DURANTE LA BORRASCA

 DURANTE LA BORRASCA

 

¿Qué puede haber más terrible que el desconsuelo? Lleva mucho tiempo consumiéndome. Ya no puedo recordar de dónde ha nacido esta horrible sensación. Me controla, domina cada miembro de mi cuerpo, cada pensamiento. Y todo ello me conduce irremediablemente al sufrimiento. En los latidos de mi corazón, ahí es donde palpita esta siniestra furia descontrolada. Me dejo llevar por ella, porque no encuentro el valor, aun dentro de la excitación, para doblegarla. Siempre ha sido mucho más fácil sucumbir. Lanzarme al abismo, hacia la noche de lluvia torrencial.

Durante una de esas horribles tormentas fue cuando cometí uno de los actos más terribles que jamás hubiera podido creer que era posible si quiera de imaginar. Salí al exterior. Sus gritos me habían estado llamando toda la tarde, desde que habían empezado a caer las primeras gotas. Ya hacía tiempo que me había acostumbrado a oír su voz a ciertas horas intempestivas. Allí en el páramo. Llegaba hasta la casa con una melodiosa iridiscencia. Quejumbrosa. A veces incluso me atrevía a contestarla. Pero por lo general me limitaba a ignorarla para que no pudiese apreciar que me carcomía el temor de su monólogo. Intentaba ahuyentarla con terribles pensamientos, con risas descontroladas. Pero ella reía de vuelta. Volvía de nuevo a mí ese incesante palpitar de furia y recelo y terminaba escondiéndome en el ala más recóndita de la casa. Aun así fantaseaba con perseguirla por el páramo. Aunque lo único que encontrase allí fuese el eco de su voz.

Era lo único que me quedaba de ella desde que murió. Eso, y su tumba. Que no me quedaba muy lejos. Estaba en  el páramo de nuestra casa. La casa familiar. La que ahora era mía y tanto esfuerzo y tiempo me había costado conseguir. ¿Para qué? Ahora me devoraban las paredes solo por su ausencia. Me había condenado a mi mismo creando un mausoleo que engrandeciese aun más su ausencia. Todo me recordaba a ella. Incluso en su ausencia la encontraba, en el vacío y el silencio. Allí también estaba, silenciosa su sombra en su quietud.

Antes de darme cuenta ya estaba en el exterior. La lluvia me despejó un instante, el suficiente como para cerciorarme de que mis pasos me encaminaban hacia el páramo. Ya atisbaba a ver la piedra obscura y húmeda de su lápida. Los pies se me hundían en el barro, y el pelo se me pegaba a la frente. Y el aire, aunque frío y húmedo, emponzoñaba mis pulmones. Todo alrededor era una neblina de lluvia y oscuridad que me condujo hasta su enterramiento. Caí a sus pies, de rodillas frente a ella. Y la arena que estaba cenagosa y sucia me caló hasta los huesos.

Catherine, mi amada. Mi dulce hermana, mi señora. No. Aun no estaba ahí con ella. No, aun podía oírla a la lejanía con un agónico grito de furia. Hundí las manos en aquella arena pantanosa y la aparté a un lado. Brazada tras brazada. Cada vez más hondo. El barro se me metió bajo las uñas, en el interior de las mangas. Hasta los codos. En la boca, hasta la garganta. Empezaban a formarse charcos de agua en aquellos huecos que iba descubriendo, una tintura terrosa ahogaba todos mis esfuerzos por llegar hasta ella. Mi condena. Mi salvación.

Había conseguido entrar en una especie de trance primitivo hasta que mis uñas toparon con la madera de su ataúd. Que dolor tan dulce fue ese. Me faltaban miembros para despejar el camino. Ya no había nada más que ella a mi lado. Nada más que un pequeño tablón entre ambos. La lluvia sonaba muy diferente mientras chocaba contra el pino. Generaba una musiquilla agradable, como la risa de un viejo amigo. La dulce melodía de una voz conocida. El timbre de una campanilla que anuncia la gran visita nocturna de un conocido. Era ella, llamándome desde el interior de su sepulcro.  

