum),
que contiene la droga narcótica y analgésica llamada morfina y otros
alcaloides.
La cantidad de emociones que éste capítulo causó en mi, son infinitas diosmioooo
ResponderEliminar