Hallé la fuerza para hacer saltar los clavos. La madera estaba húmeda y flexible, hasta cierto punto quebradiza. Con un terrible crujido que retumbó incluso bajo tierra, conseguí deshacerme de parte de la tapadera. Allí estaba, inconmensurable. Hermosa. Aun incorruptible. Perfecta. Mi Catherine. Petrificado como me había quedado comencé a derramar lágrimas amargas de arrepentimiento. No había suficientes como para honrarla. Se merecía todas las que había derramado por ella en vida y después de muerta. Muchas más aun caerían de mis ojos todo el tiempo que me quedase. Y aun me ahogaría en lágrimas si a ella le complaciese. Y estaba seguro de que le complacía. Así me había despedido. Así era ella. Vengativa. Se estaba regodeando de la miseria en la que me había abandonado. Yo mismo estaba allí para demostrárselo. Para darle el gusto de que me viese, carcomido por el rencor y el abandono. Por la soledad. Ella me había condenado a esa soledad impuesta.

Esperé allí untos minutos a su burla, que no llegaba. Esperaba el ansiado desenlace del trauma. Quería volver a verla pero en vida, muerta ya no me servía de nada. Ella ya no estaba allí, me había equivocado. Si vagaba como alma en pena por el páramo. ¡Que acudiese! Que presenciase el sacrilegio por la violación de su sepulcro. Hubiera acogido de buen grado que los brazos de su cadáver me abrazasen y me enterrase con ella para la eternidad en aquella fosa pestilente. Me ahogaría en el barro, me convertiría en podredumbre a su lado. Si eso la complacía. A mí me complacía.

La noche había llegado a su punto más obscuro y los rasgos de su cadáver eran solo unas finas líneas de luz en aquel calabozo. Era todo lo que me quedaba de ella y aun así había ganado. Había conseguido que acudiese a ella, una vez más, incluso a varios metros bajo tierra. Ahí la acompañaría. Siempre. A su costa, y para su disgusto. En un arrebato de impotencia, destrocé el lateral de su ataúd de madera y quebré barios listones de pino húmedo y quebradizo. Arrojé los pedazos lejos y me cercioré de que su brazo, frío y huesudo, atravesaba ese espacio en su lugar de descanso eterno. Posé la rígida mano sobre la húmeda tierra y quedó allí expuesta como si aun palpitasen las venas bajo su fina piel, marmolea. Los gusanos se la comerían rápidamente. Después el resto del cuerpo sería un festín para todo tipo de vida subterránea. Se descompondría, y se fundiría con la tierra, y germinarían de ella las flores y la hierba. Alimentaría el páramo y después a todo lo demás.

Pero no sin mí. No en mi ausencia. Yo también moriría, y como tenía previsto, me enterrarían a su lado. Y mandaría que uno de los laterales de mi sepulcro fuese eliminado. El que colindase con el de ella. Así, yo también podría alcanzarla, y su mano y la mía volverían a sostenerse en un roce eterno. Para que durante la descomposición, nuestros fluidos se fundiesen en un único elemento, como había sido siempre. Ella se convertiría en mí y yo en ella. Eternamente inmortales, de nuevo juntos aunque bajo tierra. Después acudiríamos de la mano a la superficie y recorreríamos los páramos como cuando éramos niños. Tal vez así tenga tiempo de aprender a amarla.

Pero mientras tanto cubro de nuevo su cuerpo con la tierra y me alejo, empapado y cubierto de barro. Aun queda tiempo. Mientras tanto enloquezco, porque sé que ella ya me espera en el páramo. Y llama mi nombre: ¡Heathcliff!

Catherine, espérame.



FIN

 



El entierro de Manon Lescaut, (1878) Pascal Dagnan-Bouveret.

 

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